khbaker K.H Baker

El amor de una familia siempre prevalece sobre todas las cosas y, en ocasiones, hay que estar en el punto de mira para alejar todas las sospechas.


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Nadie, nada, nunca

La noche se disponía a engullir la ciudad, las estrellas se veían tan lejanas que me hacían sentir diminuta en un mundo tan inmenso, no me creía capaz de estar a la altura de tal belleza y perfección, sin embargo allí estaba, sentada en la ladera que había detrás de mi casa, abrazada a mis rodillas como si fuese una niña pequeña, comparándome con el firmamento, convenciéndome de que yo también podía brillar y deleitándome con el revolotear de decenas de luciérnagas que simulaban querer unirse a las estrellas de tan noble firmamento.

Era una noche como otra cualquiera, sin embargo, todo parecía diferente; soplaba una brisa fresca que mecía mis cabellos con mimo, el césped acogía mi cuerpo con suavidad y me instaba a dejarme llevar por el momento y a tumbarme de nuevo sobre aquel manto verdoso y ligeramente húmedo. Sin embargo, no podía ceder ante tal atrayente proposición ya que, de lo contrario, volvería a quedarme dormida y no podía permitirme perder más tiempo.

Me levanté a regañadientes de la ladera y cogí mis zapatos, situados a uno de los lados, el tacto del césped era tan reconfortante que no me importaba tener que caminar un poco más descalza, a pesar de saber que el césped terminaría pronto para dejar paso a un camino de piedras planas que, de haber recibido el intenso calor del sol a lo largo de todo el día, todavía estarían calientes.

Desde allí podía ver las luces de mi casa, cómo el humo ondeaba a través de la chimenea, extrañándome de que alguno de los miembros de mi familia hubiese encendido el fuego en pleno mes de agosto, pero tampoco le di demasiada importancia ya que, en ocasiones, mi madre solía asar la carne en una parrilla dispuesta en la chimenea, simulando una barbacoa. Mi familia siempre había estado muy unida y aquellas eran las pequeñas cosas que se disfrutaban sin contemplaciones; en ocasiones había alguna que otra rencilla que se acababa solucionando mediante el diálogo, sin embargo, todo cambió cuando mi hermano comenzó a trabajar en aquella empresa tan extraña, tal vez por aquella razón mi madre hubiese decidido cocinar una cena especial, para que él se sintiese bien.

Hacía un par de meses que habían llamado a mi hermano mayor de una empresa de electrónica que le aseguraba un puesto fijo y un sueldo generoso sin tener que abandonar la ciudad de su infancia, era increíble que en una ciudad tan pequeñita hubiese una empresa de tal calibre pero él no lo cuestionó y aceptó el puesto sin contemplaciones. Poco después de comenzar a trabajar en dicha empresa, comenzó a mostrar un comportamiento un poco más irascible que todos atribuimos al estrés y la cantidad de horas que pasaba trabajando. Mi madre y yo tuvimos que ser un poquito más comprensivas, sobre todo después de que nuestro padre nos abandonase, no queríamos que el único hombre que quedaba en la casa también se fuese de nuestro lado por no saber comprenderle.

Ante la entrada de mi casa habían un par de coches patrulla que alimentaron mi curiosidad y mi preocupación al mismo tiempo, ¿qué les habría llevado a visitar una de las pocas casas que se encontraban en las afueras de la ciudad? Acelerando mi paso con cada pisada, atravesé el camino de piedra descubriendo que, tal y como sospechaba, las piedras todavía estaban calientes, y aunque la sensación no era del todo desagradable, pues mis pies estaban húmedos a causa del césped y las piedras me ayudarían a secarlos, la preocupación incipiente, la cual se acrecentó al descubrir la cinta de «prohibido el paso», no me permitió disfrutar de ello.

Una vez llegué a la puerta de casa, eché una última ojeada al horizonte, aquel paisaje tan bello y hermoso que me invitaba cada tarde a sentarme sobre el césped para admirar la puesta de sol con el único propósito de volver a ver algo que me hiciese sonreír antes de adentrarme en la casa, donde estaba segura de que nada bueno había ocurrido, pues la policía podía visitar una casa por muchas razones, pero tan solo había una por la que precintarían una vivienda.

El interior de la casa estaba demasiado silencioso para lo que acostumbraba, tan solo unos débiles murmullos se escuchaban al fondo del pasillo que llevaba hasta la sala de estar.

—¿Hola? —pregunté casi con miedo, no sabía qué respuesta iba a obtener y aquello me aterraba. Un agente de policía salió en mi encuentro, me miraba con tristeza, como si debiese lamentarse por algo en concreto y un nudo se instaló en la boca de mi estómago, provocándome unas nauseas que no sabía si podría controlar durante mucho tiempo—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi familia?

—Necesito que me responda a unas preguntas primero, señorita —dijo el agente, provocando que frunciese el ceño ante su comentario.

—¿Preguntas acerca de qué? —pregunté contrariada.

