mitixy Martina Geromel

¿Y si te dijera que existe una isla donde las decisiones que tomaste en el pasado te convierten en algo más? Todo aquel que se atreva a pisar esta maravillosa y desconocida isla tendrá que aceptar su destino, o el karma. Un día llega alguien nuevo que, sin querer, hace ruido entre tanta paz y armonía. Enseguida descubre que, entre la envidia, el egoísmo y el odio, también hay amor, apoyo y bondad. ¿Podrá encontrar un balance sin morir en el intento? Anna y su familia deben afrontar un cambio radical en sus vidas, readaptarse y sobrevivir en un lugar completamente nuevo, y mágico. "Tu pasado te convierte en lo que eres y eso será suficiente para saber qué te sucederá, en la Isla del Destino."


Fantasy Not for children under 13.

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Día 1

2033 - TARDE

Era una simple joven de tan solo dieciocho años cuando recorrí el Atlántico por primera vez con mi padre y mi hermano, Jack y Elliot. O, en otras palabras, mis personas favoritas en el mundo mundial. No solo era fanática del mar, sino también de los barcos. En mi infancia, pasaba mi tiempo libre en el Muelle Canadá, en Liverpool, junto a papá, observando y deseando un día poder navegar en uno de esos. Mis padres no querían regalarme un barco, yo ansiaba el poder navegar, así que su regalo de graduación fue que mi papá se comprara uno. No era mío, pero sí para mí. Por otro lado, Elliot no era fanático del mar, ni de los barcos. Su rostro gritaba que iba a vomitar en cualquier momento y no se alejaba de los bordes, por si acaso.

Mi padre se sorprendió cuando elegí este océano, principalmente porque se lo dije luego de pasar el Río Mersey, antes del Mar Irlandés. Él pensaba que no iba a querer seguir, que iba a querer regresar poco después, pero era todo lo contrario. Tenía una meta. Luego de investigar sobre el Triángulo de las Bermudas, descubrí que no eran las únicas islas misteriosas, había otra. Solo que de esta se sabía aún menos, y eso solo me motivó aún más. No creía encontrarla, no me iba a decepcionar si no pasaba. Sin embargo, cada vez que veía un pedazo de tierra, mi corazón se aceleraba.

Pero mis esperanzas de encontrarla se desvanecieron junto con la paz y la armonía del mar. Tan solo habían pasado unas cinco horas desde el comienzo del viaje cuando el clima comenzó a alterarse y las olas a levantarse. El pánico invadió todo mi cuerpo mientras corría por las escaleras para encerrarme dentro del barco, pero enseguida recordé que no estaba sola. Regresé a la proa para ir en busca de mi familia y así quedarnos abajo, protegidos, pero ellos estaban intentando sacar el agua, en vano. Les grité todo lo que podía, pero no me escucharon, la tormenta era demasiado ruidosa. Me acerqué a ellos intentando no caer, los tomé del brazo a ambos y ellos me miraron enojados.

—¡Ve abajo! —me gritó mi padre.

—¡Juntos o me quedo aquí!

—¡Anna!

—Padre... —murmuré mientras les rogaba con la mirada.

Jack y Elliot se miraron antes de ceder y tirar los baldes para luego seguirme hacia lo que sería el refugio. No estaba realmente segura de qué tanto nos podía proteger, pero tenía unas vagas esperanzas de que iba a ser suficiente para seguir con vida.

El barco cada vez se movía más y más, y yo comenzaba a marearme.

—Pase lo que pase, estoy muy orgulloso de ustedes —dijo papá con tristeza en la mirada.

Elliot y yo nos miramos el uno al otro y luego a Jack, quien, por primera vez, se veía asustado. Lo abrazamos fuertemente, deseando que ese no fuera el último.

—Vamos a estar bien —dijo mi hermano—, los tres.

Quería llorar, pero tenía que ser fuerte. De repente sentí un gran golpe y el barco comenzó a moverse brutalmente. Este se dio vuelta, dejándonos debajo del agua, el cual nos arrastraba de manera brutal. Estábamos en constante peligro, a la merced del mar. Comencé a perder la conciencia lentamente y dejé de luchar contra la marea, la cual no tenía piedad sobre nosotros.

