lucy-valiente-escritora Lucy Valiente

Relatos cortos de amor, algunos contienen erótica. Obra registrada en Safe Creative. Derechos de autor reservados.


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El valor de una joya

Sentía el sudor resbalándome por el cuello, el tronar de mi corazón en los oídos y la inminente traición de mis piernas. Pero no podía detenerme bajo ningún concepto. No podía ni pensar en defraudarle.

Miré a Jaro un único instante y me sentí mejor. Él seguía tan tranquilo como siempre. No atinaba a recordar ninguna situación en la que hubiera perdido siquiera un ápice del férreo control que imponía a sus bellas facciones. Luego miré a nuestra espalda y comprobé, complacida, cómo la distancia que nos separaba de nuestros perseguidores se mantenía cuanto menos inalterada.

De repente, me agarró de la muñeca y tiró de mí al interior de un callejón. Miró hacia arriba, hacia una pequeña ventana, y se colocó en posición para ayudarme a subir. Puse el pie en sus manos entrelazadas y de un salto alcancé el alféizar de la ventana, y enseguida le tendí la mano para que subiera él también.

Observé la estancia que nos rodeaba mientras recuperaba el aliento. La tosquedad de los muebles me hizo deducir que se trataba de una vivienda humilde, y el polvo y las telarañas me indicaron que llevaba abandonada un tiempo.

―Han pasado de largo ―dijo, apartándose de la ventana y encaminándose hacia la única puerta de la estancia―. Espera aquí.

Me senté a descansar en una silla, pero crujió de tal manera que tuve que volver a ponerme de pie. Entonces me fijé en la estantería que había junto a la ventana, y me acerqué a ella para cotillear su contenido. Había algunos objetos y unos cuantos libros. Ninguno de los títulos que leí en los lomos me llamó especialmente la atención, así que cogí un libro al azar. Al hacerlo golpeé sin querer una especie de lupa, que cayó al suelo y rodó hasta esconderse bajo la estantería.

Me puse de rodillas y escudriñé la oscuridad reinante bajo aquel mueble en busca del objeto. Pero no veía nada, así que metí la mano. Rezando por no tocar ningún bicho, ni ninguna otra cosa asquerosa o que fuera a morderme, palpé lo que parecía ser un trozo de papel. Un carraspeo me asustó y me impidió cogerlo.

Me incorporé enseguida y le vi allí, mirándome con una ceja ligeramente alzada.

―No hay nadie más ―dijo, dirigiéndose hacia la ventana.

―¿A dónde vas?

―Por comida. No te muevas de aquí.

Se esfumó, impidiéndome preguntarle nada más, pero estaba claro que quería que pasásemos la noche en aquella casa.

El papel bajo la estantería no tenía nada escrito. Decepcionada, me senté en otra silla, algo más estable que la primera, y esperé el regreso de Jaro mientras afilaba mi daga. Pero no tardé en abrir mi bolsa y observar aquello que tanto trabajo nos había costado conseguir. Y pensé, como nada más verlo por primera vez, que cambiaría aquel valioso collar por saber aunque fuera si el hombre del que estaba enamorada me veía como una mujer o no.

Aquello me atormentaba prácticamente desde que le conocía. Entonces yo parecía más un chico que otra cosa y apenas pensaba en nada que no fuera en llevarme algo de comer a la boca, pero ya había crecido y Jaro seguía tratándome como a una niña que necesitase de su protección.

La puerta se abrió de repente.

―¿Quién eres tú? ―preguntó un hombre de aspecto andrajoso.

Era bastante mayor y tenía cara de haber estado durmiendo la mona, por lo que no me pareció una amenaza. Sin embargo, nunca se sabía. Guardé mi daga y me levanté despacio de la silla, levantando las manos en señal de inocencia.

―¿Qué estás haciendo en mi casa?

―Me han atacado, señor. Unos ladrones. Pero por fortuna he conseguido escapar. Lo siento mucho. Ya me iba ―dije yendo hacia la ventana.

―Espera, niña. ¿Necesitas un sitio para dormir?

―No os preocupéis, señor.

Sonrió y miró al suelo como si se sintiera avergonzado. Quizás hacía mucho que nadie le trataba con respeto.

―Puedes quedarte si quieres ―dijo―. Aquí hay espacio de sobra.

Seguía resultándome inofensivo, y en cualquier caso yo sabía defenderme, así que acepté y volví a sentarme en la silla.

―Por cierto, me llamo Ben ―dijo.

