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wereyes W. E. Reyes

El destino es una incógnita que no puede ser resuelta sin ser participe de la historia. Un gigantesco camión desbocado yendo a cien millas por hora, la fatalidad se descubre bajo sus ruedas...


Paranormal Lucid All public. © (c) 2019 2020

#acción #betty #miller #camión #destino #manipulación #cósmica #deidades #pranormal
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Aberrante

©2019-2020 W. E. Reyes


—Creo que ahora es el momento.

—Estoy de acuerdo, ¡que comience la apuesta!


Se ahogaba en su propia sangre, trataba de moverse, de decir algo, pero en vez de palabras tan solo había gárgaras sanguinolentas.

«¿Era en realidad su culpa?», pensó el camionero.

Parte de su vida pasó en un racconto a velocidad de la luz. Hace cuarenta años llegó a la tierra prometida en donde cada hombre labra y crea su propio destino. Fue ilegal mucho tiempo y se había convertido en ciudadano americano hace tan solo cinco años. Nunca entendió muy bien, cómo a pesar de haber tenido esa condición irregular alcanzó a deber más de doscientos mil dólares al banco. No pudo salir de esa obligación de manera fácil: tuvo que vender la casa y todos sus bienes. Perdió su trabajo bien remunerado y también a su esposa que lo abandonó. Lo perdió todo. Esa situación lo llevó a emborracharse en exceso y comer lo que podía. Su cintura medía mas de metro y medio.

Celebraría su cumpleaños número sesenta y cinco, y se encontraba de un especial buen humor: se activaría un seguro especial de desempleo que tomó en su momento, en caso de llegar a esa edad, que junto con su pensión le permitiría no trabajar, un día más, para nadie. Al menos eso sería algo, un poco menos de sufrimiento en su vida. Se sentía orgulloso de sus dos hijos, ambos se marcharon a hacer su vida en el extranjero: uno en Nueva Zelanda y otro en Japón. De vez en cuando lo venían a ver y siempre lo regañaban por sus excesos de comida y bebida, ojalá los hubiese escuchado.

En este día estrenaría un nuevo “amor”, un camión Mack Titan de doble turbo cargador y velocidades adicionales, con potencia para ir a la luna, según dijo su compadre y compañero, Joe, de Dynamic International Cargo. Él sabía que su gordo amigo necesitaba un dinero extra así que consiguió un acoplado de largo adicional, para poder aumentar la carga en diez toneladas más de lo permitido por la ley. Con ese pequeño favor que le harían a su cliente especial: Tony el siciliano, ganarían ambos un dinero extra.

Sin embargo al pobre conductor Johnny Pérez, el destino le señalaba otro tipo de partida. Los excesos dañaron su hígado, tenía una cirrosis avanzada unida a la condición de sufrir várices esofágicas concomitantes con una gastritis ulcerativa.

Un espontáneo vómito rojo surgió de él. En ese mismo momento le vino un accidente cerebro-vascular por un trombo acumulado, en una arteria de su pierna debido al exceso de colesterol, que terminó de rematarlo.

Quedó echado hacia atrás en su ergonómico y cómodo asiento con la boca abierta y mirando al cielo. Sus ojos se pusieron blancos: la vida se le escapaba sin control a través del fluido carmesí, que salía por su boca, formando un grueso río que corría hasta sus pies. En su último estertor expulsó una gran bocanada de sangre: un vano intento reflejo de su cuerpo para mantenerlo con vida.

En la radio del vehículo se escuchaba Welcome to the Jungle.


—Es tiempo, tomaremos el mando para nuestro pequeño experimento —resonó la voz como las trompetas de mil ángeles a todo lo largo y ancho de la bóveda celestial.


El inmenso camión comenzó a acelerar en absoluto descontrol, llevaba mas de cincuenta toneladas de carga. El velocímetro marcaba cien millas por hora. Iba por la carretera convertido en un bólido de plata, devorando el camino, derritiendo los sueños y esperanzas del que, por infortunio, se atravesara por delante.

