escritora_lola_pop Escritora_Lola_Pop Lola

Este libro es el final de la trilogía. Empieza por “PÍDEME TIEMPO (1)” Y “DESPIERTA TUS SENTIDOS (2)”. Descubrí que el destino, por más que lo quieran manipular, ya está escrito desde que naces hasta el fin de tus días. Y ese destino debía ser nuestro. Solo nuestro. Porque cuando hablan de romance como un cuento de hadas, no te cuentan las malas lenguas que los villanos entorpecen que los enamorados puedan ser felices al retomar aquel beso que dejaron a medias la primera vez. La felicidad depende del esfuerzo por conseguir ser felices. OBRA REGISTRADA EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL. LA NO MENCIÓN DE LA AUTORA O, EL PLAGIO, SERÁ JUDICIALIZADO.


Romance Erotic For over 21 (adults) only. © Registrado en la propiedad intelectual

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CAPÍTULO 1

Jueves. Primera semana de noviembre.

En Imagine Solutions, Barcelona. Las agujas marcan las tres de la tarde...

— Narra Lola —


Insisto. Quinta llamada a Mario.

No paro de mover la pierna, desquiciada, nerviosa por hablar ya con él. Se ha convertido en el único gesto que me calma mientras escucho los tonos de llamada.

Al cuarto tono, muerdo con fuerza el tapón de mi rotulador color mostaza. Si no contesta, le acosaré a más emails. Le petaré la bandeja de entrada.

Hago crujir el plástico del tapón cuando resuena el quinto tono de llamada. Acelero más mi pierna, desesperada.

Lola — responde, sin fuerza en su timbre de voz.

— ¡Por fin! – me dejo caer en el respaldo de la silla, aliviada —. Te he llamado mil veces. Empezaba a pensar que se te había tragado la tierra. Escucha, es que...

Estaba reunido con los gerentes — interrumpe, arrastrando sus palabras.

Lo conozco bien. Los ánimos no le acompañan. Lleva semanas que está irreconocible.

— Mario, ¿podemos hablar de un tema importante? Por favor. Por favor. Por favor — el silencio se hace entre nosotros. Miro la pantalla de mi teléfono, comprobando que sigo en modo llamada. El nombre de «Adonis» sigue ahí —. ¿Mario?

Dime…

Es como si el Mario con el que empecé a revolucionar el mundo de la publicidad, desapareciese por completo y me trajese a este ser que no concilia el sueño, ni come, ni vive.

Se ha esfumado su creatividad y deposita toda su confianza en la mía, que también está abrumada por tanta presión de Pablo y de Cócó.

— ¿Para qué te han reunido, Mario?

No me fío de esas quedadas improvisadas con los capos de Irlanda. Eso siempre son malas noticias.

Cócó me ha hecho tantos cambios en estas últimas semanas, que creo que estoy tratando con clientes diferentes cada vez que Mario sale de una reunión y me hace un resumen de lo que piden.

Los Gerentes me están cuestionado la dimensión de los carteles, la cantidad de ellos, la localización que has decidido y, que la imagen en movimiento no es lo que esperaban. Obviamente, porque no está acabada.

— ¿Cómo? ¡A un mes de salir quieren otra dimensión! En otra puta dimensión estamos tú y yo con esta gente. ¡Me cago en…! Si ya tengo la empresa de impresión gráfica preparada. Y lo de la imagen en movimiento, pues, es que mi equipo está ultimando los detalles. ¿Para qué coño piden, entonces, que quieren ver el borrador? ¡Si es un borrador, es un borrador! — golpeo la mesa, cabreada por la incoherencia de sus jefes.

No me digas… No me había dado cuenta del problema.

— ¿Qué les has dicho?

¿Lo hablamos luego, por favor? Necesito un respiro.

— Mario, has defendido nuestra idea a muerte, espero. No puedo cambiar más cosas ahora.

No he salido de ese despacho ni para comer. ¿Crees que no he defendido tus diseños en esas 3 horas y media de reunión? ¿Te parece insuficiente, Lola? ¿De verdad? — resopla con fuerza. La bocanada de aire da de lleno en el auricular.

— ¿Tengo que parar la producción? Dime que no, porque me caigo muerta aquí mismo — muerdo con más fuerza el rotulador color mostaza, descargando mis ganas de ir a Irlanda y pegarles cuatro puñetazos a esos cabrones.

Siguen imaginando lo imposible, así que no tienes que cambiar cosas que son imposibles — su voz suena hueca. Se ha recostado. Estoy segura. Lo ha hecho mucho estas últimas semanas.

— Adonis… Vamos… ¿Estás bien?

Me muero de hambre. No he desayunado, ni comido —sigue sonando como en un espacio cerrado —. ¿Necesitas algo más, Lola?

— Mario.

Sí. Hay algo más. Está bien... Dispara.

Llevamos tres semanas trabajando entre 10 y 12 horas diarias, incluidos los fines de semana. A veces hasta cuando ha venido a Barcelona o yo he ido a Madrid, hemos revisado o hablado de la campaña.

La situación nos supera. Estamos asqueados con Cócó. A veces, incluso nos hablamos mal en las videoconferencias o, en las llamadas personales. Y juro que necesito al Mario al que adoro y quiero con locura, pero se ha esfumado ese hombre.

Quiero al que me hace sentir que el mundo no se tambalea, sino que lo hacemos vibrar nosotros con nuestra fuerte conexión.

— No tengo local, Mariosin anestesia, como a él le gusta. Le dejo unos segundos para que lo asimile. Se mantiene en silencio, paciente —. Los mejores locales están reservados. Diciembre me está pareciendo un infierno. Hay convenciones de empresa, cenas y más cenas, comidas de Navidad… Si no tengo local, no puedo organizar nada de todo lo demás. Estoy metida en un bucle.

