rgmendezr Raúl Méndez Rodríguez

Una exploración de los temas elementales de la existencia humana.


Spirituelles Alles öffentlich.
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I

M. solo quiere una pastilla para el dolor de cabeza. Nada más. Podría haberla comprado en una farmacia de camino a su casa. Sin embargo, no sabe cómo, ahora no es opción. Se encuentra esperando en una sala fría y triste. Esperando algo que no sabe muy bien lo que es. No recuerda cómo llegó hasta allí. Un momento antes salió de su trabajo. Largo día: lleno de llamadas y conflictos. Ayer despidieron al gerente y le tocó reemplazarlo mientras contratan uno nuevo. Le ofrecieron el puesto, claro, pero lo rechazó. No dio motivos. Pidió las disculpas y fue todo. En la sala de espera hay cuatro filas de sillas. Doce sillas por fila. Con un pasillo al centro. Tuvo tiempo de contarlas. No está solo: hay un hombre sentado en la segunda fila y tercera silla de derecha a izquierda. Cabello blanco, escaso. Con ropa celeste de paciente de hospital. Tal vez duerme. O espera, con los ojos cerrados, en una posición única y lastimera. Al frente hay una ventanilla de atención que se mantiene tapada con una cortina azul. Hay un timbre a su derecha, señalado con un rótulo de fabricación improvisada. Adelante y a la izquierda de la sala hay una puerta que lleva a la salida. A la derecha, dos puertas: una da al consultorio de algún doctor; la otra, cerrada con seguro y un poco más grande, lleva a un pasillo. Hace frío. Atrás de las sillas hay ventanas grandes, con celosías arriba que dejan entrar la brisa. Es de noche. Afuera no se ve nada. No se escucha nada, ni un carro. Adentro huele a limpio, a desinfectante, a sala de hospital. Lleva allí algún tiempo y nada ha sucedido. Arriba de la ventanilla de atención hay un televisor viejo y grande, encerrado en una prisión de metal. Está encendido, pero solo se ven rayas blancas y negras. No hace ruido. En la sala, a la derecha de M., de vez en cuando, una de las luces parpadea. Le han dicho que espere sentado. Pero quizá si toca el timbre de la ventanilla alguien le atienda. M. se levanta, camina de lado entre las sillas y sale al pasillo central. Avanza hasta el timbre. Alza la mano para tocarle, no obstante, lee una advertencia apenas visible que dice: «Tocar solo en caso de emergencia». Duda y decide que es mejor esperar. Regresa y se sienta en la sexta silla de derecha a izquierda, de la primera fila. Aguarda algún cambio. Mira todas las puertas: parecen incapaces de ser abiertas. Quizá debería irse. En la bolsa delantera del pantalón anda el puño de llaves. Trece llaves y de cada una sabe exactamente la puerta que abre. La cuadrada es la del auto. Blanco, elegante. En eso escucha por fin un ruido. Alguien camina hacia la sala. Una mujer habla mientras avanza. Un hombre se queja. Parece viejo. Entran por la puerta de la izquierda. El anda apoyado en ella, con su brazo derecho sobre el cuello de la mujer. Parece desorientado. La señora busca ser atendida de inmediato. Se acerca a la ventanilla. «Ya, ya, mi amor. Ya casi lo curan»», le dice al sujeto mientras avanza. Toca el timbre, pero este no suena. Toca varias veces. El hombre apenas se mantiene en pie. Nadie corre la cortina azul. «Aguante mi amor, aguante», murmura la señora. M. siente que debe ayudar. La mujer toca en timbre otras veces: parece descompuesto. Entonces alguien corre la cortina azul lo suficiente para echar una ojeada. Dura menos de un segundo. Se esconde de nuevo. «Aguante mi amor». En eso suena el seguro de la puerta de la derecha, la que da al pasillo. Es un seguro eléctrico. Pasan unos instantes y luego sale un enfermero con una silla de ruedas vacía. Viene vestido completamente de blanco. Se acerca y la mujer se quita el brazo del hombre del cuello. Y entre ambos, la mujer y el enfermero, le sientan. M. les observa. Le suben los pies a los soportes y le ponen las manos sobre las piernas. El sujeto no parece enterarse de nada. Una vez listo el enfermero le da la vuelta a la silla y se lo lleva. La mujer los sigue. Pero, antes de entrar al pasillo, le hace un gesto impidiéndole seguir. Le ordena que tome asiento. La mujer hace lo que se le pide. Se sienta en la segunda silla, de derecha a izquierda, de la primera fila. Detrás de ella está el viejo con la ropa de hospital. No se ha movido, ni ha abierto los ojos. La mujer se ve claramente alterada. Hasta entonces mira a M. «Va a estar bien», le dice ella como si M. se le hubiera preguntado. O quizá solo quiere convencerse sola. Pasan algunos minutos. Silencio. M. comienza a alterarse. Quiere irse. Entonces se abre la puerta del consultorio. Un hombre con una bata blanca se asoma y dice: «Martínez Ferreto». Lo leyó de una tablilla como si anunciara el ganador de alguna rifa. Se volvió a meter al consultorio, pero dejó la puerta abierta. Pasa un momento y vuelve a salir, ahora sin la tablilla. Tiene un estetoscopio en el cuello. Cabello corto y negro. Cejas pobladas. Ojos, nariz y boca como pegados, demasiado juntos. Y cuerpo grueso, notablemente trabajado con algún tipo de ejercicio. Se acerca a la mujer y le dice: «¿Martínez Ferreto?». Ella responde que no con la cabeza. Mira entonces a M. y él también dice que no moviendo la cabeza. No quedando más que el viejo dormido, el doctor se le acerca y le mueve por el hombro. «¿Martínez Ferreto?». El viejo, saliendo del sueño, murmura tartamudeando: «Martínez, sí, soy yo». Le ayuda a pararse, salen de las sillas y avanzan a paso de tortuga al consultorio. M. se alegra: pronto será su turno.

3. April 2020 15:55:40 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Gin Les Gin Les
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April 04, 2020, 21:21
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