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Aníbal


Aníbal nació a principios del siglo XX y aunque casi centenario ha sobrevivido a jóvenes y viejos de la familia, hecho que se encarga de recalcar cada vez que surge la oportunidad. Es más, no solamente subraya su inmortalidad en la cual cree absolutamente sino que se jacta jocosamente cada año que pasa de haberle ganado una partida más a la Hoz.


En su juventud, recorría uno que otro billar y descollaba con el violín mientras su padre vestido de gala asistía al Colón. Había llegado a la Argentina muy joven junto con su hermano para trabajar, hacer la América y retornar a Italia pero cansado de comer porotos para ahorrar centavos decidió independizarse por un tiempo para hacer su propia fortuna. No logró su cometido y estaba a punto de regresar a la madre patria cuando apareció aquella asturiana de profundos ojos celestes que lo cautivó y enlazó.

De la unión de los dos, nacieron cuatro mujeres y un varón. Por lo tanto las expectativas de ascenso social de los padres fueron depositadas en él. Aníbal fue criado con una férrea disciplina basada en el respeto a la autoridad paterna que incluía el tratamiento de usted y los amorosos cuidados de la asturiana que en realidad maniobraba astutamente los sutiles hilos del entramado familiar.


Que el padre de Aníbal depositaba toda su esperanza social y cultural en él queda demostrado en un hecho puntual: la concurrencia a las veladas de gala en el Colón, los estudios de violín y cada vez que la ocasión lo permitía, codearse con alguno de los miembros de la clase por entonces, patricia de la Argentina. Las esperanzas depositadas en el varón se apagaron con aquella Revolución del ́30 que lo encontró en el patio de la casa familiar preso de un infarto ante la ansiedad provocada por la falta de noticias de su hijo que demoraba en regresar de la Universidad.

Este hecho dio vuelta el tablero familiar. De ahora en más, Aníbal debía salir a trabajar para mantener a las hermanas y a la asturiana; fue entonces cuando ingresó al Banco convirtiéndose de a poco en uno de los famosos “cuellos duros” de la época. Para entonces en la casa, era el centro de atención: la mejor comida era para él que solía reclamar por un mero bife con papas hervidas y exigir silencio para concentrarse en el aprendizaje de conciliaciones y balances.


Al mediar la treintena se veía que ascendía rápidamente en el trabajo y fue entonces cuando se casó por primera vez después de varias conversaciones a escondidas en la esquina de la farmacia del barrio.

Progresista, decidió ampliar la economía familiar e impulsó la apertura de una casa de modas lujosa en Belgrano dirigida por su esposa que cada mañana religiosamente levantaba las cortinas del local mientras las vecinas la miraban entre espantadas y admiradas ante una mujer que trabajaba y era empresaria.


Unos años después, Aníbal enviudó pero por poco tiempo pues tuvo la suerte de conocer a su próxima mujer y al año pisaba por segunda vez el Registro Civil tras intrincadas negociaciones con la novia y la suegra. Esta miraba con malos ojos a aquel petitero que aparecía a tomar el té algunas tardes vistiendo de riguroso traje color crema y maneras parsimoniosas mientras abría el tradicional paquetito de masas finas. Recién casados decidieron vivir en la casa de mamá hasta acordar otro destino.

Desde entonces planificó paso a paso su ascenso económico. Abierto a iniciativas de crecimiento fue tejiendo un destino exitoso y pletórico de lujos y comodidades para tener un amparo asegurado en una vejez lejana y brindar a los suyos el sitial correspondiente desde el cual lanzarse a la vida.


