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wereyes W. E. Reyes

¿Qué es perderlo todo?, algunos creemos tener clara la respuesta. Herbert lo vivirá en carne propia. Su entorno social tendrá la suya. El destino de un hombre invisible, para los demás, tal vez no sea el esperado.


Short Story All public. © (C) 2020

#quedateencasa #homeless #sin-hogar #indigente #cuento #sci-fi #cuentos-y-microrrelatos #herbert
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Herbert



(c) 2020 W. E. Reyes en coautoría con su otro yo.


I

Estaba feliz esa tarde, había encontrado unas cajas de cartón corrugado, cerca de una derruida propiedad. Podría mejorar su escudo contra el frío. Justo lo que necesitaba pues ya comenzaba a anochecer. Su mente empezó a divagar en el pasado.

«Ese viejo loco de Lucas, dejó su casa hecha un desastre... era un acumulador compulsivo..., ¿tenía el mal de?, hum, ¿de Dio?, no ese era el rockero. Ja, ja, ja,... ¡Ah ya me acordé!... Diógenes. Ahí, sí. Esa cosa además que usaba... ese estúpido gorro de aluminio, y su ridícula idea que le leían la mente.

»Se enojó tanto cuando le dije que la cabeza se le veía como un condón usado... y esas patillas tan raras. No le vi más, desapareció de repente. Menos mal que todavía quedaban cosas por sacar de ese basurero...»

Su cabeza se movió hacia los lados de forma involuntaria y sus manos se estremecieron de a poco.

—Esta noche estará más helado que de costumbre, según la señora Jones… ella dice que lo vio en TV o en internet... ¡uf!, mi cabeza —dijo, rezongando con su boca chueca—. ¡Malditos pantalones! —exclamó, molesto subiéndolos, ya que se le resbalaban de su huesuda cintura — ¡Malditos temblores! —sus manos se agitaban sin control —, necesito un trago...

Sacó un vaso de café forrado en cartón con el logotipo de una sirena: llevaba dentro un whisky de cuarta que le regalaron en un local de mala muerte. Bebió un sorbo y se secó la boca con la sucia manga de su abrigo viejo.

Echó el cartón, junto a sus tesoros que llevaba en su viejo carro de supermercado. Al fondo se apilaban algunas maderas aglomeradas y unas mantas viejas. En una bolsa de papel llevaba algo de comida recogida de los tarros de basura del BurgerDonalds.

Se apartó unos metros del carro y vio las gloriosas luces de los rascacielos de Nueva York en el horizonte. Miró la luna con una hamburguesa en la mano y el tacho del café impostor en la otra. Dirigió su vista a la constelación de el cisne.

No sabía por qué a veces miraba hacia ese lugar en el cielo.

«Alguna vez, creo que vi las estrellas en un apagón... también una estrella fugaz, parece... ¿Fue en el del setenta y siete? o ¿en el del ochenta y ocho?, ¡Bah!, no recuerdo. Con las luces de la ciudad no se ve una mierda».

—¡Cómo sea...!, ¡Ah...!, tal como en los viejos tiempos —dijo, y se arremangó los pantalones con los codos—, me pregunto como estará el Nasdaq y el Down Jones.

Encendió un deteriorado receptor RadioShack que colgaba de la manija del carro.

Miró sus siete relojes baratos, chinos, con pulsera de resina e imitación de cuero que llevaba en la muñeca izquierda y que subían por su delgado antebrazo.

—Hum, sí, están todos con sus horas: Sao Paulo, Frankfurt, Nueva York, París, Londres, Tokyo y Shanghai —dijo.

«Tal como en los viejos tiempos».

Buscó en el dial hasta que encontró una estación que hablaba de noticias:

... Con una caída de… en la noche… bzzz… bzzz, —se sintonizó el aparato— en la madrugada se esperan temperaturas bajo los -9 ªC, debido a una onda polar…

Se ajustó su gorro de lana marrón, acarició por un momento su larga barba hirsuta, rascó su cabeza, se hurgó la nariz con un dedo y se lo limpió en la barba. Masculló unas palabras ininteligibles. Apagó el radio y siguió su camino.