El caucho de las relucientes ruedas humeaba, un fuego demoníaco imbuía los ejes de la bestia.

Era un día de verano. Soleado, con 30 grados Celcius a la sombra. La pequeña Betty Miller de tres años de rizados cabellos negros, moñudos, que daban la impresión de una calabaza de rulos, tenía sus pequeñas manos transpiradas y; aunque andaba con un rosado sombrero de ala ancha, se quejaba.


—¡Mami! ¡Mami! —dijo tironeando el vestido celeste de su madre.

Dio un tercer grito con toda su alma.

—¡Mami tengo ca-lor! —estiró cada sílaba, bajando su mandíbula en la primera. Hizo luego un puchero con el ceño fruncido, abrió sus hermosos y grandes ojos negros y puso tiesos sus rubicundos brazos apuntándolos hacía atrás. Sus mejillas se pusieron tan rojas como sus labios de cereza, que contrastaban con su blanca piel. Mientras respingaba el punto que tenía por nariz.

—¿No me digas?

—¿Quieres un cono de helado triple de chocolate? —dijo, mientras sostenía su mentón con la palma de la mano y sujetaba su codo con la otra mano.

Con una sonrisa de oreja a oreja, tan grande que si su rostro fuera la tierra llegaba a la luna, y mostrando sus ratoniles dientes se quedó viendo a su madre.

—¡Sí!, mami, querida, hermosa, preciosa, adorada y linda.

La mamá subiendo su sombrero blanco con cinta rosada, inclinándose hacia la pequeña y bajando sus lentes oscuros con sus dedos la miró con detención.

—Pero hijita querida. ¿No sería mejor un helado de piña sin azúcar? Te quitará la sed mejor que el chocolate –argumentó con una sonrisa de preocupación.

El retoño arrugó el entrecejo, cruzó los brazos, hizo un puchero y habló entre dientes.

—¡Pero no es tan rico! —Y giró para un lado.

—¡Para eso tomo agua! —Y volvió a girar otro poco.

—¡A mi me gusta el chocolate mamá! —dijo y abrió la boca lo más grande que pudo. Terminó de girar donde comenzó. Luego gesticuló con sus manos, subiéndolas, primero sus palmas y formando una par de uves con sus codos, en expresión de a quién le importa.

—Además la piña no alimenta, mami, el chocolate me llena la barrigüita —replicó tocándose la panza.

Dirigió a su madre una mirada de cordero apenado, hizo un gesto de tristeza y estiró su rosado labio inferior.

—¿No querrás que me ponga flaquita y me queden los brazos como palitos, verdad mami? —dijo. Pellizcó la piel de su antebrazo que estiró, apenas un poco y con mucha dificultad, para mostrarle a su madre.

La mamá se tomó la frente con sus dedos.

—Mi querida tozuda hija, la mamá soy yo, yo decido. —Se agachó y la miró a los ojos.

—Mamá no tengo tos... Yo quiero helado de cho-co-la-te —replicó, sílaba por sílaba. Tomando la cabeza de la mamá, con sus fornidas manos, acercando su cara hasta tocar con su nariz la de ella y subiendo sus cejas tres veces.

—Vamos señora que le cuesta, deje a la niña que coma su helado —manifestó una entrometida anciana que de curiosa miraba la situación. Se acercó a la niña y con sus manos pellizcó de manera gentil sus mejillas.

—¡Ay mis mofletudos mofletes! —se quejó, exagerando la niña, sobó sus cachetes y rió de manera contagiosa. Miró de manera cómplice a la señora.

La abuela se acercó de nuevo y le regaló un lollipop.


Katty, era una gata con pelaje atigrado de nariz negra que siempre iba con su cascabel para todas partes. Annie la buscó y buscó, pero no la pudo hallar.

—Abuela has visto a Katty no la encuentro.

La pobre señora apenas si se movía.

