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I

Ya había amanecido, abrí mis ojos, regresé a ver hacia mi costado y le dije: “Me siento súper agotada, quisiera irme a cualquier lugar y dejar de pensar en todo lo que debemos hacer” él me sonrío y me dijo, “Estaba esperando que te levantes para decirte lo mismo, vámonos mañana mismo”, necesitábamos un descanso, desconectarnos de todo, en especial de los celulares que son, en nuestro caso, nuestro medio de trabajo.


Dar un paseo por las playas de nuestro país fue el primer y mejor plan que se nos ocurrió, era temporada playera así que no lo pensamos mucho, compramos pasajes, llamamos a una amiga que se unió al plan, hicimos maletas y nos fuimos.


Fueron días hermosos, disfrutamos del clima, de la libertad de ser adultos y hacer nuestros propios planes sin presiones de terceros. Alquilamos un carro en Guayaquil, se suponía que habíamos cancelado por un auto pues solo éramos tres viajeros: José Luis, una amiga y yo; pero como siempre surgen eventualidades, la compañía de alquiler nos recibió con la noticia de que no tendríamos el auto solicitado sino una furgoneta muy grande y espaciosa. Teníamos espacio para muchos acompañantes pero éramos tres, así que nos apretamos en la cabina, encendimos la música a todo volumen y nos disparamos a disfrutar de nuestros días de paz.


Fueron pocos días pero disfrutamos muchísimo: leer un libro sentada en la arena con el ruido de las olas golpeándose en la orilla es una sensación maravillosa; bañarnos en el mar y sentir la sal en el cuerpo, llenarnos de buenas energías, caminar por la arena mojada y sentir como nuestros pies se hunden sobre la arena en cada paso; aunque éramos los tres mosqueteros, hubieron momentos en los que cada uno buscó su propio espacio para poder encontrarse, para reconocerse, para buscar nuevas fuerzas y renovarnos; nos deleitamos de la gastronomía deliciosa que nos ofrece la costa, de masajes relajantes, de bailar y beber en una discoteca hasta altas horas de la noche, de reírnos sin parar.


Finalmente, antes de despedirnos de la magia de la playa pudimos contemplar un bello atardecer, en silencio frente a ese espectáculo dábamos gracias en nuestros corazones por la belleza de las cosas simples, por haber podido disfrutar al máximo esos días de libertad y descanso, fue un brindis por la vida, por el amor, por la amistad, por todas esas cosas maravillosas que valen la pena y que son las que nos mantienen a flote en este mundo que a veces, es bastante complicado.


A nuestro retorno teníamos unos días más para descansar en Guayaquil; unos tíos de Estados Unidos estaban de visita en esa ciudad y nos invitaron a su departamento para almorzar, compartimos con ellos gratos momentos y entre charla y charla tocamos el tema de los hijos, nos preguntaron si lo habíamos pensado, lo cierto era que no estábamos interesados en tener hijos, no habíamos decidido cuando nos casaríamos, ni siquiera José Luis me había pedido formalmente que me case con él; quedaba mucho camino aún para recorrer, muchas decisiones que tomar, así que resueltos y confiados respondimos que eso aún no estaba en nuestros planes, argumentamos la enorme responsabilidad que conlleva, y lo bien que nos sentíamos de poder disfrutar de nuestra libertad, de armar como en este caso, un viaje de un momento a otro sin mayor preocupación, con un hijo las cosas cambiarían y no estábamos listos para ese cambio. Seguimos charlando, bebiendo, comiendo y disfrutando nuestros últimos días de desconexión total.


Esa conversación retumbaría en mis oídos por varios días, siendo sincera fue lo primero que vino a mi mente cuando tuve en frente mío las dos rayitas, imaginaba a Dios riéndose un poco de mí. Si, de mi principalmente, porque yo era la más convencida en cada palabra que pronunciaba, no estaba lista para renunciar a esa libertad (en el fondo de mi corazón creo que José Luis si era capaz de dejarlo todo por sostener una mano diminuta y escuchar a una boquita chiquita diciéndole papá); pero las dos rayitas en ese momento me arrebataban de golpe esa tan atesorada libertad, era increíble como toda mi vida estaba cambiando en segundos, no podía reír ni llorar, todo parecía haberse paralizado, pero lentamente caían un par de lágrimas por mis mejillas.