No sé si quiero hablar de esto ahora, porque tengo ham…

— ¡Pero es que tenemos que aceptar que tenemos un problema! — interrumpo, desesperada por que aparezca ya el Mario realista y resolutivo. No quiero al que se lamenta.

Con hambre, Lola, no soy la mejor persona para tratar temas importantes. ¿Te llamo en una hora?

— En una hora seguiremos sin local. Da igual que alargues esta muerte anunciada. No tenemos sitio. Esa fiesta se va a realizar en la calle, como sigamos así. No me creo que eso no te preocupe. ¡No me lo creo!

Me va a estallar la cabeza — se queja, seguramente masajeando su sien, como ha hecho todos estos días cuando ese dolor le estaba consumiendo las energías —. Te conozco demasiado bien. Ahora vas a decirme lo peor — respira tan fuerte, que da lleno en el auricular y el aire cruje en mi oreja.

Miro las hojas que tengo en mi mesa. Tengo los nombres escritos de mi puño y letra: tachados, marcados con un círculo, subrayados por colores… Son todos los invitados que por ahora hemos podido localizar para la fiesta. 200 personas, de las cuales, 60 son las más realistas y, solo unas pocas han confirmado asistencia sin saber a dónde van.

— Invitados — se mantiene a la espera mientras reviso mis hojas —. No superamos la cifra de 60 personas interesadas — cierro los ojos con fuerza. Se desatará su peor versión en segundos. Abro de nuevo los ojos cuando para mi sorpresa no dice nada, solo sigue respirando con fuerza —. Confirmadas tenemos 47 personas — cruzo los dedos para que Mario me dé el empujón que necesito.

Necesito a su brillante mente. Quiero a mi chico listo; al de las gafitas que quitan el hipo. ¡Al de las ideas extraordinarias! ¡Al que sabe 6 idiomas y no sé cuántas cosas más!

Debí ir a comer — está al borde del colapso y mis cifras harán que se rompa en mil pedazos.

Con otros clientes esto me lo callaría, pero con Mario no solo comparto una campaña publicitaria, sino que es mi mayor confesor en lo personal. Mi mano derecha. Y mi izquierda.

Es mi brújula.

— 47 es la misma cifra que tendrás después de venir de comer algo — vuelvo a buscar su lado realista.

Lola, no pueden ser 47 – escapa una risa amarga, marcando su malestar.

— He llamado a las doscientas personas que tenemos en lista, pero coincide que muchas de ellas tienen otros eventos ya firmados o, que están ensayando galas de Navidad o, están organizando sus propias fiestas para fechas especiales o, no les interesa venir.

Partes de muy pocas, ¿no crees? 200 personas no es casi nada. Debes partir de, al menos, 1000 personas. Digo mínimo.

— Dadas las circunstancias, ¿qué esperabas? Me das un mes y qué hago. ¿Quieres que la gente anule sus agendas por Cócó? Es absurdo.

Por 47 no movemos tanto dinero. Tendrás que revisar mejor tu trabajo.

— ¿Cómo dices? ¿Mi trabajo? — golpeo mis hojas sobre la mesa, cabreada por escuchar hablar de mi trabajo de esa manera tan despectiva.

Sí. Revísalo.

No me puedo creer lo que estoy escuchando. Intento asimilar cada una de las palabras que acaba de soltar y, esa frialdad con la que se dirige a mí. Me ha revuelto el estómago. Mario ha perdido el norte y se me lleva con él.

Dejo el teléfono encima de la mesa, con el manos libres activado. Mientras Mario espera que conteste a su falta de coherencia, cierro los ojos unos segundos y masajeo mi nuca, con fuerza, notando bajo mis palmas lo tensa que está esa zona desde que empezó este largo viaje al evento del demonio.

No puedo decirte que me deje tranquilo que solo tengáis en lista doscientas personas. Me parece increíble que aún se esté trabajando en ese punto. Ya debería estar el local, las personas, el catering… No acepto este resultado.

Noto la bilis subiendo por mi garganta. Desde que decidieron que yo era organizadora de eventos a tiempo completo, tengo esa sensación subiendo y bajando por mi garganta.

Se creen con derecho a estirar mi cerebro como un chicle. No puedo hacer más. Se tarda mucho en hacer un evento de semejante calibre. Entre los invitados de Madrid y Barcelona, ya rellenaremos hueco. Lo que habrá que controlar es juntarlos con ciertas celebridades.

¿Lola? —rebota su voz a través del teléfono.

Delante de mí, los ‘roll-up’ de las bocas de Cócó. Una de ellas, la de color verde, su boca y todos los momentos vividos con él, en su despacho, la primera semana que empezamos este proyecto.

Por aquel entonces éramos un equipo.

¿Lola? ¿Sigues ahí? — rebota de nuevo su voz.

Vuelvo a llevarme el teléfono al oído, aunque sin ganas de querer hablar con el tipo que hay al otro lado.

Lola, responde.

— Es increíble tu actitud—le recibo de nuevo.

¿Qué actitud?

— ¡La tuya, joder! – me supera su forma de alejarse del problema y pasarme a mí este drama. Me da más nauseas, más de las que ya tenía antes de llamarle —. ¿Te crees que puedo hacer venir a mil celebridades a una fiesta de empresa? ¿Quién coño os creéis que sois? ¿Os pensáis que sois el Papa de Roma? ¡Iros a la mierda!

No me hables así. Y no chilles.

— Mario, este proyecto lo he hecho en menos tiempo que cualquier otro que haya hecho en mi vida. Incluyendo ayudarte a ti para la campaña de Madrid, cosa que no está pagado. He trabajo en dos campañas, por el precio de una. ¡Por favor! ¡Fue un extra, porque eres tú! ¡Porque somos Mario y Lola! A otro le hubiera mandado a la mierda…

¿Y? ¿Qué hago? ¿Rompo tus ideas? ¿Las quemo? ¿Eh?