—Quédate aquí la voy a ver afuera —dijo a su nieta de cinco años. Abrió la puerta de la entrada y escuchó el sonido del cascabel de la gata. Se sacó los lentes un instante limpiándolos para mirar mejor y observó que el felino se dirigía a atravesar la calle, con un gatito colgando de su hocico.

«Por eso no sabíamos de ella, fue madre», pensó, mientras sonreía, la octogenaria Rose Jones.

Un estruendo de tubos apocalípticos que tenía por bocinas la fulgurante centella de plata, que venía ingresando a los suburbios desde la carretera, se sintió por toda la cuadra.

—¡Corre, corre! —gritó con voz atragantada y temblorosa la desesperada anciana. La gata se asustó, el gatito cayó y en un reflejo instantáneo saltó hacia un lado… Katty no lo logró, la velocidad del bólido infernal era demasiada. La mascota quedó untada como mantequilla en el pavimento por unos veinte metros al menos.

La anciana palideció en extremo casi al color de sus rizados cabellos. Cruzó la calle para mirar, luego volvió y entró a la casa. Se sentó casi a punto de desmayarse y llamó a su nieta.

—Annie creo que Katty se ha ido y no regresará jamás.

—¿Por qué abuela? ¿Qué pasó? ¿La atropellaron? —preguntaba llorando.

—Al parecer se fue a vivir una mejor vida, a lo mejor tenía otros planes… Pero mi niña no llores, si hubiese hablado, creo que habría encargado una misión para ti.

Limpiándose las lágrimas con la manga, y sonándose con el delantal de su querida abuela, la observó con atención.

—¿Qué misión abuelita?

—Que te encargues de su hijo —dijo, entregándole el pequeño gato recién rescatado.

La chiquilla recuperó, en parte, su compostura.

—Sí creo que tienes razón a lo mejor debía encontrar un lugar nuevo.

—Tiene los ojos de su madre —agregó. Puso una mirada y gesto de determinación.

—Me haré cargo de él abue, nos haremos cargo de Sansón.

Miró al gato.

—Así te llamaré porque, aunque no estés con tu madre, serás muy fuerte estoy segura de ello —dijo. Mientras abrazaba al gatito con ternura y lo besaba en su cabeza.

—Miau —respondió el gato.


La policía entró en alerta, se dio la información que algún loco al volante conducía un camión a extrema velocidad por los suburbios.

El transporte de carga dobló la esquina con absoluta precisión, trabando las ruedas traseras que generaron una cortina de humo y olor a caucho quemado, dejó unas marcas oscuras sobre el pavimento que ennegrecieron la calle por media cuadra. Encabezó hacia West Street con East Street.

El vehículo de aseo municipal se encontraba dando una vuelta por el lugar para cargar los contenedores de residuos cuando lo impactó el meteoro con ruedas. Salió disparado dando trompos por el lugar.

Carl Brown se hallaba sacando la basura. Pensaba en cuanto disfrutaría al llegar a Hawaii y poner sus cansados y doloridos pies de profesor de secundaria, agotados de treinta años de estar parado, en aquellas blancas arenas y sentir la tibieza del agua. El desgaste valía la pena porque cumplía con el mejor deber del mundo: educar las jóvenes mentes para que tuvieran un futuro brillante moldeado por la educación, valores y el conocimiento. Soñaba con el paraíso a donde volarían mañana junto con su esposa. El paraíso se lo pilló de frente. Quedó estampado en el radiador del vehículo de servicio.

El amado maestro Brown: comprensivo, tolerante, optimista y solidario. El mejor de la secundaria Lincoln sería llorado y recordado por siempre.


Tres patrullas bloquearon el camino, en la esquina siguiente, y por los megáfonos dieron instrucciones al conductor del vehículo de carga para que detuviera su insana carrera.

—¡Deténgase, deténgase o dispararemos!

Hacía rato que el conductor era una masa de sangre coagulada. No hubo respuesta.

