c-rodz Celi Rodz

Escrita en dos épocas; incluye importantes reseñas del comercio del chocolate venezolano desde el siglo XIX, hasta la actualidad, aderezada con una apasionada y profunda historia de amor y venganza, entre amos españoles, esclavos y libertos, donde solo el tiempo permitirá poner a cada quien en su lugar, en un inesperado giro de la historia, que nos muestra que a veces, no todo es lo que parece... En la segunda parte, ya en pleno 2019, los odios quedaron atrás; la novela se torna fresca, jocosa y juvenil,  tratando temas de la actualidad que involucran a los descendientes de la primera parte, en distintos tópicos, como lo son: el clasismo, las redes sociales, la xenofobia, incluso la migración. Pero llevando la historia siempre por el camino de los valores, el respeto, la familia y la tolerancia.     


Historische Romane Alles öffentlich.

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"El Gran Cacao"


Sinópsis


En la primera parte: los 1800... La esclavitud, el racismo y el cacao. La españolidad, la raza africana y la indígena, protagonizan una historia que inicia y transcurre en un pueblito de Venezuela llamado Chuao. Conocido por ser donde nace uno de los mejores chocolates; desde el cacao hasta las deliciuosas formas y variantes que luego son distribuidas y exportadas, como el mejor manjar oscuro del mundo.


En la época de la esclavitud, muchos fueron los que padecieron y murieron por la mano cruel del látigo español en esas tierras; uno de ellos fue el negro Felipe Casanagua, quien murió abrazado a la cruz de Chuao, dejando un hijo que permitió que los Casanagua continuaran y vengaran la injusticia cometida al buen Felipe, que entregó su vida al trabajo forzado para agradar a unos patrones que jamás valoraron sus esfuerzos, simplemente por ser negro… Pero el amor llegará tarde o temprano, aboliendo la esclavitud y el gran imperio del chocolate, para levantar a los caídos y aplastar a los soberbios, para aminorar o aderezar la venganza que los Casanagua ejercerán sobre los Landaeta. Construyendo una nueva dinastía de la sangre mezclada, trayendo justicia donde se impuso el egoísmo y la crueldad. Poniéndolos a todos en su lugar, pues a veces no sabemos que estamos del lado equivocado… Y es que ningún Landaeta se salvará de la venganza y ningún Casanagua se salvará del amor…


En la segunda parte: En pleno 2019...


Entramos en la era digital, las redes sociales y los youtubers… Atrás quedó el drama y el odio desmedido. Tres generaciones después, las familias se reencuentran para revivir los rencores del pasado, en una historia fresca, juvenil y divertida protagonizada por Alan Sander, nieto del Catire Felipe Tercero, y Sabina Zambrano, descendiente de Emiliano Rodríguez. Ante una trajicómica confusión, ambos deberán luchar contra los prejuicios de la sociedad, donde la homofobia, el clasismo y los lazos de sangre, estarán presentes. ¿Será que esta vez los salvará el amor?




PRIMERA PARTE


Capítulo I “El Gran Cacao”.


La mejor receta para un buen chocolate consiste en el tratamiento que se le de al cacao: cosechar, fermentar, secar, añejar… Son pasos que requieren tiempo, atención al detalle y habilidad. Si se hacen mal, la calidad disminuye; si se hacen bien, se obtendrá un cacao fino de calidad excepcional. Y para eso estaban los esclavos…


A cada uno se le asignaban mil matas de cacao, durante un año ese esclavo podía producir doce fanegadas de cacao equivalente a 50 kg. Y cada semilla de cacao tenía el valor equivalente a fracciones de oro. Era la época de «los grandes cacaos», como se les llamaba en Venezuela a la gente adinerada.