Herbert Brown, caminaba con dificultad por los barrios del Bronx. El rechinar de las ruedas del carro le hacía compañía en una sinfonía de chirridos que interrumpía sus añoranzas.

«Maldito pedazo de cacharro…, no como mi Bentley ese si que era un buen pedazo de chatarra…, —pensó y rió mostrando su desdentada boca— un veloz y caro pedazo de chatarra —rió otra vez. Sorbió sus mocos por la nariz y lanzó un sonoro escupitajo al piso —. Al menos tenía buena calefacción».

Llegó tambaleante a la casa de la mujer que lo ayudaba: Charity Jones, y se dirigió a la parte de atrás. Las mujeres lo vieron pasar, a través del visillo de las ventanas, mientras iba rumbo al patio dando tumbos y apoyándose en la pared.

—Pobre Herbert, me acuerdo cuando era él quién nos ayudaba cuando teníamos problemas de comida. Él nunca nos discriminó por ser gente de color —dijo la señora White con una taza de té en la mano.

—Sí, Bertha, recuerdo —dijo con los ojos húmedos—, incluso nos daba dinero cuando podía, pobre... el demonio del alcohol lo consumió por completo.

Secó sus lágrimas con un pañuelo.

—¿Querida Charity, te encuentras bien?… —La buena vecina se acercó a ella, le limpió una lágrima de su ojo derecho y la abrazó tiernamente — . Una lástima, oí que tuvo un muy buen empleo en la bolsa, su negocio quebró por su descuido y excesos. Perdió todo: su fortuna, sus casas, sus coches… y a esa zorra que tenía por mujer que se quedó con las "sobras" que según me llegó el rumor, eran de quinientos mil dólares… La mujer lo dejó cuando no pudo sacarle más, y…, se fue con un obrero musculoso, un aprovechador que vive sin hacer nada, que destino, pobre... pobre señor Brown —dijo Bertha.

—Sí, estás muy bien informada hermana —dijo la señora Jones incorporándose—, al menos sus hijos eran grandes y se fueron a vivir al extranjero, y bueno Herbert... no quiso seguir en contacto con ellos, para protegerlos. Según me confesó una vez, cuando aún le funcionaba la cabeza.

«Soy uno de los pocos afortunados, la señora me permite vivir en este patio. Mis amigos del albergue: John, José, Matilda… por Dios… necesito un trago —su labio y mandíbula inferior temblaban—, murieron congelados; tratamos de moverlos, junto con otros compañeros, pero era inútil estaban duros, y quemaban las manos de lo frío que estaban…, una lástima, una lástima, necesito un trago...»

En la retina de sus ojos se dibujaban los recuerdos del ayer: las imágenes de la vez cuando fue expulsado de ese albergue; y botaron a la calle sus cosas junto con su ID que se fue con la basura. No pudo recuperarla, trayéndole el problema de no recibir ayuda gubernamental al no tener la dichosa tarjeta de identificación.

La organización no gubernamental, Homeless Helping Hand, llevaba meses tratando de obtenerle una nueva ID, pero los procesos eran engorrosos, resultaba que cuando alguien no tenía como comprobar quien era, en este país, todo se convertía en caos. Su sueño americano se convirtió en pesadilla.

—Estoy preocupada por él, no le he dicho que mi cáncer ha avanzado demasiado y no se cuanto me queda.

II

Tiempo atrás, Herbert, estuvo deambulando por el Central Park. Un grupo neonazi le dio una buena tunda al encontrarle durmiendo en una banca.

—He, viejo asqueroso y mugriento ¿qué haces acá?

—… Nada joven, solo trato de dormir un poco.

—Anda a dormir a otro lado, como la calle por ejemplo —dijo el que llevaba el bate.