—¿Dónde estaba entre las ocho y las nueve de la noche? —Yo miré mi reloj de forma instintiva, eran las nueve y media de la noche, como todos los días. Llevaba repitiendo la misma rutina desde que mi padre se fue de casa y así se lo dije al agente—. Así que nadie puede confirmar su coartada.

—¿Coartada? ¿Pero qué es lo que ha pasado? —Mi corazón comenzó a latir con fuerza y cada vez se me hacía más difícil guardar la compostura.

Movida por la incertidumbre, aparté al policía de un empujón y avancé con rapidez a lo largo del pasillo hasta llegar al comedor donde, tal y como había visto desde la ladera, la chimenea estaba encendida y aunque ya no había llamas en su interior, las brasas candentes todavía conseguían caldear el ambiente.

El agente que me había negado la entrada a mi propia casa corrió tras de mí y me sujetó antes de que pudiese llegar hasta el centro del salón, sin embargo, pude ver la escena que me atormentaría por las noches durante el resto de mi vida.

El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaron que la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación, podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo.

No había pruebas de mi coartada pero tampoco había nada que me situase en la escena del crimen a la hora en la que se cometieron tales atrocidades; el cuerpo de mi madre estaba destrozado y, aunque el forense ordenó el levantamiento del cuerpo poco después de que yo llegase a la casa, aquella imagen no se borraría jamás de mis pensamientos.

Me obligaron a aislarme en mi propia casa durante horas mientras durase el interrogatorio, me hicieron cientos de preguntas que no tenían sentido para mí, ¿qué tenía que ver el abandono de mi padre con todo lo que había ocurrido? Tuve que escribir mi rutina diaria en un papel que después contrastaron con las declaraciones de mi hermano, quien había estado trabajando hasta poco antes de que yo llegase a casa, fue él quien alertó a la policía pero era yo la que no entendía por qué no me había llamado a mí.

Cuatro horas después, mi casa estaba vacía, las manchas de sangre del salón todavía recordaban la trágica escena que se había dado lugar y, sin pensarlo dos veces, llené un cubo de agua y jabón para después arrodillarme en el suelo para tratar de limpiar la sangre de la moqueta.

Un suspiro quebró mi alma y me provocó un incipiente dolor en el pecho fruto de los sollozos, las pisadas de mi hermano llamaron mi atención y alcé la mirada para encontrar la suya hasta que, en un intento de ejercer su rol como hermano mayor, se arrodilló a mi lado y me rodeó con sus brazos.

—¿Por qué lo has hecho? —pregunté con un gran pesar en mi alma.

—Papá no nos abandonó... —respondió él con la voz sombría—, ella le mató y enterró su cadáver...

—¿Cómo lo sabes?

—Las cosas de papá están en el sótano... La ropa, los zapatos, sus documentos... y su cadáver tras todas las cajas... El frío que hace allí abajo debe haberlo momificado o... —Detuvo sus palabras para suspirar y negar con la cabeza—. Eso ya no importa ahora... Gracias por no delatarme...

—Tú no lo hiciste cuando la policía me interrogó tras la muerte de Christian...

—Ese capullo te maltrataba, merecía morir, hiciste lo que tenías que hacer para salvar tu vida —susurró en un intento de calmarme.

—Somos lo único que nos queda, nadie, nunca ni nada nos separará —dije, entrelazando los dedos con los de mi hermano.

Mi hermano era cinco años mayor que yo, siempre habíamos estado muy unidos, hacíamos lo que hiciese falta por protegernos el uno al otro, había sido así desde que tiré a un niño desde lo alto de mi caseta árbol cuando tenía siete años, siguió siendo así cuando, por culpa de un arrebato, James acuchilló a un compañero de la universidad, y seguiría siendo así durante el resto de nuestras vidas, pasase lo que pasase.

Oct. 5, 2020, 1:31 p.m. 3 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

K.H Baker Escritora, melómana, amante del terror y de los retos en general. Hago lo que esté en mi mano para cumplir mis objetivos y si es con una buena historia y un buen café, mucho mejor ^^ Instagram: @khbaker_escritora

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Andrés D. Andrés D.
Es un relato fenomenal y tu escritura es tan pulcra que en verdad se siente como leer a una profesional. No imaginaba esa forma de concluir y toda esa trayectoria de muertes desde tan temprana edad para ambos hermanos. Ha sido todo un placer poder leerte. Te tengo un par de observaciones, de escritor a escritora, como comentario constructivo. Solo si aceptas te los hago saber. Un saludo inmenso desde México y te sigo leyendo para descubrir más de tus historias.
October 16, 2020, 03:54
Jancev Jancev
¡Que increíble relato has creado con la frase del reto! Me ha fascinado la tranquilidad del inicio para todos los eventos y verdades del final. ¡Felicidades!
October 14, 2020, 22:32
sebastián pulido sebastián pulido
Estos dos llevan la "hermandad" a un nuevo y aterrador nivel. Buena historia me mantuvo intrigado y el final fue inesperado. El titulo me recuerda a una historia que escribí, "CAZADOR. PRESA. SENTENCIA". Supongo que los títulos de tres palabras son más comunes de lo que pensé.
October 13, 2020, 21:54
~