— He perdido mucho tiempo haciendo los retoques de Madrid. Si vas a lo barato te sale caro. Tan caro, como cabrearme ahora y que te deje tirado al teléfono.

Decidiste tú ayudarme cuando viste que se podía mejorar. Los favores se dan gratis. No se pide nada a cambio.

— Por aquel entonces éramos una única persona y un único cerebro, trabajando como dos grandes profesionales. Desde luego, no era el ejército de Mario Vila Font y sus soldaditos moviendo el culo a sus órdenes, ¡como ahora haces conmigo! Te aseguro que me tenéis al límite. Y eso te incluye a ti, Mario, que me estás empezando a hacer sentir que soy nefasta haciendo mi trabajo, ¡cuando, en realidad, he llevado dos campañas a la vez!

Nefasto no. Solo digo que no estás atinando con la fiesta. Llevas así dos semanas. No veo que avances, y me preocupa. Ya está. Que parece que no escuchas, hostia — lanzo el rotulador color mostaza contra la pared que tengo delante. Descargo la ira contenido por no colgarle y mandarlo a la mierda —. ¿Qué harías en mi lugar? ¿Mirar el choque de trenes?

— ¿Te atreves? ¡No puedo más con esta conversación, con este trabajo y con esta situación!

¿Qué estás al límite de todo? Bienvenida al club. Ya somos dos, ¿sabes? — saca las uñas, como siempre que ve que su batalla es más importante que la mía.

— ¿Te crees que alguien te hace esos diseños y una puta fiesta, trabajando solo 8 horas al día? ¡Si solo vivo para trabajar!

Es culpa de Pablo, por no contratar a dos como tú. Díselo a él. Si no vas a quejarte, pues vas a tener que revisar los resultados tú misma. Y si no los revisas, los tengo que revisar yo. Ciclo de la vida en esta selva de la publicidad.

— ¿Perdona?

Si Pablo no hubiese aceptado, ahora est…

— ¡Me cago en todo! — freno sus palabras en un solo grito —. ¡Le habéis ofrecido 50.000! ¿Qué coño quieres que haga un jefe de empresa? — me levanto con ímpetu de a silla y el respaldo golpea contra el cristal de las paredes. Algunos de mis compañeros miran hacia mi despacho, desconcertados. Les doy la espalda, buscando algo de intimidad para cagarme en todo lo que se menea. Que sea todo acristalado no ayuda —. En este punto el cliente reprocha siempre al proveedor. Si sale mal, Lola es la cabeza que rodará en Imagine Solutions y, a la que tus gerentes pedirán explicaciones ante el ridículo que nos viene encima —doy una patada a una de las bolas de papel que han caído fuera de la papelera —. Revisa tú tus palabras, Mario Vila Font, porque me estás empezando a despertar algo muy jodido, dentro de mí.

No menosprecies mi rol en todo esto. ¡Estoy al mando!

— ¡A ver si solo trabajas tú, ahora! Que nos cosen a hostias a los dos. ¡A los dos!

Te recuerdo que tengo la responsabilidad de no hundir esta empresa.

— ¿Es eso de mi incumbencia? O quizás fue un secreto que quisiste decirle a la persona con la que compartes una vida. No sé… ¡Digo! ¿Es de mi incumbencia como proveedora?

Lola, me estoy matando en vida para que la gente no tenga que ser despedida, masivamente.

— Y con ello dejas rastro de tu responsabilidad, pero en mi vida personal.

Tomo aire desesperadamente, buscando esa paz interior que parece no querer llegar en estos instantes.

Entonces, freno mis pasos acelerados por el despacho. Doy con el nombre. Ella. Helena ha provocado todo esto. Nos ha puesto en bandeja que tengamos esta crisis, dentro y fuera de nuestras sábanas. Sabía que Mario y yo llegaríamos a este punto.

— Hemos caído como idiotas, Mario.

¿Cómo dices?

— Nos han hecho esto — pienso en esa bruja y me flojean las piernas. Un hormigueo, presa del miedo, se apodera de mi cuerpo —. Ella quiso que pasase eso. La fiesta era una manzana envenenada. Hemos mordido la puta manzana.

¿Manzanas envenenadas? Espera que te cuente un cuento: no estoy dispuesto a que los gerentes vengan hasta Barcelona para encontrarse con tres invitados mal contados y, sin poder disfrutar de su puto dinero invertido en esta fiesta. No pienso permitir que mi trabajo como jefe de campaña quede a la altura del betún, te guste o no te guste como lo explique, porque crees que es solo que nos han dado manzanas envenenadas. No rebajes mis problemas a una manzana envenenada, Lola.

— A rebajar a los demás sí juegas, ¿verdad? A dejarnos a la altura del betún, a los demás.

Trabajo para máximos, Lola. Y los máximos pasan por no obviar ningún detalle de los que se te escapan ahora mismo. Y creo que estás obviando estrategias que no deberías obviar. Se te olvida que estás en Barcelona. Es la ciudad cuna del arte dramático, de arquitectos de renombre, de los artistas pintorescos, de empresas importantes, de editoriales… ¡De todo lo que quieras ver si le quitas los grilletes a tu creatividad!

¿Quién es este Mario? No sé dónde está el chico con el que me despierto por las mañanas los fines de semana y, que me da un beso y me dice que soy lo mejor que le ha pasado en la vida.

Ha apagado su risa. Ha apagado su dulzura. Ha apagado su lado comprensivo. Solo escupe palabras hirientes, sin control.

Palpo la mesa de reuniones, temblorosa. Reposo mi culo en ella, mirando la nada, asimilando lo que me estoy encontrando en esta llamada.

