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Empezar un blog… ¿es terapéutico?

Casi nunca llego a escribir el «capítulo 2» de nada de lo que inicio. No suelo ir más de dos veces al gimnasio, por ejemplo. A pesar de haber estado siete años en la Universidad, sólo completé el primer año de la licenciatura. Escribo 15 comienzos diferentes para cada "idea/libro" que tengo porque me resulta más fácil tirar lo que hice y empezar de nuevo que poner punto y aparte y pasar al Capítulo 2.

Ésta es la segunda entrega del blog y me está gustando. No hablo de las palabras que estás leyendo sino de esta sensación de estar superando esa barrera del 2.

Y no solo eso...

El lunes pasado –si es que es posible–, amanecí antes que el sol. No era la primera vez que me sucedía; pero las últimas dos o tres oportunidades anteriores las había desperdiciado quedándome en la cama de tres a cinco horas más. Tengo el dudoso privilegio de trabajar media jornada cada día, de lunes a viernes, de 4 a 8 de la tarde, horario de mi país (duh), y por eso puedo dormir hasta las 15:30, si quisiera…

¿… quiero?

La idea es tentadora pero no, paso. No puedo. Luego, la culpa… ¿quien se la queda? No, gracias, prefiero hacer algo constructivo. Así me siento bien: haciendo, produciendo, creando, imaginando lectores al pedo. Luego me siento mejor. No lo sé. Es dudoso, sí. Pero es mejor que no hacer nada, supongo. Para poder disfrutar de algo suntuoso, mi mente primero me tiene que traer algunos ejemplos que pueda presentar como papeles en la Secretaría de los Motivos del Ministerio de la Culpa. Si paso, no hay nada más lindo que disfrutar del ocio. Pero si no paso –y creanme que quedarse durmiendo hasta las 3 de la tarde es causa suficiente para que el pase al disfrute me sea cancelado una vez más–, entonces la Culpa, sí, les agentes del Ministerio de la Culpa, se encargan de hacerme sentir mal. Y hacen su trabajo muy bien.

Sea como sea, el lunes pasado amanecí tempranísimo y no me di vueltas en la cama: espartanamente, me levanté, me puse una manta alrededor y bajé a prepararme un café. A las 10 de la mañana ya había grabado un video en base a una idea que me surgió a las 7, y hacia las 15:00 ya lo tenía publicado en mi canal de YouTube.

Algo similar me sucedió el martes, el miércoles, el jueves, con más intensidad, y el viernes.

¿Qué me había pasado? ¿Dónde estaba el viejo yo?

Ni rastros. Estuve dedicando mis mañanas a rescatar una novela del olvido. La mía propia, sí. Una que comencé a escribir a los 21 y que ahora, 15 años después, intento recuperar, tratando de no caer en la auto-censura.

Pero… ¿había cambiado algo? ¿Es que hubo algo que haya logrado este giro tan conveniente para la trama de la vida que quiero escribir? Sí, la hay: y es que domingo pasado, más a o menos a la hora en que estoy escribiendo esto, comencé a escribir la primera entrada de este blog. Lo hice así, porque sí. Porque me pareció bueno. Porque pensé que estaría bien si lo hacía y también pensé que estaría mal si no lo hacía. Y tuve razón. Tuve razón también al día siguiente, cuando me levanté de la cama, sin saber demasiado para qué.

Confesiones finales

Hoy hago el Elogio del Esfuerzo. ¿Por qué? ¿Por qué no? Mañana me hincharé las bolas y acabaré definiendo y defendiendo la post-siesta. Da igual. Hoy escribo igual, sin las mismas ganas –se habrán dado cuenta ya–, pero escribo igual. Y me ha gustado hacerlo. Casi nunca llego al capítulo 2 de nada que inicio: nunca voy dos veces al gimnasio, por ejemplo. Escribo 15 comienzos diferentes para cada "idea/libro" que tengo: una y solo una vez escribí un Capítulo 2. Por eso no quise abandonar esta vez. Sepan disculpar. Pero ante la urgencia de publicar algo, acabé diciendo cualquier pavada…



El domingo que viene, cuando ya esté más avanzada y con el capítulo uno publicado, les contaré de la novela, que también todo esto va un poco de ella.

De ella, de mí, y de estos encuentros que estamos teniendo cada día, a las 6 de la mañana.


July 27, 2020, 1:08 a.m. 0 Report Embed 0
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¿Hay alguien ahí? #MiPrimerPost

Sobre la corruptibilidad inmediata de la tecnología

Hace unas dos semanas mi celular dejó de funcionar. Fue súbito. No hubo caída, ni golpes, ni fracturas. Sencillamente dejó de andar. Probé resucitarlo de diversas maneras, miré algunos tutoriales en Internet y hasta lo llevé no a uno sino a dos técnicos: nada. Black mirror.

