lucy-valiente-escritora Lucy Valiente

El verano previo al primer año de universidad, Irene acepta la invitación de su amiga Marina para ir a la casa de campo de su hermano, del que lleva años sin querer saber nada. Allí descubrirá no solo que él le sigue importando, sino que ha tenido un accidente que le ha marcado profundamente la vida. Obra registrada en Safe Creative. Derechos de autor reservados.


Romantik Erotisch Nur für über 18-Jährige.

#drama #diferenciadeedad #silladeruedas #primeramor
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Capítulo 1. La casa de campo

Había aceptado ir porque pensaba que lo había superado. Después de todo, solo había sido un enamoramiento infantil y yo ya había tenido dos parejas. Pero me bastó volver a verle para saber que él aún me importaba.

Le conocí a la tierna edad de once años, cuando me hice amiga de su hermana pequeña. Ya sabía de dónde venían los niños, pero estaba lejos de querer acercarme tanto a un hombre. Lo único en lo que podía pensar era en lo guapo que él me parecía, en lo bien que olía y en lo mucho que me gustaba cómo se expresaba y cómo sonaba su voz. Me quedaba embobada mirándole, y cuando él me dedicaba un mínimo de atención, me sentía ingenuamente feliz. No me importaba que tuviera quince años más que yo ni que saliera con alguien.

Entonces, se casó y supe que había llegado el momento de mirar a otro lado. No lo pasé muy bien y eso afectó a mi relación con su hermana. Marina y yo nos distanciamos un tiempo, pero gracias a un cumpleaños, en el que le confesé la verdad, logré recuperarla y mantenerla a mi lado a pesar de que nos separamos en el bachillerato.

Tras los exámenes de acceso a la universidad, Marina nos invitó a mí y a algunos de sus compañeros de clase a pasar una semana entera en una casa que se había comprado su hermano recientemente. Estaba en mitad del campo y contaba con una enorme piscina con barbacoa y un salón con equipo de música y una barra de bar. Aquello era lo primero que sabía de Lucas en tres años. Marina, sin que yo se lo pidiera, había decidido no mentar a su hermano en absoluto. Y no me dijo nada más.

Me iría con ella a la casa de campo, así que preparé un pequeño equipaje a base de bañadores, pijamas y vestidos ligeros y me fui a pasar la noche con mi amiga. Por la mañana, apareció un coche que había mandado su hermano. La carrocería estaba impecable, el interior olía a nuevo y su conductor iba vestido de traje.

Al llegar a nuestro destino y ver la casa, me sentí impresionada pero también confusa. Aquello más parecía un castillo que otra cosa, y recordaba como si fuese ayer el piso que Lucas compartía con su novia, todo luz, cristal y acero. Ese lugar no solo estaba aislado y oculto entre grandes árboles, sino que era de piedra oscura y tenía una tupida enredadera que cubría casi toda la fachada.

Mi amiga vio mi expresión y se limitó a apretar los labios. No le pregunté, nada quería saber, aunque contaba los segundos para poder comprobar qué podía haberle pasado a su hermano para que le gustase una casa como aquella. Tuve que contener mi decepción cuando entramos al interior y no le vi por ninguna parte, no apareció para saludarnos, ni tampoco mi amiga fue a buscarle, y también tuve que recordarme que no era asunto mío.

No fui consciente de hasta qué punto era aquello mentira hasta que llegó la hora del almuerzo. Marina me llevó al comedor y allí estaba él. Había cambiado bastante, pero mis sentimientos reflotaron como un cadáver ahogado y me quedé mirándole como cuando tenía once años.

Aunque en general seguía resultándome un hombre imponente, también parecía frágil, como la cáscara de lo que fue algún día. Había adelgazado varios kilos y su piel estaba muy pálida, como si hiciera meses que no le daba el sol. Su cabello negro, siempre tan bien cortado y peinado, había crecido sin mucho control, y lo mismo sucedía con su barba. Y sus ojos, que en otro tiempo me parecieron como una noche estrellada, habían perdido la certeza que me maravillaba de niña y se habían llenado de dudas.

―Ella es Irene ―dijo Marina, avanzando hacia una de las sillas.