Toda la agricultura, todo crecimiento de las riquezas en América, y particularmente en los siglos pasados, riquezas que muchos ostentan hasta la actualidad, es producto del trabajo esclavo. Bien diría Juan Liscano:

«Del trabajo de esas sombras crecientes, nacerán las haciendas de cacao, de caña, de café, nacerá la agricultura de Venezuela. Sus gritos humanos de carne herida, vejada, sellada por el hierro, lacerada por el látigo, están en la raíz de nuestra riqueza, son el barro informe del cual nacieron las fortunas de nuestros “Grandes Cacaos” de la Colonia».


Miles de mujeres, hombres, niños y niñas fueron secuestrados de las tribus africanas, arrancados de sus hogares y trasladados involuntariamente a Venezuela y al resto del continente, para ser sometidos a la esclavitud, despojados de sus nombres, de sus ilusiones, dignidad, y toda posibilidad de progreso. Azotados, golpeados y maltratados sin piedad, por ser de una raza diferente...


De allí llegó la negra Alika a Venezuela. Muy joven. No se le notaba que venía preñada y ni ella lo sabía. A esa edad y en esa época, era muy poco lo que una jovencita, casi una niña, sabía del amor.


El 24 de diciebre de 1820, Alika fue vendida para realizar oficios del hogar, a la familia López-Ruiz, un matrimonio de maestros españoles que enviaron por algunos años a Venezuela, como otros tantos, con el fin de educar a los hijos de los europeos nacidos en esa provincia. Unas personas muy decentes que no estaban de acuerdo en gran parte con ciertas reglas implementadas por el régimen español, como el maltrato físico o la misma esclavitud; aunque debieron aceptar a Alika por encontrarse Almodena Ruiz, la señora de la casa, recién dada a luz de unas lindas gemelas. Con muchos oficios y sin nadie más que su esposo para ayudarla, y este debía trabajar, se vieron en la imperiosa necesidad de aceptar a Alika y bautizarla como Pascua, por la fecha en la que llegó a la casa de la pareja de maestros, que le enseñaron mucho de valores, respeto y moral, pero no había manera de que aprendira a escribir ni a hablar correctamente; ni siquiera habló los primeros años, se hacía entender por señas. Aunque doña Almodena la escuchaba hablar muy bajito, en lengua yoruba, a sus santos católicos… Al principio parecía que aceptaba la religión impuesta, pronto notaron que ocultaba a sus dioses dentro de las imágenes religiosas de sus amos, lo que no le costó un castigo pero si un buen regaño, por tratar de engañarlos…


—¡Nos ha engañado, Almodena! ¡Y hace hechicería en nuestra casa!


—No lo veas así, cariño, compréndela… La arrancaron de su hogar, la apartaron de su familia, le han quitado todo. Lo único que pudo conservar es a su hijo Felipito y su religión…


—Culto.


—Lo que sea… es suyo, es su refugio. Lo que la conecta con su hogar, lo que le da fuerzas para continuar. No le hace daño a nadie.


—Si se enteran que hace sus rituales en nuestra casa y que se lo permitimos… es que nos cae el Santo Tribunal de la Inquisición, Almodena...


—¿Quién lo dirá? Pascua es una buena muchacha, honrada y decente. ¡Vamos, amor! No nos hagamos problemas por esto, mira que mayores son sus virtudes.


—Está bien, está bien... Como tú digas, mujer... Cualquier cosa, decimos que solo es herbolaria, que prepara pócimas con ciertas hierbas, a las que se les atribuyen cualidades curativas.


—Eso suena muy pensado, cariño. Aunque es en parte cierto. ¡Ya basta! ¡Aquí no vendrá la Santa Inquisición!


Al cuarto año desde su llegada a tierras caribeñas, pareciera haberse dado el permiso de aceptar las enseñanzas de sus amo. Pascua, al fin, estaba dispuesta a comunicarse.


—Soy bruta, ama Almodena... bruta como esa mula que tiene en el patio.


—No eres bruta, Pascua. Solo tienes otras habilidades, como la cocina, las labores manuales, la paciencia y la bondad. ¡Ciertamente tienes más que muchos que leen y escriben perfectamente...


