-tania9305 Tania Zúñiga

Todos nacimos con la necesidad de ser queridos. Erza es una mujer solitaria con problemas de alcohol, que vive por y para sus pinturas, la noche menos esperada conocerá a un misterioso navegante y a un hombre desnudo frente a su puerta.


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#misterio #drama #amor #pasión #deseo #DiloConUnaCanción
Kurzgeschichte
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UN NAVEGANTE, UN DESEO Y UNA PINTURA

Algunas veces nuestros deseos, se acumulan como miles de luciérnagas en el campo, los anhelos que se reprimen por muchos años pueden explotar en la noche menos esperada...

Tus más profundos sueños pueden ser vistos, oídos y escuchados por algo que no puedes ver, sentir, ni tocar.


I


—¡La vida es bella! ¡Si, claro que si…! —La cabeza le daba vueltas, al momento que tomaba otro gran trago de la botella, seguido de un eructo que salió de su garganta—Que vida más bella… —Repetía al mismo tiempo que caminaba torpemente por las callejuelas húmedas y vacías de la ciudad. De pronto dio un vistazo al cielo despejado de la noche —Que luna más clara —dijo mirando a una luna que daba vueltas —. Al parecer los cielos no están de mi lado, que envidia—, el cielo nocturno estaba claro a pesar de la humedad de la noche, parecía mentira, pero la luna brillaba más hermosa de lo habitual.

Una carcajada salió reverberando en lo profundo de su garganta.

Su cara le ardía, haciéndole sentir caliente a pesar de la fría noche, estirando los brazos por ambos lados dio vueltas y vueltas en medio de las calles desoladas y húmedas, mientras tarareaba canciones sin ton ni son, las calles estaban tan solas que no le sorprendería si mirara a un fantasma —, por lo menos me haría compañía —soltó de repente.

Bailó como nunca, al tiempo que sentía su cara húmeda. Solo podía preguntarse ¿Porque salía esa agua salada de sus ojos sin su permiso? La rabia y frustración se apoderaban de ella. Tomó otro gran trago de su botella de vino medio vacía.

—Te quiero Erza —remedó —. No lo olvides —imitó con sarcasmo — ¡Claro que sí!¡ Claro que me quiere…! —soltó entre risotadas. Suspiró temblorosamente…

Se tocó el pecho.

Sentía que le faltaba aire.

En su borrachera no miró por donde iba. Caminando a la deriva solo pudo ver las aguas de la laguna que brillaba bajo el puente curvo.

Se quedo un rato de pie, sosteniéndose de la madera humedecida por la brisa de la noche.

Los caudales de Venecia y los cielos claros…La cabeza de Erza seguía dando vueltas.

—Todo termina aquí ¿no? —se preguntó, al momento que miraba el reflejo de la luna en el lago, su imagen era deforme y borrosa —Al final estoy sola, sin nadie. Sola con mi trabajo. ¿Tú también lo piensas no? Cerca de mis treintas y una solterona —pasó sus manos por su rostro —¿A quien rayos le estoy hablando?— Todo lo miraba borroso, ya no sabía si era por el efecto del agua, la embriaguez o por sus lágrimas. Tomó un rato de silencio para tomar aire y calmarse —me rió de mí misma… —habló un poco más calmada—. Una estúpida que no miró lo que había frente a sus ojos —susurró un poco más sobria—, todo lo quería era que se fijara en mí, amarlo y ser amada, ¿era tan difícil?

“De igual manera no se puede mandar en el corazón”. Pensó.

“¿Habrá una oportunidad más en mi vida para amar?” Se preguntó.

De pronto se vio como un rayo vibraba y brillaba en el cielo, era tan sorprendente que no logro quitar la vista de él, seguido de un trueno. Si hubiera un Dios o algo más, pensaría que me habría escuchado.

—Pensar eso es estúpido —murmuró, todo era por el efecto del alcohol.