Lucas se limitó a asentir con la cabeza y cogió su servilleta para ponérsela sobre los muslos. Entonces me di cuenta de que él no estaba sentado en una silla normal, sino que era una silla de ruedas. Pero no era una silla de ruedas cualquiera, tampoco: parecía más un sillón y tenía en un lado una palanca, por lo que debía estar motorizada. Tuve que morderme la lengua para no preguntar qué le había ocurrido, pero no pude resistir la tentación de sentarme a su lado.

Empezamos a comer en silencio. Intenté dar con un tema de conversación, pero todo lo que pensaba me parecía que sonaría ridículo. Miré a Marina y ella decidió decir algo:

―Los demás llegarán mañana.

Lucas siguió comiendo como si no hubiera escuchado nada. Pensé en preguntarle si él estaría con nosotros de algún modo, pero lo descarté enseguida.

―¿Qué vamos a hacer? ―indagué.

―Bueno, eso voy a dejárselo a Antonio. No creo que nos aburramos.

Sonreí al recordar lo ingenioso que podía llegar a ser aquel chico.

―No ―convine.

Noté que Lucas me miraba, pero cuando fui a comprobarlo, sus ojos estaban clavados en su plato. Entonces me pregunté qué pensaría él de mí, porque yo también había cambiado desde la última vez que nos vimos. ¿Le gustaría mi aspecto? ¿Se habría fijado en mi peinado? ¿En mi vestido nuevo?

Al terminar de comer, Lucas se despidió de nosotras y se marchó por una puerta distinta a la que habíamos utilizado Marina y yo. Su silla hizo un leve ruido mecánico al desplazarse. En cuanto desapareció miré a mi amiga con exigencia, esperando que con eso bastase para que me contara qué le había pasado a su hermano.

―Tuvo un accidente con el coche ―dijo―. Los médicos lo han intentado todo para que volviese a andar, pero no ha sido posible.

―Lo siento.

―No lo hagas. No le compadezcas. No hay nada que odie más ahora.

―¿Cuánto hace…

―Un año.

―¿Por qué no me dijiste nada? No debiste pasarlo muy bien.

―No, la verdad. Pero fue cuando estabas en el intercambio.

―Y… ¿dónde está…

―¿Alicia? Ella murió en el accidente.

Se me cortó la respiración y mi mente se llenó de lo que recordaba de aquella mujer, pero sobre todo de lo que me hacía sentir. Pocas habían sido las mujeres que conocí después que fuesen más bellas o más encantadoras que ella. Recordaba su cabello largo y rubio, sus ojos azules como un día despejado y su capacidad para acertar siempre con lo que decía. La había envidiado tanto que en un principio me alegré porque ya no existiese, hasta que reparé en el sufrimiento que debía haber padecido Lucas, y pensé, con el corazón encogido, que su falta no significaba que él no siguiera queriéndola.

Marina me enseñó las zonas de la casa que su hermano le había cedido para nuestro uso y disfrute. Comprendían varias habitaciones, el salón con la barra de bar, un comedor más grande que en el que habíamos almorzado los tres y una sala con butacas y proyector. El resto de la casa era la zona reservada para Lucas, y a ella solo podían acceder él y el servicio.

No volvimos a ver a nuestro anfitrión hasta la cena, pero solo me sirvió para recordarme que me gustaba. Él no dijo una sola palabra y toda su atención se fijó desde un principio en su plato y en su vaso. Luego nos dio las buenas noches y se marchó. Su hermana y yo nos fuimos a ver una película a la sala que parecía un pequeño cine.

Desconecté muchas veces y no me enteré prácticamente de nada. No dejaba de darle vueltas a qué debía hacer. Seguir allí me resultaba peligroso, pero irme habría sido lo mismo que huir y, por tanto, que admitir que él tenía ese poder sobre mí. Además, no quería hacerle eso a mi amiga. Ella me lanzó algunas miradas durante la película, y luego, en la habitación que las dos íbamos a compartir, quiso saber cómo me sentía.

―Estoy bien ―contesté, dándome la vuelta para cambiarme de ropa y para que ella no me viese la cara―. ¿Por qué?

―Bueno, ya sabes.

―Hace mucho de eso.

―Sí, ya, pero una se acuerda siempre del primero que le gustó. Pensarás que no era para tanto.