—El pavimento está muy frío, la banca me mantiene alejado de el, podría morir… por favor jóvenes no hago daño a nadie…

—¿Cómo que no?, tu presencia aquí me repugna ¡maldito vago!..., y, ¡Aj! ¿Qué olor es ese?, estás podrido en trago, viejo, parece que te diste vuelta una botella de vino encima —dijo el de las botas con punta de acero.

—Además hueles a meado, mierda y a ¿podrido?, ¿que cagada comes?, ¡aj!, vamos a darle un baño —dijo, el líder, el de las manoplas con puntas.

—No, por favor ¡no!, tengo una cadera mala, pero me marcharé no me verán otra vez, tengan piedad se los ruego.

—¡Hazlo, sácale los pantalones!

El del bate obedeció al jefe, y le sacó los zapatos primero.

—¡Guau!, viejo, ¿a quién le robaste estos?, están rotos, pero son italianos. Viejo asqueroso y ladrón, ja, ja, ja.

—No se los robé a nadie, son míos, me los compré con mi sueldo… este... con el sueldo que ganaba… ¿o solía ganar?, también poseía varios coches, un Ford deportivo, un Bent… y una casa parece… recuerdo, creo recordar... y una esposa e hijos… parece —su mano derecha comenzó a temblar—, ¿tienen algún licor, por favor, el que sea, que me den?, me dio frío en los pies, piedad, piedad.

Sus ojos se fueron a blanco, su mente estaba en algún lugar lejano, perdido en el tiempo.

Recibió patadas, del tipo de las botas con punta de acero, que le llegaron en su cadera mala, se retorcía y aullaba de dolor. El del bate le dio con el en la espalda, cayó al piso tosiendo como un perro enfermo.

—Por favor, no, no, tengo que cuidar a mis hijos… son pequeños aún, ¿o lo eran?, no me acuerdo…, basta, basta —gemía gritando.

El de las manoplas de hierro le dio un puñetazo en su mejilla derecha quebrando su mandíbula. De su boca salían algunas de las pocas muelas que le quedaban mezcladas con una sangre espesa que recordaba a una mermelada maloliente.

—Eres un mentiroso, y un asco, lo mejor es que te quememos… ¡eres un pedazo de basura!, y ahora serás un pedazo de basura humeante. Ja, ja, ja —rió de buena gana y sus compinches también, apretándose el estómago de risa.

El del bate saco un encendedor.

—Espera, bájale los pantalones hay que bañarlo primero —reía de manera psicótica— trae la lata de gasolina.

El de las botas con puntas de acero, trajo la gasolina.

Le estaban sacando los pantalones, cuando se dieron cuenta de algo que hasta ellos les produjo espanto.

De la cadera mala del indigente, salían chorros de pus mezclado con larvas de moscas. Parte del hueso se le veía, con la piel y carne negra alrededor… El hedor les dio un asco inaguantable, y el del bate comenzó a hacer arcadas, una tras de otra, el de las botas con puntas sintió como le subía el contenido del estómago a su garganta, pero se lo tragó. El líder no aguantó y se arrodilló para vomitar.

—¡Vamos que esperan!, ¡empapen al hijo de puta, no aguanto más! ¡Enciéndanlo!

El de las botas con puntas de acero, cubriéndose la nariz y boca con el interior del codo, comenzó a rociarlo con el combustible, mientras cantaba una canción “india” y hacía algo parecido a una danza mal hecha.

—No, por favor, perdón, perdón, no quise ensuciar su bello parque… aquí solíamos venir con nuestra familia a esperar la Navidad…, le compraba regalos a mis niños y vestidos a mi mujer…, tengo que ir a casa..., mamá me espera, no aguanto, por favor un trago, ¿que es eso?... mis dientes. Ay, ay, ay por favor no más. Huele a gasolina… ¡no me quemen!, ¡perdón!, ¡perdón!