— Este lado de Mario es horroroso. Llevo semanas sintiendo que nunca hago las cosas bien. Me estás haciendo daño.

¡Se supone que sois expertos en estas cosas! – sigue cargando contra nosotros, quitándose las pulgas —. Nos lo vendisteis así en la primera reunión, en Irlanda. Pablo solo repetía, una y otra vez, que eráis los mejores organizando las campañas de ensueño, incluidos los eventos promocionales. Pídele explicaciones a él, que te puso por las nubes, a pesar de que ninguno de nosotros sabíamos quién eras. Dijo que la Project Manager era la mejor de la empresa.

— ¿Acaso has organizado eventos como para darme lecciones sobre los detalles que no estoy teniendo en cuenta? ¿Eh? — muerdo mi labio con fuerza, parando el temblor de mis inmensas ganas de llorar.

No es mi trabajo, Lola. Yo pago a empresas de publicidad para que piensen por mí – contesta con desdén y superioridad.

Me llevo la mano al pecho. Mi corazón se acelera de una manera incontrolable. Siento cómo sube toda la rabia por mi garganta, directa de mi estómago.

Nos está tratando como prostitutas a las que pagar por un dinero insuficiente y, que hagan lo que el cliente le plazca, aunque sean las prácticas sexuales más sucias y rastreras.

— De verdad que no te reconozco, Mario Vila Font — se me quiebra la voz. Estoy rota por dentro. Se aleja de nuestra conexión fuera y dentro de las sábanas.

Soy el mismo de siempre. Solo que sé diferenciar cuando es trabajo y cuando no. Cosa que tú no lo haces ahora mismo. Esto a otro cliente no se lo dices. A otro cliente no le gritas como a mí.

Este proyecto se ha convertido en una pesadilla. Íbamos tan bien, que ahora me parece hasta un oasis cuando estaba todo hecho antes de tiempo y ambos al mismo ritmo y nivel de exigencia.

Ahora se desmarca otra fase de Mario y de Lola que está a punto de caer por el abismo.

— ¿Sabes lo asqueroso que suena eso de pagar a alguien, usando ese tono de voz? Tan clasista, tan-tan-tan…

Es que os estamos pagando. Justo para llevarnos a los éxitos. Estamos dejándonos una millonada por tu creatividad, Lola Suárez Bruguera. ¡Y no lo entiendes!

— Eres un déspota — y escapo la primera lágrima por mi mejilla —. He llamado porque estaba buscando al otro Mario, no solo al cliente. A mi Mario, el que me comprende y me ayuda cuando estoy angustiada — paso el reverso de la mano por mi mejilla. Se empapa de lágrimas que esta campaña no merece —. Resulta que me he encontrado al arrogante madrileño que se cree que tengo que ponerle una puta alfombra a sus pies, por pagar una campaña publicitaria. ¡Y a este Mario lo detesto con toda mi alma! No me siento orgullosa de trabajar con este ser que hay al otro lado del teléfono.

Te avisé que era muy exigente en el trabajo. Quiero un buen resultado. Nada más. Y para eso hay que trabajar duro.

— Pues estás siendo inhumano. ¡Qué digo…! ¡Un maldito tirano! ¡Estoy trabajando diez o más putas horas diarias! ¡Qué más quieres de mí! Te empaqueto mis fuerzas y te las mando a Madrid. ¡Tirano! ¡Que eres un tirano!

¿Hablas así a tus clientes, Suárez? Porque ahora es lo que soy en esta llamada. Estás equivocándote.

Tengo un dolor agudo que sube y baja por mi garganta, casi como si quiera exprimirme las cuerdas vocales. Reconozco esta sensación. Es un ataque de pánico.

— ¿Cómo te atre….? — soy incapaz de pronunciar palabra, llorando el dolor que me hace sentir esta sensación de pánico.

No tengo aliento. Mis palpitaciones se aceleran y sube la rabia hasta mi paladar.

Joder, Lola… —suspira con fuerza —. Oye... Yo… — suspira, derrotado. No sé cómo hemos acabado así, pero si alguien deseaba que esto pasase, está pasando y de la peor forma posible —. Lola, en-en-en serio… Sé que eres buena en tu trabajo. Solo digo que tienes que ser las dos Lolas para mí, aunque te pese.

— ¡Solo hay una!

Lo siento, pero he vivido esto antes en mi matrimonio y no quiero que vuelva a repetirse del mismo modo. Helena tampoco entendía que le exigiera al máximo y, eso, me trajo problemas, entre los que estamos ahora metidos. No quiero que me pase de nuevo, como me pasó con ella. Quiero que entiendas que, en el trabajo, somos otros, los dos. Helena jamás comprendió eso.

— No soy Helena. ¡No te atrevas a volver a compararme con esa… ! ¡No!

Yo soy Lola, siempre. Claro que en el trabajo me aplico, pero con esta llamada no necesitaba al director de publicidad de Cócó, sino a mi Mario, el que siempre quise me apoyó desde que éramos unos críos y que trabaja conmigo en equipo, en esos días en Madrid.

Sé que no eres Helena, pero reconozco que en tu forma de hablar ahora me recuerdas a esas discusiones después del trabajo, al llegar a casa. Ella…

— Mira, Mario — interrumpo, sacando fuerzas de donde no las tengo —. Voy a tener el evento preparado en tres semanas, como está firmado por contrato. Y lo haré con o sin tu ayuda. Porque para eso me pagas, como bien has dicho antes. ¿Pagas para que piensen por ti? Eso haré. No hace falta que pienses más en todas estas semanas. Se acabó. Eso sí: te deseo mucha suerte con tus pasos en Madrid, porque no voy a ayudarte en tu campaña allí, como hasta ahora. Tu campaña no es la mía. Yo soy Barcelona y tú eres Madrid. Y, vergüenza debería darte reprocharme ahora que no llego a mínimos. ¡Con lo que te he ayudado en Madrid!

