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Altea no lleva una vida fácil. No es bien tratada en el castillo (donde sufre los abusos del príncipe Hakim) ni en su casa (donde la espera su abusivo marido). No obstante, está dispuesta a todo por conseguir su objetivo; cuidar de sus hermanos menores ¿incluye eso fiarse de un mago misterioso?


Drama Alles öffentlich.

#drama
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ALTEA

La joven caminaba apresurada por los anchos pasillos del palacio real. Sus pasos se fundían con el crepitar de las antorchas que iluminaban todo su alrededor. Acorde a las órdenes que había recibido por parte de una de sus superiores, debía llevar las bandejas de plata que habían sido dejadas en el comedor del segundo piso a la cocina. En su caminata no se cruzó con nadie, a esas horas de la noche la mayoría del servicio se había ido a casa mientras que la familia real ya descansaba en sus alcobas.

Aunque a veces pudiese resultar duro, trabajar como criada en el palacio no estaba del todo mal. Altea ya llevaba trabajando allí cuatro años, desde que tenía quince. En cualquier caso, fueran las que fueran las circunstancias de su trabajo, nada era más importante que disponer de algo de dinero para poder alimentar a sus hermanos.

Una vez cruzó la mayor parte del edificio, abrió la gran puerta de madera de dos hojas que daba a la cocina real. La cocina era una habitación alargada con techos bajos, las paredes estaban repletas de estanterías donde se almacenaban todo tipo de alimentos. En el centro de la estancia había una gran mesa de piedra, por lo que la joven se apresuró a dejar las bandejas que tenía en sus brazos sobre la pétrea superficie.

—¡Mira quién tenemos aquí!—dijo una voz desde el interior de la cocina que heló la sangre de Altea.

La criada apartó la vista de la mesa y miró a su alrededor. De las sombras producidas por la triste iluminación, apareció una figura de un hombre joven. El miedo intentó inundar el cuerpo de Altea, pero la muchacha retuvo las lágrimas que delatarían su temor. Se trataba de Hakim, el hermano menor del príncipe Tahiel. No aspiraba al trono, pero cualquiera que lo conociese podría decir que a Hakim no le importaba para nada ponerse una corona sobre su cabeza. Se solía preocupar por su aspecto y ropas, pero no por su deber como componente de la familia real. A Hakim le bastaba con disponer de todo el dinero que quisiese para suplir sus caprichos.

Lentamente, salió de su escondrijo y se acercó a Altea. La joven intentó no apartarse del chico, sabía que le molestaba y que si lo hacía, lo más probable es que fuese castigada. Sin decir una palabra, Hakim retiró un oscuro mechón que ocultaba el rostro de Altea provocando en ella repulsión por el joven. Hakim deslizó su mano y sujetó el mentón de la muchacha para que la criada lo mirase a los ojos. Ella conocía de sobra esa mirada de satisfacción. Por la noches solía soñar con los ojos del hombre que la obligaba a entrar en su alcoba para utilizarla como un trozo de carne inservible. Sin embargo, lo peor de ello no era ser arrebatada de la opción de elegir sobre su cuerpo, sino ser obligada a mirar a los ojos de la persona que tenía el poder de violarla en cualquier momento. Había sucedido en innumerables ocasiones desde que hubo cumplido dieciséis años. Desde ese momento Hakim parecía tener una obsesión por la sirvienta, por lo que se valía de ella a su antojo.

—Hoy te veo especialmente guapa—afirmó Hakim fríamente.

Altea no se atrevió a contestar, sino que se limitó a dar un paso atrás para que la mano del noble la dejase de tocar. De súbito, el brazo de Hakim se alargó y agarró con fuerza el brazo de la joven frente a él. Altea quiso gritar, pero prefirió contener el aullido de dolor.

—Sabes que puedo hacer lo que quiera contigo, ¿verdad?—Altea simplemente apartó la mirada. Hakim había acercado sus oscuros ojos al rostro de ella—. Pero seguro que eso te gusta, así que mejor esta noche te dejaré ir a casa sin tener el placer de compartir mi cama—Hakim soltó a Altea y se giró. Después abandonó la sala con tranquilidad sin decir una palabra más.

Altea quedó congelada en el sitio. No le daría el placer de escucharla llorar, no se mostraría así de débil ante un hombre que en el fondo era el más débil de los dos. Con rapidez, Altea volvió a mirar las bandejas que la habían llevado a la cocina para después revisar rápidamente la habitación desde el punto en el que se encontraba.

