Yo asesino Follow story

jdsantibanez JD Santibáñez

El sicario de pocas pulgas ha regresado.


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#sexy #femme fatale #killers #action #hitman #noir
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Yo asesino

   TODO ERA BORROSO. ¿Dónde estaba? Pensé que había muerto. Debía estarlo. Con tremenda puñalada que me pegó el cholo ese. Cholo de mierda. Me alegró matarlo como a un perro. Ahora distinguía las paredes blancas, el televisor en la esquina, la cama de fierro. Un hospital. En seguida se acercó el cerdo. Otra bestia más que se creía Sherlock Holmes. Era un cerdo, pero sudaba como un caballo. Con una camisa que apretaba su barrigota. Me dijo que sería mejor que confesara quién me ordenó matar a los tres hombres del EdificioGaelano. Al concejal. Al capitán de policía. Al líder del partido político. Tremendo imbécil. Nadie me lo ordenó, pendejo. Lo hice por mi propia cuenta. Fueron ellos los que pagaron para matar a uno de sus enemigos, y luego me traicionaron. Le dije que no sabía de lo que me hablaba. Que había sido asaltado en la calle por un tipo con un cuchillo de cocina. “¿Entonces qué hacías con tres pistolas en tu ropa?,” me preguntó. Le dije que eso era nuevo para mí. Tal vez alguien las puso allí cuando estaba inconsciente. Por supuesto que no se lo tragó. Nadie es tan bruto. Me dijo que ya hablaríamos en el cuartel, cuando me dieran de alta. Creo que le sonreí. Aunque no estoy seguro. Me dolía todo, incluso la cara. Pero de algo sí estaba seguro: tenía que salir de allí. El cerdo se fue y llegó uno de esos medicuchos del hospital. Le pregunté cómo me encontraba. Me dijo que tenía suerte. Por poco pierdo el riñón derecho. ¿Cuánto tiempo había estado allí? Seis días. Mierda. Con razón tenía tanta sed. Pasaron cuatro días más. Me visitaron algunos pesquisas que querían demostrar lo superiores que eran. Querían dinero por dejarme ir. No les importaba que hubiera matado a uno de sus capitanes. Sólo querían plata. Así de sencillo. Manada de principiantes. Por algo fui condecorado en el Cenepa. Que nadie se meta con las fuerzas especiales. Nadie, carajo. Llegó el día número doce. Pronto me darían de alta, me había dicho el doctor. Y era el momento de abandonar el lugar. La enfermera llegó como siempre para ponerme el sedante. Lo había hecho cada noche desde que llegué allí. Pero esta vez, estaba preparado. Cuando se me acercó, la agarré por el brazo y la golpeé en la cara, antes de que pudiera decir pío. La muy perra. Ya me tenía cansado con sus inyecciones. Y ahora faltaba el guardia de afuera. Pero cuando abrí la puerta me di cuenta de que no estaba. Debió irse a mear o algo así. Realmente no importaba. Caminé varios metros hasta una puerta y la abrí con cuidado de no hacer ruido. Durante los días que había estado convaleciente, se me permitió tomar cortas caminatas por el corredor en compañía de una de las enfermeras y del paco de turno. Aproveché entonces para observar las posibles salidas, y me di cuenta del cuarto donde dormían los médicos de guardia. Distinguí el cuerpo de uno de ellos sobre un catre. Ni se movió cuando lo golpeé varias veces en la nuca. Le saqué la ropa y me la puse, incluyendo el mandil. Todo me quedaba chico, pero qué carajo. Encontré el estetoscopio en el bolsillo del mandil y me lo coloqué en el cuello, como acostumbraban esos idiotas. Pasé junto al centinela de mi cuarto, que ya había regresado con un submarino y una cola en funda. Principiante. Salí por Emergencia. Había bastante movimiento. Un accidente o algo así. Mucha sangre. Doctores y enfermeras corriendo por todos lados. Alguien gritaba que necesitaban un neurólogo. Otro respondió que iban a buscarlo. Tarea de