«¿Estaba viva o muerta?» fue lo primero que pensé en cuanto recuperé la conciencia. Enseguida sentí que algo subía por mi garganta, me volteé a un costado para toser y escupir agua. Regresé a mi posición anterior, boca arriba y respiré hondo. No abrí los ojos ya que me aterraba la idea de, al hacerlo, ver un cadáver. Apreté los parpados antes de separarlos y miré al cielo. Estaba negro, pero despejado y lleno de estrellas. La luna se veía gigante y hermosa.

Tanteé mi alrededor con los dedos y me di cuenta de que estaba sobre arena. Me senté y pude contemplar el inmenso océano, el cual me había arrastrado hasta esa orilla. En parte tenía que estar agradecida con él, pero antes, decidí mirar a mi alrededor y aceptar lo que sea que haya pasado. Sin embargo, no había nadie. Estaba completamente sola.

—¿Papá? —susurré— ¿Elliot? ¿Padre?

Me levanté tambaleándome, mareada. Tenía mucho frío, me latía la cabeza y sentía un dolor punzante en mi frente, de donde noté que me sangraba. Me acerqué al agua para limpiarme la herida y no pude evitar maldecir ante el ardor. De seguro no era mi única herida, todo mi cuerpo dolía, pero ninguna de ellas importaba. Mi familia era mi prioridad.

—¿Papi? —pregunté por última vez antes de quebrarme y romper en llanto.

Ya no podía aguantarlo más. Estaba sola, completamente sola en medio de la nada. Me tiré sobre la arena de rodillas. «Pequeño gran error», pensé, y comencé a gritar intentando desahogarme. Mi garganta me estaba rogando que me calle, y lo hice. Me limpié la cara con las manos antes de levantarme nuevamente. «No sirve de nada llorar», repetí en voz alta una y otra vez. Sin embargo, todo mi ser me lo pedía a gritos.

Después de llorar y llorar, decidí moverme. Dolía hacerlo, siquiera intentarlo, pero necesitaba encontrar a alguien. En cuanto me levanté, vi un bosque y dudé, pero no tenía otra opción. Sentía un dolor punzante y casi insoportable en el tobillo izquierdo cada vez que pisaba, así que solo apoyaba lo dedos, apenas. Enseguida me adentré. Era todo un reto esquivar los palitos y las piedras entre tantos árboles, descalza. Sin embargo, estos servían de distracción ya que no eran simples árboles. Algunos tenían hojas verdes, como siempre, pero otras eran violetas, rojas y azules. Parecían mágicos.

Al cabo de casi media hora, comencé a preguntarme si debería hablar o gritar para llamar la atención, pero al mismo tiempo, no podía evitar pensar que tal vez estaba completamente sola. Elegí hacerlo igual, en vano. Le dediqué unos diez minutos hasta que me empecé a sentir ridícula y me detuve. Sin embargo, divisé una casa a lo lejos. No sabía si sentirme aliviada aún, pero sí estaba emocionada. No podía ir mucho más rápido, pero gracias a una pequeña dosis de adrenalina que me invadió el cuerpo, lo intenté.

—¡¿Hola?! —grité en cuanto llegué.

Poco después, la puerta se abrió, dejándome ver a una chica de mi edad, morocha y bajita como yo, totalmente de blanco.

Quedé boquiabierta, principalmente por el llamativo aura que la rodeaba. Por un lado, quería estar saltando de felicidad porque no estaba completamente sola, pero por otro lado... Todo seguía siendo horrible.

Ella se veía casi tan sorprendida como yo.

—¿Estás lastimada? ¿Tienes frío? Debes estar congelada —asentí—. Ven, ven.

La no-tan-desconocida corrió hacia mí y rodeó mi espalda con su brazo incentivándome a caminar. No podía sacarle los ojos de encima. Su cuerpo irradiaba luz, era como si fuese una estrella en persona.

—¿Puedes caminar?

—Sí, eso creo.

Caminamos hasta la puerta de la pequeña casa de madera, donde mi 'salvadora' abrió la puerta y prácticamente me empujó adentro.