Erza retomó su camino dejándose guiar por las leves luces que iluminaban los callejones de la oscura Venecia. Entre el sonido de sus tacones, y el silencio imperturbable, pudo ver una góndola que flotaba en la laguna. Junto a ella había un hombre de mediana edad, de ropas gastadas que silbaba y canturreaba mientras prendía su pipa. “¿ese bote estaba ahí con anterioridad?” “¿Quién era ese viejo?”. Sin darle demasiada importancia intentó ignorarlo, sin mencionar que estaba demasiado cansada como para darle vueltas a la extraña situación.

Iba a ignorarle y seguir su camino cuando la voz del hombre desconocido le llamó:

—¡Señorita! —se giró —Puedo llevarte donde sea a un buen precio, es muy peligroso para una dama caminar tan sola por estos lares —dijo.

La mujer lo miró desconfiada e incrédula.

—Disculpe anciano, no te conozco.

Un rayo y un trueno retumbaron en el cielo, haciendo que respingara.

—Al parecer el cielo no esta de tu lado —dijo el viejo, a la vez que le daba unas cuantas caladas a su pipa “¿la estaba provocando?” —iba a responderle unas cuantas cosas, cuando las luces de las farolas comenzaron a crepitar apagándose una detrás de otra. Seguido de otros relámpagos vecinos que aparecieron sin decoro en el cielo ¡¿Qué carajos?! —algo en esto la inquietó bastante.

El hombre de barbas canosas, ropa gastosa y sombrero algo sucio, le tendió una leve sonrisa.

Al final no tuvo más que aceptar, solo iba a dejar que la noche fluyera sin remedio, total, ¿que tenía que perder…?La verdad a esa pregunta salía sobrando, pero al ver atrás en la oscuridad tan inquietante de recién, y ninguna persona la vista, prefirió quedarse junto a esa inquietante compañía.

Al acercarse el hombre le tendió la mano amablemente, y con delicadeza para que no se cayera al agua por el leve movimiento de la canoa.

Algo apenada no tuvo más remedio que agradecerle, no tenia ni idea del porque estaba siendo tratada así por un extraño, para la próxima no tomaría tanto, ¿esto sería una prueba de que necesitaba ayuda? ¿no tenia la menor idea de quien era ese viejo, pero de alguna extraña manera todo esto en él se le hacía familiar? Negando con la cabeza y pensando que eso era absurdo se tocó la cien que le palpitaba.

—Te vez horrible mujer—habló el hombre después de un rato.

¡¿Qué clase de comentario para iniciar la conversación era ese?!

—Lo sé —le respondió de mala manera.

Estaba ya un rato viendo al cielo y esos destellos azules que refulgían sin parar. Por un momento pudo la luna de un tenue tono azul, ¿tal vez estaba soñando? Era lo más seguro, levantó su mano para tantear, no, no era un sueño ya que sentía todo tan real… Sentía bien la frialdad de la noche.

—Niña no deberías tomar tanto, y mira esos ojos, están muy hinchados, te pareces a un sapo.

—Viejo no quiero hablar, no estoy de humor —soltó quejosa, además no se ni quien rayos eres, ¿Cómo puedes hablarme con tanta confianza? —contestó indignada. Sus palabras se arrastraban.

El hombre simplemente no dijo nada más.

La góndola estaba moviéndose entre el canal, solo la lluvia, y el sonido del anciano moviendo el bote se escuchaban esa noche.

—Mi niña, ese amor desde un inicio no era para ti, algunas veces ese amor se confunde por una necesidad.

—Al parecer eres un anciano bastante metiche, ¿no? —soltó sarcástica —Además… ¿cómo sabes exactamente eso? —Preguntó extrañada. Ese viejo era demasiado raro y misterioso, pero... ¿porque no sentía incomodidad? Eso era lo mas extraño.

El viejo soltó una carcajada.

—Solo se lo absolutamente necesario.

—Si, mi vida amorosa es necesaria para un anciano solitario —descargó indignada.

Un silencio se formó en el transcurso del camino.

—El amor es necesario, el amor mueve las almas, sea un amor desdichado o uno necesitado, todos buscamos la simpleza de esa acción y sentimiento llamado amor—dijo de repente el anciano, dejando que mi cuerpo se crispara.

Una sonrisa maliciosa se formó en sus labios.

—¿Tú que sabes lo que necesito? —Le preguntó a la defensiva.

