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El estadístico

—Nueve hombres calvos en el vagón y siete de ellos tenían el móvil entre las manos, lo que suponía un 78 %. La cifra descendía al 40 % sobre el conjunto total de viajeros. Un calvo, que no usaba el móvil, se levantó para dejar su lugar a una señora mayor, y las cifras cambiaron. Tras sentarse, sacó un teléfono del bolsillo y la cifra de ancianos que usaban el móvil aumentó en un 33 %. ¿No le parece curioso, doctor?
»Casi nadie atiende a estos pequeños detalles. Todo el mundo anda con la cabeza gacha, atentos a sus malditos celulares. Alopécicos y no alopécicos. Vivimos gobernados por la probabilidad y la gente ni se percata. La información que ofrecen los datos numéricos permite dar luz objetiva a los hechos que nos ocurren. Podemos analizar el pasado, el presente y hasta predecir el futuro. Dicen que ahora vivimos en el Big data. Pues, como siempre, pero ahora es el señor Google quien toma nota de los datos.
»Si nos fijamos en la historia, podemos ver que en el Paleolítico vivían cuatro millones de personas, un 0,05 % de los siete mil cuatrocientos millones de habitantes actuales de la tierra. De aquellos, tres cuartas partes habitaban a menos de mil kilómetros de la costa y dos terceras a menos de quinientos kilómetros, con tendencia siempre a concentrarse en las zonas de bajas alturas. Es llamativo ver que es la misma estadística que en la actualidad. Un 50 % de la población vive a menos de doscientos metros sobre el nivel del mar y el 80 % del total lo hace a menos de quinientos metros de altitud. Estos son datos globales muy importantes.

—¿Tanto como los de los señores calvos del metro? —me pregunta el doctor.

—Sí, claro, por supuesto. No hay datos irrelevantes. Solo hay que encontrar una secuencia lógica y cualitativa para poder manejarlos, y así obtener resultados, confirmar tendencias y/o establecer hipótesis. Seguro que, al cabo de un año de ir en metro, uno puede recoger suficiente información, en términos cuantitativos, que pueda demostrar una relación entre la calvicie y el uso del teléfono móvil. Todo está conectado, nada es casualidad. Por esta razón, tomo nota de todo, como hace usted ahora. Esta mañana, al entrar en un bar, solo dos de las trece personas que estaban desayunando alzaron la vista cuando llegué, un 15 %. Y una de ellas lo hizo después de que le lanzara una pelotita de papel.

—Eso no vale. Sería modificar o intervenir en los datos.

—Tiene razón, doctor. Del mismo modo que si el conductor de un autobús da un frenazo brusco y la gente levanta la mirada del móvil para ver qué ha pasado. Se puede afirmar que el conductor tiene una influencia directa en el comportamiento de los viajeros, de manera voluntaria o no. Todo está relacionado.

—Parece que tiene cierta obsesión con los móviles.

—¿Parece? ¿Qué quiere decir?

—Pues que lo presiento —aclara el doctor.

—Presentir viene del latín praesentire, que significa «tener la sensación de que algo va a ocurrir». Entonces, usted no lo afirma, sino que lo siente con antelación.

—Bueno, se lo preguntaré de otra manera: ¿le gustan los móviles?

—Depende; a veces sí y a veces no. Como me pasa con los tenedores. Si he de comer sopa, no me gustan, prefiero las cucharas. Pasa con todo, con las estufas, los ventiladores, los aviones, hasta con la lluvia o con los médicos. Todo depende.

—Muy bien —me interrumpe el doctor—. Volvamos al principio. ¿Dice que siempre recoge información?

—No, siempre no, desde que estoy jubilado. Antes no lo hacía. Durante cuarenta años, el 62 % de mi vida, fui empleado en un banco. Vivía sumergido entre números y cifras. Las matemáticas eran, y son, mi vida. Siempre me han apasionado. Y, desde hace unos años, trato de comprender el mundo que me rodea a través de los números, las estadísticas, los porcentajes.

—¿Recuerda cuál fue el detonante?

—Sí. Todo empezó al calcular las probabilidades que tenía de cobrar la jubilación en lo que me restaba de vida. Empecé a tomar nota de los datos del paro que la EPA publicaba, de los ingresos por cotizaciones de la seguridad social que el estado recibía, de las estimaciones del FMI para España, del déficit previsto, de las variaciones demográficas y de la reducción de los fondos de reserva.