LolaPor favor… No es eso — susurra.

Ha sonado sucio. Rastrero. Asqueroso, viniendo de él. Pagar, como si mi cerebro fuese lo mismo que prostituirlo. Si quieren una mamada creativa a cambio de dos, que paguen a otra.

De injusticias está hecho el mundo. Solo que no me pensaba que Mario era injusto y un tirano.

— Ahora solo trabajo para lo que me paguen. Lo demás, has sido un obsequio para ti, Mario Vila Font. Enhorabuena por tener unos carteles gratis, en perfectas condiciones. Habla con la publicista de Madrid, a ver si también siente que trabaja a mínimos. Háblale así a ella.

Lola, ese es mi trabajo. Y como cliente no me puedo quedar de brazos cruzados viendo como no avanzas. Esta campaña necesita que seamos más exigentes y quizás no estarás acostumbrada a lo que quiero. ¿Entiendes? No hay más que entender qué relación tenemos en esta llamada. Somos Project Manager y Director de marketing de la empresa que os ha contratado. Punto. Ahora mismo no podemos pensar como si fuésemos los de fuera del despacho. No nos podemos permitir dejarnos llevar por eso.

— Déjame decirte una última cosa — tomo aire por la nariz y los suelto por la boca, cogiendo fuerzas para tomar una decisión que me duele en el alma —. A partir de ahora, no vamos a tener otro trato que no sea estrictamente profesional, que es el único Mario que me ofreces ahora mismo y el resto de los días hasta el 1 de diciembre. Lo nuestro fuera del trabajo se ha acabado, porque me es imposible encontrar a la persona de la que me enamoré perdidamente, si este Mario me trata como si fuese la esclava de la publicidad. Mi Mario, mi adonis, se ha ido y no puedo encontrarlo — vuelvo a intentar tragar este nudo en mi garganta y dejar de llorar desesperada, pero no puedo controlar mis emociones —. No me siento bien contigo ahora mismo. No te reconozco. No me gusta cómo me trata este Mario. Me ha decepcionado... Pensé que íbamos a poder trabajar como un equipo, pero me equivoqué.

Somos un equipo.

— Helena ha conseguido lo que se proponía: tú y yo hemos terminado.

Lola, ¿lo estás diciendo en serio? Estás… Estás…

— No puedo separar a los dos Marios, porque la primera semana en Madrid, no los separaste. Así que, separemos de verdad las cosas, pero definitivamente.

¿Cómo? ¡Lola! No, no, no, no — claro que suena histérico. Acabo de romper con él. Mis lágrimas caen sin cesar. Sé lo que estoy diciendo y lo que siento ahora mismo es demasiado doloroso como para engañarme a mí y a él —. ¿Estás acabando con lo nuestro? Lola. Por favor. No hagas esto. ¡Lola!

— Esto que estamos viviendo saca lo peor y lo mejor de nosotros. Quizás no seamos tan compatibles, después de todo —y sé que me escucha llorar, rota de dolor al pensar en nuestro final —. Nosotros… Yo… No sé… — trago con dificultad, presa del pánico de no poder respirar bien —. Prefiero dejarlo aquí, antes de hacernos más daño. No quiero recordarte con odio, ¿comprendes? No quiero. No puedo.

Lola, Lola, Lola — repite, suplicante.

— Si el 1 de diciembre acabamos ya con esta mierda, te esperaré. Si nuestras cabezas se relajan, espero podamos hablar de nuevo sobre nosotros, sobre Mario y Lola. Si no es que este trabajo rompa por completo con nuestra comunicación. Algo se ha roto. Lo siento así —voy a tientas hasta una de las sillas de la mesa de reuniones e intento dejarme caer, mareada y con la vista empapada en lágrimas.

Dicho esto, el silencio de Mario es casi más doloroso que sus palabras.

No espero réplica. Cuelgo el teléfono y lo dejo caer sobre mis piernas.

Lo amo con locura, pero llevamos semanas que el trato entre ambos es horrible. Tanto, que no distingo al Mario que amo, del Mario que me saca el peor lado.

— Joder… Es que ella ha conseguido esto… Siento tanta rabia por haber caído en ese veneno — unas enormes ganas de vomitar se apoderan de mí.

Me levanto como si estuviese en la Luna, sin gravedad.

Pongo marcha al baño, parando las primeras sensaciones de sacar todo lo que tengo en el estómago.

Al pasar por delante de la mesa de Catalina. Esta me mira al escuchar una arcada.

— Lola. ¡Qué te ocurre! ¡Lola!

Pero empiezo a correr lo más que puedo al notar que mis ganas de vomitar se apoderan de mi garganta.

Golpeo la puerta del baño y entro a la desesperada. Delante del cubículo, doy una patada a la puerta y busco la taza de wáter. Me dejo caer de rodillas y, con la boca ya pegada a la taza, saco todas las palabras que le he dicho a Mario y con las que él me ha herido.

— Lola, por Dios. ¿Qué te pasa? – escucho la voz de Catalina a mi espalda.

No tarda en agacharse a mi lado, aguantándome los cabellos. Sin embargo, suelto con fuerza todos mis errores, todos mis miedos y toda la frialdad de esa llamada.

Solo de pensar que he dejado a Mario, al amor de mi vida, vuelvo a vomitar hasta desgarrarme la garganta.