La vida, en tiempos de pandemia y sin celular, puede ser desesperante. Por suerte eso a mí no me sucedió. Ya me había pasado esto de estar sin el aparatejo y no voy a negar que uno se siente algo… solitario.

Sin embargo esta vez me lo tomé mejor. Tuve que dejar de lado algunas cuestiones, como mi canal de YouTube, o el seguimiento de mi cuenta de Instagram; pero me armé de paciencia sabiendo que, tarde o temprano, estas cosas vuelven: nada es para siempre.

Sobre el poder creativo que generan algunas limitaciones

… como el tedio, o mis miedos…

Pasaron los días y amén de no poder revisar redes sociales, me dediqué a hurgar viejos papeles que tenía amontonados en la casa nueva. Dos o tres bolsas y varias cajas con libros, la mayoría adquiridos en la época en la que oficiaba de librero y que había comprado para el saldo de usados. En el viejo baúl hallé una copia de unos poemas escritos hacia 2010. "Cuatro poemas", titulaba el tríptico impreso y luego fotocopiado que resolví repartir gratuitamente en las calles de Buenos Aires, un fin de semana en el que mi planeta regente estaría atravesando su lado más bohemio y audaz. Encontré varios cuentos, también. Algunos ya ni los recordaba y me sorprendió descubrir que su lectura era, digamos, amena, disfrutable.

El terror, sin embargo, yacía yo sabía donde. Había querido evitar ese momento y lo hice. Hay un lugar en esta casa en construcción, habitado por una resma más antigua que todos mis miedos: estoy hablando del manuscrito de mi primera y única novela, escrita durante cinco años, entre mis 19 y 24 años de edad, y proscrita a la espera de tiempos mejores.

Me da miedo. Me da terror.

Pero el miedo, al menos en mí, suele hacer las veces de tronco seco que maginifica la hoguera que enciende todas mis aventuras. Así lo descubrí, o así me lo hizo saber una planta mágica, hace ya muchos años en la penumbra de la selva amazónica. Supe entonces que mis miedos fueron siempre el motor de mis aventuras y no es ésta —estoy seguro— la expeción.

Pero tampoco es el momento.

Sobre cómo actuar sobre lo ya actuado sin sobreactuar

El caso es tras tanto papelerío una vocecita consejera (?) me decía que tenía que hacer algo con todo ello. Y con la pandemia tras la puerta, los locales cerrados, las distribuciones estancadas… ¿De qué manera podía continuar aquella línea de pensamiento mágico? Sí, obvio, para eso existe Internet, me dije.

Acá es donde conviene aclarar que si bien no soy ajeno a lo que sucede en el mundillo literario de habla hispana, nunca antes me había seducido formar parte de una comunidad de escritores online. Y de hecho estaba webeando (nunca hubo un mejor anglicismo) en algunos grupos literarios de Facebook cuando leo que alguien pide opiniones sobre ésta y otras plataformas para escritores y lectores. Confiesa que a las otras ya las conocía, pero InkSpired me era totalmente nueva.

Ingresé creyendo saber lo que me iba a encontrar y, he aquí, me vi seducido desde la primera vista. Por fin una plataforma que funciona tal y como yo la hubiera diseñado. Humildad de lado: ¿acaso no sabemos —como dice Goliarda a través de su Modesta— que:

a nosotros nos parece locura cualquier voluntad de los demás que nos es contraria, y razón lo que nos es favorable y se acomoda a nuestra manera de pensar. - Goliarda Sapienza, El arte del placer

 ¿Habrá sido el formato, el diseño, la buena vibra que se respira en en esta plataforma lo que me hizo abrir una cuenta? No lo sé, pero es probable. El caso es que allá vamos.

Mi primer post

Hoy ingreso a esta comunidad. No está de más decir que este es mi primer post, y me pareció que lo más adecuado sería comenzar con el blog. Luego subiré relatos, poemás y demás impresiciones. Tampoco voy a negar que estoy algo entusiasmado. De hecho, como buen procrastinador que soy, me di cuenta de que me faltaba un escritorio pequeño. Otro distinto al grande que ya acomodé en el estudio, sino uno más bien pequeño que me acompañara acá, en el cuarto, en donde puedo escribir de manera más suelta.

Decía, entonces, que en mi procrastinada rutina aprendí a reutilizar el tiempo procrastinado para que no sea, al fin de cuentas, tiempo perdido. Así que me puse manos a la obra y en pocos minutos contruí un modesto pero útil escritorio que me acompaña en este mi primer post.



Salutaciones finales

Ahora sí, ya no tengo excusas. Sé que estaré comprometido y ruego por vuestra ayuda para que me hagan parte de esta comunidad. Me gustaría conocerles, saber que no estoy solo, arrinconado en una esquina de un mundo apocalíptico y, para colmo de males, sin celular.

July 20, 2020, 12:37 a.m. 2 Report Embed 2
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