La policía mantuvo el bloqueo y comenzaron a disparar en el momento que se acercó a ellos. Los agentes saltaron y siguieron tiroteando al pasar el gigante por el lado. Este impactó sobre las patrullas que volaron como en una pista de juguete.

John un desempleado que deambulaba por la calle, estaba ebrio, empapado por la caída al río que se había dado en su borrachera. Tenía hambre, frío y los bolsillos vacíos. De repente miró al piso y vio un trébol, se agachó a recogerlo

—Una, dos, tres, cuatro hojas —contaba.

— ¡Que bien! —se dijo. Lo tomó y se desprendió una. Miró con pena. «Nada puede salir peor», pensaba... Hasta que le aterrizó en vertical un vehículo policial sobre la cabeza que lo mató en el acto.


La señora María Dolores del Santo Sufrimiento del Carmen Martínez Sánchez. Regresaba de trabajar. Fue emboscada por tres delincuentes, que buscaban dinero fácil. No hablaron, la golpearon de inmediato y le rompieron un brazo con una fuerte patada.

—¡No por favor es mi único dinero, soy pobre! —rogó la indefensa mujer.

Los delincuentes revisaron su cartera

—Y para esto nos haces perder el tiempo: ¡por veinte mugrosos dólares! Apenas nos alcanza para unos encebollados.

Los tres se dirigieron a una construcción vecina atravesando la calle, uno de ellos venía con una viga entre sus manos. Miraban a la esforzada trabajadora, burlándose y riéndose de su fortuna. Casi llegaban donde ella con el gran palo justo para descargarlo sobre su cabeza.

Quedaron los tres reventados, como los miserables insectos que eran, sobre la cubierta del Mack Titan que pasó cual cometa abrasador. La señora María se incorporó y busco ayuda yendo al servicio de salud más cercano.


—Estás atrasado parece —dijo riendo el inmortal.

—No lo creas, haré que tome un atajo.


Oscar Smith llegó más temprano ese día a su hogar, solicitó permiso en la oficina, estaba cansado. Se preguntó para que servía trabajar tanto, y para colmo, de contador en un servicio público. Le pagaban muy bien, pero a sus cincuenta y cinco años se sentía agotado. Tenía su casa pagada después de más de veinte años de cumplir con los dividendos. La vivienda de dos pisos contaba con seis habitaciones, dos baños, el principal con jacuzzi, piscina, una gran cocina, un bar acogedor, barbecue grill, dos cocheras con su correspondientes automóviles. Y tenía a su amada esposa con la que decidieron no tener hijos para disfrutar de los viajes por el mundo y del dinero que, por cierto, solo él ganaba.

—¡Cariño llegué a casa! —exclamó.

Dorothy, diez años menor que su devoto esposo, se concentraba en las manos de su personal trainer Philippe que subían y bajaban por su cuerpo. Tenía todo calculado, sabía que el tarado de su marido llegaría en dos horas más.

Besaba con fervor a su amante sintiéndose enamorada. Para Phil era solo carne fácil. Los dos disfrutaban de lo mejor en el jacuzzi por el que se esforzó tanto su mojigato esposo. Ella con una piña colada y él con un whisky doble. El sistema de audio encendido tocaba You can leave you hat on.

Oscar se extrañó por los ruidos que venían del piso de arriba, envió mensajes de texto y trató de contactar el móvil de la mujer, pero no hubo respuesta. Preocupado, pensó que había ladrones en casa, fue a una gaveta. La abrió con una llave que tenía oculta. De un compartimiento tomó una pistola, una reluciente Beretta 98 FS Inox. Le sacó el seguro. Subió las escaleras y vio la puerta del baño entreabierta.

—¡Dorothy, estás ahí! —gritó.

La señora Smith no escuchaba con el volumen tan alto de la música. El señor Smith abrió la puerta. Su mujer apareció desnuda enfrente de él mientras el musculoso instructor la tomaba por la espalda agarrándole un pecho con una mano y con la otra puesta en la entrepierna de la señora. Besando, de medio lado, su boca con lujuria. La rabia que sintió el timorato cónyuge hizo que se escapara un tiro hacia el piso. Ahí lo escucharon. Los dos amantes miraron, con cara de terror, al encolerizado cornudo en el momento que este les apuntó con el arma.