Más tarde, una niña de solo cinco años arrebatada a su madre esclava (pues a ellos no le pertenecían sus hijos, sino a sus amos), y rescatada de unos despiadados que la tenían pasando hambre mientras concretaban su venta, que no era sencilla por tratarse de una niña muy pequeña y famélica para el trabajo; sería la compañerita de juegos de las gemelas y una hija más para Pascua que ya tenía al pequeño Felipe de siete años. Esa niña era Zatía, a la única que le permitieron conservar su nombre de nacimiento, pese a la insistencia de la iglesia en colocar nombres católicos a todos los esclavos.


Pascua, Felipe y Zatía, no conocieron el maltrato ni el dolor en el hogar de los López-Ruiz. Sus vidas transcurrieron en medio del bienestar que proporcionan las personas con mentes sanas y corazones justos. Pero todo cambió en mayo de 1845, cuando Don Roberto López y su esposa recibieron un comunicado para transladarse de regreso a la madre patria, debiendo entregar sus esclavos a la familia que llegaba en ese mismo mes: los Landaeta.




Muy diferentes a los López-Ruiz, quienes poseían calidad humana, nobleza y espíritu justo, los Landaeta derrochaban lujos, ego y vanidad. Con el compromiso firmado de no maltrato, como la pareja de maestros lo exigió, Pascua, Felipe y Zatía fueron entregados a sus nuevos amos.


—Muy bonita está esta hacienda, y grande… Pensé que llegaríamos a una casucha y que estaríamos rodeados de indios con flechas. —La nueva patrona hablaba en tono despectivo mientras recorría los salones de la casa.


—Catalina, por Dios… siempre estuviste al tanto de la vivienda que ocuparíamos. En cuanto a los indios, acostúmbrate a ellos como a los negros, porque los verás a diario. Ve con la niña a las habitaciones, deben descansar del viaje. «¿Y esta esclava tan agraciada, de dónde salió?» —Se preguntó el cabeza de familia mientras escudriñaba con los ojos, instalaciones, documentos y esclavas.


—Permiso patrón… —Felipe, negro alto, esbelto de rasgos toscos pero de gran corazón. Sabía leer y escribir, educado por los López-Ruiz, sombrero en mano, hablaba mirando casi al piso, al tiempo que les extendía una gran cesta con frutas tropicales, arepas y casabe, alimentos típicos del país.


—Muy bien, ponla por allí… —Arístides casi ni vio la cesta, no podía dejar de mirar a la negrita Zatía que no levantaba la mirada. —Tú, la más joven, cuidarás de mis hijas…


—La necesito para mi servicio personal, para que me ayude en mis cosas. —saltó Catalina, esposa de Arístides.


—Pues búscate otra, esta señorita será la nana de nuestras hijas. A ti te sirve cualquier otra, pero a nuestras hijas… mejor alguien de confianza.


Arístides logró calmar a su caprichosa esposa, quien ya estaba a punto de comenzar una discusión que terminaría con ella ganando lo peleado, no por razón sino por hastío de su esposo.



Unos años después...


Amanece bien temprano en la hacienda de los Landaeta. El café y el chocolate caliente era lo primero que se preparaba al amancer, hora en que el patrón Arístides Landaeta desayuna solo en su despacho antes de comenzar sus labores del día. La cocina de los patrones la dirige la negra Pascua, con una sazón que ni en los mejores restaurantes de Europa han llegado a degustar estos estirados vascos; venidos de la madre patria desde 1845, y que en los años que llevan viviendo en la región no han aprendido nada de humildad. Ni siquiera por ese cálido aroma de café y chocolate que los despierta desde bien temprano, ni por el fresco olor a nardos que entra por las ventanas directo del jardín, ni por el alegre piar de los pajarillos anunciando un nuevo día. Ni siquiera por las riquezas que las tierras venezolanas les ofrecían con los brazos abiertos.