ineptos. Los dejé a todos con el relajo, y caminé hasta un lugar oscuro. Me quité el mandil y el estetoscopio. Avancé lentamente, tratando de no llamar la atención. No tenía ni un centavo, así que no me quedaba otra que caminar. Una luz me iluminó por detrás. Un automóvil. Un Mercedes Benz del año. Me quedé quieto para que pasara de largo, pero en vez de ello, se detuvo junto a mí. Me mantuve tranquilo, pero dispuesto a reaccionar si fuera necesario. El vidrio de la puerta trasera bajó, y un tipo mostró la cara. “Buenas noches, señor. ¿Puedo llevarlo?,” me preguntó. Al principio pensé que me había topado con un maricón. Decidí preguntarle qué quería. Me dijo que sabía quién era yo. Que por lo mismo me buscaba. Entré en el carro. Era grande y lujoso, como supuse. El tipo me brindó un trago de whisky de un bar de juguete que tenía delante, pero no acepté. Debía cuidar mis reflejos. Le pregunté nuevamente qué quería. Como respuesta, extrajo unas fotos de un sobre. Eran de una mujer de treinta y pico de años, trigueña, guapa. El tipo me dijo que la quería muerta. Intenté decirle que yo no hacía ese tipo de trabajos, que se había equivocado. Me dijo que no era necesario que mintiera. Unos amigos de Colombia le habían hablado de mí, y me habían recomendado. Lo que necesitaba. Que la gente me hiciera publicidad. Me dijo los nombres de sus amigos. Los reconocí, eran confiables. Pero no lo suficiente para creer en el hombre que tenía delante. El Mercedes continuaba recorriendo la ciudad. Borrachos, putas, travestis y cientos de vagos pasaron delante de mí. Mientras el chofer seguía distraído con el tráfico, cogí una de las botellitas y la rompí contra la puerta. Coloqué el pedazo de vidrio debajo de la mandíbula del tipo. Sus ojos se agrandaron tras los lentes redondos. Apreté para que un hilillo de sangre brotara de su piel. “Escucha,” le dije. “No sé quién eres ni qué te traes, pero te recomiendo que me dejes en la esquina y te olvides de mí.” Habló entre dientes y asustado. Que todo lo que había dicho era cierto. Lo podía comprobar yo mismo llamando a mis amigos en Colombia. El chofer se había asustado con el alboroto y frenó para voltearse. Pero para ese entonces yo ya estaba en la calle, caminando rápidamente con la billetera que le había quitado al tipo. Su nombre era Jonás Borja. Cédula, licencia, tarjeta American Express Platino. Quinientos dólares. En billetes de veinte. Busqué un hotel para pasar la noche. Nada elegante, pero tampoco una ratonera. El tipo de la recepción no hizo ninguna pregunta cuando le di el billete, lo que fue bueno para su salud. Ya en la habitación, hice una llamada a Colombia. Dijeron que sí conocían al tipo, que era muy influyente y que sería bueno tenerlo de mi parte. No pude dormir durante la noche, pues ya había pasado mucho tiempo en una cama. Afortunadamente, el hotel tenía cable y me puse a ver un par de películas porno, hasta que amaneció. A eso de las nueve, llamé al tipo del Mercedes a su oficina. Se sorprendió. Le dije que había obtenido su privado en una de sus tarjetas. Me preguntó si podía devolvérsela. Le dije que me recogiera esa noche, a las once, afuera de un bar en Miraflores. Borja fue puntual. Volvió a sacar las fotos de la trigueña sexy. “¿Quién es?,” pregunté en seguida. Me dijo que no era importante. Que un grupo de amigos la quería muerta. Cuando quise saber por qué, me dio otra evasiva. Entonces le dije que si iba a trabajar a ciegas, mi tarifa era de trescientos mil dólares. La mitad por adelantado, depositada en una cuenta en Miami. Accedió sin chistar. También le dije que no quería a los pacos encima. Que no me preocupara, fue su respuesta. Sonrió al decirme que ya se había ocupado de todo. Durante mi estadía