andres_dm Andrés D.

"Es curioso cómo a veces el miedo se adhiere a la piel y a la memoria…" Este es un aterrador relato sobre los traumáticos sucesos ocurridos a un campesino. CUENTO PUBLICADO EN LA REVISTA DIGITAL "MUNDO DE ESCRITORES" NO. III © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 2020. No reclamo ningún derecho sobre la imagen original utilizada. Todos los derechos van para el autor(a) original de la misma.


Horror Alles öffentlich.

#borrachos #alcohol #suspenso #horror #aves #terror #pueblo #cerro #bruja #mujer
Kurzgeschichte
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Un relato siniestro


Dedicada a los mitos y leyendas

del pueblo de Atarjea, Guanajuato,

así como al rico folclor mexicano.


Es curioso cómo a veces el miedo se adhiere a la piel y a la memoria… Ese hecho de que, existen cosas que nos provocan escalofríos, llevándonos hasta los momentos más atroces que alguna vez vivimos, vimos u oímos, así como si tiraramos del gatillo de un revólver.

Hace unos días acompañé a mi abuela Matilda a un mercado local para comprar hojas de elote y masa de maíz para preparar tamales, estábamos en vísperas del Día de la Candelaria. Por ahí, entre el jolgorio del tumulto, entre el bullicio de las pláticas y regateos, y el genterío que iba y venía con bolsas llenas de mandado, paseamos las dos curioseando entre los coloridos puestos llenos de chácharas, imágenes de santos, frutas, verdura, guisos e incluso otros donde se vendían también animalitos. Ya cuando nos íbamos, ambas cruzamos frente a un montón de jaulas donde se exhibían pollitos, gallinas, gallos, patos y guajolotes.

Mi abuela se detuvo en seco, choqué con ella y casi se le cayeron las bolsas que cargaba cuando vio, entre todas las aves, a un guajolote azabache que graznaba roncamente, haciendo callar al resto de las aves. Cuando la miré, noté en su rostro una mueca de terror que nunca antes había visto en sus tiernas facciones. Ella recobró la compostura tras pocos segundos y seguimos andando. Luego de unos minutos llegamos a casa y nos apuramos a preparar los tamales. No pude evitar preguntarle qué había ocurrido.

—Ay, hija… Me da mucha pena contigo —dijo mi abuela mientras comenzábamos con nuestra labor—. Es solo que recordé algo hace rato cuando vi a ese animal… Te quiero contar una historia, pero te pido que sea nuestro secreto porque nadie más debe saber de esto. —Asentí con la cabeza y me dispuse a oírla—. Se trata de algo que le pasó a tu difunto abuelo Artemio. Dios lo haya perdonado… Fue lo peor que le sucedió en vida, algo que lo amargó para siempre y le causó un remordimiento que se llevó con él hasta la tumba.

»Sucedió hace casi cuarenta años, poco antes de que nos mudáramos aquí a la capital. Él y yo nacimos y vivimos hasta ese entonces en Atarjea, un pueblito rural, donde todos los hombres se dedicaban a la crianza de animales y a la siembra de las milpas en los montes que rodeaban el valle; las mujeres nos dedicábamos a la casa y a cuidar a los hijos. Yo tendría casi veintidós años y Artemio, treinta. Estábamos en flor, pero él bebía mucho… Se pasaba los días enteros con su compadre, un fulano llamado Melesio Gaitán. Ambos eran muy unidos, casi siempre se embriagaban juntos.

»Si algo había en el pueblo que uniera a los hombres, esos hombres de campo curtidos y cerrados como el caparazón de los armadillos, ese “algo” era la bebida. Artemio y Melesio se emborrachaban juntos porque solo así se abrían el uno al otro para contarse sus pesares porque, allá, en los cerros donde vivíamos, las carencias y las tristezas sobraban, pero los hombres no sabían cómo desahogar sus dolores sino bebiendo. Ese ejemplo les habían heredado sus padres y abuelos desde siempre.

»En ese entonces, Artemio era un canijo —indicó mi abuela sin levantar la vista de las hojas de elote remojadas con las que envolvíamos los tamales—, ya llevábamos varios años de casados, pero a él se le hacía fácil irse a bailar con muchachas de otros pueblos… Yo no le decía nada. No podía. A las mujeres nos prohibían quejarnos, así nos educaban… Era “nuestra cruz”.