El segundo piso se desmoronó con un sonido ensordecedor, un ariete de fuego cromado atravesó la casa. Las infernales bocinas retumbaron cual trompetas de Jericó por todo el lugar. Los tres cayeron. Quedando todos cubiertos con polvo, del yeso de las elegantes molduras del techo y de los escombros, golpeados, magullados con heridas leves y atontados.

Los amantes se cubrieron con toallas. Oscar los miró, la pistola cayó lejos, no le importaba ya. Con sus manos temblorosas fue a una gaveta: buscó una pipa para echarle tabaco —su pulso hacía saltar la hierba para todos lados— y la encendió. Con los ojos fijos fue a lo que quedaba del bar y sirvió tres vasos de whisky doble. Bebió un poco del suyo, para calmarse, les ofreció los otros a Phil y Dorothy. Estos aceptaron. Miró el inverosímil agujero en lo que quedó del primer piso de su casa.

—Cariño, mañana empiezo los tramites del divorcio... así que ahora te vas. Salud —dijo.

—Salud —respondieron y se tomaron el trago al seco.


Betty Miller hacía su espectáculo, cantaba Mamma mia en su versión, con el lollipop que tenía en la boca por micrófono. Un músico callejero que por casualidad andaba con esa pista, se la puso en una bocina amplificada.

Se juntaron alrededor de treinta personas en círculo, que animaban a la vivaz chiquilla. La cara de la señora Miller pasó de cereza pálido a tomate mediano, sintió un inusual calor interno.

Mami, mami mía, aquí voy de nuevo.

Se puso de lado derecho, y miró al público.

Mami, mami mía, como voy a resistir el chocolate con manjar.

Cambió la postura y quedó de perfil a la mamá.

Mami, mami mía, que sea con nueces y manjar.

Se cambió al lado izquierdo y volvió a mirar a las personas.

Oh cuanto echo de menos el dulce de manjar.

Adoptó de nuevo la postura de perfil.

Señora déjela comer no más luego crecerá y la gordura se le irá —corearon los chistosos oyentes.

El color del rostro de la progenitora era el de tomate maduro.

Solo una porción triple más, del rico helado será, mamá mía.

Cerró los ojos y cantó a todo pulmón con la cabeza erguida.

Solo una porción triple más, del rico helado será, con nueces y manjar… —subió su infantil tono a un agudo insoportable.

Los asistentes hicieron palmas a la pequeña prodigio.

—¡Está bien, está bien tú ganas! —exclamó la madre.

—Se acabó el número —finalizó la señora Miller con el rostro casi fucsia.

«Qué voy a decirle a la pediatra ahora», pensó moviendo la cabeza.

Los curiosos se fueron y Betty Miller dio por finalizado su show.

Llegaron justo a la esquina de West Street con East Street.

—¡Mamá al otro lado hay un TruMart ahí venden los mejores helados y…!

—¡Y está el papá, mira mamá el papá!

—Sí, peque, yo lo llamé para que nos juntásemos aquí… era una sorpresa —rió la mamá.

La pequeña Betty con la emoción de ver a su padre, se soltó de la mano de la mamá y emprendió carrera hacia él.

—¡Danna la niña! —exclamó Bruce Miller, atleta de profesión, que en una décima de segundo aceleró hacia su adorado pequeño tesoro.

El destino fatal destilado en las profundidades del averno convertido en una máquina con empuje de ocho mil toneladas llegaba a la esquina señalada.

Un insoportable claxon sonó.

Las ruedas del vehículo chirriaron con un sonido agudo e impactaron a Betty, el papá apenas alcanzó a llegar para mover a su hija un poco más atrás para aminorar el golpe.