No le fue fácil. Su profesión lo vinculaba a los avatares financieros de acuerdo al rumbo político que seguía el país y debió flexibilizarse para poder adaptarse a los planes económicos del gobierno de turno y que influenciaban en su vida personal. La primera impresión fuerte la recibió escondido en los sótanos del Banco mientras la Libertadora en el afán de defender el orden normativo perdido por la oligarquía, hacía temblar la ciudad con una serie de bombardeos e instauraba los primeros pasos del terror con la muerte de miles de civiles. Cuando pudo salir a la calle, conmocionado por los destrozos y los cadáveres, reflexionó sobre los hechos ocurridos y decidió mantenerse a la expectativa de los acontecimientos por venir concentrándose sólo en el trabajo y su reciente hogar.


Pasó por toda la plétora de gobiernos constitucionales y militares. A todos los sobrevivió y de ellos aprovechó las circunstancias financieras para mantenerse viento en popa y avanzar en su proyecto de vida. Al principio, el matrimonio se conformó con ocupar una de las habitaciones de la casa de mamá hasta que él decidió comenzar la construcción de una casa que le permitiría independizarse y tomar distancia de los tejes y manejes de la familia política.


Finalizada la obra, se mudaron. Pero un tiempo después el matrimonio cansado de viajar hasta el centro en colectivos abarrotados y trenes que nunca salían a horario decidió buscar una propiedad con comodidades más estrechas y que estuviera más cerca de los respectivos trabajos.


Los domingos durante unos meses luego del desayuno consultaban en el matutino las ofertas inmobiliarias y procedían a visitarlas. Así, él se enamoró de aquel piso de Guido que les abriría las puertas a nuevas relaciones, luego, se convenció que su lugar en el mundo era la Av. Alvear. No hubo caso, su esposa se negaba terminantemente a vivir en estos sitios que le hubieran ocasionado al matrimonio una generosa inversión en personal doméstico y en un estilo de vida diametralmente opuesto al que estaban acostumbrados.

Aníbal soñaba e intentaba desplegar alas de una vez para caer en picada a tierra firme.


Por fin encontraron una propiedad. Se trataba de un edificio en construcción en pleno corazón de Flores y en lo más granado de la sociedad del sur. Y lo que era importante: tan solo a quince cuadras de la casa de mamá, así ella no estaría sola y de paso les echaría una mano cuando la necesitaran.


Pronto escrituraron y al poco tiempo se mudaron. El departamento nuevo había sufrido modificaciones que hubo que colocar en el plano original porque ya que no había podido hacer realidad su sueño del Barrio Norte, por lo menos la nueva casa contaría con mayor cantidad de ambientes. Durante más de un año el frenesí de la decoración los invadió: los luises fueron alojados en las habitaciones principales, la iluminación tomó las formas de plafones y cómodas, muebles y aparadores fueron inteligentemente planificados y vestidos con varillas de madera forradas en papel oro.


La nueva casa era funcional y cuidada hasta el exceso de modo tal que ciertas dependencias permanecían cerradas y se utilizaban únicamente en ocasiones especiales.

Instalado en el nuevo hogar, la vida era relativamente simple. La semana estaba para trabajar, cenar, mirar algo de televisión y degustar un toscano mientras se reflexionaba sobre algún incidente laboral del día. La agenda del fin de semana estipulaba que los sábados estaban destinados a las pizzerías de La Boca ó Boedo hasta el descubrimiento de aquella famosa confitería pionera en los sándwiches de pavita. Los domingos, se almorzaba indefectiblemente en la casa de mamá, a veces solos ó con el resto de la familia política con los cuales se llevaba a cabo una conversación meramente social.


Aníbal, satisfecho porque escalaba posiciones en el Banco comenzó a cambiar de automóvil prácticamente año a año pero jamás lo usaba para trasladarse al microcentro así que el coche salía los fines de semana para pasear a la familia.

Con el tiempo pensó en abrirse a otras perspectivas: una propiedad en la Costa para empezar, luego algunas hectáreas por ahí; quizás ubicadas cerca del campo de golf en la Costa donde veraneaba ó se escapaba cada fin de semana largo. Y entonces empezaron a viajar los fines de semana ó cuando algún feriado bancario lo permitía para buscar una casita o un departamento que eliminara la molestia de alquilar en los meses de verano.