Pasaron tantas cosas por mi mente, sabía perfectamente de amigas cercanas que intentaron por años concebir y que después de muchos intentos, fracasos, pérdidas, fe y paciencia, lo consiguieron; conozco también personas que hasta la fecha no lo logran; conocía la historia de alguien cercano que había pagado miles de dólares por una inseminación en el exterior porque ya se le acababan sus óvulos y no había encontrado aún a su compañero de vida; y por otro lado estaba yo, sentada con la prueba en frente, con José mirándome a pocos metros, un poco asustado pero con un destello de ilusión en sus ojos, yo estaba ahí pensando por qué me había fallado la ciencia si la había seguido al pie de la letra, no entendía lo contradictoria que podría ser la vida; es cierto, era un milagro, lo entendía en mi mente, debía sentirme feliz pero no podía, estaba paralizada y aterrada; esa confusión entre lo que mi mente comprendía y debía sentir; pero mis emociones eran incapaces de reconocer me hacían sentir culpable, miserablemente culpable.


Desde el día en que lo supimos nuestras vidas han cambiado, cada mes ha traído consigo muchas sonrisas pero también nostalgia, lágrimas, dolores y miedo, es normal sentir miedo ante la llegada de un bebé, mucho más cuando no estaba planificado, porque no tuvimos tiempo de pensar cómo sería, de meditarlo, es como cuando vas a subir a una montaña rusa, primero lo decides y compras el ticket, luego haces la fila; tienes expectativas, emoción, temor; haces imágenes mentales previas, y con todas esas emociones revueltas decides subirte; en nuestro caso era como si hubiéramos dicho: “no queremos ir al parque de diversiones porque no queremos una montaña rusa”, pero contrario a nuestros deseos, sentíamos como si alguien nos hubiera vendado los ojos y nos hubiera llevado hasta ahí; cuando pudimos finalmente ver, ya estábamos subidos; solo podíamos abrazarnos y aguantar la sensación de vacío que se produce cuando estas bajando a toda velocidad.


Nadie imaginaba que cuando yo contesté esa conversación casual, ya había en mi vientre unas células formándose del tamaño de una zarandaja, no lo sabíamos, pero ella ya estaba acomodándose y sintiéndose como en su casa, nos había acompañado en silencio a nuestro viaje impulsivo, que ahora lo veo como un viaje de despedida a nuestra vida de enamorados y solteros sin compromiso, a esa vida tal como la habíamos llevado hasta ese entonces, a ese tipo de felicidad para abrir paso a un mundo totalmente diferente, a una felicidad más plena; sin saberlo, con ese paseo estábamos cerrando un ciclo para iniciar una montaña rusa de nuevas emociones, desafíos, cambios, hormonas, miedos, y amor; si, estábamos próximos a descubrir lo más importante: un amor como no lo habíamos concebido hasta ese entonces y no hablo solo del amor que uno va sintiendo por el bebé en camino, sino por el amor que despertó en nuestra relación, a esa complicidad que no la había experimentado a lo largo de los cinco años de relación que llevábamos, habíamos sido amigos, socios, confidentes, nos amábamos, pero fue en este camino de ser padres cuando descubrí a un nuevo hombre en mi compañero de camino, más paciente, más amoroso, más protector; fue como volverme a enamorar, esta vez en un plano más profundo e íntimo; fue la llegada de Isabella la que trajo consigo la pedida de mano más romántica y sorpresiva que hubiera podido imaginar, luego una boda hermosa que aún me hace sonreír cada vez que la recuerdo, en el fondo siempre creeré (aunque José Luis nunca me lo dijo verbalmente) que fue Isabella la que le confirmó que yo era la mujer de su vida, fue ella quien lo convenció en sus entrañas de compartir su vida junto a la mía, que ya no debía esperar más, que Dios nos había separado el uno para el otro, y que si Él nos había sostenido durante todos estos años, ahora lo seguiría haciendo, que el temor aleja el amor pero por el contrario donde hay amor todo es posible, no había nada que temer solo abrazarnos fuerte cada vez que la montaña rusa vaya a descender, esperar que pase la sensación de vacío y disfrutar los ascensos, eso hemos hecho a lo largo de esta dulce espera y esa es nuestra consigna, agarrarnos más fuerte en la pobreza, en la enfermedad y esperar que Dios siga siendo tan generoso con nosotros regalándonos un arcoiris al final de cada tormenta.


Aunque aún no te conocemos Isabella de nuestras almas, ya has traído contigo muchas buenas nuevas a nuestras vidas, ya nos has hecho reír y llorar de emoción, con los años comprobaremos ese propósito que Dios tenía para ti, pues desafiaste a la ciencia y nos recordaste que no podemos controlarlo todo, aun cuando creemos tenerlo todo bajo control, porque es Dios quien da la última palabra y en este caso nos eligió como tus padres, y sí que nos hemos esforzado durante estos nueve meses para ser los mejores para ti, porque Dios no elige a los preparados sino que prepara a los elegidos y aquí estamos listos para abrazarte en unos días mas.

Nov. 15, 2019, 2:25 a.m. 0 Report Embed 0
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