La rechoncha y rubia Jamie McClure, de cuatro años, vestida de blanco, con sombrero de cinta rosada, calcetas blancas orladas y zapatos negros de charol se quedó mirándola.

—¡Ten cuidado gorda casi te atropello! —gritó. Con dificultad alcanzó a frenar su triciclo amarillo que iba a toda velocidad por la acera. He hizo sonar de manera insistente su bocina.

—¡Pero no estoy tan gorda como tú! —replicó Betty limpiándose su rodilla derecha.

—¡Y para de hacer sonar esa pelota con trompeta, que me duelen mis orejitas. Gorda tonta! —chilló con su peculiar tono agudo que logró hacer palidecer el volumen del claxon.

Asombrada la rellena Jamie se retiró a toda velocidad.

—¿Estás bien mi caramelito? —preguntó el papá, al levantarla en brazos.

—No me pasó nada mi papi lindo —Abrazó su cuello con fuerza.

—Cuidado chica que eres pequeña, pero fortachona —sonrió.

—Se necesita más que una gorda para interponerse entre un helado de chocolate y mi pancita —rió de manera contagiosa otra vez.

Una invisible y fría bruma gris materializada en una brisa recorrió el lugar.

—Sentí una corriente de aire que me dio escalofrío.

—Debe ser la emoción, no tienes de que preocuparte Danna.

—A mi también me pasó, papi, se me pusieron los brazos con puntitos, con piel de pollo, debe ser el cambio climático —argumentó con un gesto de repentina iluminación.

—Que sabia estás —Revolvió la mata de pelo de su hija.

Y se fueron los tres muertos de la risa a comer helado de chocolate a la vez que cantaban:

Y vamos donde el mago, el mago de chocolate mejor...

El galvanizado vehículo con la capacidad de partir sin dificultad un coche en dos, y la fuerza de mil elefantes africanos, pasó por dicha esquina, pero no en ese tiempo, sino en otro momento, en otra historia. Si hubiese sido ahora, hubiese sido... aberrante.

Aug. 13, 2020, 4:39 a.m. 3 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

W. E. Reyes Cuentacuentos compulsivo y escritor lavario. Destilando sueños para luego condensarlos en historias que valgan la pena ser escritas y así dar vida a los personajes que pueblan sus páginas al ser leídas. Fanático de la ciencia ficción - el chocolate, las aceitunas y el queso-, el Universo y sus secretos. Curioso por temas de: fantasía, humor, horror, romance sufrido... y admirador de los buenos cuentos. Con extraños desvaríos poéticos.

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Juan Manuel Sosa Porras Juan Manuel Sosa Porras
Lo encontré muy Estiphenkinano . Me ha gustado mucho. ¡Felicidades!
3 days ago
W. E. Reyes W. E. Reyes
Gracias, Alhajan. El cuento tiene un tinte de surrealismo, y para el caso de Betty me inspire en el tema de los niños prodigio. Y digamos que con tres, tal vez cerca de cuatro, hacen maravillas extraordinarias comparados con niños de su edad. Gracias por leer.
August 20, 2020, 01:04
Alhajan Alhajan
Reyes, Gato amigo. Siempre me das buenos likes en los microrrelatos y hoy vengo a dar mi grano de arena. Mira que me ha encantado todo este cuento. Relatas muy bien cada lapso de esos mundos paralelos y de verdad llegas a fascinar con ello, en este punto no tengo crítica. Pero, si me has logrado sacar de tono. A ver si es que tratabas de decir algo más con ello, pero en realidad debo tomarlo literal. Y es todo el tema con Betty. Has caracterizado muy bien a la niña, me creo las actitudes de una niña, pero no puedo comerme la edad, detalle que me choca demasiado. No sé si es que existe un paralelismo atemporal que no he captado, pero releído el párrafo, son tres años. Siento que la actitud vivida de la niña da para que le sumes unos cuatro más. En fin, Reyes. Te doy un 9/10 en el gatómetro, me ha encantado todo este cuento.
August 19, 2020, 02:23
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