Nunca se había conformado con el departamento de Flores. Para él, sólo había sido una transición hasta que lograra dar con la casa de sus sueños y cuando pudo compró una propiedad a refaccionar en Núñez, a escasos metros del estadio de River Plate. El cronograma de los sábados entonces sufrió una pequeña alteración: por la mañana, visitaba la nueva obra y discutía con el arquitecto las modificaciones que imaginaba en la semana por cuanto la ubicación de la escalera principal se acaracolaba o no previendo la inminente llegada del piano de media cola y consultaba diseños de bronces y caireles. Luego de la inspección, partía a la Feria de Saavedra para cumplimentar el largo listado de artículos comestibles que le habían sido encargados.


Cada ascenso en el Banco comenzó a festejarlo trayendo a la casa una caja de bombones en tanto un disimulado perchero en la amplia oficina que ocupaba iba completándose con trajes y chalecos de diversos tonos acordes a las reuniones semanales que planeaba la gerencia o la Presidencia del Banco. La vida estaba siendo buena con él: una carrera exitosa que abría el horizonte al crecimiento económico que quizás podría proyectar cuando se jubilara en un viaje a Europa. Para ello invertía en acciones y jugaba en la Bolsa mientras guardaba moneda extranjera que algún día habría de cambiar en aras de volar hacia los sitios deseados.


De golpe la enfermedad lo sorprendió una madrugada y la casa entera se trastocó. El ataque estalló por la madrugada aunque días atrás no había hecho caso de pequeños avisos y en la guardia lo despacharon con rapidez luego de recetarle un somnífero. Durante un buen tiempo estuvo internado hasta que con el alta médica retornó para pelear con los buitres que pretendían arrojarse sobre el incipiente palacete de Núñez mientras intentaba recuperar el movimiento y el habla. En la casa se sucedían diversas opiniones médicas y tratamientos en busca de la salud perdida: aquel médico japonés que llegaba puntualmente para colocarle las agujas, el facultativo que ordenaba baños de inmersión consecutivos para agilizar la irrigación y hasta apareció un hindú que limpió el hogar de malas ondas y envidia. Y entonces se instaló la certeza: un daño se había efectuado, los culpables fueron señalados y las puertas de la casa cerrada en sus narices.


La única manera de alejarse de los celos, la envidia los videntes y las brujas era irse y un buen día el matrimonio, mamá y un tercero se radicaron en la Costa en el departamento que Aníbal en uno de sus viajes había adquirido. Durante años permanecieron allá y él aunque había hecho grandes progresos en la rehabilitación nunca se recobró totalmente. Comenzaron a viajar a diversos lugares para quebrar la monotonía buscando nuevos estímulos de recuperación hasta que el Rodrigazo en la fatídica época isabelina y el Plan Austral en los años de incipiente democracia alfonsinista mermaron algunos de los ahorros basados en una comida al día.


Se aislaron durante muchos años. Mientras tanto, fueron muriendo parientes muy cercanos y según quién fuera, Aníbal se enteraba o no. Mamá amaneció muerta una madrugada en su cama después de años de agotamiento; pocos años después la siguió su hija.


Al principio parecía que no iba a sobrevivir a tanta pérdida y los familiares más cercanos fueron sorprendidos con estas noticias. Seguramente esperaban que él partiera primero dada aquella enfermedad que arrastraba casi 35 años. Sin embargo poco a poco empezó a reponerse y a liberarse y tímidamente comenzó a ejercer cierta autonomía. Dejó de ir al cementerio a dialogar con sus muertos, comenzó a salir más y la casa empezó a girar a su alrededor porque se mantuvieron las costumbres y se fueron sumando otras producto de su decisión y de las libertades que iba adquiriendo.