―¿Por qué? ―pregunté aún sin mirarla, entreteniéndome con el pijama.

―Pues porque está bastante desmejorado. Le he dicho que se corte ese pelo y que se afeite, pero ni caso.

―No sé, yo no lo veo mal.

―Vamos, ¿no te acuerdas de lo arreglado que iba siempre?

―Será una fase. No debe ser fácil encajar lo que le ha pasado.

―Ya hace un año. Me preocupa, la verdad. Se ha encerrado aquí, en esta casa, y no quiere saber nada de nadie.

―¿Y la empresa?

―Puso a mi primo Jesús al frente y se olvidó del tema.

―¿Y qué hace todo el día?

―Pues no lo sé. A mí tampoco me deja entrar en su zona.

Sus palabras dieron vueltas en mi cabeza justo al lado de mis dudas, impidiendo que conciliase el sueño. Las ganas de orinar terminaron por levantarme, y entonces me di cuenta de que tenía algo de hambre. Cogí mi móvil para que me hiciera de linterna y salí con cuidado de la habitación.

Avancé por el pasillo hasta alcanzar las escaleras al primer piso, y luego seguí hasta la cocina. Una vez allí, fui directa a la nevera y me serví un vaso de leche. Mientras se calentaba en el microondas, rebusqué por todas partes hasta dar con unas galletas y con una cuchara. Pensé en comer allí mismo, pero hacía una noche estupenda y en la visita a la casa le había echado el ojo a algo.

Salí por la puerta de la cocina, que daba a un patio, y seguí hasta alcanzar la piscina. Allí, junto a la barbacoa, había una especie de quiosco, con cortinas blancas y varios asientos de mimbre. Había también una pequeña mesita, y en ella coloqué mi vaso y mis galletas.

Satisfecha, me recosté en el asiento y miré hacia el cielo estrellado. La temperatura era la ideal y el rítmico sonido de la noche era muy agradable también. Entonces, algo llamó mi atención. En la casa había una habitación iluminada, y atisbé a un hombre que estaba sentado frente a una mesa. El corazón me dio un vuelco al reconocerle.

Me moví para intentar ver qué estaba haciendo. Parecía trabajar en algo con las manos, pero la silla y su cuerpo me impedían saber qué era. Cuando quise darme cuenta, llevaba un buen rato observándole. Pero no dejé de hacerlo hasta que él giró la cabeza y escrutó el otro lado de la ventana.

Corrí a esconderme tras el respaldo del asiento, hasta que caí en la cuenta de que me protegía la oscuridad de la noche. Lucas había regresado a su tarea, fuera cual fuese. Seguí observándole un poco más mientras me prometía que aquello no se repetiría. Él volvió a notarme, porque volvió a mirar al exterior, y cuando nuestros ojos se encontraron, aunque él no lo supiera, una voz dentro de mí me dijo qué tenía que hacer.

3. Mai 2020 12:36:45 6 Bericht Einbetten Follow einer Story
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R. Crespo R. Crespo
No he podido resistirme y he comenzado a leer esta historia que tanto me ha llamado la atención. Siento curiosidad por saber qué es lo que va a hacer Irene, aunque auguro que no le gustará mucho a Lucas... Con lo ermitaño que se ha vuelto no me extrañaría que se enfadara y la hiciera sentir mal (aunque sea sin querer). Peero no me adelantaré a los acontecimientos y seguiré leyendo *-*

  • Lucy Valiente Lucy Valiente
    Espero que te guste! Es una historia muy especial para mí. Bss mil 1 week ago
CM Clara Montes
Me ha encantado!! Es el primer romance que leo con alguien discapacitado. Esperando el siguiente estoy, igual que con Scars. Te felicito!!
May 09, 2020, 13:05

  • Lucy Valiente Lucy Valiente
    Me alegro mucho y muchas gracias! Bss guapi! May 09, 2020, 16:04
CM Clara Montes
Me la apunto para cuando termine con Scars, seguro que también me gusta!!
May 08, 2020, 13:21

  • Lucy Valiente Lucy Valiente
    Espero que sí, guapi! Gracias por tu apoyo! Bss mil May 08, 2020, 13:38
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