bufonloco Ramiro Álvarez

“La esperanza, al igual que el miedo o la locura, habita en el interior de todos nosotros” Un virus letal amenaza la existencia de la humanidad. Cuando los gobiernos se dan cuenta de que la extinción de toda vida en la Tierra es inminente, deciden poner en marcha un plan desesperado que habilite la posibilidad de perpetuar la especie humana en algún otro lugar del universo. Los elegidos, para hacer brillar esa tenue esperanza, se embarcan en un viaje sin destino a través de las estrellas con consecuencias imprevisibles. ¿Lograrán que esa esperanza sea una realidad tangible?


Science Fiction For over 18 only.

#espacio #apocalipsis #virus #pandemia #amor #terror #violencia #esperanza
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Llueve

Llueve. Lleva toda la noche lloviendo y ahora que comienza a clarear el cielo, puedo ver a través de mi ventana como las nubes grisáceas no han cesado de escupir gotas sobre las aceras que reflejan la mortecina luz de las farolas que aún continúan encendidas.


Llueve. En la calle no se ve ni un alma. Parece el fotograma sustraído de una de esas viejas películas postapocalípticas: coches aparcados desde quien sabe cuándo; inmensos charcos con la superficie plagada de ondulaciones circulares; un par de gorriones atusando su plumaje sobre la barandilla de una terraza; una suave brisa mece las ramas de los árboles, plagadas de brotes que asoman con la llegada de la primavera. El mundo parece sumido en un embriagador sueño del que no sabe cuándo despertará o querrá despertar.


Llueve. Me quedo ensimismado viendo los gruesos goterones que resbalan por el cristal; sus reflejos, distorsiones y refracciones; sus hipnóticos recorridos verticales hacia el suelo; son el prisma de este nuevo amanecer que llora desconsoladamente. Desde esta perspectiva parece como si afuera se moviera un universo extraño; una dimensión paralela con su propia física y su propio tiempo, ajena completamente a nuestra realidad. Sin prisas; sin nada que hacer más que descargar el lloro acumulado durante milenios de aguantarse. ¿Dejará algún día de lamentarse?


Llueve. Escucho el lejano sonido de una puerta cerrarse entre el repiqueteo de las incesantes gotas de lluvia. Seguramente se trate de algún vecino sacando a pasear a su mascota. Un fugaz y discreto paseo a los jardines de enfrente de casa para que haga sus necesidades y vuelta al encierro, no vaya a ser que pase una patrulla policial, le pare y le comience a hacer preguntas incomodas. Las preguntas siempre son incomodas en una situación como esta. ¿Lleva usted la documentación del animal encima? ¿Está en regla? ¿Cuántas veces lo saca usted al día? ¿Cuál es su dirección? ¿Tiene usted síntomas? Las preguntas generan miedo, impotencia y ansiedad. La historia de siempre desde que comenzó este interminable tormento.


Llueve ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados ya en casa? Tengo la amarga sensación de que las paredes se encogen día a día; hora a hora; minuto a minuto. Recuerdo con profunda tristeza aquellos primeros días en que pensábamos que pronto podríamos disfrutar de nuevo de libertad, pero el tiempo fue pasando y las medidas para paliar la pandemia se hacían cada vez más contundentes. No parece haber un fin en el horizonte ¿Dónde quedaron aquellos primeros atisbos de solidaridad en la población? Salíamos en masa a aplaudir desde las ventanas y terrazas a todos aquellos que luchaban incansables por contener la enfermedad; los que se exponían a la infección por todo el resto de nosotros: médicos, enfermeros, trabajadores de la limpieza, cajeros y reponedores de supermercado… Era algo realmente bello el salir y escuchar el eco de los miles de aplausos en la distancia. Esa sensación de ánimo; de formar parte de algo grande; inmenso; inútil. Todos murieron. Poco a poco enfermaban y la enfermedad iba haciendo estragos en su organismo debilitado por la continua exposición a nuevos casos.