Nadie leía el diario hasta que lo analizaba de la primera a la última página. A primera hora debía estar en su mesa de trabajo para que él pacientemente subrayara las noticias de interés entre las que se incluían las cotizaciones mundiales. A las doce almorzaba puntualmente aunque con el tiempo, el horario se volvió más elástico, mientras miraba un programa de entretenimiento o cultura general.


El control remoto del televisor pasó a ser de su exclusiva propiedad. No estaba permitido cambiar de canal, sólo él decidía que se veía o no. Diariamente se escuchaba en toda la casa los sorteos del juego que había elegido para tentar una vez más al Azar.

Aníbal buscaba el millón por decir así pues hubiera preferido algo más. Durante años pergeñó diversos planes: al principio de su viudez, pensó en utilizar el dinero para adquirir una bóveda en aquel cementerio recoleto de la Capital. Luego, soñó con un viaje a Alemania país modelo de orden y progreso. Más tarde, comenzó a conformarse con un viaje a las tradicionales Termas de Río Hondo.


Cada vez que perdía cundía el menosprecio. Era a propósito. Se sabía que había trampa y entonces monologaba: cómo no iba a pasar esto si el mismo país estaba hecho una porquería: delitos al por mayor, gobernantes ineptos y una sociedad anarquizada, desprejuiciada y sin conciencia de la ética y la moral. Tan distinta de aquella en la que la clase patricia festejaba sus eventos en el Alvear o en el Plaza Hotel, símbolo de paquetería y distinción. Y vaya sí de esto podía dar fe. Le bastaba con rememorar el fastuoso enlace de una de las Pueyrredón y mostrar los apellidos ilustres que figuraban en la nómina del Banco en la época que él trabajaba. Lástima que algunos se habían alzado con los vueltos de las transacciones cuando el Banco fue vendido a otros capitales. Pero claro estas noticias no le habían llegado cuando estaba en pleno proceso de su enfermedad.


Aníbal luchaba encarnizadamente por sobrevivir y lograr aquel proyecto inconcluso: ascender social y económicamente. En esto lo ayudaron en una primera etapa algunos de sus fantasmas. Cuando aparecían con la velocidad de un rayo pegaba tal grito que la familia acudía corriendo para averiguar lo sucedido.

Así, se le apareció varias veces su mujer que durante un tiempo no descansó en paz hasta que le reveló en que sitio había escondido las alhajas y lo acompañaba en las tardes durante las cuales se sumía en una profunda tristeza y desde el viejo sillón que ocupaba, comparaba los esfuerzos denodados de la difunta para cuidarlo y llevar adelante la economía matrimonial. Estos episodios terminaron cuando pasando una temporada en la Capital dejó de ir al Cementerio al declarar que en la tumba ya no había nada.


Aún así la difunta parecía no querer entregar su espíritu a las esferas celestiales en pos de un merecido descanso pues mediante algún que otro golpe en la biblioteca hacía sentir su presencia. Aníbal instalado en el sillón jamás se percató de la situación ni aún cuando algún miembro de la familia cansado de oír golpes y crujidos le ordenaba perentoriamente a la biblioteca que la terminara.


Él seguía absorto en sus planes: ganar una fortuna considerable para cumplir el viaje ansiado ó admirar a la diva del momento. Por la cual había armado tremendo escándalo en la Costa cuando se enteró que a pocas cuadras Ella estaba. Nunca antes había manifestado mayor admiración por una mujer que no estuviera a su lado. Es más, se le conocía una pasión legendaria: Rita Hayworth inmortalizada por el sonoro bofetón de Glen Ford. A lo sumo, había mirado de reojo a la Loren o a la Lollobrígida y durante mucho tiempo había sido condenado a asistir a los almuerzos diarios como convidado de piedra, simplemente porque la conductora era símbolo de distinción.

Al parecer esta imagen se le cayó cuando durante un mítico recital de música clásica pudo verla de cerca y no descubrir debajo de las innumerables capas de maquillaje, al ser que otrora había admirado.


