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La incomodidad de compartir un pequeño ascensor puede provocar situaciones inesperadas.


Memoir & Life Stories All public. © ® Gabi Domenech

#ascensor #vecinos #amistad
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El ascensor

Mientras esperaba el ascensor, vi de reojo cómo el señor Mateo rebuscaba en sus bolsillos las llaves para entrar en el edificio. Cuando el ascensor se detuvo, él ya estaba a mi lado para subir juntos. Obligados a compartir el diminuto elevador del edificio donde residíamos, nos saludamos con un escueto «buenas tardes».
Ofrecí al señor Mateo, un hombre de mediana edad con una voluminosa cintura, entrar primero. Me arrimé a él para facilitar el cierre de las puertas y repartimos las incómodas miradas habituales en estos casos; él bajó la suya y yo levanté la mía. Una pequeña placa metálica advertía de un absurdo: «Máximo cuatro personas». El ascensor empezó a subir y, ante la incómoda situación, susurré un educado:
—¿Qué tal?
—Pues no muy bien. Madre murió hace unos días.
Me quedé confundido, sin saber qué decir por la inesperada respuesta, impropia, a mi parecer, de una trivial conversación de ascensor.
Al percibir mi incomodidad, me preguntó:
—¿Y usted qué tal?
—Muy mal. Me han diagnosticado un cáncer —contesté para devolver su inoportuna respuesta.
Pero él, raudo en el intercambio de impertinencias, añadió:
—¿Terminal?
Para no excederme en una aclaración todavía más incómoda, respondí que no, que parecía curable.
—Pues ha tenido usted más fortuna que mi difunta madre, que en paz descanse.
Al llegar al rellano, el viejo ascensor se detuvo. Nos apretujamos de nuevo para poder salir. Saqué las llaves y abrí la puerta del piso que compartíamos.
Como de costumbre, sin soltar palabra, el señor Mateo se encerró en su habitación y no salió hasta la madrugada del día siguiente para ir a trabajar.

Nov. 10, 2020, 12:47 p.m. 0 Report Embed Follow story
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