Cuando hubo comprobado que todo estaba en orden se acercó a uno de los pequeños armarios de la cocina para coger la vieja capa que la arroparía en su camino de vuelta a casa. Altea salió del lugar y cruzó algunos pasillos hasta llegar a una de las pequeñas puertas que el servicio utilizaba para salir del palacio.

Con tranquilidad, recorrió algunas de las calles que la separaban de su casa, para nada su hogar. La luna brillaba en lo alto, por lo que veía cada recoveco de las calles que cruzaba. Apenas se encontró con personas, a esa hora la mayoría de habitantes de Urágea se habían ido a dormir.

Finalmente llegó a su casa. Se trataba de una achaparrada cabaña que se encontraba entre dos grandes edificios. Se había criado en una casa algo menor en la otra punta de la ciudad, pero un día las cosas comenzaron a ir mal. Cuando Altea tenía diez años, su madre enfermó. Tanto sus hermanos como su padre intentaron hacer todo lo posible por salvar a la mujer, pero finalmente murió sin que pudiesen pagar un médico que la atendiese. Desde entonces, Altea tuvo que criar a sus hermanos ya que su padre se vio en la necesidad de seguir trabajando para continuar manteniendo a su familia. Sin embargo, hacía un año desde que también su padre se había puesto enfermo. Aunque esta vez tampoco podía permitirse un médico, estaba claro que no era una enfermedad tan grave como la que había sufrido su madre. A pesar de ello, imposibilitó que el hombre conservase su trabajo. Por ese entonces Altea ya había trabajo varios años en el palacio, por lo que intentó mantener a su familia por sí misma. Sus esfuerzos no fueron suficientes, por lo que finalmente se vio obligada a abandonar la casa donde se había criado junto a sus padres al no poder pagar la renta mensual. Sin embargo, antes de dejar el hogar familiar, se aseguró de poder afianzar la supervivencia de sus hermanos. Se había casado rápidamente con un comerciante que podría dar techo a lo que quedaba de su familia.

Altea se metió en la casa e intentó caminar sin hacer crujir los tablones del suelo. Lo primero que hizo fue entrar en la habitación donde dormía su padre. Con cuidado, abrió la puerta de madera y entró. El enfermo dormía en un fino colchón mientras que sus tres hijos menores, entre ocho y doce años, se acurrucaban al pie de la cama contra el frío suelo. La trabajosa respiración del anciano inundaba el espacio, parecía como si los niños se hubiesen dormidos con la armonía de una respiración que anticipaba un mal estado de salud. Estaba claro que no había ningún problema, por lo que salió de la habitación para entrar en la que dormía junto a su esposo.

Esperaba que Ciro estuviese dormido, pero cuando entró se lo encontró sentado sobre una vieja silla en una esquina. Una sola vela iluminaba la estancia, pero a pesar de la débil luz, Altea pudo apreciar que los cajones habían sido abiertos y revueltos al igual que el armario en el que guardaba la poca ropa que tenía. Era probable que Ciro buscase algo de dinero que Altea podría haberle robado. Aunque no lo solía hacer a menudo, si necesitaba dinero robado no lo guardaba en un pobre y vulnerable cajón.

—Has tardado mucho—reprochó Ciro.

—Me ordenaron algo a última hora—constestó Altea en voz baja mientras con su mano izquierda frotaba la marca que Hakim había dejado en su otro brazo. Aunque lo vio, Ciro prefirió ignorar ese detalle.

—Supongo que ya que te he esperado despierto querrás compensar a tu marido—Ciro sonrió con maldad para dejar ver sus amarillentos y maltratados dientes. Aunque sólo tenía quince años más que Altea, parecía que fuesen treinta.

Un nudo se formó en la garganta de la joven, pero esta vez tampoco quería dejarlo ver.

—Estoy muy cansada...—se atrevió a contestar.

—¿Acaso has pensado que estaba ofreciendo algo? Haz caso a tu marido—Ciro se levantó de la ruinosa silla provocando un chirrido que Altea temía despertara a sus hermanos.

Ya no pudo contener sus lágrimas por más tiempo. No temía ser golpeada o humillada, pero sabía que Ciro era capaz de castigar a sus hermanos como respuesta. Al estar entre la espada y la pared, cedió y dio la espalda al hombre para retirar el viejo vestido que cubría su cuerpo. Cuando se volvió, su marido ya se había metido entre las sucias sábanas de la única cama de la habitación, por lo que procedió a hacer lo mismo.

Durante esa noche sólo pudo obedecer a Ciro. Por mucho que dijesen el resto de criadas, que fuese su marido no le daba derecho a violarla sin piedad durante varias noches a la semana. Había escuchado que mujeres en su situación se habían atrevido a cortar el cuello de sus marido mientras dormían, pero ella no se lo podía permitir. ¿Quién daría de comer a sus hermanos?¿Les daría alguien un techo bajo el que dormir por las noches?


