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littlechococake Little ChocoCake Cuando deseas algo, pero lo deseas de verdad, corres el riesgo de que se haga realidad. Cosas como esa suceden una vez en la vida. Malgasté mi deseo a los 9 años, y ahora no tengo vela, puente o estrella fugaz que me ayude.

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El comienzo

Malgasté mi deseo.

Quería que desapareciera de mi clase, de mi colegio, de mi vida. Ella empezó todos mis problemas y pensé que sin ella todo se solucionaría, pero ya era tarde. Si hubiera sabido que ese deseo se haría realidad, no hubiera pedido algo tan infantil. El problema es que cuando deseas algo, pero lo deseas de verdad, corres el riesgo de que se haga realidad. Algo así te ocurre una vez en la vida.

Lo gracioso es que me lo inventé.

Mi colegio era de esos que solo podías acceder en autobús o en coche, ya que estaba rodeado de árboles y una estrecha carretera cuesta arriba daba el acceso. Abajo estaba lleno de oficinas que nunca supe para qué estaban ahí, pero no estaban deshabitadas porque siempre veía a gente con traje fumando en las puertas. Mi colegio era concertado (es decir, algo entre privado y religioso), para familias con dinero: solo para chicas. No encajaba demasiado con esa descripción pero gracias a una beca y a la insistencia de mi madre me metieron allí. Irónicamente la calle que daba acceso a mi colegio se llamaba "El Infierno"; pocas personas pueden presumir de ello. Claro que no te podían escuchar si no querías una charla por parte de la tutora.

Al ser una clase por curso supimos que seguramente las compañeras que veíamos a nuestro alrededor iban a ser las que nos acompañarían durante el resto de los cursos. Fue a principios de Primaria cuando ella llegó. Bueno, llegaron.

—Hola, me llamo María Techo, y ella es mi melliza Martina— se presentó, pero sonaba muy desinteresada, como si no quisiera estar aquí —nos hemos mudado de Madrid por el trabajo de mi padre.

Aquella última frase causó furor en la clase, incluida yo. No era normal que alguien de una gran ciudad se mudara a un pueblo como el nuestro. Además tener a dos mellizas en clase era algo tan raro como tener a dos gemelas. La profesora las mandó sentar en dos sitios estratégicamente colocados para que se relacionaran.

La que me inspiró más confianza fue Martina. Un poco más bajita que su hermana, pálida, con un cabello muy rubio y ojos grises. Parecía ser tímida como yo así que la conversación que tuvimos fue corta, tan solo me dejó el lápiz que le pedí y listo. Su hermana era todo lo contrario: alta y un poco regordeta, con una tez ligeramente morena que apenas dejaban ver las pecas de su rostro, con un cabello lacio y rojo que caía sobre sus hombros. No me creería que son mellizas salvo que me lo dijeran.

Se formó el típico círculo a la hora del recreo alrededor de las dos. María es la que capturaba toda la atención. No sólo era guapa sino que encima era sociable. Cuando tuve oportunidad de hablar con ella noté que me chequeó de arriba abajo en un instante, y clavó su mirada en mí. Una mirada fría y llena de superioridad. Me dio miedo. Tanto que al momento de sonreírme y e irse a otro lugar no pude oír lo que me dijo.

Intenté no darle importancia durante el resto del día y me fui con mi grupo de amigas durante el resto del recreo. Las madrileñas se integraron bastante bien y al no haber muchas alumnas los grupos de clase se entremezclaban en los recreos. Así que me tocó fingir que aquello había sido una exageración mía.

Al fin y al cabo, solo era una niña.

June 3, 2018, 1:48 p.m. 0 Report Embed 0
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