en el hospital, no me había enterado de lo que sucedió después del asunto del edificioGaelano, así que al siguiente día me fui a la biblioteca municipal para ver periódicos viejos. Allí estaba todo en blanco y negro. Las fotos de las víctimas. El artículo afirmaba que habían sido asesinados en una reunión política. Ah, claro, cómo no. Tremenda reunión política en la que estaban cuando los encontré culeándose a esas putas. Las autoridades habían dicho a la prensa que tenían un prisionero en custodia, pero nunca mostraron mi cara. Al parecer, Borja se había puesto a trabajar desde el principio. Busqué el periódico del día. No había ninguna noticia de mi huida. Simplemente la policía me había dejado libre. Al parecer, se habían equivocado. Como siempre, los pacos se salieron con la suya, y ganaron su plata. Bueno, con lo que iba a cobrar, yo también lo haría. Dos días después, cuando comprobé el depósito, empecé a seguir al blanco. Qué mujer. Me partía la cabeza pensando por qué la querían muerta. Salió de su casa muy temprano en la mañana y se dirigió en un Audi celeste a un edificio de oficinas en el centro, a pocas cuadras del Gaelano. Subí sin problemas en el mismo ascensor atestado de gente, ella apenas a unos centímetros de mí. Sus ojos eran demasiado grandes, su nariz larga y sus labios gruesos. Pero todo en conjunto se transformaba en un rostro diferente, sensual, misterioso. Su piel era como un café con leche bien cargado. Y parecía brillar con la luz del ascensor. Mierda. Si no estuviéramos rodeados por tanta gente, de seguro me le echaba encima. Se bajó en el piso catorce. La seguí. En un momento se dio la vuelta, como presintiendo algo. Sus ojos se conectaron con los míos. Me hice el pendejo, y me desvié hacia una oficina cualquiera. Entré, pero, sin cerrar la puerta, me fijé en cuál se introducía ella. Escuché una voz a mis espaldas preguntándome si podía ayudarme. Era la secretaria de un bufete de abogados al que me había metido. Dije que no, gracias, y me fui por las mismas. Durante una semana, me convertí en la sombra de la mujer. Fui con ella a la oficina, a almorzar con sus clientes y amigos, al gimnasio. Algunas noches la observé, a través de binoculares infrarrojos, nadar desnuda en la piscina en forma de riñón, atrás de su casa. Su cuerpo era delgado, ágil, de animal salvaje listo para el ataque. Era toda una visión. Y cada día deseaba que no terminara, para seguir con ella. Vivía sola. Podría haberla matado fácilmente, pero quería prolongar la espera. Me gustaba demasiado. Esa noche, ella me dio una sorpresa. Esa noche, tuvo invitados. Llegaron en carros elegantes, con sus mejores ropas y alhajas. Conté cerca de cincuenta vehículos. Políticos, gente de televisión, actores de telenovelas, lahighsociety. Todos llegaban apresurados, como temiendo ser los últimos en la fiesta. Mierda, mierda, mierda. ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora? Justo cuando me había decidido.Tenía que entrar en el lugar. Tenía que verla. De cerca nuevamente. Revisé mis armas. Una .45 en la funda sobaquera. Otra a la espalda y una .22 en el tobillo. Como no estaba tan elegante como los invitados, entré por la puerta de servicio, donde varios saloneros se encargaban de recibir el bufett y los bocadillos que llegaban en furgonetas llamativas. Me mezclé entre los invitados. Caminé a través de la crema y nata de la ciudad. Entonces la vi. Estaba conversando con un par de tipos. Viejos regordetes que se babeaban ante tanta belleza. Llevaba puesto un vestido blanco de tirantes que dejaba expuesta la piel suave de su cuello y hombros. Me vio venir y no dijo nada. Me sonrió y sus ojos brillaron al verme. “¿Sigue perdido?,” me preguntó. Me hice el cojudo