***


El tiempo pasó y Altea se despertó unos días después en su habitación. Estaba a solas, por lo que Ciro debía de haber salido antes para acudir al puesto donde vendía pescado. Altea sabía que no ganaba demasiado, pero sí mucho más de lo que el hombre le daba para comprar comida para sus hermanos, su padre y ella misma. Ciro no solía comer en casa, seguro que se gastaba el dinero que no le daba a Altea en tabernas en las que poder contratar putas de doce años a las que humillar.

Altea se levantó y se vistió con sus andrajosas ropas. Sus hermanos cuidarían de su padre durante su ausencia, por lo que ni siquiera se molestó en preparar algo de comida. Como tantas veces había hecho ya, salió de la casa y emprendió su camino hasta el palacio real. En su paseo, volvió a recordar una pregunta que le había atacado en días anteriores. ¿Qué le pasa a mi cuerpo últimamente? Algunas veces había sentido la imperiosa necesidad de vomitar mientras se encontraba en el palacio, pero siempre intentó que nadie se diese cuenta de ello. Había estado enferma en otras ocasiones, pero no era para nada como lo que sentía esta vez. Aunque intentaba negárselo a sí misma, una pequeña voz susurraba una única palabra desde el fondo de su conciencia “embarazada”. Era un temor que había experimentado veces anteriores. ¿Y si de la noche a la mañana tenía que alimentar una boca más?

Desde que ese temido pensamiento acudía a su mente, otras preguntas arremetían, ¿quién puede ser el padre?¿cuál de los dos agresores había provocado que una vida creciese en sus entrañas?

Ya se acercaba al palacio, así que agitando su cabeza intentó alejar tales ideas para tratar de convencerse a sí misma de que era imposible que estuviese embarazada.


***


Durante una de las noches siguientes, la lluvia empapó todo Urágea. La luna apenas era visible a través de las gruesas nubes que la ocultaban, por lo que Altea se movía por la ciudad casi a ciegas. Durante los días anteriores había tenido que ser realista y aceptar la verdad, estaba embarazada. Aunque su vientre no había comenzado a crecer, los vómitos cada vez llegaban más a menudo. De hecho, los sufrió durante alguna noche, por lo que fue difícil ocultarle a Ciro su estado. Altea no sabía si Ciro querría que tuviese al niño, pero en su situación la opinión que menos importaba era la del comerciante.

La parte más difícil no había sido aceptar la verdad, sino decidir cuál iba a ser su siguiente paso. Altea no podía permitirse una persona más a la que dar de comer. Muy a su pesar, aunque fuese su hijo, sentía más cariño por los hermanos que había criado que por la criatura cuyo rostro desconocía. ¿Y si Ciro descubría que el hijo no era suyo sino de Hakim, quien seguro negaría cualquier responsabilidad? o peor, ¿y si era retoño de Ciro y se convertía en un maltratador igual que su padre? Altea intentó alejar todos esos pensamientos, ya había tomado la decisión.

Cada vez era más complicado andar debido al peso de la empapada capa que protegía sus hombros. Por suerte, pronto encontró el callejón del que le habían hablado algunas de sus compañeras en el palacio, muchas de ellas habían tenido que deshacerse de un embarazo indeseado en ocasiones anteriores; los nobles no querían que embarazas torpes trabajasen para ellos.

Altea distinguió la puerta cuya apariencia ya le habían explicado. Era una simple hoja colgada de unos goznes clavados en una pared lisa. Llamó varias veces, pero el ruido de la lluvia pareció amortiguar los golpes, por lo que nadie respondió. Intentó volver a llamar, pero entonces se dio cuenta de que la puerta no tenía ningún tipo de candado o cerradura.

La madera era sorprendentemente ligera, por lo que la abrió con facilidad. La abertura la llevó a un tramo de escaleras excavadas de manera que descendían hacia la penumbra. Con cuidado, Altea bajó los escalones mientras apoyaba su mano derecha en la pared para no caer. Bajó el último escalón y llegó a un largo pasillo sin ningún tipo de iluminación excepto una luz que se veía al final del túnel, ¿cómo podía haber un lugar así en el subsuelo de Urágea?

Mientras cruzaba el pasillo, el aire parecía hacerse cada vez más denso e irrespirable. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la muchacha pudo comprobar que la luz se trataba de un fuego en el centro de una sala circular a la que llevaba el pasillo. Cuando entró en la estancia, todo su cuerpo estaba temblando por los nervios.