―Yo soy Lia. Encantada.

Volvió a sonreír. Fue a darse la vuelta, como para salir de la estancia, pero no lo hizo y cogió otra silla para sentarse frente a mí.

―¿Te han hecho algún daño? ―preguntó con evidente interés.

―No.

―Y… ¿qué haces? ¿Estás sola?

Negué con la cabeza y su ajado y barbudo rostro se tiñó de una mezcla de decepción y tristeza. Dio un respingo al oír el ruidito que me indicaba que Jaro estaba en el callejón.

―No os preocupéis ―le dije a Ben, acercándome a la ventana.

Le tendí el brazo a Jaro para ayudarle a subir. Él se colocó delante de mí en cuanto vio a Ben, que se puso en pie y se alejó hasta alcanzar la puerta.

―Tranquilo, es el dueño de la casa ―le dije a Jaro.

―¿Qué dueño? ―inquirió mirando a Ben con marcada hostilidad.

―Vive aquí. Dice que podemos quedarnos.

―Sí ―confirmó Ben―. No tengo problema.

―Pues yo sí ―dijo Jaro, haciéndome una señal con la cabeza para que nos marchásemos.

Le pedí con los ojos que cambiase de opinión, pero sabía que no lo haría. La prudencia estaba antes que nada y no conocíamos en absoluto a aquel hombre. Quedarnos supondría que Jaro no dormiría en toda la noche, y yo no quería eso, así que no protesté.

―¿De verdad tenéis que iros? ―preguntó Ben.

―Sí ―contesté―. Gracias. Ha sido un placer.

―A ti, criatura.

Bajé al callejón y Jaro no tardó en hacer lo mismo.

―Solo quiere estar acompañado ―dije.

―Tendrá que buscarse a otra.

Le lancé una dura mirada, que él ignoró como era habitual. Me había costado bastante entender cuándo hablaba en serio y cuándo no, pero hubiera preferido no hacerlo nunca. Siempre me ofendía de alguna forma. Sin embargo, en esa ocasión, se me pasó rápido el enojo. Aquello podía entenderse también como que yo le pertenecía o algo similar.

―¿Qué vamos a hacer? ―pregunté cuando alcanzamos el extremo del callejón. Él se asomó a la calle y luego me miró a los ojos.

―Hay un sitio a unas cuantas calles ―dijo en voz queda―. Creo que podríamos pasar las murallas por ahí.

―¿Crees?

―Ahora es un negocio distinto. No sé si habrán cegado la entrada. Pero es lo que está más cerca y tenemos que irnos lo antes posible. Los guardias están preguntando por todos lados.

Me puso la capucha de mi túnica sobre la cabeza y me cogió de la mano para guiarme. No importaba la situación, que me tocase de cualquier modo era siempre motivo de alegría para mí, pero el modo que más me gustaba era aquel. Parecíamos una pareja dando un paseo.

Se detuvo frente a una puerta pintada de verde que estaba cerrada con un candado. Jaro lo abrió sin mucha dificultad y descubrió una negrura fría y húmeda. Me indicó que pasase en primer lugar y luego cerró la puerta tras de sí.

―Saca los bichos esos ―me susurró al oído, estremeciéndome de arriba abajo.

Palpé mi bolsa hasta lograr meter la mano y rebusqué a tientas. Saqué el bote de cristal y lo agité, y al instante los pequeños gusanos reaccionaron y permitieron ver que estábamos en una especie de bodega. Frente a nosotros había unas escaleras de piedra que descendían, y otras de madera al fondo, que ascendían. A ambos lados vi estanterías repletas de distintos tipos de bebidas, y en el suelo, sacos y cestas con comida.

Jaro se fue directo a un lateral y movió algunos sacos. Pero no me dio tiempo a seguirle, ni a él a transmitirme si el acceso continuaba allí o no, cuando escuché cómo se abría la puerta del piso de arriba. Rápidamente metí el bote en mi bolsa.

Alguien empezó a bajar por las escaleras. Llevaba un candil o algo parecido, porque de repente distinguí la figura de Jaro y cómo se me acercaba. Tiró de mí y nos metió bajo las escaleras, acorralándome entre la pared y su cuerpo y apegándose demasiado.

Nunca había estado tan cerca, ni siquiera mientras compartíamos alguna cama. El corazón me latía a toda velocidad y eso me avergonzaba, porque no lo hacía por las razones correctas. Pero no solo eso, sino que tenía mucho calor y no dejaba de pensar en abrazarle con fuerza.