La mansedumbre y bondad con la que la negra Pascua cocina los mejores platillos, muchos aprendidos de una chef española que trajeran los patrones el primer año para pulirla en las artes culinarias, y que Pascua terminaría incluso superando con mejor sazón, solo para agradar a sus patrones a los que atendía con amor y esmero, especialmente por las niñas. Agradecida con todo su ser por el pan que los alimentaba y el techo que los cobijaba, bajo el amparo de los Landaeta, sus nuevos amos. Pascua era la única que recibía trato respetuoso y considerado por parte de los pedantes y altivos Landaeta. Y es que la dulce cocinera de la hacienda es la que sabe el punto exacto del gusto del patrón Arístides. Pascua le prepara la mejor tortilla de huevos con jamón y especias, el más esponjoso pan de maíz y todos los platillos favoritos de sus amos, que le permiten compartir buena comida con su familia, quienes viven en una pequeña casita dentro la hacienda, a un lado de los cacaotales: su hijo Felipe, su esposa Zatía, recién casados por el párroco de la iglesia del pueblo, luego de la muerte del mayor de los hijos de la pareja.


El padre Crisóstomo, cura español que llegó a las costas venezolanas en una de las embarcaciones donde también llegaron los Landaeta. Una de sus obligaciones era evangelizar a los indios principalmente, y seguidamente a los esclavos…



—¡Ese niño ha muerto porque vosotros vivís en pecado!— exclamaba el padre a Felipe y a Zatía que lloraban desconsoladamente a Josesito, quien no tuvo tiempo de ponerle nombre a todas las estrellas, ni de enseñarle a su hermanito Tomás a cazar potocas. Tampoco aprendió a leer su propio nombre porque no llegó a cumplir los siete años reglamentarios para recibir clases en la escuelita de la congregación de las Hermanitas Franciscanas, que eran las encargadas de alfabetizar a indígenas y esclavos. Josesito no pudo, la amebiasis lo mató.


—¡Eres descuidá’, Zatía! Joven y descuidá’… —Pascua lloraba a su nieto sin dejar de trapear, como si limpiando todo a su paso pudiera acabar con las bacterias que su primer nietecito se había comido en la tierra.


—Yo le pegué por la boca, mamá… pero Josesito cogió la mala maña de comerse la tierra del patio.


—A Tomás hay que sacalo e’ la tierra, llévamelo pa’ la casa grande…


Zatía dejó caer el plato de arcilla en el que estaba comiendo sin ganas un bollo de maíz pilado con queso.


—¡A Tomás no lo llevo para esa casa, para allá no!


—¡No me grite, mujé’! ¿Qué es lo que le pasa a usté’, que nunca me deja llevame a mi nieto?


—Perdone, mamá… es que se me fue Josesito pues… y no quiero que mi Tomasito se encariñe con las niñas esas y que me lo traten mal después.


—Esas niñas son lindas y buenas, las dos. Pa’ hablá’ pajuatá’ si silve usted. Cállese y póngase la mantilla que ya va pa’ la hora del novenario e’ Josesito.


Zatía, negrita joven, con cuerpo de guitarra, piel lisita y brillante. Nunca ha recibido látigos ni duros castigos porque sus anteriores amos, maestros de profesión, no entendían la violencia como método de corrección.


Zatía caminaba como una pantera, sus rasgados ojos le daban mirada felina. Callada, no hablaba, solo lo necesario. Parecía que prefería expresarse con esas miradas largas y profundas que tenían cautivado a más de uno… De actitud desafiante, dulce, a veces dura y retadora, como quien se enfrenta al dolor hecho persona, a veces triste, como guardando un pesar, dolor de quien calla una amargura. Los látigos y golpes de la vida no tocaron nunca su piel, pero su alma estaba desgarrada…


—¿Dónde andabas, Pascua? Se ha pasado la hora de la merienda de las niñas. Tuve que darle leche y unas galletas que encontré en la despensa —dijo suave y pausadamente Doña Catalina Isabel María Ávila de Landaeta.