Estudió la habitación ansiosamente. Había múltiples estanterías repletas de libros y frascos rellenos de sustancias indescriptibles. Lo que más le sorprendió fue el hombre sentado al otro lado del fuego. Sus ojos quedaban ocultos por una gran capucha.

Altea esperó unos segundos en silencio esperando a que el hombre dijese algo hasta que no pudo contener más sus palabras.

—He oído que tú me puedes ayudar—dijo ella alteradamente.

El hombre no contestó nada, como esperando recibir más explicaciones.

—Necesito que me ayudes con… con un embarazo—insistió Altea.

Lo único que se escuchaba a parte de la voz de la joven era el crepitar de las llamas. El anciano continuaba manteniéndose en silencio sin ni siquiera dar muestra de estar vivo.

Altea pensó que se había equivocado de persona, por lo que decidió dar la vuelta e irse por donde había venido.

—Espera—pidió una voz ronca venida desde el anciano cuando la joven ya le había dado la espalda. Altea miró sobre su hombro para contemplar la cara del hombre, que seguía oculta bajo la capucha. Sin añadir nada más, el hombre señaló una mesa baja que estaba a la izquierda de Altea.

Aunque no le había prestado mucha atención al entrar en la habitación, Altea juraría que no había habido nada sobre ella en un primer momento. Ahora, un estrecho frasquito de color púrpura tapado con un tapón dorado descansaba sobre la superficie. Altea tomó el frasco con recelo y lo escondió entre los pliegues de su capa.

—¿Qué quieres a cambio?—la criada daría lo que fuera por el bienestar de sus hermanos, incluso si tenía que robar a Ciro el dinero que pudiese necesitar.

—Vete—respondió el hombre aún desde su asiento.

—Pero...—titubeó ella mientras toqueteaba el frasco con sus dedos.

—Vete—insistió el hombre como si se tratase de una petición más que de una orden.

Llena de dudas, Altea finalmente salió de la tétrica sala y recorrió de vuelta el pasillo que la había llevado allí.

Protegiendo el frasco con su mano izquierda escondida dentro de su capa, Altea corrió hacia su casa. Cuando llegó, se paró un momento ante la puerta. La joven sacó el frasquito de entre sus ropas y lo sujetó frente a sus ojos con su mano temblorosa. ¿Tenía que fiarse de un hombre con el que ni siquiera había mantenido una conversación real?, pero, ¿Qué otra opción tenía? Retiró el tapón con una mano y acercó el recipiente a sus labios. Con calma, fue tragando un líquido insípido muy parecido al agua. Por un momento pensó que simplemente había recibido agua corriente por parte de un loco, pero aún mantenía algo de esperanza.

Después, penetró en la casa y llevó a cabo la rutina de todas las noches: primero asegurarse de que su padre y hermanos estaban bien y después acudir a su propio dormitorio.

La noche fue un infierno para Altea. Aunque los vómitos habían cesado, un agudo dolor cubría su vientre. Por la mañana se hallaba llena de sudor, pero segura de que el regalo del hombre misterioso había tenido el efecto deseado.

A partir de entonces, su vida continuó como siempre. Su padre murió algunos años después y sus hermanos crecieron fuertes con el dinero de Ciro. Sin embargo, ella siguió siendo maltratada tanto por su marido como por Hakim. A pesar de todo, no se arrepentía de la decisión que había tomado. A veces, cuando acudía al templo, le explicaban que un embarazo es un regalo de los dioses que no debe ser despreciado, el que lo hiciese sería un asesino. Ella no se sentía una asesina, había hecho lo que debía para salvar a su familia real. Si hubiese dado a luz a un niño en esas condiciones, ¿cuánto tardarían en quitarle su trabajo?¿Iba a ser obligada a ver el rostro de lo que sería el resultado de incontables violaciones? Muchos parecían preocuparse por el niño que nunca nacería, pero, ¿qué ocurre con aquellos que ya estaban en este mundo?¿acaso no cuentan?¿es culpable Altea por salvar a sus tres hermanos a cambio de una sola vida que supondría un peso para el resto de su miserable vida? Altea sólo fue la víctima de una vida injusta en la que no se le presta ayuda a los que la necesitan sino a aquellos que pueden ser utilizados como arma arrojadiza para enfrentar a diferentes bandos.


9. Mai 2020 15:49:48 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

roon 201 Siempre he tenido pasión por la escritura. Intento plasmar mis opiniones y sentimientos de la manera más honesta y real que puedo en cada uno de mis textos. Espero que os guste mi contenido ;-)

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