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Epítome de un día horrendo.

Abro mis ojos a otro horrendo día, intentando descubrir el momento exacto en que mi vida se convirtió en una sucesión de días horrendos. Me levanto de la cama con la pereza de saber que no me espera nada bueno.

Reviso el celular, ni un rastro de él.

Como siempre al medio día, me sentaría a almorzar con mis padres y mi madre preguntaría:

- ¿Qué eran los ruidos de anoche?

A lo que yo, muy descaradamente, respondería:

- Alguien la estaba pasando muy bien, supongo.

Los ruidos a los que ella se refería eran mis gemidos y el rechinar de la cama. Siempre fingía que no lo sabía y yo la dejaba jugar a la ignorancia porque era divertido.

Tenía un amante nuevo cada noche, con el fin de olvidarme de la única persona que no podía tener.

A las 15:30 entraba a trabajar. Me lavaba la cara de nuevo, las manos, los dientes. Me maquillaba con rapidez, sin mirarme mucho al espejo. Había concluido que mirarme a mí misma a los ojos sería un suicidio seguro.

Reviso mi celular antes de irme y nada.

La jornada de trabajo fue más tranquila de lo habitual. Atendía un minisúper muy parecido al de Apu, la única diferencia es que nada interesante sucedía. No habían Homeros, ni ladrones con armas, ni delincuentes juveniles. Solo gente aburrida, estresada por dinero, que siempre iban tarde a algún lado.

Aquel día, mi único cliente fue un hombre de cuarenta años bastante sexy al que acabé dándole mi número por sí algún día le interesaba tener una noche loca. Ya que no vino nadie más, abrí una cerveza.

El alcohol siempre me ayudaba con el peso que sentía en el pecho. Lo aliviaba o hacia que dejara de pensar en él.

Cuando quise acordar, ya me había tomado la mitad de mi sueldo en cervezas y estaba un poco ebria. La ebriedad era una excusa perfecta para llamarlo.

Contestó luego de que sonara tres veces.

- Si estás ebria solo decime donde estas y voy a buscarte, no hay necesidad de hacerla tan larga.

Colgué.

No era lo que deseaba oír. Nunca era lo que deseaba oír. Sin embargo, me lo merecía. Su desprecio, su desconfianza, su enojo. Todo me lo merecía.

Volví a casa luego de siete horas con varias petacas de whisky bajo el brazo. Mis padres no estaban así que me dedique a tomar en el baño por las dudas que vomitara.

Lloré hasta el cansancio, sin embargo, el peso no disminuyó. Continuaba asfixiandome.

Lo llamé otra vez.

- Ya basta, Lucía. No es mi amor lo que necesitas, es el tuyo. Si te quisieras un poquito no nos harías pasar por esto.

Colgué otra vez sin decir una palabra. ¿Mi amor? ¿Cómo podría amar a una persona tan desastrosa?

- Exacto - dijo una voz.

Miré a mi costado y ahí estaba ella. Demacrada, con el rimel por los pómulos, el labial corrido y una petaca casi vacía en sus manos.

- ¿Ves esta botella? - dijo ella, yo asentí - Así sos vos. Estás casi vacía y lo único que tenes adentro es veneno adictivo.

Yo miré la botella y comprendí que tenía razón. Lo que me pesaba en el pecho no era la suma de todas mis desgracias, sino el vacío que las mismas habían ocasionado. Como si el vacío me protegiera de futuros daños.

- Hemos sufrido demasiado. - le dije

- ¿Y que hemos hecho con eso? - inquirió

- Nada bueno.

Asintió.

- Nada bueno.

Me puse de pie como pude y tambaleé hasta el espejo. El suicidio o la salvación, lo que sea que me esperara dentro de mis ojos lo aceptaba completamente.

No eran la gran cosa, y estaban tristes. Incluso cuando sonreía o estallaba en carcajadas ellos continuaban tristes. Me quedé allí, mirándome a mí misma a los ojos por lo que pareció una eternidad.

Ojos hinchados, dientes chuecos, nariz grande y cabello con frizz. El maquillaje todo corrido. No me odiaba, claro que no. Yo me compadecía a mi misma, justificaba mis malas acciones con todo el mal por el que había pasado. Mataba mis esperanzas a diario y me creía incapaz de salir a delante sola.

Me minimizaba, me menospreciaba, me aislaba, me culpaba, me subestimaba, me insultaba, me empujaba al abismo. Mi peor enemigo era yo, la única con el poder de destruirme o salvarme. ¿Y cuál elegiría ahora?

Ella me abrazó y nos quedamos un instante perdidas en mi inconsciente.

- Yo me perdono. - dijo - por todas las veces que me hice mal. Y me acepto, sobre todo a esta horrible nariz.

- Tiene su encanto.

Esa noche, después de vomitar, me acosté sabiendo que al despertar me dolería menos ser yo. Había ido a la cama sola y eso estaba bien.

Tenía la impresión de que todo estaría bien ahora.

Oct. 8, 2020, 4:45 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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