»Luego me fijé en los datos de mis vecinos, jóvenes y ancianos, trabajadores y jubilados. Hacía encuestas y tomaba nota de sus respuestas, como le he comentado antes, para obtener el mayor número de datos y confirmar tendencias. Empecé a establecer hipótesis del funcionamiento de casi todo.

—Sin duda, debía estar usted muy ocupado —afirma el doctor.

—No crea. Como me sobraba tiempo, también manejaba otras estadísticas más triviales. Tenía un recuento de los vehículos aparcados en la calle, de las obras y construcciones realizadas en el barrio, y del tipo de árboles plantados. Añadí los datos climatológicos, los nacimientos, matrimonios, defunciones, razas de perros, las distintas antenas, corbatas, sombreros, los tipos de ruidos diurnos, los nocturnos, los olores, etc. Todos los datos inimaginables que pudiera recoger para la creación de mi propio Big data, como hace Google.

—¿Y ahora?

—¿Ahora? Pues, cuando cierro los ojos, hago estadísticas hasta de mis pensamientos.

—¿No le parece esto un exceso de acumulación de cifras y datos? ¿Un síndrome de Diógenes mental?

—La respuesta se la dejo a usted, doctor. Por esa razón estoy aquí. Es usted quien toma nota y reúne información para poder interpretar, establecer hipótesis y sacar conclusiones. De este modo, en el caso de necesitarlo, podrá ofrecerme el mejor tratamiento. Aunque, a diferencia de mí, usted lo hará cobrando una minuta que, con seguridad, influirá activamente en un sesgo de información que resulte favorable a sus pretensiones. Como yo, esta mañana en el bar con la pelotita de papel.

—Vaya, mis pretensiones… ¿Cuáles cree que son?

—Espero que no se ofenda, doctor. Ganarse la vida a costa de los problemas ajenos. Es un simple tema de estadística. Según Bloomberg, una empresa de información internacional, España es el segundo país de Europa con más consultas al psiquiatra. A buen seguro, este es un estupendo dato para su economía personal, aunque, tal vez, no para sus indudables aspiraciones profesionales, orientadas a erradicar los trastornos mentales de la población. ¿O me equivoco?

—No estamos aquí para hablar de mí, de mis problemas o aspiraciones profesionales, sino de usted. Creo que no es consciente de tener un problema y, por tanto, no siente necesidad de resolverlo.

—Se lo he dicho antes. Esto le compete a usted, que es el doctor. Si estoy aquí es porque mi mujer, familiares y amigos, en una cifra superior al 82 %, me han dicho que estoy para ir al psiquiatra. Tomé nota y saqué mis propias conclusiones. Y aquí estoy, tumbado en su cómodo diván, dándole información para que me evalúe.

—Para empezar, le recomiendo tomar un ansiolítico, en una dosis de fácil tolerancia y sin efectos adversos. Lo prueba durante un par de semanas y vuelva a visitarme.

—Un estudio señala que hasta un 23 % de los españoles toma fármacos para tratar la ansiedad de manera habitual. Ahora formaré parte de esta cifra. ¿Usted no los toma, doctor?

—No. Hasta la fecha, no he creído necesitarlos —me dice mientras me acompaña a la puerta de salida, dando por finalizada la visita de hoy.

—Pues no lo descarte, doctor. He observado que, durante los cuarenta y cinco minutos que ha durado la terapia, ha mirado en doce ocasiones el reloj, una vez cada cuatro minutos; ha revisado el móvil nueve veces, una cada cinco minutos; y ha mirado por la ventana en cinco ocasiones, una cada nueve minutos. He advertido también que agita las extremidades inferiores de manera continua, lo que podría tratarse de un RLS o síndrome de piernas inquietas; un trastorno, tal vez, debido a alguna disfunción neurológica. Si le sumamos una hiperhidrosis palmar, que advierto ahora al darle la mano, todo invita a pensar que sufre un episodio de estrés emocional. Tal vez, debería medicarse, aunque fuera con una dosis de fácil tolerancia, como la mía.

—Bien. Sí, gracias, lo tendré en cuenta. Que pase un buen día —me dice el psiquiatra mostrandome la salida.

—De nada, doctor. Buenos días, ha sido un placer.

Después de visitar nueve psiquiatras este mes, confirmo la noticia, publicada en la revista médica The British Medical Journal, que sitúa a los psiquiatras españoles a la cabeza de los profesionales médicos europeos con mayor inestabilidad emocional a causa del trabajo.

Estamos en manos de locos con título, concluyo.

Nov. 10, 2020, 9:20 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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