Un transeúnte que observaba desde lejos notó la situación y sacó su móvil.

El de las botas aceradas trataba de encender su chisquero de gasolina metálico —grabado con la cara del Che Guevara—, las chispas no producían el ansiado fuego.

—¡Idiota!, ¿¡por qué no lo enciendes!?, ¿¡lo cargaste!?

—… ¡Sí!, ¡claro que sí!, pero no entiendo…, —chac, chac, chac— nada ocurría.

—¡Es por la cara de ese comunista en el encendedor, imbécil!

—¡Pero si es un Zappo! —chac, chac, la llama por fin salió— Al fin, al fin, ahí esta, ja,ja,ja.

—¡Te acabaste viejo piojoso!

—¿Piojoso?, pero si nunca he tenido piojos… vivo en Manhattan…, ¿o vivía?... tengo un seguro médico privado de un millón de dólares… ¿o tenía?… no recuerdo. Me pica la cabeza… ¿tengo piojos?, nunca he tenido… no puede ser —hablaba entre sollozos.

—¡Cállate de una vez viejo de mierda!, ¡estas jodido!, ¡arde de una puta vez!

Le iba a arrojar el encendedor llameante, cuando el humo de caucho quemado inundó el ambiente. Un Dodge Charger había frenado en seco frente a los maleantes.

—¡Alto, es la policía! —los tres infelices, trataron de huir, pero fueron capturados.

—Llama a la ambulancia urgente —dijo el oficial Travis a su pareja— este hombre está sangrando demasiado.

—¿Oficial, está bien este hombre?, yo los llamé.

—Apenas llegamos a tiempo —Al policía le llamó la atención la pulcritud en el vestir del tipo y unas extrañas patillas puntiagudas— No se preocupe nos haremos cargo. —El buen samaritano se alejó rengueando.

—Sargento, la ambulancia llegará en cinco minutos —dijo su compañero.

Por fortuna lo atendieron bien en el hospital, del cual salió recuperado casi por completo. Quedó con una pierna mala y con uno de sus pulmones funcionando a la mitad. Fueron sus mejores días. En los tres meses que pasó ahí, su mente y su adicción fue lo único que no pudieron arreglar.

Al momento de salir de alta un enfermero —que estaba en sus cincuenta—, creyó reconocerlo.

—¡Oiga!, no es usted el que salia en un comercial de la bolsa en TV, hace como… veinte años… a ver, ¿cómo era?, sí, ¡ya me acordé!, con esa voz grave de locutor suya:

—“¡No hay como la bolsa para invertir, venga a inversiones Richman, un futuro mejor para…"

—"Usted y su familia, venga a Richman, sabemos de negocios!” —completó la frase, Herbert.

III

Claro que tuvo suerte, con un patio solo para él. Desde que llegó, hace un par de meses, le dejaron modificar una vieja casucha de perro, con la madera de ella y otros materiales construyó su refugio de invierno. Las capas de cartón y mantas viejas que conseguía le hicieron un piso adecuado. Además la señora, le regaló una estufa de cuarzo de dos varillas que la podía encender el tiempo que quisiera. Ella le dejó una extensión eléctrica, un cable que sacaba por la ventana, para poder conectarla cuando quisiera.

La noche anterior fue muy reconfortante y la sopa de pollo caliente, le dejó un sabor de otros tiempos.

No escuchaba a la señora Jones, a lo mejor habría salido. Fue a su rincón y comenzó a preparase para la noche gélida.

Comenzó a reforzar su refugio dándole una protección adicional con los nuevos paneles de madera aglomerada, puso dos a los lados y otro arriba. El colchón artesanal de su cama quedó armado con cartones adicionales en la base y algunas de las mantas conseguidas recién; usó las maderas sobrantes para hacer la puerta. La extensión eléctrica y Solmy —La marca de su estufa eléctrica— estaban en su lugar. Las dejó dentro de su improvisado hogar y procedió a taparse. Encendió el calefactor. Un agradable calor se sentía en la improvisada choza. Sus manos protegidos por gruesos guantes de lana sin dedos y su botella de whisky barato complementaban el ambiente hogareño. Bebió un buen poco, mientras pensaba en su vida… o lo que podía pensar de ella. Lo invadió un profundo sueño. La temperatura iba por los -10 ºC.

