miguel-ruiz1586881409 Miguel Ruiz

El interrogatorio de una persona cercana al asesino, revela una situación mucho más compleja acerca del asesinado y de quiénes son las víctimas.


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La Asunción


Después que salga de la comisaría voy a llamar a Mateo a ver cómo está. Debe sentirse horrible con todo lo que pasó. Y todavía estando tan lejos de casa. Pobre muchacho, tengo que darle todo el apoyo que necesite, como buen cristiano que soy, sí señor.
Ahí está la seccional. Me dijeron que pregunte por el comisario mismo, que tenía que hacerme unas preguntas en relación a la desgracia que ocurrió en la iglesia.



—Permiso, comisario, ¿quería verme?

—Adelante, Domingo, pase. Siéntese. Dígame su nombre completo, por favor.

—Por supuesto: Domingo Francisco Pérez Leal, pero me dicen Mingo

—¿Su edad?

—Veintiún años, señor.

—¿Número de documento?

—678.035.234-6

—¿Cuál era su relación con el occiso?

—¿Cuál de los dos?

—El señor Fuentes.

—Trabajaba como asistente de don Gervasio en su carpintería. Hace más o menos unos ocho años que el padre Mario —que en paz descanse— me llevó allí. Fue él quien me presentó, dijo que sería bueno para mí.

—¿Y al padre Mario desde cuando le conocía?

—Desde que tengo uso de razón. Según me contó, fui dejado en un cajón de madera en la puerta de la iglesia, un domingo, de allí mi nombre, ¿vio? Él me llevó al orfanato y crecí allí. Era un buen hombre, Dios lo tenga en Su Gloria.
—¿Alguna vez vio discutir a estos hombres?

—¡Jamás! Don Gervasio, según él mismo me contó con mucho orgullo, era la tercera generación que trabajaba para esta iglesia. Todo lo que hay de madera en ella salió del Taller La Misericordia, todo. Como usted que es la tercera generación de comisarios en su familia, ¿verdad?

—Si no le molesta, Domingo, las preguntas las hago yo.

—Disculpe, comisario.

—Mientras estaba en el taller de don Gervasio, ¿notó algún roce o discusión con doña Ana?

—¡No, señor, qué va! Esa mujer es una verdadera santa, mire.

—¿Y su hijo, Mateo?

—Es como el hermano que nunca tuve. Ahora está de misión, ya va para el año fuera. Cuando se entere le va a dar algo, adoraba al padre Mario.

—¿Cómo se llevaba con su padre, con don Gervasio?

—Y bien. Vio que el hombre es, perdón, era —Dios lo tenga en Su Gloria también—, como decirlo, un tanto tosco, pero de buena madera, si me permite la comparación. Con su hijo era muy estricto. Él decía que lo hacía por su bien, para que fuera un hombre digno de Dios, después de todo va a ser el sucesor del padre Mario.

—¿Y Mateo cómo se llevaba con el párroco?

—De maravilla. Parecía el hijo. Estaban todo el tiempo juntos. ¿Será que don Gervasio sintió celos del padre Mario?

—¿A qué se refiere con que parecía el hijo?

—Es que, más allá de que era su tutor, pasaban todo el tiempo juntos. El padre Mario decía que el chico era especial, que estaba tocado por la Mano de Dios. Un día le regaló una cruz de oro enorme y le dijo que muy pocos eran merecedores de semejante obsequio, que él se merecía eso y más. Pasaban horas en su despacho y, según supe luego, Mateo fue el que más avanzó en el rito sagrado que el padre Mario practicaba con los aspirantes.

—¿Qué tipo de rito, Domingo?

—Él lo llamaba “La Asunción del Espíritu de Dios en la carne”. Contó que lo había aprendido de su mentor, el padre Caristo, y que éste, a su vez, lo había aprendido de un alto cardenal, en el mismísimo Vaticano. Así lo contaba siempre, con la frente en alto y el pecho henchido de orgullo. En catequesis dedicaba una hora a prepararnos para que comprendiéramos en profundidad la importancia que tenía aquella ceremonia para nuestra formación. Yo nunca fui bueno del todo; el mejor era Mateo, siempre. Los demás íbamos y veníamos. El padre nos decía que no éramos lo suficientemente devotos para ser merecedores del Espíritu en la carne, que solo los que se entregaban de alma podían llegar a encarnar el Espíritu. El problema era que el cuerpo no estaba siempre limpio. A nosotros nos exigían un ritual de limpieza previo, pero el padre Mario no siempre estaba limpio, y me dificultaba mucho llegar al final del rito... El olor, comisario, era el olor.

—¿A qué se refiere, Domingo?