»Pero como te decía: una tarde venían los dos ya muy ebrios desde un pueblo bastante retirado. En el camino se encontraron con una muchacha muy bonita, flaquita y de trazas muy finas que llevaba un huipil blanco como las nubes y tenía los ojos claritos. Eso me lo explicó Artemio —aclaró—, pero no fue por cinismo. ¡Ay, hija! ¡Te juro que me hubiera hervido la sangre de celos y del coraje cuando él me lo contó aquella vez al volver a la casa...! De no ser porque me lo dijo llorando de miedo.

»Cuando ellos la encontraron, la extraña les pidió que la acompañaran de vuelta a su casa que, según ella, quedaba atrás de unas lomas, no muy lejos de ahí, pero le daba miedo porque ya casi oscurecía y había que caminar casi una hora para llegar, cruzando por varios senderos entre los cerros, y le daba miedo que alguien le fuera a hacer algo. Melesio, que era mañoso con las mujeres, enseguida dijo que sí, y Artemio, aunque según él “tuvo sus reservas”, se dejó convencer porque la muchacha se le empezó a insinuar, a abrazarlo, disque se le arrimaba, casi que restregándosele en la piel para tentarlo… ¡Ay, si no sabré yo cómo era mi marido cuando bebía! Él no era ningún santo, hija. Pero no se merecía lo que le pasó a él y a su compadre.

»Los dos siguieron a la mujer, aún caminando chueco por el pulque que traían en la sangre, entre risas y besos que ella les robaba, primero a uno y luego al otro. Se enfilaron rumbo a la loma donde ella les había indicado, en esas sendas silenciosas, rodeadas de pencas de maguey, de huizaches, de arbustos espinudos y de nopales.

»Ay hija… —suspiró entonces, sentada a la mesa conmigo; se limpió las manos en su mandil para darse un descanso, puso una cara muy seria y prosiguió—. Artemio me contó que cuando estuvieron muy arriba del cerro, donde disque ella vivía, no había allí ni casa, ni jacal, ni cabaña, ni nada. La muchacha se empezó a reír como loca, parecía que se burlaba de ellos… Y estos se quedaron casi que muertos de miedo porque la mujer ya no hablaba, sino que gritaba cosas que no estaban dichas en lengua cristiana. De repente la vieron más vieja, mucho más fea. “¡Su voz, Matilda! ¡Había algo en su voz!” repetía Artemio llorando cuando me explicó todo…

»Y luego de eso, la mujer, según ellos tan guapa, ¡se les encueró ahí, en medio del monte! Pero no le vieron ni piernas, ni panza, ni nalgas, ni chiches, ni nada, ¡era toda plumas! ¡Estaba hecha de manojos y manojos de plumas! De la mujer no quedaban sino las prendas porque frente a ellos revoloteaba un guajolote negro, grandísimo, que les brincaba encima para lanzarles picotazos y rasguñarlos con sus garras, sacudiendo sus alas y graznando furioso…

»Artemio y Melesio estaban que se los llevaba el miedo, sacaron sus herramientas de la milpa para intentar defenderse: el animal ese volaba y volaba, se les aventaba encima, con coraje, casi que con odio, y mientras el compadre trataba en vano de cortarle la cabeza al pajarraco con su guadaña, fue tu abuelo quien logró asestarle varios chicotazos al guajolote con su machete. Mi pobre Artemio me dijo, “Por Dios, Matilda ¡te juro que nomás vi volar las plumas negras y la sangre salpicando…! Pero esa bestia no se moría. Estaba ya sin alas ni cabeza ¡pero aún pataleaba!”

»Y así le siguió dando golpes con el machete, tan fuerte como pudo, desesperado porque pensaba que aquello era cosa del diablo… Y así le dio, recio, hasta que se cansó y vio que el demonio ya no se movió más. Me dijo que los ojos negros del guajolote voltearon a verlo, esa cabeza sin cuerpo, y le encajaron una mirada rabiosa. Entonces él se desmayó del susto.

En ese momento ya me sentía bastante nerviosa al escuchar a mi abuela, aunque ya conocía varias de sus historias de aparecidos, brujas y fantasmas. Iba a preguntarle algo cuando me dijo:

—Ahí no acaba la historia, hija. Eso no fue lo peor. Artemio se despertó varias horas después, cuando el nuevo sol le caló en los ojos. Se levantó y miró alrededor: no vio más que montañas extrañas y valles raros, todo estaba en silencio, como si allá no hubiera más vida que la suya. Supo entonces que estaba entre un montón de cerros que no conocía… ¡Anduvo caminando por horas, sin darse cuenta de que se había encontrado con una bruja disfrazada de mujer que los perdió a él y a Melesio!