Una ambulancia, llegó con el ulular de su sirena a la casa de Charity.

—Calle Tiffany 756 —dijo por radio el conductor.

—Afirmativo —respondió la voz—, Charity Jones.

La señora Jones alcanzó a llamar al 911 antes de desmayarse.

—Esta mujer esta mal, apúrate, está sufriendo una falla multisistémica producto de su enfermedad… ¡Hay que intubarla ya! —urgía el enfermero.

—Herbert… —dijo con débil voz.

—¿Quién diablos es… Herbert?

—En el… —y se desmayó.

—¿Oíste lo que dijo?

—Sí, pero no hay tiempo de averiguar. Rápido, rápido hay que llevarla al hospital.

Se produjo un apagón en el barrio, debido a una repentina ventisca, por unas horas. Al regresar la electricidad, el desgastado panel eléctrico de la casa no respondió como debía y no volvió la energía a su casa. La temperatura ambiente: -15 ºC.

Herbert soñaba que escalaba el Everest, y que sus compañeros del albergue, muertos, aparecían vivos en la cima y le animaban: ¡vamos tu puedes viejo!, haz cumbre con nosotros. Herbert sonreía, tenía todos sus dientes, llevaba puesta una reluciente chaqueta de montaña amarilla, gafas ámbar de marca cara, y con su piolet en la mano hacía gestos a sus amigos. Comenzó a subir amarrado a la cuerda de sus compañeros, pero subía un paso y caía dos. Hizo un esfuerzo y clavó su piolet en el hielo, este cedió bajo sus pies y sus piernas quedaron atrapadas en el.

Despertó un momento de su sopor alcohólico. Solmy, se veía extraña con sus varillas que tenía por ojos, apagados y grises, en su cuerpo naranja con borde blanco que rodeaba su cara. El panel no mostraba su usual brillo anaranjado como cuando estaba encendida.

Sintió frío… mucho frío, sus pies parecían cargar bloques de hielo. La ventisca había volado su precario refugio los tableros y maderas estaba tirados alrededor. Solo quedaba Solmy mirándole. Trató de pararse, pero no podía y comenzó a sentir un pesado sopor. Se arrastró hacia el calefactor, eran un par de metros, sin embargo cada movimiento de sus rodillas y brazos parecían una tarea titánica. Sus manos, por fin, llegaron al regulador, temblorosas movían los controles. Los movía a la posición 0, luego a la 1 y a la 2, pero nada sucedía… su cara se enterraba en la nieve.

—¿Qué habrá pasado…? —susurraba con dificultad, no poseía fuerzas siquiera para llevarse la botella a la boca—, ¿se habrá cortado la energía?

Sus ojos nublados percibían luces alrededor.

«No era eso, ¿qué era entonces?», trató de gritar por ayuda, las palabras no salían de su boca. La temperatura era ya de -20 ºC. Sus cejas, pestañas y barba estaban escarchadas, sus dedos morados y hasta el alma la tenía congelada. Un sueño pesado, paquidérmico, lo aplastó y dejó su cara hundida en la nieve.

«¿Mi mujer, mis hijos, quién los cuidará… ya no siento frío», su mente se apagó, todo se puso negro.

Estuvo un minuto así. De repente, abrió los ojos.

IV

La cara de Solmy encendió sus brillantes ojos de varillas de cuarzo anaranjado. Esta vez no emitían calor, piernas mecánicas salieron bajo la estufa como también un par de brazos metálicos a los costados. No podía creer lo que veía, sin embargo de alguna manera le parecía familiar.