—Dígame, Mingo, comisario. Al final del rito teníamos que entrar debajo de la sotana del padre Mario, era por allí que el Espíritu comenzaba a hacerse carne, pero el olor... Me daba náuseas y casi siempre vomitaba. Entonces el padre Mario decía que esos eran los estertores del demonio que se resistía a la entrada de la energía pura del Espíritu de Dios. Y me mandaba a rezar en el dormitorio y a comenzar la preparación desde el inicio. Eso me llevaba como dos meses completos.

—Y me decía que Mateo, el hijo de don Gervasio, ¿era bueno en eso?

—¡El mejor! Por eso se ganó la cruz. Mire como será que una vez cada seis meses venía el cardenal de visita y Mateo era el único que podía realizar “La Asunción” con él. Imagínese. El cardenal era muy estricto con quien podía o no llegar a ese punto.

—¿Usted le contó esto que me cuenta a mí a don Gervasio?

—¡Por supuesto! Tenía que estar orgulloso de su hijo. Además, si bien el padre Mario nos decía que eso era secreto y quedaba ahí adentro, no le iba a ocultar al padre de Mateo lo que hacíamos en catequesis. Una cosa era los extraños, salvando usted comisario que necesita saber para aclarar los hechos, pero, a la familia no le vamos a ocultar cosas, ¿verdad? Y para mí, ellos eran lo más parecido a una familia que tuve.

—¿Cuando le contó exactamente, recuerda?

—Hará unos quince días. En realidad, como le había dicho, él era un hombre más bien tosco, conmigo también, hablábamos lo justo y necesario para sacar el trabajo del taller. Y a mí me gusta conversar, ¿vio? Entonces, el otro día, se puso melancólico porque extrañaba a su hijo que iba para un año afuera, de misión con otros internados, como parte de su entrenamiento para sacerdote. Se ve que la melancolía hizo que hablara conmigo, y comenzó a hacerme preguntas acerca de cómo era Mateo en el colegio y cómo se llevaba conmigo y eso. Ahí fue que le conté todo esto. Se mostró muy interesado en “La Asunción” ya que me dijo que en su época eso no era parte del catequismo. Le conté que el padre Mario era el único que lo sabía acá en la ciudad y que era algo que se transmitía de mentor a pupilo. ¿Piensa que le habrá dado celos de la relación cercana que tenían? No puedo pensar en otra cosa, después de todo, Mateo pasaba más tiempo con el párroco que con su padre, y lo poco que lo veía a don Gervasio éste siempre estaba presionándolo para que fuera buen estudiante.

—Después de esa conversación, don Gervasio ¿estaba igual que siempre, notó algún cambio en su ánimo? ¿Se profundizó su melancolía?

—No sabría decirle bien. Se volvió más parco que de costumbre. Como le dije, no era una persona muy expresiva, tenía siempre la misma cara y agachaba la cabeza concentrado en le trabajo y no hablaba casi nada. Lo que no volvió a preguntarme nada más acerca de Mateo ni del catecismo ni ninguna otra cosa relacionada al convento.

—Entiendo. ¿Estaría dispuesto a conversar nuevamente en un futuro cercano?

—¡Por supuesto, comisario, cuente conmigo!

—Muchas gracias por su tiempo, Mingo, ha sido de mucha ayuda.



Salí de la comisaría pensando en todo aquello. Quería entender por qué un hombre tan recto y honorable como don Gervasio había perdido la cabeza como para matar al padre Mario y suicidarse frente al altar. Era inconcebible para mí. No salía del asombro. Para peor, la pobre doña Ana había entrado en shock —así había dicho el médico de cabecera de la familia— luego del incidente. ¡Y sí, pobre mujer! Con todo lo que hizo para que aceptaran a su único hijo en el colegio del Sagrado Corazón de María, con la ilusión que le hacía saber que su hijo se iba a dedicar en cuerpo y alma al trabajo del Señor, renunciando a la vida mundana, de tentaciones diabólicas que ella tanto temía. “En la casa del señor estarás bien, hijo mío, ningún mal podrá dañarte allí, es suelo sagrado” ¡Pfff! Y su marido va y asesina y se mata frente al altar... ¿Y si estaba poseído por el demonio? Después de todo nunca pasó por “La Asunción”, así que no tenía el Espíritu de Dios en su cuerpo. Capaz que fue eso. Tengo que llamar a Mateo para ver cómo está y recordarle que cuenta conmigo, después de todo, ¿para qué están los amigos?

June 14, 2020, 9:53 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Miguel Ruiz Lector empedernido desde que aprendí. La primera historia la escribí de niño, inspirado por Julio Verne y Ray Bradbury. La fascinación por lo que la lectura inducía en el ojo de la imaginación hizo emerger historias y aventuras propias. Hoy trato de aprender el oficio de escritor.

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