dissentproducer Oscar M. Jordan

Mildred es ahora una mujer que regresa a su antiguo hogar después el fallecimiento de su madre, las noches dentro del que pensó por años ser, su lugar seguro, se torna desesperante y tétrico, los secretos de su familia repercuten en su vida de retorno y descubrirá el sentido de sus sueños frente a los ojos de quien fuera parte de sus peores pesadillas.


Horror Geistergeschichten Alles öffentlich.

#buja #noche #la-ultima-noche #oscar-m-jordan #dissent #cuento-corto #casas #brujas #cuentos-de-terror #terror #miedo
Kurzgeschichte
0
1.6k ABRUFE
Abgeschlossen
Lesezeit
AA Teilen

LA ÚLTIMA NOCHE

Detrás de esa puerta sé que hay algo o alguien, no puedo precisar qué o quién exactamente, pero no es bueno. Desde que tengo uso de razón jamás había ocurrido nada siquiera parecido a lo que estos últimos fines de semana que he vuelto a este lugar triste. Cuando era pequeña solía correr por todos los pasillos de esta casa, el tapis me recordaba mucho al estilo clásico de los años cincuenta, mi padre siempre adoró la música y el estilo que los bañaba de distinción, intentó por muchos años explicarme la razón de cada detalle aquí adentro el porqué de todos los cuadros colgantes en cada uno de nuestros muros. Madre y yo nunca fuimos buenas para capturar la atención que él buscaba en nosotras, algo me carcome los pensamientos y soy yo la que me repito una y otra vez; «debiste haberle escuchado, Mildred, quizás tendrías alguna maldita idea de qué es lo que se esconde detrás de esa puerta».

Durante el verano del 2010 mi padre deliraba adherido a una cama de sábanas blancas en la habitación que sigue por el mismo pasillo de dónde estoy justo ahora, miré cómo mi madre le recostó la nuca sobre una almohada recién lavada que ella preparó para él únicamente. Por el rabillo de la puerta a medio abrir y postrando el oído sobre el borde de la cerradura logré escucharlas; las últimas palabras de mi padre hinchado y sin mucho más oxigeno que respirar. «Guarda todo dentro del pequeño cuarto, tengo miedo, mi amor», dijo él aquel día frente a mi madre. Cuando sus pequeños ojos azules se escondieron detrás de sus parpados morados mi madre rompió su corazón hincada de lado a la orilla de la cama recién limpia y cómoda, no habló conmigo jamás al respecto incluso cuando ella murió tantos años después en tiempos que me traen de vuelta a mi antigua habitación en el presente, pero todos los cuadros y adornos, ese mismo año 2010, con los que alguna vez llegó mi padre a casa los acumuló dentro de ese cuarto, del mismo que he escuchado estos bruscos golpes y leves susurros que me hielan la sangre.

Son las once y cuarenta de la noche y he apagado todas las luces del que fue alguna vez mi hogar, intentar comprender mejor a mis padres después de una infancia confundida sólo lo empeoró mil veces más, estoy segura de que lo que esté allá adentro no es algo que conozca, esta sigue siendo mi casa y me reencuentro de nuevo con ella por el fallecimiento de mi madre recién. Decido que es hora de intentar dormir después del estrés del que temo acostumbrarme y levanto las sábanas de mi cama para recostar mi cuerpo sobre ella, el silencio del barrio puede sentirse en el cántico de un único grillo que debe encontrarse por allí en algún lugar de entre los arbustos o el gran árbol de afuera. El corazón se me acelera tanto que siento que pude escaparse de mi pecho en cualquier momento, la ansiedad está presentándose quitándose el sombrero de copa alta anunciando su magnificencia en los pensamientos míos que se repiten cada noche; «Pronto darán las doce y todo comenzará de nuevo, ese maldito ruido, esa maldita voz anciana y ronca».

―Mildred, por el amor de Dios ―me digo en un intentó vano y ridículo de calmar mi pánico.

Me doy cuenta muy tarde que mis manos se adueñan con fuerza de las sábanas blancas, no quiero volver a escuchar nada, pero sé que lo haré. Son las once con cincuenta y mi estupidez me gana la batalla; quiero abrir la puerta, quiero levantarme de donde estoy y mirar dentro de ella, aquella voz anciana me lo pide como si la vida ―de tener alguna o lo que sea parecido a una― se le fuera en ello, lo implora sufriendo y me parece familiar, siento que la conozco, pero no encuentro la relación que me permita saber de quién se trata.

Son las doce en punto y mis pies están de vuelta tocando el tapete de lana viejo, pero bien conservado, logro escuchar el picaporte de la puerta de almacén ya, está volviendo a intentarlo, pero yo tengo la llave, yo sé dónde está. Salgo de mi habitación descalza sin más que una blusa de color azul que hacen juego con mi short del mismo color.

La puerta azota con su propio marco forzando la cerradura que, hasta ahora, siento que tiene la misma fuerza de un titán al tolerar semejantes golpes desesperados. Aquí viene de nuevo, maldita sea, sé que estoy apunto de escuchar.

Mildred… ―me habla la voz vieja y ronca dentro.

Es la primera vez que estoy frente a la puerta desde tan cerca el pecho siento apunto de explotarme en mil pedazos.

―¿Qué es lo que quieres? ―pregunto con la voz cortada inspirando pánico por el espacio.

Tan solo quiero que abras la puerta.