El hombre solo asintió sin darle importancia.

Erza observó sus alrededores.

—Siento que ha pasado bastante tiempo, ya deberíamos haber llegado hace bastante.

—Tranquila —dijo el hombre, señalando al frente —ya estamos llegando —dijo, y a lo lejos se miraba una luz parpadeando sin descanso.

—Demasiado oportuno —murmuró extrañada.

Al llegar bajó a trompicones del pequeño bote, sin necesidad de que el anciano canoso y misterioso le ayudara.

—M-Muchas gracias… —agradeció, tampoco iba a ser grosera con el hombre.

—No hay de que —dijo quitándose el sombrero en cortesía —Puedes decirme Güido para servirle — Para seguidamente ver en dirección a su hogar —. Al parecer las extrañezas te persiguen señorita Erza —dijo asintiendo en su dirección.

La mujer se giró con el ceño fruncido para ver a que se refería.

Frente a su puerta estaba la figura de una persona que brillaba de manera extraña, acostada en su pórtico. Un hombre desnudo, luminoso y pálido estaba desmallado frente a lo que ella conocía como su hogar. Esa noche estaban pasando cosas que no podía explicar, el viejo extraño y ahora esto. ¿Qué demonios estaba pasando?

Alarmada caminó hacia la figura inconsciente

—¡Oye, joven! —exclamó preocupada, el chico que se hallaba inconsciente no respondió cuando ella le dio un leve golpe en la mejilla, para ver si reaccionaba.

Su cuerpo había dejado de brillar, lo que le hizo pensar que seguro fue un espejismo y engaño de su mente por la evidente ebriedad. Rápidamente palpó su pulso.

—Al parecer está bien —soltó un suspiro de alivio. Al parecer no tenía ningún problema, solo se había desmayado. Miró bien su pálido rostro similar a una estatua de mármol, en sus brazos y cuello creía haber visto líneas similares a los tribales que ella tanto conocía. Se quitó la gabardina húmeda para colocársela al chico, lo menos que podía hacer era taparle. Examinó bien su cara, esa cara se le hacía de una extraña manera familiar.

Sacó su teléfono, pero este estaba apagado.

—¡Maldición!

Sería bueno que lo dejaras descansar en tu casa—. Escuchó decir al hombre que estaba detrás suyo. Su voz la alarmó, el hombre le hablaba con una extraña tranquilidad mientras miraba la escena única.

—Anciano… —Erza iba a decir algo, pero el hombre se le adelantó.

—Está bien yo te ayudo —sus cejas se inclinaron —el viejo se inclinó —solo está dormido, sería bueno que primero lo llevaras a tu casa.

No supo que decirle estaba confusa y su cabeza no analizaba bien las cosas.


II


Vivía en una estrecha colonia de Venecia que conectaba con los puentes.

La mujer algo cansada y nerviosa por toda la situación buscó las llaves en la gabardina negra que le había colocado al joven, que no podía ser más mayor que ella. Logró abrir la puerta, dejando que de ella saliera un crujido.

El anciano recostó al joven en el sillón acojinado, no sin antes tener ella que despejar todos los artículos de pintura, libros, ropas y otras cosas del lugar. El apartamento era chico, y se veía más pequeño por lo abarrotado que estaba de pinturas y oleos por todo el suelo y las paredes. Las hojas de dibujo descansaban sobre la mesa y el suelo, las ropas y todo lo demás estaba desperdigado por todo el lugar, el olor a oleo y libros viejos flotaban en el aire, era una escena pintoresca pero bastante desordenada.

—Creo que necesitas darle un retoque de limpieza a tu hogar —, dijo el hombre mayor llamado Güido.

Solo pudo asentir mientras acomodaba lo que podía con torpeza. Estos días tenía que entregar un trabajo y no había tenido tiempo de ordenar la casa.

—Bueno anciano, todo lo que puedo hacer es un poco de café… —La mujer se volvió para verlo, pero no había nadie ahí, solo estaba la brisa fría que entraba por la puerta.

Con un suspiro, se quedó mirando su estancia, miró con ojos cansados al joven inconsciente, a la vez que caminaba con pasos cansinos a la entrada, podia sentir la brisa helada. Cerró la puerta lentamente.