nuevamente y sonreí también. Abrí mi boca para decir algo, pero una pareja se acercó para saludarla, y ella tuvo que disculparse. “Hablaremos después,” me dijo. Me alejé del gentío y caminé por la casa, sin que nadie me prestara atención. Cosa extraña. No vi ninguna fotografía familiar. No había retratos de niños, padres, abuelos. Ni siquiera de un perro. ¿Por qué era todo tan impersonal con esta mujer? Se llamaba Ximena Torres y era dueña de una empresa de bienes raíces. Soltera, sin novio ni amante conocido. Pero yo quería saber más. Subí las escaleras y esquivé un grupo de personas medio borrachas que habían aprovechado el lugar para manosearse y tal vez ocupar alguna de las habitaciones. Hacían mucho ruido, ajenos a la fiesta que se llevaba a cabo a escasos metros. Abrí varias puertas, pero los cuartos estaban vacíos, sin ningún mueble o lámpara a la vista. El quinto que abrí debía ser su dormitorio, ya que era inmenso, con una cama king y espacio suficiente como para trotar en las mañanas. Por lo demás, todo estaba ordenado, como si nadie viviera allí. Junto a la cama, en un portarretrato, estaba la respuesta. El líder político me miró desde la foto y pareció reírse de mí. Y de mi estupidez. Estaba tan perro por ella que no me di cuenta de que todo era una trampa. La voz vino de atrás, pero no me sorprendió. Una vez más me maldije por ser tan cojudo. “Era mi amante y usted lo mató,” me dijo. Y yo que pensaba que ella era una diosa o algo así. Resultó ser una puta más. “Era un ladrón y un corrupto,” fue mi comentario. “Y además, quiso matarme.” No le importaron ni un carajo mis palabras. Miré alrededor y me puse a calcular las posibilidades. Ella no estaba sola, por supuesto. Dos de los saloneros que atendían abajo me apuntaban con sus armas. Me brindó una mueca, y explicó: “Aparte de ser mi amante, imbécil, lavaba dinero de narcotraficantes y era socio de Borja. ¿Acaso piensas que las bienes raíces compran todo lo que tengo? Me dejaste sin el cincuenta por ciento de mis ingresos.” Cuánto lo siento, pendeja. “¿Por qué la charada?,” pregunté. “¿Por qué no matarme en el hospital simplemente?” Me respondió que yo había ocasionado demasiado alboroto cuando maté a los tipos del Gaelano. Los periodistas empezaron a investigar si había algo sucio en todo ello. Los difuntos eran sospechosos de corrupción, pero, como siempre, no se había comprobado nada. ¿Qué iba a pasar si me mataban en el hospital? A lo mejor averiguaban más de lo necesario. Tuvieron que repartir mucha plata para que nadie se enterara de quién era yo. Igual me pudieron matar, al escapar del hospital, comenté. La mujer sonrió. Su vestido blanco se ceñía en los lugares apropiados y le caía como un guante; un guante que acariciaba su cuerpo exquisito. No importaba que me quisiera matar, igual me excitaba. “Digamos que fue capricho de Borja,” comentó. “Le gusta este tipo de juegos. Te vigilaban siempre. Estabas tan distraído chequeándome el culo, que no te diste cuenta de que eras un simple peón en el juego. ¿Viste a toda esa gente allá abajo? De alguna u otra forma, todos se beneficiaban del lavado. Borja quiere lucir tu cabeza como un trofeo.” Los borrachos llegaron. Los que habían estado en la escalera cuando subí. Tal vez andaban en busca de una habitación con cama, e interrumpieron sin darse cuenta de las pistolas, gritando, bailando e invitando un trago a todos. Prácticamente se abalanzaron sobre Ximena y sus meseros. Y eso lo aproveché. Cuando la golfa se dio cuenta, yo ya había sacado las pistolas. Los borrachos gritaron cuando disparé. Reventé la cabeza de uno de los camareros. Y la garganta del otro. Ella disparó también. Pero yo no estaba en el cuarto. Había corrido hacia el balcón y saltado