—Bienvenida a mi hogar —dijo sonriendo—. Siéntate, querida —cerró la puerta de entrada y se dirigió a otra.

Frente a mí había una mesa con tres sillas y me senté en una. Observé mi cuerpo poco a poco, y encontré algunos moretones y raspones esparcidos por mis extremidades, torso y rostro. Intenté girar el pie para ver la planta, pero no pude, enseguida sentí un dolor punzante en el tobillo que me hizo ver las estrellas de nuevo, y grité. El tobillo no se veía nada bien, estaba inflamado y casi morado. Inhalé y exhalé hondo, esperando que la chica regresara. Decidí observar mi alrededor en lugar de a mí. Todo era de madera, la casa se veía antigua y acogedora, y eso me encantaba. Enseguida sentí unos pasos acelerados acercándose a mí.

—Aquí tienes —me entregó un pulóver marrón, una remera celeste, un pantalón blanco de algodón y medias—. La bañera se está llenando. Va a tardar un poco, pero el agua va a estar bien calentita.

—Gracias —murmuré.

—No hay de qué —sonrió de nuevo—. Soy Agatha.

—Anna.

—Un gusto, Anna. Debes estar adolorida y confundida, lo sé, pero ya vuelvo.

La observé mientras se dirigía a lo que parecía ser la cocina, tomó un vaso y lo llenó con agua, poco después lo tuve sobre la mesa frente a mí.

—¿Te gustan las manzanas? —preguntó, a lo que asentí repetidas veces. Moría de hambre. Agarré el vaso, también de madera, y bebí todo en un segundo.

—¿Agatha?

Escuché una voz de lejos, la cual provocó que la dueña de dicho nombre saliera corriendo hacia ella.

—Ya vuelvo, quédate aquí —dijo antes de salir.

Luego de verla retirarse, noté que a mi derecha había una mesada con una canasta llena de frutas, me acerqué tímidamente y tomé dos manzanas y una banana. En realidad, quería agarrar todo, pero era de mala educación. Enseguida comencé a comer como si no hubiese ingerido nada en siglos. Mientras, podía escuchar murmullos de fondo, pero no quería ser entrometida, así que lo ignoré.

Me sentía tal como ella lo había descrito, y más. En cuanto recordé a mi familia, no pude evitar pensar lo peor y se me hizo un nudo en la garganta.

Poco después, Agatha regresó, y no estaba sola. Una mujer bastante alta y morena, quien también resplandecía, entró detrás de ella.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó suavemente.

—Anna—contesté con la boca llena.

—Muy bien, Anna. Me llamo Tabitha —dijo sentándose frente a mí—. ¿Puedo hacerte un par de preguntas?

Asentí y continuó:

—Perfecto. ¿Cómo llegaste aquí?

—Estaba en un barco.

—¿Sola?

—No —susurré con la voz quebrada—, mi hermano y mi padre, no los encuentro.

—¿Tú sabías? —le preguntó Tabitha a Agatha, quien estaba en un reciente estado de shock.

—No dijo nada, lo siento —dijo apenada.

—Está bien, avísales a Alexander y a Daniel.

—Pero se acostaron hace...

—No importa, ve —dijo Tabitha, interrumpiéndola.

Agatha asintió y se apresuró a salir.

—¿Quiénes son? —pregunté.

—¿Alex y Daniel? Son nuestros perros rastreadores —contestó con una pequeña sonrisa—. Ellos te van a ayudar, todos lo haremos. No te preocupes.

Y gracias a eso volví a sentirme un poco esperanzada, pero tampoco quería ilusionarme, todo ya era suficientemente doloroso.

—¿Los van a encontrar? —pregunté.

—Eso espero —tomó mi mano y la acarició con el pulgar delicadamente. Tal como lo hacía mi papá. Era una mujer muy dulce y brindaba mucha confianza.

Poco después comencé a escuchar unos ladridos. Tabitha se levantó y salió de la casa, y yo no pude evitar seguirla, como podía. Un golpe de frío chocó sobre mi rostro y regresé, pero me quedé en el marco de la puerta.