Así que me centré en la persona que nos había interrumpido. Por entre los peldaños de la escalera vi que llevaba falda, y confirmé que era una mujer cuando empezó a canturrear. La oí acercarse a una de las estanterías y coger unas botellas, y luego se marchó sin más por donde había venido.

Pero Jaro no se movió. Y, sin distracciones, recuperé todos los síntomas de mi deseo por él.

―¿Qué ocurre? ―susurré.

Sentí su aliento en mis labios y más ganas que nunca de unirlos a los suyos.

―Sigue ahí ―dijo.

¿Por qué no se apartaba? ¿Acaso me había quedado dormida esperándole en aquella casa y me lo estaba imaginando todo? No, eso era una estupidez. En mis sueños él ya me habría besado.

―Pues vamos, ¿no?

Reaccionó por fin y pude sacar de nuevo mi bote. Le vi regresar al lugar en el que había estado apartando sacos y terminar de descubrir una trampilla de madera, que estaba cerrada con un candando similar al de la puerta de la calle. Cedió igualmente.

Más escaleras descendían en la oscuridad. Entré la primera y él se encargó de cerrar la trampilla. Al pie de las escaleras comenzaba un corredor excavado en la tierra, con puntales como los de una mina. Avanzamos medio agachados por él hasta toparnos con una puerta, por debajo de la cual asomaba lo que parecía ser la luz del sol.

La puerta carecía de cerradura, así que Jaro sacó la palanca de su bolsa y la abrió a las bravas. Al otro lado surgió una playa desierta, con el mar al fondo. El agua tenía un color gris plomizo, reflejo de un cielo encapotado que amenazaba tormenta.

Jaro chasqueó la lengua y recorrió el paisaje con sus preciosos ojos azules.

―¿El barco está muy lejos? ―pregunté.

―Vamos a tener que olvidarnos de él. Es muy arriesgado y puede que ya lo hayan encontrado. De todos modos, ahora debemos encontrar un refugio. Se va a poner a llover de un momento a otro. Iremos allí.

Miré hacia donde me indicaba y encontré un viejo faro.

―Pero…

―Está sin uso ―me cortó―. Vamos.

Sin previo aviso, me cogió en peso y empezó a andar. En un principio estuve a punto de protestar, pero volver a estar tan cerca suya tenía más cosas buenas que estrictamente malas. Él avanzó primero pegado a la pared de roca por la que habíamos surgido, por la hierba que allí crecía y que no conservaría sus huellas, y luego se internó en la arena.

De cerca, se apreciaban las señales del abandono que sufría el faro. La pintura blanca estaba llena de desconches y la madera de la puerta, seca como la leña. El candando estaba tan oxidado que Jaro solo tuvo que darle un pequeño golpe con la palanca para que nos dejase pasar.

El interior del faro olía a llevar años sin abrir y estaba sumido en la penumbra. Jaro abrió una de las ventanas, la que daba al mar y no podía verse desde la ciudad, y desveló así una cama estrecha, una silla enclenque y una pequeña mesa. Había, además, unas escaleras que ascendían hasta la parte alta del faro.

Saqué el candil de mi bolsa y lo encendí con ayuda de mi daga. Jaro se encargó mientras tanto de atrancar la puerta. Luego los dos nos dispusimos a comer algo.

―Siéntate en la cama ―dijo, colocando adecuadamente la mesa y agarrando la silla para ocuparla él.

―Espero que no tenga pulgas.

―No hay pulgas sin animales.

Jaro depositó un bulto cubierto con un trapo sobre la mesa. Había robado un pan, un buen trozo de carne en salazón y otro de queso, dos manzanas y una botella de vino, que para mí mezcló con agua.

―¿Cuándo me vas a dejar beber como a una mujer? ―protesté.

―Cuando lo seas ―contestó sin mirarme, por lo que esta vez ni siquiera vio la mirada que le eché―. Venga, que quiero que nos acostemos pronto.

Me estremecí y noté cómo el calor me trepaba a la cara. Y, por una vez, deseé que se refiriera también a otra cosa.

Escuché un trueno a lo lejos y poco después cayeron las primeras gotas de lluvia. Jaro comió en silencio y yo decidí hacer lo mismo. Entonces, al terminar, me dijo que le había estado dando vueltas a algo. Cuando le pregunté, guardó primero los restos de nuestra cena y eso me aceleró el pulso.

―¿Qué ocurre? ―insistí.