— Cariño… Ya está… Ya está… Cálmate… — acuna su voz, aguantando a la vez mi frente, que se impulsa contra la taza —. ¿Es por lo del evento? – y vuelvo a descargar todo el dolor de mi alma —. Te estabas peleando con Mario, ¿verdad? Te vi por la cristalera – un sudor frio recorre mi espalda y, mis lágrimas caen como nunca cayeron antes. Ni siquiera con aquel adiós, hace 14 años —. Tranquila, mi niña. Tranquila… Vamos… Todo irá bien… Ay, cielo. ¿Qué te ha pasado? — reposo mi cabeza sobre mi antebrazo. El picor en la garganta me impide hablar —. ¿Por qué os peleáis? Se va a solucionar. Lo haremos bien. Ya sabes que todos se están esforzando. Luego te pedirás unas vacaciones. A las Bahamas, a Balí o, donde sea. Pero con Mario.

— Lo he dejado… Lo nuestro… He terminado con él — lloro con todas mis fuerzas. Me duele tanto la garganta, que suena más un quejido que un lloro.

— Pero qué has hecho… Ay, mi Lola… Ven, sécate los mocos —me pasa un trozo de papel de wáter. Me limpio, aún aturdida y temblorosa —. ¿Puedes levantarte y hablamos de esa decisión tan estúpida?

— Lo he dejado. He dejado a Mario — lloro como nunca antes lloré.

— Necesitas agua fría para pensar con claridad. Nunca hay que tomar decisiones así, con el estómago en la boca. Levanta ese culo, mi niña — niego con la cabeza, incapaz de poner un pie firme —. Está bien. Dame la mano — me intenta ayudar, sujetándome mientras estira mi mano con fuerza, pero ambas nos tambaleamos sobre nuestros pies —. Vamos, que ya lo tienes, preciosa. Un esfuerzo más — doy pasos temblorosos, pegada a su cuerpo, incapaz de mantenerme sola —. Apóyate aquí – señala el mármol del lavamanos. Acompasa mis pasos con los suyos.

— Lo quiero con toda mi alma, Catalina.

— Pero, claro. ¡Si nadie ha dudado de eso!

— No puedo estar al lado de alguien así, que cambia su forma de hablar a una más cruel. Eso ya lo he vivido con Gero. No quiero pasar por eso otra vez… El trabajo también cambió a Gero. No quiero que me pase con Mario y…— y al decirlo, vuelvo a dejar caer mi peso sobre su cuerpo. Me sujeta como puede, tirando de mí hacia el lavamanos.

— Solo tienes que ser fiel a tus sentimientos — aprieta los dientes, tirando mi peso muerto, casi sin saber cómo hacerlo para que no caigamos las dos al suelo —. Mario no es Gero. Jamás lo será. Deja de hacer comparaciones.

— Lo nuestro se ha acabado — me mantiene en pie con ayuda del mármol del lavamanos a mi espalda —. ¿Qué hago ahora sin él? ¿Cómo trabajamos juntos ahora?

— Lava tu cara. Creo que despejará lo que te pasa ahí dentro —golpea mi frente con el dedo índice —. Nadie es menos, sino más, junto a alguien. A ver si te queda claro que a Mario no lo necesitas, sino que lo amas de corazón — y me ayuda, con leves toques en la cintura, a encararme hacia el espejo que está encima del lavamanos. Y sujeta mi mandíbula, mientras ambas miramos mi reflejo. Tengo la cara empapada y teñida de negro, mis labios han cambiado de color rojo intenso, mis parpados cubren el marrón miel de mis ojos y, los mocos recorren parte de mi labio —. No. Esto no. Amar no es esto. ¿De acuerdo, Lola? Así no lo amas. Haz que vuelva la Lola que ha encontrado a ese hombre que adora — aprieta más sus dedos, para que sienta su fuerza —. Aleja este lado tuyo, tan orgulloso. Este es el que te hunde y no te deja pensar con lógica. Basta de no asumir que a veces os equivocáis.

— No puedo volver a vivir lo mismo. Cat, no puedo. Odio lo que ejerce el trabajo en las personas a las que amo.

— Deja de pensar por Mario. No estás en su cabeza — suelta poco a poco mi mandíbula, mirándome a través del espejo —. Ahora, pasa agua fría por toda esa preciosa cara que hay debajo de tanto dolor. Vuelve a la realidad.

Abro el grifo hasta toda su fuerza. El primer contacto de mis manos en esa sensación fría me alivia. No tardo en dejar que ese frescor dé en mi cara.

Enjuago mi boca en repetidas ocasiones. Hasta que no hay rastro de palabras hirientes.

En cuanto veo de nuevo mi reflejo en el espejo, la imagen me deja sin palabras: la cara blanca como el papel, los labios morados y, los ojos rojos.

Catalina espera, paciente, a que haga o diga algo sobre mí. Solo puedo girar sobre mis pies y, lanzarme a abrazarla y llorar con todas mis fuerzas sobre su hombro.

— Vais a conseguirlo, pero uniendo fuerzas —me aprieta más con sus brazos, arropándome —. Que tú estás nerviosa, se ve a leguas. Pero seguro que él también lo está.

— Me ha tratado como si fuese la puta de la publicidad. Que me paga por pensar.

— Es que te paga por pensar, cielo.

— Cat.

— Mario no lo está pasando mejor que tú. No tiene que ser fácil tener a esa bruja como enemiga. Y si no, mírate: vomitando, llorando, mareada y enfadada, por culpa de esa gilipollas – ladea la cabeza, intentado que comprenda que está de mi parte a pesar de que sus palabras son más realistas de lo que esperaba —. Llámalo. Estoy segura de que estará fatal ahora mismo.

Imagino a Mario, sentado en su silla, frente al ordenador, tan tranquilo. Haciendo números.

— No quiero llamarle ahora. Estoy muy enfadada con él — me separa de la calidez de su abrazo y me encara, sonriente.

— ¿De dónde sacas tanto orgullo? ¿Lo desayunas con las tostadas? Lola, sois mejores juntos que por separado. ¿No te has dado cuenta aún?