—Tengo que darme un baño —Sí, eso necesitaba. Con pasos lentos y pesados de dirigió a la regadera...

Lo necesitaba como nunca, remojó su cabeza y cuerpo. Después de un buen baño, su cabeza estaba mas clara y despejada. Cuando salió del baño con la bata puesta secándose los cabellos negros y lacios, caminó por su estancia, quiso echarle un vistazo al joven, donde lo había dejado, pero el lugar estaba vacío.

Se alarmó.

Por un segundo pensó que todo eso fue producto de su imaginación, pero eso fue descartado cuando vio al chico todavía desnudo frente a una de sus pinturas.

La gabardina estaba tirada en el suelo.

Pudo echarle una ojeada de una manera casi descarada, el baño de alguna manera no le había quitado los efectos del licor, se sentía algo caliente, sus mejillas ardían sin explicación alguna. Ese joven era como una escultura casi perfecta, su cabello castaños y rizados caían sobre sus hombros.

La mujer se dirigió hacia el lentamente, al momento podía ver que de su cuerpo surcaban marcas de tribales casi transparentes, que se notaban por la leve luz de las lamparas de la habitación.

El joven sin percatarse de ella alargo su mano, para tocar la pintura que había captado su atención. Pero Erza lo detuvo antes de que lo hiciera.

—No la toques.

El muchacho se giró para mirar a su persona, sus ojos eran de un azul ambarino, hermoso e irreal, sus labios tentadores contrastaban a la perfección con su nariz. Tragó grueso, era un pecado saber que existía un ser tan hermoso y perfecto.

Sus párpados caían casi de manera cansina, siendo opacados por sus pestañas.

La mujer de cabellos negros y húmedos párpadeo para mirarlo con más atención, sí… un ser así no debería existir. Miró la pintura que estaba frente a él. Su mirada era incrédula, retrocedió un paso, ya que su respiración no acompasaba con los latidos de su corazón.

—¡¿Qué…?!—Exclamó — Miró de nuevo al joven de belleza cegadora y luego a la pintura nuevamente.

Antes de reaccionar, el chico se le abalanzó encima.

—¡Mi diosa, eres tú...! —Afirmó para luego abrasarla.

Estaba sin habla.

Solo pudo hacer silencio y mirarlo, a ese ser tan similar a una pintura perfecta.

¿Qué demonios estaba pasando?

Se rió incrédula, sin percatarse que sus risas se mezclaban con el temblar de su corazón.


III


Estaba haciendo la cama de visitas, mientras el joven estaba tomando un baño. Solo pudo cambiar las sabanas por unas limpias. Buscó en su armario ropa que pudiera quedarle, entre la búsqueda pudo encontrar una muda que Augusto, su "amigo" había dejado en una de sus quedadas nocturnas. No tuvo más que agradecer en esta ocasión que dejara ropa extra.

En muchas ocasiones pensó en tirar su ropa a la basura, pero al parecer le daría un uso.

La situación actual era tan irrealista…

Erza no tenía antecedentes de su niñez, se crío en un orfanato hasta cumplir la mayoría de edad, desde muy chica no conoció nada más que el amor por sus pinturas.

— Pinturas ¿he? —sonrió con tristeza.

En la universidad conoció a Augusto, con ese aire misterioso y triste. Los dos entablaron cierta amistad que se fue formando con el paso de los años, Augusto tenía sus secretos y ella igual, pero creyó que, con el paso de los años, su relación se formaría a algo más, pero no fue así…

—Diosa… —dijo una voz detrás de ella. El hombre tenía una toalla sobre su cabeza, pero seguía desnudo.

Sentía que en cualquier momento su cordura saldría por la ventana.

—Ponte esto — dijo ofreciéndole la ropa, su voz se escuchaba entrecortada.

Cuando sus manos se rozaron, el ambiente se cargó de tensión. Sentía que no podía respirar.

—Ponte esto y… Se alejó lo más que pudo—puedes dormir aquí —dijo ya en la puerta.

Ya fuera soltó una bocanada de aire retenido.