―He pensado que… es hora de buscar un sitio estable.

No supe qué decir. Él levantó los ojos y los clavó en los míos.

―Hoy no hemos estado más cerca de ser apresados que las veces anteriores ―dijo―, pero podría haber pasado. Puede pasar en cualquier momento. No quiero eso. Venderemos el collar y nos compraremos una casita en alguna aldea.

―¿Hablas en serio?

―Completamente.

Mentiría si dijera que prefería aquella forma de vida ruin y miserable a cualquier otra, pero habría jurado que para él no existía otra forma. No le imaginaba quieto en ninguna parte, enraizando como un árbol y renunciando a las satisfacciones que provocaban el mar y las riquezas ajenas.

―Me he cansado de sitios así ―dijo mirando a nuestro alrededor―. De dormir con un ojo abierto. Quiero tranquilidad. ¿No quieres lo mismo?

Estuve a punto de contestar que yo quería lo que él quisiera, pero por suerte pude contenerme.

―¿Y a qué podemos dedicarnos? ―pregunté.

―Si nos administramos bien, con lo que tenemos y con el collar no será necesario hacer nada.

―Pero eso sería sospechoso, ¿no crees? Digo, la gente se preguntaría cómo nos mantenemos.

―¿Y qué le importa a nadie?

Sabía que detestaba la idea misma de trabajar, y además ninguno de los dos teníamos habilidad alguna que vender, pero tuve que insistir. Él torció el gesto enseguida y solo me dijo que era hora de descansar.

Me hizo tumbarme junto a la pared y él se colocó a mi otro lado. La cama era tan estrecha que acabé con su brazo de almohada y con su otra mano muy cerca de mi barriga. Sentir su aliento en mi cuello me terminó de convencer de que me resultaría muy complicado conciliar el sueño.

De un momento a otro, lanzó un suspiro y supe que seguía tan despierto como yo. Poco después se movió, apartando su brazo con cuidado, me colocó bien su túnica por encima y se bajó de la cama. Le oí caminar hacia el otro extremo de la estancia y pensé que necesitaba salir a orinar, pero no llegué a escuchar abrirse la puerta.

Me giré y vi que se había sentado en el suelo. Tenía la espalda apoyada en la puerta y la cabeza gacha, con los ojos clavados en las losas de piedra.

―¿Qué ocurre? ―pregunté.

Levantó la mirada enseguida.

―Alguien tiene que montar guardia ―dijo―. Vuelve a dormirte.

―¿Estás bien? ―insistí.

―Muy bien. Venga.

Me quedé mirándole, sabiendo que me mentía pero no entendiendo por qué. Él apoyó la cabeza en la puerta, fijando la vista en el techo, y me ordenó que cerrase el pico y los ojos.

―¿Es por lo que me has dicho?

No se movió un ápice, como si no hubiera oído nada.

―Nada tiene por qué cambiar, Jaro.

Soltó el aire de una sonrisa escéptica.

―¿Qué?

―Todo cambia, Lia. Yo cambio, tú cambias. Todo.

El corazón me trepó a la garganta. Nunca antes le había entendido menos, o no quería entenderle en absoluto.

―¿Qué quieres decir? ―musité, porque no tenía claro si deseaba que me contestase.

Me miró y se quedó en silencio. Algo, una sensación extraña, me hizo bajar los ojos. Pero también apartó de mi mente la horrible idea que por un momento se había adueñado de mí.

―Duérmete ―dijo.

Me volví hacia la pared y cerré los ojos, pero seguí viendo su mirada. ¿Qué significaba?

Mi pulso no se normalizó hasta pasados un par de minutos. No dejaba de preguntarme qué probabilidad habría de que él se refiriese a los cambios que había experimentado mi cuerpo desde que nos conocíamos. Había notado el interés de algunos hombres, por lo que sabía que había quien pensaba que era mujer y que era bonita.

La inquietud quiso mantenerme consciente mucho más tiempo, pero estando sola en la cama, el cansancio me asaltó de golpe. Cuando desperté, había dejado de llover y era casi de día. Y Jaro se había quedado dormido junto a la puerta.

Le observé mientras volvía a preguntarme si sería posible que yo le gustase. Entonces, empecé a notar las ganas matutinas de orinar. Intenté contenerme todo lo posible, esperando que se despertase, pero al final tuve que acercarme a él y llamarle para que se apartase de la puerta.

Dio un respingo y abrió los ojos de repente.

―¿Ya es de día? ―murmuró.