al jardín. No fue ningún problema. El terreno era curvo y elevado y rodé como si estuviera en una alfombra. Algunos invitados que habían salido al patio y conversaban cerca de la piscina, se hicieron a un lado, mientras más camareros empezaban a aparecer frente a mí, disparando. Siempre he tenido suerte. Las balas no me tocan fácilmente. Tal vez porque la mayor parte de los llamados profesionales no lo son, y se cagan de miedo cada vez que tienen que disparar. Yo, por mi parte, sé muy bien lo que hago. Por lo menos eso pensaba hasta que conocí a Ximena. La muy puta. Corrí hacia donde imaginé la salida. Las balas me pasaban cerca, levantando el suelo y el césped. Disparé al unísono y dos camareros más se revolcaron en el jardín. Alcé la cabeza y vi a la mujer. Estaba observándome desde el balcón y me apuntaba también. Vi el fogonazo, pero no sentí nada. Era buena la condenada, pero tenía pésima puntería. Divisé un muro. Corrí hacia él. Me lancé al suelo en el momento que más proyectiles impactaban cerca. Otro de los meseros corrió hacia mí. El muy idiota tal vez pensó que me podía atinar de esa forma. Le reventé la cabeza de un disparo. Alcancé el muro y trepé. En un respiro estaba del otro lado y me perdí en la noche. Pero eso no terminó allí. Una semana después, Ximena estaba en su oficina hasta tarde en la noche. Y no estaba sola. Borja. Y unos tipos con muchas cadenas y esclavas de oro. Llevaban trajes Valentino, pero sin la clase necesaria para lucirlos. Traficantes. Ximena y Borja querían un nuevo trato, sin duda mejor que el que había hecho el político difunto. Seis matones en total. Y dos más que hacían guardia afuera de la oficina. Que se pusieron mosca al verme llegar. Alcé las pistolas al mismo tiempo. Y esta vez no hice ruido. Los silenciadores se encargaron de apagarlo todo. Ambos se sacudieron con los balazos y se dejaron caer. Abrí la puerta de la sala donde estaban todos. Aprendices de mierda. No les di tiempo para decir nada. La mujer apenas logró emitir un chillido. Uno de los Valentino fue el primero en caer. Borja lo acompañó con un hueco debajo del ojo derecho. No me detuve. Apreté los gatillos una y otra vez en forma sucesiva reventando a uno, dos y tres Valentinos. Los otros dos lograron sacar sus armas. Incluso lograron disparar, pero yo me tiré al piso, desde donde continué la descarga. Uno de ellos rebotó contra la pared, sus intestinos colgando. El otro regó el cerebro por todos lados. Me levanté con cuidado. Todavía faltaba Ximena. Estaba atrapada bajo el cuerpo de uno de los matones. Cuando me vio, hizo esfuerzos adicionales y logró zafarse. Tenía el pecho y el cabello manchados de sangre, pero aún así seguía hermosa. Había algo en ella que era difícil, imposible de evitar. Se levantó, arreglándose el vestido. Me dirigió una sonrisa. Y vinieron las promesas. Que por favor la dejara vivir. Que no me arrepentiría. Que haría todo lo que yo quisiera. Todo. Que una mujer como ella sería la compañera ideal para un hombre como yo. Por un segundo, me sentí tentado a aceptar. Cuando disparé, salío despedida hacia atrás y cayó sobre la mesa de conferencias. Ya me mataron una vez, querida. La segunda no será tan fácil. Salí del edificio tranquilamente. Había comenzado a llover. Me subí al auto y manejé hacia el aeropuerto. Ya era hora de salir del país. Mientras respiraba la lluvia y veía pasar la ciudad, pensé en el político difunto acostándose con Ximena, disfrutando de su cuerpo, de su vida. De todo lo que yo nunca podría. Pensé en los brazos y piernas largas, y en la piel exquisita color café.

   Mierda. Algunos sí que tienen suerte.

Dec. 19, 2016, 4:48 a.m. 0 Comments Report Embed 1
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