Le gustaba la juventud. Todas las tardes partía a tomar café en una de las tantas confiterías a las que era habitué. Lo acompañaba una guardia pretoriana femenina que le abría paso hacia el ventanal más cercano. Desde allí admiraba a los transeúntes y con gestos sumamente expresivos manifestaba su aprobación o desaprobación. Casi siempre se presentaba el propietario del local a saludarlo hacia el cual mostraba una perfecta simpatía simplemente por ser joven y emprendedor.


Una mirada general le bastaba para analizar el entorno y efectuar comentarios. La presencia en el café duraba aproximadamente tres horas al término de las cuales decidía volver al hogar y al sillón desde el cual dicho sea de paso, controlaba todas las actividades hogareñas pese a declarar que no escuchaba bien.


Una rápida colación, unas horas de televisión y a descansar aunque la mente siguiera recordando y tejiendo nuevos recuerdos en los que aparecían viejos victimarios que lo decidían a odiar encarnizadamente y a perseguirlos más allá de la tumba.

Cuando Aníbal odiaba, lo hacía en serio, tenazmente y exigía que su entorno lo acompañara.


No había piedad ni redención posible, aunque el motivo hubiera sido pueril. Tampoco había salida posible para quien cayera bajo su desprecio por no cumplir las pautas del camino a seguir en la vida. El sillón se convirtió en la satrapía personal desde el cual ejercía según la ocasión, variados actos dramáticos devenidos en tragicomedias y que a más de uno enternecían. Cuando esto ocurría, el objetivo de su capricho se había cumplido.


Jamás había recuperado totalmente el habla y con el tiempo, para hacerse comprender, recurrió a la expresión gestual. Con una simple mueca daba a entender su aprobación o fastidio. En varias ocasiones ante el disgusto por la comida ensayaba toses y atragantamientos que milagrosamente cesaban cuando se le cambiaba el plato y en su lugar recibía algo de su gusto. Entonces, el universo volvía a estar en orden, reinaba la paz y ensayaba una conversación animada.


La casa desde que enviudó comenzó a girar a su alrededor. El tiempo se dividía en antes y después de Aníbal. Si él emprendía la ruta prefijada desde el dormitorio hasta el sillón, la casa se paralizaba hasta que llegara a destino. Entonces un suspiro de alivio recorría el ambiente y proseguían las tareas que por cierto siempre se realizaban en función de su comodidad.

Por ello comenzó a trasladarse de una a otra de sus casas sin percatarse que los vaivenes financieros habían sufrido profundos cambios. Sin embargo, los viajes tenían un sentido específico: la libertad. Amarrado a una dieta basada en la salud y que muy pocas veces incluía sus gustos personales, a los medicamentos y espectador y oyente de los eternos recuerdos familiares que solían constituirse en juzgados de acuerdo a los afectos y rencores y asistente inmóvil de reyertas financieras, tomaba la decisión de partir.

Entonces era feliz. El aire fresco fuera de la ciudad, la larga y casi interminable cinta de asfalto de la ruta, la tradicional parada para saborear un choripán y en fin huir de quejas, encierros aunque así no fuera, lo hacían libre. Abandonaba aquella casa que nunca perdió su carácter de transición en la cual se había enfermado y donde rondaban los espíritus insatisfechos por su supervivencia.

Cada partida de Aníbal era una mudanza. En primer lugar debía acomodarse en el auto su archivo personal: fotos antiguas, recortes periodísticos y secciones enteras del matutino que leía diariamente, planos de casas diseñados por él, la libreta universitaria, el carnet del Tiro Federal Argentino y papeles que releía una y otra vez. Lo demás no tenía importancia, pues sabía que alguien se encargaría así que una vez cargado el automóvil, Aníbal se sentaba al frente al lado del conductor a quien le impartía indicaciones precisas pero por supuesto, renegaba durante el viaje porque sólo él era el émulo de aquel famoso corredor de carreras, un Fangio devenido en casi centenario y sólo él era capaz de cuidar cual joya preciada el bote adquirido antes de su enfermedad y que pavoneaba ante la admiración de los automovilistas.