—¡¿Capitán, capitán!?, despierte vengo a salvarlo —exclamó Solmy, y le inyectó una solución intravenosa.

«¿Capitán?»

Herbert comenzó a reanimarse, ya no sentía frío. Su mente comenzaba a centrarse.

—Unidad ¿R-08813?, eres tú vieja chatarra... ¿Robbie?, ¡qué alegría hace tiempo que no te veía! —exclamó y cayó de bruces.

—Déjeme ayudarlo —Robbie lo cargó en brazos—, lo llevaré ahora mismo a la nave.

El robot entró en la casa de Charity, fue a la cocina. Se dirigió a un cuadro con una réplica de la imagen de unos perros jugando billar. Metió su mano detrás y activó un pulsador. La casa giró sobre sí misma. El subsuelo quedó hacia arriba y el techo hacia abajo. Una nave en forma de ovoide, la mitad superior trasparente y la inferior de un refulgente cromado, se mostró ante ellos. Dejó en el suelo a Herbert.

—Antes de seguir debo curarlo —la luz ámbar de un rayo plano barrió el cuerpo del infortunado —. ¿Cómo se siente ahora?

Al mismo tiempo que el rayo recorría su cuerpo, su barba quedó afeitada y sus ropas cambiaron a un traje verde oscuro, muy estilizado y entallado con medallas que llenaban su pecho.

—Como nuevo, como nuevo. Ahora vuelvo a ser yo: Lucius Adams, capitán del UWS Everlast.

—Es tiempo de volver.

—Robbie, recuérdame que le diga al Consejo que ya me estoy hartando de estas misiones de espionaje presencial. Ya no sabía quien era… hasta ahora.

—Por poco muere, esa ventisca fue inesperada.

—Y qué lo digas mi buen amigo, y que lo digas... por un pelo. —Palmeó la espalda del robot.

El ovoide interestelar convertido en un destello de plata partió en dirección a la nave principal.

—Adams es bueno tenerlo de vuelta, ¿pudo obtener información de inteligencia? —dijo el almirante.

—Está todo en el informe señor, en resumen no encontramos rastros en ese planeta de alteración de la realidad o de los trasladadores multiformes, el planeta se ve limpio.

—Muy bien espero pueda ayudarnos en las misiones siguientes.

—De eso precisamente quería hablar con usted… —dijo mientras caminaba cojeando.

V

La policía atendió un llamado al 911. El cuerpo de un hombre permanecía congelado en el patio trasero de la casa de la señora Jones. La unidad 8750 de la NYPD se hizo presente en el lugar.

—Mira Bob —dijo Travis— este tipo pasó toda la noche a la intemperie, está congelado.

—Sí, sargento. Averigüé con la vecina de la señora Jones, Bertha White, y dice que un indigente solía pasar algunas noches acá… un tal… Herbert.

—¿Brown?

—Sí, sargento, Herbert Brown, ¿cómo lo supo?

—Una corazonada... me parece haberlo ayudado antes. Es una lástima, al menos alcanzó a durar un par de años desde que lo rescatamos en el parque esa vez, y tú andabas conmigo también Bob. ¿Te acuerdas?

—¡Ah sí!, el indigente que estaba malherido, lo recuerdo también. Por cierto la vecina dice que la señora Jones le dejaba una estufa eléctrica, para que se calentara.

—Bueno, la ventisca hizo volar todo, aunque ese aparato debiera estar por acá, pero es extraño, todo está aquí, las maderas que usaba el tipo…, cartones, otras maderas sobrantes, mantas. La extensión eléctrica… menos la estufa.

—De seguro alguien se la robó sargento.

—Sí, es lo más probable.

—Me comunicaron, de la central, que viene en camino el forense junto con el camión de la morgue, señor.

Okay, no tenemos mucho que hacer aquí entonces.

La noche anterior fue dura, más de treinta indigentes sin hogar, invisibles habitantes de las calles, murieron de hipotermia.