Su corazón estaba tensado, palpitando de una manera descontrolada. Fue al salón para tomar un trago seco de whisky, lo necesitaba.

Después de calmarse un poco pensó en algo muy detenidamente; cada una de sus obras tenía su historia y nombre enmarcado muy suavemente. Pero solo una era más que especial. Sus dedos se posaron sobre una en específico.

El fantasma del lago.

Era el título de su obra inacabada, un joven que buscaba a su amada sin descanso. Cumplía deseos de amor, pero su condena era no conocer nunca a su amada.

La pintura de un joven fantasma cubierto de marcas tribales que brillaban en las noches de luna azul. Mientras le lloraba a esta.

Era la representación de su soledad en sí.

Solo esperando… su cabeza daba vueltas meditando eso último.Para tomar otro trago con fuerza. Caminó a pasos firmes, para detenerse frente a la habitación.

Su corazón estaba desbocado. Respiró profundo, para seguidamente abrir la puerta lentamente. El joven con ropas puestas miraba a la ventana. Al escuchar la puerta abrirse se volvió para mirarme.

La claridad de la noche hacía que de su piel resurgieran las marcas de su cuerpo, sus brazos y cuello brillaban con esas hermosas marcas de colores místicos.

—Lo sabía, eres tú —formuló con voz ahogada —no eres real…

—Escuché que me llamabas, te estuve buscando siempre, dijo mientas extendía su mano hacia mí. Su sonrisa causaba que se hundiera en un sentimiento inexplicable.

Se acercó a él para tocar su mejilla, a lo que el chico solo respondió cerrando los ojos en felicidad. Erza sintió como todas sus marcas comenzaban a surcar en ella.

“Déjalo fluir…” Este sentimiento, de alguna forma dolorosa, era placentera. Deseaba que fluyera, que la consumiera...

Sus ojos la consumían en una pasión casi dolorosa.

— Mi Haya— murmuró la mujer.

El chico le respondió con una sonrisa, inclinándose al punto de casi rozar sus labios. Ambas figuras brillaban, como polvo lunar, mezclada en una realidad que solo era real para ellos. Erza se dejó llevar por su beso. Un beso místico, único. Un beso que era como un trago de agua bendita. Que la consumió al punto del éxtasis. De una de agridulce felicidad anhelada.



—Sera una noche larga— mensionó el viejo que descansaba en su góndola, a la vez que fumaba su pipa.


Una noche que sería eterna…


IV


Tres semanas después los pasos de un joven sobre el suelo viejo y manchado por la pintura, caminaban invadiendo la propiedad.

— ¿Qué necesita joven? —el joven de cabellos oscuros miró extrañado al viejo que le hablaba.

—Solo estoy buscando a una amiga, hace tres días que no me contesta el teléfono —contestó el hombre. Era raro, todo su departamento estaba intacto.

—Me apena decirlo, pero la joven que vivía aquí se marchó.

—¿Cómo? —preguntó, incrédulo. Eso era imposible.

El hombre se encogió de hombros.

—Quien sabe una noche se fue y nunca volvió.

—Disculpe señor, pero Erza no haría una cosa así nunca.

—Al parecer, no conocía mucho a esa gran amiga tuya —el viejo sonrió —preocúpate más por ti.

Augusto le tendió una mirada fría. Para darle la espalda y marcharse.

—Salúdame a tu hermana —, asombrado, se volvió. Para no encontrarse a nadie.

—No es mi hermana es hermanastra —, mencionó con los ojos oscuros y fríos.

Al final, Augusto pudo percatarse de algo extraño, la pintura que Erza siempre había conservado con los años, estaba de algún modo distinta. Era muy diferente, no pudo más que sentirse desconcertado e inquieto, además de que ese viejo le puso nervioso.

La figura de dos amantes en la laguna, y el nombre de la obra completamente distinto.

Los Amantes del Lago.

Cada una de sus pinturas era como una historia contada, ¿Erza que demonios te paso?

Y al lado de esa pintura había otra que decía, El Navegante de Venecia.



11. April 2020 10:18:50 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Tania Zúñiga Disfruten de mis historias, así como yo disfruto escribirla para ustedes.

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