SALVADO DE BABILONIA Follow story

erick-matamala Erick Matamala

Mario para mí era un héroe, un gran tipo. Era mi mejor amigo, eso logró hacerme pensar. Lo único que deseaba después del colegio, era ir a su casa para compartir con mi gran nuevo amigo que era el líder famoso de todas las personas que yo conocía hasta ese momento. Las visitas siguieron cada sábado. Un día descubrí a mi papá hablándole, pidiéndole ayuda y apoyo porque yo era un joven necesitado de amigos.



Inspirational Not for children under 13.
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Mario mi atacante

Mario, era de mente rápida, personalidad carismática, cercano y de vida pública católica. Cuando lo conocí el tenía 26 años, yo, 15. Al principio era tan simpático. Mostraba una preocupación por los jóvenes que no era cotidiana. Me visita a mí en mi casa como a todos los jóvenes del grupo en que estábamos. Pero lo notaba flemático y controlador.

Con el tiempo de llevar una amistad comencé a darme cuenta que tenía una doble privada vida. Se transformaba en un semi-Dios frente a los jóvenes que visitaban su casa. Ocultaba su mente perversa muy bien, detrás de la religión y siempre actuaba con astucia adelantándose a los hechos, a las personas y cualquier circunstancia. Con influencias malignas de sociópata hacía contacto con jóvenes de mi edad. Todos quedaban prendidos de personalidad tan carismática Con abrazos, con regalos, con cariños y su preocupación contante te convencía de que eras su mejor amigo.

Mi contexto familiar era de comerciantes donde había recursos económicos pero muy baja escolaridad. La familia estaba preocupada siempre de los negocios. La única rigidez que teníamos nosotros era nuestra madre de era personalidad severa que nos crio apocados.

Para asegurarse de cometer ilícitos en contra de un menor niño de 15 sin que la familia se diera cuenta Mario invitaba a su departamento a pasar tiempo aprendiendo a tocar guitarra, viendo películas románticas o quedándose a dormir. Frente a la familia de cada uno el actuaba como amigo como el líder normal de la iglesia que llegaba a ver a un discípulo a su casa. Después de muchos meses de amistad incondicional y actitudes simpáticas y desbordes de cariño exagerado comenzó a regalarme cosas, como ropa, chaquetas, tarjetas, cartas y música.

Se preocupaba de que no me sintiera infeliz en ningún momento y uno como joven terminaba sintiendo seguridad en su compañía y mucha admiración. La preocupación desmedida comenzó a gustarme. Me encantaba que pasara a buscarme para salir a los retiros y cuanta actividad hubiera en la iglesia. Me sentía integrado; amado incluso. Iba por la casa una o dos veces a la semana hasta que logró convencerme de que pasara a su departamento después del colegio. En privado podíamos conversar cualquier tema. Temas que nunca había tocado como el sexo por ejemplo. Muchas semanas me recosté en su sillón a descansar y el venía y me hacía cariño en la cabeza. Era una actitud muy tierna para mí de 15 años. Mi propio padre me había herido y yo no dejaba ni que me abrazara. No recuerdo que mi papá lo hiciera alguna vez, así que sentía que su cariño limpio como de un papá que hacia cariño a su hijo me cobijara como un niño sin afectos que me hacía sentir protegido y amado. Me sentía muy importante al mismo tiempo porque el era el líder más importante desde mi punto de vista en ese momento en la iglesia. Pero como lobo observando a las ovejas poco a poco el tema de la sexualidad se volvió más importante en nuestra conversación. Pasó de ser un tema simple, a ser el tema central de nuestras conversaciones. Durante un año siempre fue el tema de conversación. Poco a poco tocaba el tema más profundamente y en forma liviana llegando a contarme su vida íntima y sexual con las chicas y amigos. Me sentía inundado por sentimientos de pasión mientras relataba las historias hasta el punto de que yo eyacula sin que él se diera cuenta. El disfrutaba verme a mí emocionado con la conversación. A veces cuando lo visitaba los sábados él estaba en cama todavía y me invitaba a acostarme a su lado para hacerme cariño en la cabeza. Tranquilamente me ponía a su costado como un perrito buscando que su amo le hiciera el último cariño. Sentía que había encontrado a un papá de verdad. Poco a poco comenzó a contarme historias de su vida con los amigos que lo había abandonado por los cuales él sufría mucho de una nostalgia muy extraña cargada de auto-compasión. Con estos relatos a veces el lloraba porque no podía entender porque sus amigos lo dejaban y no le prestaban atención. Así me habló de Gonzalo. Un chico de Santiago, del sector de la reina que Mario había amado mucho y que luego no quiso saber más de él. Esto le causaba mucho dolor y me lo daba a conocer como buscando compasión. Siempre logró hacer que sintiera pena por El. Estaba involucrado en una serie de sentimientos de soledad y autocompasión que no me pertenecían a mí. Mario para mí era un héroe, un gran tipo. Era mi mejor amigo, eso logró hacerme pensar. Lo único que deseaba después del colegio, era ir a su casa para compartir con mi gran nuevo amigo que era el líder famoso de todas las personas que yo conocía hasta ese momento. Las visitas siguieron cada sábado. Un día descubrí a mi papá hablándole, pidiéndole ayuda y apoyo porque yo era un joven necesitado de amigos. Eso provocó tenerlo muchas veces en la casa. Entraba y salía cuando quería. Mi mamá nunca desconfió de él. Solo una tía, hermana de mi papá expresó que no le gustaba este amigo para mí. Yo nunca tomé en cuesta estos comentarios aunque podrían haber prevenido los hechos posteriores.

El sábado en su departamento, me recibía en pijama y yo me acostaba a su lado a regalonear. 

Nov. 2, 2016, 8:10 p.m. 0 Report Embed 0
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