»Entonces se acordó de su compadre, no lo veía por ningún lado. Empezó a buscarlo por todas partes, todavía con el machete en la mano. Y lo encontró… a varios metros de donde estaba. Lo vio tendido: ahí estaba su compadre, lo que quedaba de él, en medio de esas hierbas batidas de sangre. No había ningún guajolote negro destazado. ¡Era Melesio, Artemio lo había matado!

»¡Ay, mi pobre Artemio…! —comentó afligida, mientras a mí se me hacía un hueco en el estómago por el temor—. Al pobre lo engatusó esa bruja y eso le costó muy caro. Le costó su mejor amigo. Del pobre Melesio nomás quedaron los retazos.

»Después de mucho andar, Artemio supo volver a casa, de puritito milagro, podría decirse. Cuando llegó a la casa me contó todo y me pidió que no dijera nada. Después fue al pueblo y allá le dijo a la gente que una bruja había extraviado a Melesio. Los buscaron harto tiempo, pero jamás hallaron sus restos porque él los condujo por otros caminos y nadie nunca llegó tan lejos. Después de eso, nos vinimos a la capital.

»Tu abuelo nunca volvió a ser el mismo después de eso… ni yo tampoco. Nadie de mis muchachos lo sabe, ni siquiera tu mamá, hija. Y desde entonces traigo este miedo, este horror… bien pegado bajo la piel, guardado, envenenando mi sangre —dijo mi abuela Matilda, casi temblando del miedo, al concluir su macabro relato.



Nota: esta historia fue escrita entre el 16 y el 19 de marzo de 2020. Al momento de esta actualización, en noviembre del mismo año, está publicada en dos revistas digitales: Mundo de Escritores, no 2 (2020) y MEUI no 4, (2020).

19. März 2020 22:35:14 10 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Andrés D. ¡Bienvenida/o a mi perfil! Aquí encontrarás historias de terror y género fantástico. Mis autores favoritos son Poe, Lovecraft, King, Pacheco, Rulfo, Dávila, Garro, Quiroga, Cortázar, entre otros.

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Gran relato en verdad, me recuerda mucho a las leyendas
June 22, 2020, 22:35
peter peña peter peña
buen relato, amigo
April 12, 2020, 15:47
Nataly Calderón Nataly Calderón
Muy buen relato, felicidades.
March 28, 2020, 19:45

  • Andrés D. Andrés D.
    Muchísimas gracias! Aprecio mucho la leída y el comentario. Espero te haya resultado interesante. Te invito a leer mis otros relatos :D Y yo me daré una vuelta por tu perfil :) April 02, 2020, 14:43
Daiana Monsalvo Daiana Monsalvo
Muy buena historia! Me encanto, me dejo con ganas de mas. Espero que la continúes... Saludos!
March 27, 2020, 00:33

  • Andrés D. Andrés D.
    Daiana, muchas gracias por el voto y el comentario! Este es uno de los varios cuentos similares que conformarán una novela que tengo planeada, pero aún no dispongo del tiempo para continuarla. Mientras tanto, te invito amistosamente a leer otros de mis relatos. Nos leemos pronto! Saludos desde México! March 27, 2020, 00:52
Leon G Leon G
Muy buen comienzo de esta historia. Espero sigas construyendo y desenlazando la trama. ¡Felicitaciones!
March 20, 2020, 05:59

  • Andrés D. Andrés D.
    Muchas gracias por la reseña y por el comentario. Aprecio muchísimo el detalle de tus palabras. Tengo en mente una novela en la que desarrollaré este y otros relatos igualmente escabrosos. Me gustaría, mientras tanto, invitarte a leer otros de mis trabajos que seguramente te gustarán. Este cuento será publicado a mitad de abril en una revista digital. El primer cuento con que logré participar en dicho proyecto se llama "Bajo las olas" y también está disponible en Inkspired. Me encantaría saber tu opinión :) Te mando un cálido saludo desde México! March 21, 2020, 22:55
Flor Aquileia Flor Aquileia
muy bueno!!! me encanta leer leyendas de pueblo, completamente aterrador!!!
March 20, 2020, 01:23

  • Andrés D. Andrés D.
    Muchísimas gracias, Flor. Te envío un cálido saludo! Gracias por la reseña n.n March 21, 2020, 22:56
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