Llueve. Me vienen a la cabeza una y otra vez las escalofriantes imágenes que no dejaban de emitir los telediarios y los programas sensacionalistas. Esos fríos pasillos de hospital atestados de gente enferma por todas partes. Sentados en sillas, de pie, tumbados en el suelo tapándose con una manta. La enfermedad no hacía distinciones de color, religión u origen. Gente desesperada llorando, convulsionando y observando impotentes como cada rato iban llevándose en camillas a gente por la que no se podía hacer ya nada; directas al crematorio en bolsas opacas y negras.


Llueve. Las nubes grises que cubren el cielo no permiten que olvide los nubarrones negros saliendo de las chimeneas continuamente. Al menos es agua; preciosa agua; fuente de vida. Gotas de lluvia y no la ceniza que caía silenciosa aquellos días. Era como nieve grisácea que se acumulaba sobre todo lo que estuviese en la calle. Hacía que todo se viera con un filtro granulado de tonos grises apagados. Y aquel olor ¿Quién es capaz de olvidar el olor a muerte? Ese olor capaz de impregnar todo. Salías a la calle y regresabas oliendo a muerte. Ni duchándote y restregando el cuerpo con jabón y perfume eras capaz de eliminar ese olor de las fosas nasales. Era como si quedara incrustado en el hemisferio cerebral que procesa los olores. Aquel que olía la muerte ya no era capaz de olvidar jamás su nauseabundo pestazo. Aún hoy, meses después de que aquellas medidas se suspendieran por su ineficacia, soy capaz de rememorar ese olor. ¿Quién no es capaz?


Llueve y seguirá lloviendo sobre nuestra tumba ¿Cuántos quedamos vivos? Hace tiempo que dejaron de dar datos oficiales. Supongo que ya ha dejado de importar. Los que vivimos o seguimos creyendo que vivimos, salimos de casa solo para ir a recoger los víveres que nos suministra el ejercito cuando nos llega el turno asignado (o a pasear al perro aquellos que tienen la suerte de tenerlo) y cada vez es menos frecuente, pues día a día desertan más militares; o mueren; nadie dice nada y a nadie parece importarle. Asistimos en directo al ocaso de la humanidad mientras llueve. Llueve eternamente sin atisbos de que vaya a escampar alguna vez, y si alguna vez lo hace, seguramente no estaremos aquí para verlo.


Llueve. Al menos mientras espero el final puedo ver llover. Después de todo, esta lluvia es lo único tangible que nos queda en este planeta que no nos echará de menos cuando la naturaleza siga su curso y conquiste lo que creímos haber conquistado en nuestros delirios de grandeza. Siempre me gustó el sonido de la lluvia en la ventana y hoy su melodía suena melancólica; melancólica y perfecta para estos días decadentes en los que los muertos en vida solo podemos mirar a través de la ventana la lluvia caer.


¿Qué es ese sonido? Parece que han pasado siglos desde la última vez que lo escuché ¿Para que alguien iba a perder su preciado y escaso tiempo llamándome? Llevo tanto tiempo solo sin contacto con absolutamente nadie… Ni familia; ni amigos; ni pareja. Creo que me he acabado acostumbrando a la soledad; me gusta la soledad; adoro la soledad, aunque a veces no sea capaz de aceptarlo. Suena el teléfono insistentemente.


“Corre y coge el teléfono”

June 16, 2020, 3:55 p.m. 5 Report Embed Follow story
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Cris Torrez Cris Torrez
interesante veamos como sigue
1 week ago
Helena Nin Helena Nin
Me a gustado, seguiré leyendo.
July 02, 2020, 02:40

  • Ramiro Álvarez Ramiro Álvarez
    ¡Muchas gracias por comentar Helena! espero que el resto de la historia te guste. ¡Nos leemos! July 02, 2020, 08:00
Nataly Calderón Nataly Calderón
¡Hola! Tu historia me ha gustado mucho, ya quiero saber què sucede. Saludos.
June 27, 2020, 14:52

  • Ramiro Álvarez Ramiro Álvarez
    ¡Gracias por comentar Nataly! Me alegro que te gustara, y estoy seguro que los capitulos que siguen te gustarán (Está publicada completa, así que solo tienes que continuar la lectura). Es una novela corta, por loq ue no te llevará en total más de una hora de lectura (Y verás como cambia la historia...). ¡Si la lees completa espero tu opinión! :) ¡Nos leemos! June 27, 2020, 15:51
~

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