—’Taba en la misa e’ novenario e’ mi nietecito, doña.


—Ah, sí… el pequeño. Pobrecillo. ¿Y ya dejan hacer misa a los negros?


Pascua suspiró para adentro…


—No, ama, las misas se están haciendo en la escuelita.


Entrando a sonoras zancadas, látigo en mano de acabar de azotar a unos nuevos esclavos brutos y rebeldes, según él. Arístides Landaeta secaba el sudor de su frente con uno de los pañuelos que su esposa bordaba. Sus ojos verdes lo eran más cuando se agitaba o molestaba; hombre alto, elegante y de rasgos finos, nariz larga y cabellos color miel.


—Pascua, sírveme un trago de ron seco.


—Sí, patrón.


—¿Dónde está Zatía? Dile que venga… Vi a las niñas solas y aburridas en la entrada.


—Patroncito, acuérdese que le dio unos días libres… por el luto de Josesito. El padre Crisóstomo no quiere que falte a los novenarios.


—Cierto, cierto… que se tome su tiempo. —Bebió el ron de un trago con la mirada fija en la casita de los esclavos donde vive la joven esclava, vista claramente desde la ventana de su oficina—. ¿Y Felipe? Lo necesito en las caballerizas, esos negros que compré hace unas semanas, no entienden nada.


—Se lo mando ya mismo, patrón.


—Por cierto Pascua, ¿el padre los ha casado en pleno luto, eh?


—Sí, señó’… Dijo que si querían seguí’ dulmiendo juntos tenían que está’ casaos. También bautizó a Tomasito, mi nieto más chiquito. Patrón…


—Sí, dime…


—¿Puedo traeme a mi nieto pa’ la casa grande?


—¿El pequeño?, ¿y eso por qué?


—La casita tiene piso e’ tierra, patrón… Josesito la comía y Tomasito lo veía…


Pascua sabía hacerse entender sin mucho explicar, sus palabras toscas y mal dichas eran comprendidas por su amo a la perfección. Y aunque Arístides era racista, como todos los amos españoles de la época, guardaba un secreto aprecio por Pascua.


—Sabes que no soy tolerante con los niños, ni siquiera con mis hijas. Vengo de una familia de militares, desde los catorce años entré en la milicia... El caso es que no soporto los chillidos de los niños.


—Tomasito no chilla, el niño es callao y tranquilo.


—Eh… bueno, tráelo a ver como se porta. Sírveme otro trago y ve a prepararme ese jamón cocido al vino que tanto me gusta...


—Gracias patroncito, enseguida se lo preparo.



Zatía desgranaba sus oraciones ante las estrellas, oraciones católicas aprendidas en los últimos años en el pueblo de Chuao con las Hermanitas Franciscanas que lucharon con ella para hacerla entender que esos espíritus y esas imágenes extrañas, no son de Dios, ni traen nada bueno. Zatía entendió, de corazón sintió deseos de acercarse a la religión cristiana, aunque no pudiendo ir a la iglesia, pues no tenían permitido asistir a misa, el padre Crisóstomo había dado permiso para que rezaran en las tardes en la escuelita de las Hermanitas.


La joven miraba el cielo estrellado como tratando de encontrar los ojos de su niño en el brillo de esos puntitos, a los que Josesito les ponía nombres en las noches que no podía dormir. Una noche más, tendida sobre la estera de mimbre, entregada a las cálidas sombras, sollozó. Primero ahogadamente para no despertar a Felipe, que dormía a su lado profundamente. Luego gimió con angustia, tenía que dejar salir el dolor que no podía comprimir más en su pecho. Dolor que ya tenía en la mirada, antes de la muerte de su primer hijo.


—Negra… ¿estás llorando otra vez?


—Duerme, Felipe… déjame desahogarme…


—Para abrazarte negra… la muerte de Josesito nos tumbó, pero tenemos que salir adelante, por Tomás. Ven, duerme, mujer, que yo tengo que madrugar.