―Sí. Necesito salir.

―¿Para?

―Lo que todas las mañanas.

Gruñó y se movió trabajosamente, incorporándose para desatrancar la puerta.

―No tardes.

―No tenías que haberte dormido ahí ―le reñí.

Me miró de reojo y acto seguido se fue a sentarse en la silla. Cuando regresé, él salió también y luego nos pusimos a dar cuenta de los restos de la cena.

―¿Me vas a decir qué te pasa? ―pregunté cuando terminamos y no había dicho ni una palabra. No es que fuese extraño, pero también se negaba a mirarme.

―Nada, Lia. Estoy pensando en qué hacer.

Solo había dos opciones. Y si era sincera conmigo misma, aunque la hubiera descartado por la noche, solo una de ellas era probable en realidad. Me daba terror siquiera verbalizar la cuestión, pero tenía que hacerlo.

―¿Quieres deshacerte de mí? ―pregunté sin mirarle.

―¿Qué?

¿Acaso podía ser la otra opción?

―Así podrías seguir con esta vida ―dije―. Todo te sería más sencillo si no tuvieras que cuidar de mí.

Se puso en pie, apartó la mesa y se sentó a mi lado en la cama. Me observó un momento y luego me tocó la barbilla para que levantase los ojos.

―Escúchame bien ―ordenó―. Tú no tienes la culpa de nada, ¿me has entendido? El problema lo tengo yo. Es mío. Pero lo resolveré y estaré bien. Así que deja de preguntar.

―Pero ¿qué problema?

―¿No me has oído?

―Es que… Jaro, si puedo ayudarte en algo…

―No ―sentenció―. Tú no tienes que hacer nada. Y vamos, que hay que aprovechar el día.

Rumié aquella opción mientras avanzábamos por la playa. De vez en cuando los ojos se me iban hasta su cara, anhelantes como yo de adivinar la verdad, pero en ningún momento me encontré con su correspondencia. Él siguió avanzando en silencio y mirando al frente.

Nos internamos en el bosque que lindaba con la playa y un par de horas después nos topamos con una pequeña aldea. Era algo arriesgado entrar en ella por mucha sed que tuviéramos, aún estábamos demasiado cerca de la ciudad, así que Jaro me dejó esperando en el bosque mientras él robaba algo de agua y comida de una de las casas.

Al caer la tarde, llegamos hasta otra aldea y en esta ocasión Jaro vio prudente entrar para pasar la noche en la posada. Lo cierto es que yo no podía desear más un baño caliente, y él necesitaba dormir en una cama. Pero no me esperaba en absoluto que, en lugar de decir que era su hermana pequeña, como siempre, nos registrase como si fuésemos un matrimonio.

No quería darle mayor importancia, así que no dije nada aunque mi corazón se desbocó como un potrillo. Subimos a la habitación y lo primero que vi fue la cama, más grande que la del faro pero igualmente individual. Luego vi la bañera, y no pude evitar imaginarnos allí metidos también.

Jaro esperó en el pasillo mientras me aseaba, pero a mí no me dejó marcharme de la habitación. Por una vez prefería lo contrario. Además, no cambió el agua y tuve que escucharle desnudarse y meterse en ella. Intenté centrarme en reacomodar mi bolsa, pero saber que su cuerpo tocaba lo mismo que había tocado el mío me hizo sentirme más frustrada de lo habitual.

Cuando terminó, utilizamos la bañera para lavar nuestra ropa y yo me encargué de tenderla en la ventana mientras él iba a por la cena. No estaba especialmente rica, pero llevaba tanto tiempo sin comer nada caliente que aquel guiso me pareció lo más delicioso del mundo. Algo similar le sucedía a la cama, a pesar de que mi brazo rozaba con el suyo.

Le miré sabiendo que aquello sí era lo que yo quería. Él era mi hogar y podíamos vivir en cualquier parte, o no vivir en ninguna, pero si podía elegir, lo tenía claro. Quería tranquilidad, quería una casa, comida caliente, un baño todos los días y quería compartir una mullida cama con él.

Me correspondió la mirada y me estremecí como una hoja ante una pizca de brisa. Entonces, se fijó en mis labios un único instante.

―Duérmete ―musitó, girándose para darme la espalda.

Mi falta de experiencia me hacía dudar de mi instinto, a pesar de lo claro que éste me decía que la posibilidad era real, y por eso me quedé quieta con los ojos recorriendo su ancha espalda. Pero no pude aguantarme mucho tiempo antes de colocarme también de lado y acercar demasiado mi mano a su camisa.