— Pero ¿quién se cree es para tratarme como a una esclava? Trabajo todo el día. No tengo ni tiempo para mí.

— Estará desesperado, llamándote, suplicándote que no lo dejéis.

— Solo le preocupa la puta campaña. Está obsesionado.

— ¿No le cogerás el teléfono? ¿Eh? ¿Nunca más?

— Pues no.

— Lola, lo adoras — suelta una carcajada de sabionda, por haberme dado en el ego —. Esos diseños que tienes en tu despacho son tan vuestros, que es imposible que alguien logre algo así jamás, en esta ciudad — hace una pausa para mostrarme una sonrisa pícara. Tan ella… —. Juro que no he visto cosa más fantástica que lo que habéis conseguido juntos. Mira que trabajas bien sola, con tu banda del patio particular, pero esos carteles de Cócó son pura magia. Son increíbles, de verdad.

Catalina va hacia el dispensador de papel y tira de unos cuantos pañuelos.

Me los ofrece, aún sonriente por llevar la razón. Nadie sabe que esa magia se porque él y yo tenemos una química increíble.

— Me pasaría horas mirando esos carteles, Catalina.

— ¿Cuándo tiene la conciliación con la bruja esa? ¿Has pensado en cómo le debe estar reconcomiendo por dentro?

— La semana que viene. Ha quedado con su abogado e irán a por todas.

— Ahá… ¿Y eso te dejaría tranquila, si estuvieses en su lugar? — niego con la cabeza, arrepentida de no haber caído en eso. Mario es demasiado reservado para sus cosas y apenas habla sobre la conciliación —. ¿Por qué crees que está así con el mundo? Por eso saca las uñas, como un gato asustado. Es Helena quién lo desquicia, no tú. Todo lo que le pasa, es porque ella le ha hecho defenderse con toda la artillería. ¡Si me desquicia hasta a mí! Que ni la trato… Mario araña a todo lo que se mueve, porque está asustado.

— No me gustan los gatos, Catalina.

Se ríe a carcajadas.

Ella adora a los gatos. Se pasa horas viendo videos de gatitos que encuentra en las redes. A veces la veo reírse sola, mirando su teléfono. Sé que se ha encontrado un gatito gracioso.

Y, claro está, que no puede vivir sin sus dos siameses: Alter y Ego.

Los tiene protagonizando la pantalla de su teléfono, recostados sobre sus piernas.

— No sé qué haces aquí conmigo, pudiendo hacer las paces con el hombre que tiene esos labios que llenan un cartel de metros. Si es que… Encima te quejas. ¡Señor! ¡Si eso labios mullidos son pecado mortal! — se ríe a carcajadas, juguetona.

Me sueno la nariz con fuerza, en plan trompetero, mirándola e intentando entender la suerte que tengo de tenerla a mi lado.

Riéndose, se hace hueco a mi lado, frente al mármol del lavamanos.

Con estilo, repasa su belleza. Sus cabellos, su cara, sus labios…

— ¿Crees haber vomitado el orgullo?

— Eso parece.

— Pues ahora te toca saber cómo decirle que te ha hecho sentir mal, pero que quieres que esto no vuelva a pasar.

— Le colgué el teléfono — me siento peor persona que como entré a este baño. Ni siquiera sé cómo empezar esa conversación.

— A ver si responde a la llamada. Tengo la certeza de que sí. Que si te quiere volverá a por más y de la mejor manera. Si algo aprendí de Pablo es que, es imposible rendirse cuando de verdad alguien te importa. Ah, no… Espera… Que con él no fue así.

Catalina se mira en el espejo, pasando su dedo por sus labios y retocar el carmín que los tiñe de color rojo intenso.

— ¿Qué hay de ti, Catalina? Ya sabes a lo que me refiero.

Sigue, recolocando su blusa pode dentro de sus ceñidos pantalones.

— El señor Ramírez me ha llamado para que subiera a su despacho.

— ¿Hoy?

Se aleja un poco del espejo, para tomar perspectiva y, coloca bien su blusa por dentro del pantalón.

— Primero le he dicho que no, que no quería estar donde no se me respetaba – me mira antes de seguir hablando. Asiento para que se dé cuenta que puede contármelo —. Me ha dicho que su mujer ya no estaba allí y que quería hablar conmigo, a solas.

— ¿Y…? — le hago un ademán con la mano, para que me cuente todo.

— Su voz a través del teléfono sonaba… — mira al techo para luego negar con la cabeza —. A tanto arrepentimiento, Lola... A la quinta vez de pedirme subir, cuando ya estaba casi suplicando, he aceptado. Algo dentro de mí me decía que no tenía que pisar ese suelo, pero ya había dicho que sí. Es el cuento de nunca acabar. Que pereza de hombre…

— Te mereces escuchar un perdón.

— Me ha dicho que me quería.

— ¡¿Qué?! — se me cae de las manos la bola de papel mojada, al escuchar tal confesión.

— Que es incapaz de olvidarme. Ya ves tú… — abro los ojos y me llevo las manos a la boca. Baja su mirada a y juega con descalzar y calzarse sus zapatos —. Cuando lo ha dicho, me he ido de su despacho, dejándolo con la confesión sobre la mesa.

Entiendo que ahora ya se siente tranquila sabiendo que puede contárselo a alguien, confiar en alguien y no tener que callárselo tantos años.

La verdad es que siempre es incómodo cuando se encuentran por los pasillos o, en mi despacho.

Pablo es otro. Titubea, no sabe qué hacer con las manos, es extremadamente amable. Irreconocible.

— Catalina, ¿tú quieres a ese hombre? Dime la verdad.

Yo no quiero vivir esto con Mario.

