marinaprado84 Marina Andrea

Al abrir el cajón del escritorio de su casa materna, los relatos y cuentos saltaron desde el interior. Esperando ser contados y compartidos, desempolvaron sus letras para ser conocidos.


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Don Carlos

“Al mirar hacia fuera, Don Marcos Zavaleta empalideció y así, bruscamente y con una agilidad engañosa se puso de pié, arrojó su cigarro y se persignó tres veces. El cielo se había oscurecido de pronto; ese hecho y un zumbido inconfundible les hicieron comprender a todos que la temida manga de langostas estaba a punto de caer sobre los sembrados de la estancia”.


Escrito este párrafo, Carlos miró por la ventana del cuarto de su estudio en dirección al jardín y permaneció un buen rato reviviendo la escena que acababa de describir: la vida azarosa de un estanciero prominente de San Antonio de Areco. La historia lo había atrapado desde aquella tarde en el Archivo cuando sumergido entre numerosas exposiciones judiciales descubrió un conflicto relativo al acceso de propiedad de tierras en dicho sitio.


Durante años, Carlos había trabajado con documentación relativa a diversas áreas de la economía bonaerense para desde allí, comprender lo social y desmitificar la figura de vago y mal entretenido del gaucho tipificado así por la historiografía clásica rioplatense. Con el tiempo, fue hallando pistas acerca de la peonada, las relaciones laborales y los conflictos sociales que tan descarnadamente habían sido descriptos por los buceadores de bronce de la historia y cuya comprensión halló a partir del tratamiento prácticamente religioso de la documentación.


Si los peones trabajaban sólo por algún tiempo, Carlos se había propuesto saber el por qué pues no lo satisfacía la explicación de la vagancia histórica fundada en la riqueza de las grandes extensiones de las pampas de las cuales echaban mano los gauchos cuando el estómago apretaba. Paradójicamente las pampas habían sido denominadas el Desierto que proveedor de alimento y materia prima para sus habitantes, aquel puñado de hombres y mujeres que moraban en cientos y cientos de leguas, libres de las ataduras que imponían las convenciones sociales y alejadas de las diversas apetencias políticas


Fue así que se le apareció Marcos Zavaleta, propietario de “La Magdalena” famosa en el siglo XVIII por los cientos de hectáreas cubiertas de árboles frutales y cría de mulas destinadas a las minas del Potosí. “La Magdalena” además, había sido citada en uno de los tantos relatos de un inglés que a principios del siglo XIX la había visitado junto con sus compañeros de armas cuando era remitido preso al interior tras la Primera Invasión Inglesa a Buenos Aires y que pintorescamente había relatado ocupaciones y entretenimientos de peones y capataces.


La curiosidad acerca de Zavaleta lo condujo a recorrer bibliotecas y diversos archivos durante meses dado que había decidido que sería uno de los temas a tocar en la próxima publicación. La investigación la llevó a cabo a los saltos. Catedrático por excelencia utilizaba el agobio de las distancias para leer y sumergirse en imágenes y curiosidades que el habilidoso inglés había sabido desgranar con cierto gancho y contraponer el relato a la información que iba adquiriendo.


De este modo se interiorizó de ciertos aspectos de la vida personal del estanciero e imperceptiblemente comenzó a cambiar el tono de la escritura que fue olvidando la narración de hechos de acuerdo al puro rigor objetivo y científico y se volvió más coloquial

y comprensivo. Tal hecho comenzó a vislumbrarse en sus clases en la Facultad , abiertas más al debate que al mero rol de disertante.


Sus colegas advirtiendo estos cambios comenzaron a preguntarle no sin un cierto dejo de envidia qué hechizo ponía en práctica para captar la atención de los adormilados y cuasi desinteresado público estudiantil. Notaban además un leve cambio en sus maneras, parecía más permeable a la socialización en la Sala de Profesores y en cierto modo había abandonado la fina ironía y la crítica contundente hacia temas y autores que francamente le fastidiaban.


Más allá de Carlos Zavaleta a Carlos lo ocupaba un tema muy especial. Se había enamorado y por lo tanto su mirada a veces se tornaba un tanto soñadora. Hombre normalmente solitario aunque pretendido por generaciones de alumnas fascinadas por sus ojos azules, él había accedido a entregar los tesoros de su corazón resignando su habitual individualidad.


