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Esta obra es de dominio público en los países donde la duración es de 70 años después de la muerte del autor y en los Estados Unidos(publicación antes de 1923). "El pueblo aquel era de tan escasa importancia que sólo conocían su nombre sus habitantes y algunos de los que vivían en los lugares más cercanos. Tenía una plaza grande, pocas calles, cortas y estrechas, un paseo con dos docenas de árboles y una fuente, un convento ruinoso y una iglesia."


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I

El pueblo aquel era de tan escasa importancia que sólo conocían su nombre sus habitantes y algunos de los que vivían en los lugares más cercanos. Tenía una plaza grande, pocas calles, cortas y estrechas, un paseo con dos docenas de árboles y una fuente, un convento ruinoso y una iglesia. Ésta era bastante espaciosa, con columnas de piedra, ventanas con cristales de colores, rotos los unos y sucios los otros, varios altares con imágenes de escaso mérito, lámparas de cristal o de metal dorado, cuatro arañas antiguas, floreros adornados con rosas y azucenas hechas por manos más piadosas que hábiles y algunos bancos de madera que ocupaban los días festivos las mujeres y los niños, porque eran contados los hombres que iban a oír misa en aquel lugar.

El retablo del altar mayor, medio borrado ya por la acción del tiempo, representaba la Anunciación y casi lo ocultaba una Virgen de talla, con el niño Jesús en los brazos, que tenía delante. Llevaba la imagen una corona de plata sobre sus negros cabellos e iba vestida con una túnica azul y un manto encarnado, obra todo de un escultor notable, aunque de nombre desconocido. El rostro de la Virgen era muy bello, lleno de dulzura y mansedumbre. Miraban sus hermosos ojos al divino infante y algunos ángeles estaban a los pies del grupo del que eran ornato y complemento.

A los dos lados del altar había muchos exvotos de cera, y sobre él dos candelabros y algunos jarrones y vasos con flores naturales. En aquella iglesia había poco culto; una misa a las seis y otra a las nueve, una función solemne a mediados de mayo en que se celebraba la fiesta principal del pueblo y una novena los días anteriores costeada por las devotas del lugar, sin sermón y sin música.

De aquella iglesia era monaguillo hace algunos años un muchacho llamado Miguel, sobrino de un artista poco afortunado, que no habiendo podido encontrar quien comprara sus obras, se había refugiado en aquel pueblo donde tenía una casa que heredó de su madre y algunos amigos de la infancia. Su albergue no podía ser más modesto; se componía de un portal estrecho y largo, una cocina que servía de poco, pues en ella apenas se guisaba y por falta de leña resultaba tan triste como fría, una salita en la que el hombre trabajaba y una alcoba en la que dormían los dos. Detrás de la casa había un patio con una parra, un pozo y un banco de piedra. Ni una flor crecía en él, nada que lo animase y embelleciese.


Aug. 18, 2020, 2:26 p.m. 0 Report Embed Follow story
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