No soporto la idea de perderlo por trabajo. A pesar de haber sido una camicace al tomar una mala decisión, por no decir la peor de mi vida, no soporto ese lado de él, que solo mira por el bien de Cócó y no el mío.

— Querer… – se pasea por el baño, a paso lento, y rozando la palma de sus manos por los brazos, como si sintiese frío —. Yo quería a Pablo, pero el señor Ramírez se cargó al que fue el mejor hombre que he conocido en mi vida. El mejor, con todas las letras. Sandra creó la peor versión de él. No era altivo, ni presuntuoso. Solo un chico joven que quería conquistar el mundo publicitario — sonríe, ilusionada con el recuerdo —. Deberías haber visto sus campañas, Lola… Eran fascinantes. A veces creía estar delante de un ser de otro planeta. Daba con el mejor eslogan, la mejor imagen, la mejor idea. Hasta que por encima puso el dinero y dejó de ser creativo, para ser un hijo de la gran puta.

— Si él… — pero me paro en seco mis palabras. Dudo si preguntar más.

— ¿Pablo? — me da paso, mirando hacia la puerta del baño.

— Si él te dijese que deja todo esto para estar contigo, ¿qué harías? — se ríe a carcajadas, dando sonoras palmadas en el aire —. ¿Qué he dicho tan gracioso? – frunzo el ceño, pero ella no para de reírse de mi ocurrencia —. ¿Y si lo hiciese?

— No dejaría nada de lo que tengo ahora para estar con él. Porque soy feliz con mi marido. A Pablo lo amo, pero lo amo mal.

Cuando voy a responderle que se trague el orgullo, intenta entrar en el baño Milagros, la jefa del departamento de Recursos Humanos.

— ¿Están ocupados? — nos observa antes de entrar, sujeta a la puerta de entrada y de salida.

— Eh… No. Espera. Dame un segundito — Catalina sale corriendo hacia el lavabo donde empezó mi exorcismo y, tira de la cadena, aun riéndose de mi pregunta. Lo hace por lo bajo, pero no disimula lo suficiente —. Ya está. Ya puedes ir, Milagros. Todo tuyo.

— Gracias — corretea hasta llegar al lavabo. La mujer debe estar haciéndose mucho pipí.

Catalina me toma del brazo y estira de mí hacia el otro lado de la puerta del baño.

Milagros tiene su intimidad.

En el pasillo de camino a los despachos, Catalina sigue tirando de mí y, acercándose a mi cara, sonríe plenamente. Alguna trama.

— Llama a Mario ahora mismo – susurra para que nadie se entere de lo mío con el cliente de la campaña del siglo —. Luego, toma tu bolso. Salimos juntas a comer, que luego tenemos mucho trabajo. Vamos a visitar muchos locales. Me cambiaré los zapatos. Tengo deportivas en mi taquilla, preparada para patearme toda la ciudad.

— Catalina… ¿No tienes nada mejor que hacer? Me sabe mal…

— Tira a tu despacho, boba. Y deja de hacer el estúpido. Llama a ese chico, de forma natural, hablando de lo que sientas y de lo que quieres que pase. Estoy segura de que te come a besos, hasta por teléfono — palmea mi culo, pizpireta—. Cinco minutos, ¿eh? No te doy más tiempo para la reconciliación. En cinco nos encontramos en la puerta el ascensor y quiero saber todo, todo, todo – y dicho esto, ella se dirige a su mesa, contoneando sus caderas, como la Diosa que es —. ¡Invitas tú a comer!

Acelero mis pasos hacia al despacho, trazando alguna frase que pueda resultar conciliadora. No puedo empeorar las cosas con Mario.

Oct. 4, 2020, 6:04 p.m. 6 Report Embed Follow story
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Angie  Perez Angie Perez
No todo es color de rosa en una relación. Espero que puedan resolverlo. Me gustaría saber qué pasó con Gero. Es como si dejó de existir. Tal vez suene tonta, pero no lo odio. Hasta ahora no he visto razones para hacerlo y aunque Lola va a quedar con Mario, me gustaría que él termine bien. Si hubiera un libro de Gero sería genial.
February 22, 2021, 03:02

  • Escritora_Lola_Pop Lola Escritora_Lola_Pop Lola
    Gero es un personaje que no está olvidado. Al menos, ha salido, pero de las palabras de Lola. Fíjate que no deja de hablar de él aunque esté con Mario. February 22, 2021, 05:52
  • Angie  Perez Angie Perez
    Eso es algo que llama mi atención. Ella los vive comparando. Creo que Lola también necesita ayuda. February 22, 2021, 06:08
Apriles_06 Apriles_06
Yo enojada soy una huevada. Ahora, presionada y enojada. Jum. Es entendible hasta cierto punto, no es justo para ningunos de los dos, la situación; mejor dicho, para nadie, si se ve de manera global. Uno es una situación similar. ¿Qué haría? Digo, siendo uno tan exigente con su propio trabajo y con un divorcio de por medio...Todos hemos vivido en algún momento algo así, que saca lo peor de nosotros, sin dejar rastro de nada. "Ha apagado su risa. Ha apagado su dulzura. Ha apagado su lado comprensivo. Solo escupe palabras hirientes, sin control. " Yo soy un poco de esto y lo detesto.
January 21, 2021, 13:46

  • Escritora_Lola_Pop Lola Escritora_Lola_Pop Lola
    Ninguno puede estar sometido a tanta presión. Es muy duro tener todos patas arriba y sin control. Helena ya sabía lo que se hacía. January 21, 2021, 14:48
RA Rusari Arias
Los dos están atacados de los nervios. Mario ha sido más realista (quizás su condición lo lleva a ser así) Lola es más emotiva en ese sentido. Ambos tienen razón. Qué difícil se los ha puesto Helena. Espero esa reconciliación 😍
January 02, 2021, 10:24
~

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