—Muchachos, recogí la evidencia del lugar, nada que hacer no hay intervención de terceros, causa de muerte congelamiento por hipotermia —dijo el forense— procedan.

—Este es el último —dijo el conductor del camión que recogía los cadáveres.

—Es el número treinta y tres. Terminamos por hoy, hay que llevarlos al depósito para completar el trabajo. Fue un día duro —dijo un ayudante.

—Bien, ayúdame a darle la vuelta —dijo el otro.

—Al menos murió contento.

La expresión de Herbert era de felicidad: una sonrisa de satisfacción le llenaba su congelado rostro, permanecía con los azules ojos abiertos, como esperando un dichoso final feliz.

—Me muero de hambre, terminemos esto luego.

El UWS Everlast comenzaba su misión número veinticinco y aterrizaba en Kepler-186f .

May 14, 2020, 2:05 a.m. 12 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

W. E. Reyes Cuentacuentos compulsivo y escritor lavario. Destilando sueños para luego condensarlos en historias que valgan la pena ser escritas y así dar vida a los personajes que pueblan sus páginas al ser leídas. Fanático de la ciencia ficción - el chocolate, las aceitunas y el queso-, el Universo y sus secretos. Curioso por temas de: fantasía, humor, horror, romance sufrido... y admirador de los buenos cuentos. Con extraños desvaríos poéticos.

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Nilson Vanegas Nilson Vanegas
W. E. Reyes me gustó la historia, me sorprendió el final. Felicidades, tiene usted un estilo muy bien logrado para escribir historias. Me gustó.
May 19, 2020, 01:29

  • W. E. Reyes W. E. Reyes
    Muy amable Nilson, agradezco mucho su comentario y que la haya gustado la historia. Saludos. May 19, 2020, 01:44
Lihuen Lihuen
Muy buena historia; una mezcla de realismo con algo de cifi, más allá del final q deja un interrogante , la historia refleja muy bien las miserias que sufren los indigentes.
May 18, 2020, 13:43

  • W. E. Reyes W. E. Reyes
    Gracias. Lihuen por tu comentario, y sí, una historia más común de lo que parece. Saludos. May 18, 2020, 16:33
Lihuen Lihuen
Muy buena historia; una mezcla de realismo con algo de cifi, más allá del final q deja un interrogante , la historia refleja muy bien las miserias que sufren los indigentes.
May 18, 2020, 13:42

Proséf Chetai Proséf Chetai
Claro, Reyes ¡Por supuesto que está bien! No es simple ni todos podemos alcanzar el logro de mezclar dos autores de esa talla y hacerlo a la propia manera; aunque para algunos pudiera parecerle que sí. Lo importante es que el escrito muestra tu apreciable capacidad de escritor. Ánimo.
May 16, 2020, 01:32

  • W. E. Reyes W. E. Reyes
    Le agradezco, de sobremanera, su comentario, Chetai, nos estaremos leyendo. Saludos. May 16, 2020, 01:53
Proséf Chetai Proséf Chetai
Hola, Reyes. Saludos. Interesante mezcla entre Jonathan Livingston y Franz Kafka. Mantienes la atención del lector en el relato. Enhorabuena
May 16, 2020, 00:31

  • W. E. Reyes W. E. Reyes
    Gracias por su comentario, me anima a seguir... y sí, a veces mis historias son una coctelera, sale lo que sale, y espero que bien. ;) May 16, 2020, 01:07
N.V. Scuderi N.V. Scuderi
Muy buena la historia, te deja preguntando si Herbert realmente imagina sus misiones después de "muerto" o si realmente está navegando en otros mundos, para mí él sigue haciendo misiones. ¡Saludos!
May 15, 2020, 23:57

  • W. E. Reyes W. E. Reyes
    Sí, es un misterio, pero queda a gusto del lector. Gracias por pasar. :) May 16, 2020, 00:48
~

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