Por fin la ardua tarea de investigación dio frutos en una publicación que resultó exitosa en el mundo académico y que le valió un renombre aún mayor. Para entonces, su amor estaba en crisis y por un tiempo decidió refugiarse en el chalet de Alejandro Korn, aquel nido de amor que ambos habían comprado abandonando el coqueto departamentito de Palermo para permanecer en el terruño, distante tan solo a hora y media de la Capital.


Para disfrutar de las noches a cielo abierto y del canto de los grillos en compañía de los libros y rodeado del amor incondicional de los gatos. Aquellos animalitos heredados de la americana a la que tanto amaba y que un día había partido tras declarar que jamás moriría en la Argentina.


Inútiles fueron sus viajes. Cada uno lo emprendía con la esperanza de volver juntos y mientras se codeaba con académicos de renombre, aprovechaba las tardes para renovar juramentos de amor. En el último viaje comprendió que la decisión de la americana era irrevocable y de a poco la tristeza le fue cerrando las compuertas de su corazón.


Fue en este momento que decidió permanecer una temporada en el chalet. Los vecinos sorprendidos por la estadía del Doctor que subsistía con la comida que adquiría en el viejo almacén, murmuraban sobre sus costumbres: las largas horas que pasaba bajo la sombra de la vieja higuera, las verbenas, los cardos y las cortaderas que iban poblando el jardín como si lentamente se recreara un viejo paisaje rural.


Con el tiempo se acostumbraron a la llegada de grandes y extraños sobres desde el exterior y a la proliferación de alguna que otra maleza o a la visita de amigos que pasaban horas compartiendo hipótesis de investigación y terminaron por incorporarlo al paisaje local. Fue entonces cuando el tratamiento de Doctor que Carlos siempre había sostenido que era un mero título para la gilada fue sustituido por el respetuoso Don.


La americana dejó de responder a las cartas de Carlos y de a poco fue poniendo distancias insalvables y aunque convencido del amor perdido sintió que la vida había cambiado para siempre. Había amado profundamente y podía entender el significado de la entrega absoluta.


Precisamente en una de esas noches que miraba fijamente el cielo para hallar inspiración a su existencia por primera vez prendió un cigarro y mientras las volutas de humo ascendían caracoleando en figuras extrañas tomó la decisión.


Escribiría acerca de amores y desencuentros. Subió los escalones que conducían a su estudio preguntándose en qué sitio habría guardado los facsímiles de las cartas que Juan Ramón Balcarce escribiera a su mulata y desataran el escándalo en la pacata sociedad colonial cuando incumplió su promesa de matrimonio.


Por fin las halló y sintiendo un nuevo vigor, abrió su corazón y con la primera correntada de sentimientos se sentó frente a la máquina y tecleó:

“Desespero negrita amada cuando considero que en mucho tiempo no tendré el gusto de verte, pero no por eso dejará de adorarte. Te repito que soy hasta la muerte tuyo.”

Había escrito las primeras palabras de su gran historia de amor.

Aug. 24, 2020, 7:58 p.m. 6 Report Embed Follow story
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Leon G Leon G
Me encanta tu narrativa! Muy linda!
January 21, 2021, 01:18
Cami Bengoa Cami Bengoa
Que bella historia, hermosa narrativa y me encantó el tratamiento del tema!
September 16, 2020, 00:08
Francisco Rivera Francisco Rivera
Marina Andrea: Con lectura sobria y manejo solvente de un lenguaje propio y sostenido, es una grata y sentida narración. Fluye en esta descripción la escritora de una nación tan lastimada pero de hijas y frutos bendecidos.Leo con atención y recibo una prueba por demás nítida y con voz propia. Saludos cordiales...,
September 15, 2020, 22:02

  • Marina Andrea Marina Andrea
    Francisco, muchas gracias por tu comentario September 15, 2020, 23:12
K.A.O.S . K.A.O.S .
Exelente Marina. Me encantó! Muy buena historia, hermosa narrativa. Abrazo!
August 27, 2020, 14:05

  • Marina Andrea Marina Andrea
    Muchas gracias K.A.O.S! Me pone muy contenta que te haya gustado! August 27, 2020, 20:58
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