Zatía se abrazó a su hombre como una enredadera entrelazada, pero no se durmió.



[Escuela de Chuao “Jesús de la Misericordia”].


—Saquen el cuaderno de dictado, niños. Escuchen atentamete y luego copian. ¡Silencio, Pedrito! Pon atención, chico…


El pueblito de Chuao está ubicado en la zona costeña del Estado Aragua, en Venezuela, como ya saben. El vocablo Chuao es de origen indígena, es además, uno de los primeros pueblos fundados en el siglo XVI por los colonizadores españoles, pero ya estaba habitado por los indios caribes, que vivían de la siembra, de la pesca y del cacao. Dato importante, antes de la llegada de los conquistadores ya los indígenas utilizaban el cacao como moneda.


—¡Como mi papá, maestra! —exclamó orgullosa, una de las alumnas.


—Exacto, María, como tu papá. Continúo:


El cacao es una fruta de origen tropical que se utiliza como materia prima para el chocolate y otros derivados. El cacao de Chuao es la Theobroma Cacao, que es la especie que produce la semilla de mayor calidad en el mundo, denominado también premium o fino, siendo desde la época de los colonizadores, el cacao de esta región, de una calidad excepcional.


La Hermanita María del Socorro enseñaba esa mañana la historia del cacao a los niños y jóvenes del pueblo de Chuao. Unos treinta alumnos entre indígenas y afrodescendientes, recibían clases del idioma castellano, de la religión católica y de historia, entre otras clases que trataban de impartir las sacrificadas monjitas que tanto trabajo pasaban con algunos padres indígenas que impedían a sus hijos ir a la escuelita, y al anterior párroco de la iglesia que les hizo la vida imposible a las Hermanitas, alegando que ni indios ni negros debían ser tratados como gente.


—El cacao se cultivaba y consumía hace cinco mil años en la Amazonía ecuatoriana. Sin embargo, los análisis de carbono catorce, que es una prueba especial para determinar la antiguedad de las cosas, aplicados en un recipiente encontrado en excavaciones en Veracruz, México, determinan que data de 1750 antes de Cristo, incluso existen evidencias de consumo de cacao como bebida en los periódos anteriores, 1900 años antes de Cristo. Siendo los Olmecas los primeros que domesticaron y utilizaron el fruto, aunque los Mayas le dieron mayor valor…


—¡Maestra, maestra! ¿quienes son los Olmecas y los Mayas?


—Ya vimos esa clase… Eran civilizaciones indígenas de México, un país grande y con muchas historias importantes, que veremos nuevamente en la próxima clase, para efrescar conocimientos. Pero Pedrito, como siempre, no estaba poniéndo atención...


—Mi papá que trabaja en la hacienda Los Landaeta, dice que el mejor cacao y chocolate del mundo es el venezolano.


—Y tiene razón, el cacao y chocolate de mejor calidad e incluso sabor, es el venezolano. Aunque aún existe una discusión sobre si su origen fue en México o en nuestra Venezuela. Quienes defienden la teoría de México, dicen que el comienzo del cultivo del cacao en su país y en otras zonas de América Central.


—¡Maaestraaa!


—¿Qué ocurre ahora, Pedro José?


—¿Qué es teoría? —El niño mulato, bajito para sus diez años, inquieto, fastidioso, pero inteligente e interesado en participar y aprender.


—Es la creencia de algo en particular. Por otro lado, los investigadores que apoyan el origen venezolano de la primera planta de cacao silvestre, aseguran que los españoles también la encontraron creciendo de forma natural en diversas regiones costeras en el centro, sur y este de la cuenca del Lago de Maracaibo, así como en el alto Orinoco. ¡Atención, niños! ¿Alguien sabe cuándo brota la flor de cacao?, ¿nadie sabe? La flor del cacao brota a los tres o cuatro años. ¿Y cuánto tarda en dar frutos?