El viaje solía durar varias horas por las paradas que se efectuaban. Esta había sido la costumbre desde los tiempos que él manejaba. Llegaba sudoroso y profundamente cansado. Sin embargo disfrutaba, porque bastaba entrar en la ciudad y subir por la costa para que se convirtiera en un guía turístico que interesaba a sus oyentes con su prodigiosa memoria a la par que aspiraba el fresco aire marino y reafirmaba la correcta decisión personal de partir de la Capital.


Aníbal revivía, de golpe su piel por el sólo hecho de ser rozada por ese aire, comenzaba a tomar otra tonalidad es decir, adquiría color y raudamente desaparecía la palidez de tantos meses sin sol. Rejuvenecía pues al entrar a su casa una mirada le bastaba para reconocer y argumentar que éste era su verdadero sitio de pertenencia.


Aquí podía dormir con la persiana levantada para que los primeros rayos de sol le acariciaran los ojos, en este sitio de desplazaba fácilmente aunque sólo recorriera una pequeña parte de la casa. No le interesaba. Cerca de su dormitorio, a tan sólo cuatro pasos accedía al comedor en donde se encontraba otra mesa de trabajo y papeles que lo esperaban desde su partida hecho que le permitía retomar la rutina cotidiana de leer a primera hora el diario y marcar pacientemente los titulares de su atención.


Otros cuatro pasos más y se sentaba en el sillón que era el gemelo de su casa de la Capital. El panorama era diferente: a la derecha una miríada de fotos familiares que lo acompañaban desde siempre y a las cuales recorría para despedirse ó para recibir la bienvenida. De frente los amplios ventanales que le permitían avizorar una línea gris-plata en el horizonte: el mar.


Este era el verdadero hogar y cuanto más se convencía, se llenaba de paz. Había huido del infierno y recomenzaba la vida aunque soplaran otros hálitos benignos y protectores.


Durante muchos años Aníbal fue y vino, llegando a convertirse en un centenario. La última vez que partió no avisó de la fecha de regreso y es por ello que aún permanece en tránsito porque por primera vez y como parte de la autonomía adquirida, intenta echar raíces definitivamente. Mientras tanto, todos los días sale a reconocer sus lugares favoritos y teje una historia distinta a la de ayer. Cuando se cansa, retorna al dominio del control remoto manteniendo la esperanza de realizar su sueño de millonario y lograr su libertad final para enterrar los recuerdos, los fantasmas y librarse del sillón que lo ata a tierra.

June 30, 2021, 12:20 a.m. 8 Report Embed Follow story
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The End

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Marina Andrea Dr. Jekyll y Mr. Hyde luchando en una mujer

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Om Garcia Om Garcia
Está muy bien hecho e interesante, acorde a la época. Hay tantos hombres así que pueden caer bien, o incluso mal, pero al final no somos quien para juzgarlos.
November 26, 2020, 19:36

  • Marina Andrea Marina Andrea
    Gracias por tu comentario Om! Es un cuento de mi madre, basado en su padre quién estuvo postrado casi 50 años por un ACV November 26, 2020, 23:31
𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃 𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃
Muy buen relato, es imposible no evocar el pasado al leerlo
September 11, 2020, 13:30

Jancev Jancev
¡Vaya! Me ha fascinado el lenguaje utilizado, te transporta al pasado, es una lectura muy suave y de remembranza y la forma de ser de Anibal, al menos a mí, me hace recordar a mis abuelos, con sus manías inolvidables. Muy bueno *_*
September 02, 2020, 15:26

Gin Les Gin Les
¡Es magnífico! Felicidadesss, me encantó :D
August 23, 2020, 23:10

  • Marina Andrea Marina Andrea
    Gracias Gin! Lo escribió sobre mi abuelo, el longevo que llegó a los 99 años August 23, 2020, 23:12
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