Dos perros pasaron corriendo delante de mí dirigiéndose al mar. Agatha corría detrás de ellos, pero mucho más lento. Yo no podía correr, apenas podía caminar un poco, y al parecer, Agatha lo notó. Se quedó cerca de mí, mirando hacia donde habían ido los perros.

—La bañera ya debe estar lista, o casi, yo me quedo acá a esperar que regresen —asentí y me giré—. ¿Ves ambas puertas? —asentí—. La de la derecha es el cuarto, la de la izquierda el baño.

—Gracias.

La miré un segundo para sonreírle y fui a darme un baño. El agua estaba cálida, aunque probablemente estaba más caliente de lo que yo lo sentía, pero mi cuerpo seguía casi congelado debido al agua y el frío. La bañera no era de madera, parecía ser de cemento, pintada de blanco, al igual que los otros muebles. Mi cabello de seguro no estaba en condiciones, pero sí estaba seco, y quería que se mantuviera así, por ahora. Salí, me sequé y vestí. Mi tobillo cada vez dolía más, y me importaba menos. Regresé a la puerta principal y pocos minutos después, los perros regresaron.

—¿Algo? —preguntó Agatha mirando a uno de los perros, el cual que tenía pelaje oscuro. Este ladró y ella hizo una mueca como si le hubiese entendido—. ¿Y tú, Daniel? —esta vez se dirigió al de pelaje mucho más claro, a lo que este le contestó de la misma manera y ella me miró decepcionada—. Lo siento, Anna. No encontraron nada.

—¿Eso dijeron? —pregunté incrédula.

—Sí —contestó.

—Es complicado, querida —dijo Tabitha acercándose a mí—. Ya lo entenderás.

—¿Entenderé a los perros?

—Algo así... —murmuró.

—Lo siento —dijo una voz masculina.

Giré para verlo. Era un hombre de unos cincuenta años, rubio, pero con algunas canas. El mismo color del perro. Lo miré fijamente, confundida, cosa que provocó que él hiciera una mueca.

—Soy Daniel. Y sí, soy el perro —explicó.

—Y yo Alexander —dijo otra voz junto a mí.

Era un hombre alto y de tez morena, su cabello era negro y un poco largo. Este último me extendió la mano y la tomé tímidamente. Se dio cuenta de que estaba temblando cuando miró mi mano luego de soltarla, y yo tampoco lo había notado hasta entonces.

—¿Son hombres lobo? —les pregunté, con una ceja alzada.

—No, no —contestó Alexander riendo—. Bueno, en parte. Soy uno por ciento lobo, se podría decir.

Estaba casi segura de que se estaban burlando de mí. No había otra explicación lógica. «Es un sueño», decía la voz en mi cabeza una y otra vez.

—La están confundiendo más —dijo Agatha antes de abrazarme de costado—. Volvamos así puede descansar.

—Todos debemos descansar —dijo Daniel.

—No seas gruñón ahora —le contestó Alex—. Nos vemos pronto, señoritas. Buenas noches.

Todos dijimos ‘buenas noches’ al unísono. Entramos a la casa mientras que el resto se dirigía a la suya.

—No tengo dos camas, pero por suerte la mía es lo suficientemente grande para las dos.

Tomó mi mano y me arrastró al dormitorio, el cual era pequeño, pero cálido y agradable. Miré a mi alrededor una vez más, alucinada, me sentía como en la Edad Media. Sí que era pequeño, pero muy hermoso. La cama estaba llena de almohadas de todos los tamaños y colores, y la ventana te permitía apreciar el bosque desde lo seguro. Las sábanas estaban hechas de ropa, cosa que me llamó mucho la atención, pero estaba demasiado agotada como para seguir pensando. Necesitaba dormir y despertar en mi casa, sobre mi cama. Necesitaba que esto solo fuera una pesadilla más.

—Los vamos a encontrar, ¿sí? Tranquila —dijo, dándome la espalda.

—Gracias —murmuré—, por todo. No sé qué haría sin ustedes.

—No es ningún problema, en serio. Intenta descansar, nos esperan unos días complicados.

Nov. 15, 2020, 6 p.m. 0 Report Embed Follow story
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