Un simple paso me separaba de no seguir padeciendo, pero el miedo a hacerlo aún más mantenía mi mano inmóvil. Así que le llamé en un susurro. No contestó, y entonces me sentí valiente. Mis dedos acariciaron la tela y mi cuerpo se apegó aún más al suyo, hasta que logré estar tan cerca que mi nariz se embargó de su dulce aroma.

―Lia ―dijo de repente.

Me aparté de él enseguida, poniéndome bocarriba. El pulso corrió a instalarse en mi garganta.

―¿Qué?

―¿Quieres saber lo que me pasa?

―Sí ―contesté de inmediato. Él suspiró antes que nada.

―Que te deseo. Así que no te acerques tanto. ¿Tienes frío? ¿Voy a por otra manta?

Me quedé muda, completamente paralizada por la sorpresa aun cuando hubiera estado creyendo en aquella opción. Pero conseguí reaccionar cuando él se movió para salir de la cama y le agarré del brazo, y acto seguido, sin pensarlo ni una vez, le cogí del cuello con una mano y pegué mis labios a los suyos.

No tenía ni idea de cómo seguir, pero por fortuna, me empujó sin deshacer el beso y se colocó entre mis piernas. Llevó su boca hasta mi cuello y una de sus manos me acarició un muslo, y entre nosotros sentí algo que me hizo temblar.

Entonces, se detuvo. Acunó mi rostro con sus manos y, con el ceño muy fruncido, me miró a los ojos.

―Si no quieres, dímelo ahora ―susurró.

Mi respuesta fue atraerle para que volviera a besarme. Y la suya fue meterme la lengua en la boca y una mano en el pantalón. Me aferré a él y separé las piernas todo lo posible, pero estuvo muy poco tiempo. Aunque, cuando se deshizo de toda nuestra ropa, el contacto de su piel en la mía me pareció algo inmejorable.

Sin embargo, podía ser aún mejor. Y mejor, conforme fue avanzando la noche. Me tocó en todas partes y me besó cada palmo, descubriendo poco a poco dónde residía mi placer, y cuando estaba dentro de mí, me susurraba cosas que lo incrementaban. Al final nos ganó el cansancio, pero antes me aseguré de abrazarme bien a él.

Cuando desperté, estaba pegado a mi espalda y me rodeaba el cuello con un brazo. Busqué los dedos de su otra mano y los entrelacé con los míos. Él suspiró y metió la nariz en mi cabello, y poco después noté sus ganas.

―Voy por el desayuno ―me dijo al oído aún jadeando. Sentí su sonrisa cuando le impedí moverse del sitio―. ¿No tienes hambre?

Chasqueé la lengua, porque además necesitaba utilizar el orinal, y él me dio un largo y tendido beso.

―No tardes ―pedí.

Sonrió y volvió a besarme. Me embargó el fuerte impulso de decirle que le amaba y me dejé llevar, pero me arrepentí enseguida. La cara de sorpresa que puso me transmitió lo que ya sospechaba, que lo suyo era solo deseo, así que me encogí de hombros, porque ya estaba hecho y no era mi culpa, y me acurruqué en la cama.

El silencio se apoderó de la estancia. Entonces, la madera del suelo crujió bajo su peso. Se acercó a la cama, se arrodilló delante de mí y cubrió mi mejilla con su mano.

―Creía que solo querías saber cómo era ―susurró―. ¿Por qué no me lo dijiste anoche? Habría buscado un momento mejor.

―¿A qué te refieres? Fue perfecto.

Me admiró durante un segundo entero, y luego pegó sus labios a los míos durante otro segundo más. Se apartó lo justo y necesario como para poder verme los ojos.

―¿Quieres ser mi mujer? ―preguntó.

―Sí ―suspiré.

―Pues eso es lo que eres. Eres mía, Lia.

May 17, 2020, 3:13 p.m. 2 Report Embed Follow story
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Tania Zúñiga Tania Zúñiga
Esta historia, me embargo de sensaciones apretujan-tes, Lia y Jaro, que pareja más hermoso, no se si este es el final o lo vas a continuar, solo puedo decir que me encanto.
May 23, 2020, 21:36

  • Lucy Valiente Lucy Valiente
    Me alegro! Este es solo uno de los relatos que se irán incluyendo en esta colección, todos ellos serán de un solo capi. Bss May 24, 2020, 14:59
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