—¡¿Un año, maestra?!


—No, Miguelito, puede tardar entre cinco o seis años... y tarda seis meses más en madurar. Estudien bien la clase de hoy, lo que copiaron en el dictado será parte del examen de la próxima semana. ¡Pero por Dios, Pedrito! ¡¿Qué quieres ahora?!


El inquieto alumno, de pie, con aspecto sudoroso y angustiado, respondió...


—Es que tengo y defiendo la teoría de que me estoy haciendo pupú, maestra...


Entre las risas de los niños y la cara de molestia de la maestra, finalizó la clase ese día, en la escuelita “Jesús De La Misericordia”. Con las esperanzas de las Hermanitas Franciscanas, puestas en aquellos chicos hoy casi analfabetas, con muy poca educación en todo aspecto, pero con la firme esperanza de sembrar en cada uno de ellos, al menos un poco de conocimiento, de valores, de respeto a sí mismos. Una luz a través de la educación y la lectura, que los ayude a encontrar caminos en sus vidas, para defenderse, para avanzar, para salir de la ignorancia, crear y hacer historia. Algunos se conformarán con una vida tranquila, trabajarán la tierra y no aspirarán otra cosa que el pan de cada día. Otros, buscarán ir más allá, lucharán, si les tocase hacerlo, por superarse y adquirir una posición en la vida, como debería hacer todo ser humano que se respete: tratar de dejar huella en el mundo, si es posible, para bien.



Esa misma tarde la niñas Manuela, Pilar y Azucena, de siete, cinco y tres años respectivamente, jugaban en el jardín de la casa con Tomás, que tenía la misma edad de Azucena y que Zatía había aprovechado para llevar a la casa grande como Pascua se lo había pedido, con las tres únicas mudas de ropa del pequeño.


Arístides Landaeta llegaba temprano a casa ese día, acompañado de sus dos casi inseparables socios: Emiliano Rodríguez, su abogado y primo, y Fernando Alarcón, candidato a la alcaldía del pueblo. Candidatura en la que Arístides había invertido mucho tiempo y dinero, pues su elección le permitiría colocar su cacao y chocolates en todo el país, por encima de la empresa cafetalera que dominaba en el territorio nacional, y que ellos, a toda costa, pretenderán destronar.


De camino a su despacho, ubicado dentro de la misma hacienda, Landaeta clavó la mirada en la joven esclava que mecía a las niñas en el columpio del jardín, seguidamente en el pequeño Tomás que jugaba en la grama con la pequeña Azucena. Sus ojos, como dos esmeraldas verdes, brillaban con la malicia y la arrogancia de aquellos que nacen atiborrados de ego.


—¡Saca a ese niño del jardín! ¡No quiero que juegue con mis hijas! —vociferó.


Zatía no dijo ni una palabra, solo lo miró con odio, fijamente, retadora. Él se sintió algo perturbado y nervioso.


—¡Es que luego ese crío comerá de la tierra y Pascua me joderá a mi —reculó…


—¿Es verdad que cocina tan bien? —preguntó el futuro alcalde de Chuao.


—¡Como los dioses!


Zatía, orgullosa, tomó en brazos al niño...


—Vamonos a la casa, Tomasito, el señor no quiere que estés aquí.


—¿Quién, mamá?


—¿Quién va a ser? El gran cacao...


NO TE PIERDAS EL PRÓXIMO CAPÍTULO...

TODOS LOS DOMINGOS.

29. Januar 2020 05:20:51 2 Bericht Einbetten 0
Lesen Sie das nächste Kapitel "Un Buen Chocolate Da Buenos Bombones..."

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Gabriel Oliveros Gabriel Oliveros
Gracias por este articulo Celi! como siempre...excelente material.
January 29, 2020, 07:06

  • Celi Rodz Celi Rodz
    Gracias a tí por apoyar. No te pierdas el próximo domingo, el capítulo II. Abrazo January 29, 2020, 09:23
~

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