Había escuchado mi nombre salir de la ¿boca?, de esta mujer, no sé que es lo que sea, pero escucharla tan cerca me significa poner uno de mis sentidos con aquello que desconozco y que mi padre tanto me contó y advirtió.

―No lo voy a hacer, ¿qué maldita sea eres y porque estás en mi casa?

Mi pequeña Mildred, me conoces muy bien…

Esta cosa no tiene razón, su voz me es familiar, pero jamás viví nada como esto en toda mi vida ni de pequeña que es cuando uno podría creer ser más sensible a ciertas cosas del mundo o una realidad oculta y oscura, peligrosa y emanante del miedo puro a través de los sentidos del propio ser.

Miré cómo creciste, conocí a tu padre, él fue quien me invitó a pasar, no lo recuerdas porque tu joven madre estaba embarazada de ti, pero yo lo recuerdo, cariño.

Suena tranquila y persuasiva, pero no voy a caer, su violencia desesperada de días atrás no me dice nada que sea bueno, ni de cerca por lo menos. El miedo me tiene sujeta a los barrotes de madera limitando el pasillo del primer piso.

Naciste siento una pequeña regordeta…

Así me llamaba mi padre…, el pánico pareciese nacer desde mis entrañas y ser expulsado mil veces más fuerte desde mi propio sudor al escuchar esa maldita voz.

―Jamás te conocí, jamás te vi…

Creciste y cuando subías corriendo las escaleras escapando del regaño de tu madre el día de su cumpleaños me miraste por primera vez, lo recuerdo como su hubiese ocurrido ayer, tus pequeños e inocentes ojos brillaron frente a mí y me diste el permiso de mirarte a ti. A partir de ese día jamás volviste a subir las escaleras igual.

Mis ojos por poco salen de sus cuencas al por fin recordar, acompañada de un escalofrío que puedo jurar es perpetuo, la pintura favorita de mi padre, aquel recuadro del que podía distinguirse casi perfectamente y con detalle a una mujer de años acumulados seca y sin expresión alguna, recuerdo perfectamente aquel día, mi padre me perseguía por la planta baja de la casa buscando cazarme para darme el peor regaño de la vida, subí las escaleras y la miré, tan seria, arrugada y tétrica, mamá siempre me dijo que fue una mujer muy bella y que el tiempo la obligó a hacer cosas malas, fue mi padre quién una noche se le ocurrió llamarla Ágata, la bruja de los sueños.

¿Ágata? ―no tuve que pensarlo ni considerarlo para preguntar, mi racionalidad se perdió hace semanas.

Pequeña Mildred, soy yo… Te dije que pronto volvería a verte.

Yo la soñaba, todas mis pesadillas se las dediqué a esa mujer pintada en oleo viejo mirándola sentarse en la mecedora de mi abuelo que conservaba mi familia mientras tomaba mi mano y acariciaba mi cabello llorando mares de pena implorando su propia familia, una pequeña que fuera su hija para siempre. «Guarda todo dentro del pequeño cuarto, tengo miedo, mi amor» recuerdo decir a mi padre agonizando y ahora sé que, aquellas veces que le conté lo que soñaba y lo que escuchaba de esa mujer, siempre me creyó escondiendo su propio temor detrás de pequeñas frases desvirtuando un sueño y por último detrás de una puerta cerrada con llave para siempre. Incluso así ahora parece jamás haber funcionado; ella vendría por mí.

El picaporte giró más de lo que debería y el seguro cedió a la voluntad de la mujer de aquel cuadro maldito, veo el umbral de la puerta despidiendo no más que polvo y la oscuridad más profunda que jamás miré.

¿Vienes, mi pequeña Mildred? ―escucho de nuevo de entre la oscuridad, y mis pies parecen obedecer.

Estoy caminando sin querer hacerlo, mi cuerpo cede a la voluntad de una mujer de rostro bañado de maldad, pero no puedo hacer por nada, mi ser grita hasta lastimarse la garganta, pero no logro emitir sonido alguno, estoy a punto de entrar a aquel cuarto frío, sucio y lleno de mil y un objetos viejos y malolientes cuando sólo entonces logro mirar sus manos invitándome a pasar con un abrazo endemoniado. Sus ojos brillan dentro del cuarto y no puedo evitar comenzar a llorar; me he quedado sin un padre y sin una madre, no lo escuché, pero ahora lo sé, tan solo eso era lo que había estado esperando durante tantos años con la paciencia que sólo un ser como esa horrible mujer puede tener.

Ahora soy suya; por fin le pertenezco.

Así es, mi niña ―es lo último que escucho de ella burlándose de mí a sabiendas que puede saber con lujo de detalles lo que sea que pase por mi cabeza con una carcajada satisfactoria antes de sentirla en mis manos y de por fin mirarle la cara con una serie de cueros de piel colgantes.

La puerta junto con el cuerpo de Mildred se cierra dejando escuchar un azote colosal seguido de una serie de carcajadas enérgicas y espeluznantes que inundaron el ambiente de aquella noche para abrirle paso al perpetuo silencio que los muros habrán de guardar hasta el fin de sus días.

21. März 2020 03:48:51 0 Bericht Einbetten 3
Das Ende

Über den Autor

Oscar M. Jordan Autor de #MientrasEstésConmigo, #LaPrimera, y "ElJuguetero" 📚 Estudiante Fan de la música country🎶

Kommentiere etwas

Post!
Bisher keine Kommentare. Sei der Erste, der etwas sagt!
~