aysel95 Aysel Min

Kim Seokjin, el mayor de los hermanos, es un guerrero decidido a vencer a su enemigo. Ahora, con el tiempo dispuesto para la batalla, sus hombres están listos y a punto de recuperar lo que es suyo, –hasta que una seductora con ojos azules, y pelo negro, es arrojada sobre él - JiSoo puede ser la salvación del clan de Seokjin, pero para un hombre que sólo sueña con la venganza, los asuntos del corazón son territorio desconocido a conquistar. Aunque es hija ilegítima del rey, JiSoo posee una valiosa propiedad que la ha convertido en un peón —por lo que desconfía del amor—. Sus peores miedos se cumplen cuando es rescatada del peligro, sólo para ser obligada a contraer matrimonio con su carismático y autoritario salvador, Kim Seokjin. Además de la atracción por su poderoso, tosco y desconocido marido se encuentra anhelando su toque sorprendentemente tierno, su cuerpo se llena de vida bajo su sensual dominio. Y a medida que la guerra se acerca, la fuerza de JiSoo, su espíritu y pasión desafían a Seokjin a conquistar sus demonios —y abrazar un amor que vale más que la venganza y la tierra. [IMPORTANTE] Ésta historia no es de mi autoria. La autora original es Maya Banks, yo simplemente la estoy adaptando.


Fan-Fiction Series/Doramas/Soap Operas Nur für über 18-Jährige.

#rey #hermano #princesa #castillo #blackpink #bts #jisoo #seokjin #guerra #amor
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Capítulo 01

JiSoo se arrodilló en el suelo de piedra al lado de su camastro e inclinó la cabeza para su oración vespertina. Su mano se deslizó a la pequeña cruz de madera colgada de un trozo de cuero alrededor de su cuello, y su pulgar frotó una trayectoria familiar en la ahora lisa superficie.

Por varios minutos, susurró las palabras que había recitado desde que era una niña, y luego terminó como lo hacía siempre.

Por favor, Dios. No dejes que me encuentre.

Se incorporó del suelo, sus rodillas raspando las piedras irregulares. El sencillo traje marrón que llevaba señalaba su lugar junto al de las otras novicias.

Aunque había estado aquí mucho más tiempo que las demás, nunca había tomado los votos que completarían su viaje espiritual. Nunca fue su intención.

Se acercó a la palangana de la esquina y vertió el agua de la jarra. Sonrió humedeciendo un paño, mientras las palabras de la madre Irene llegaban flotando a su mente.

La limpieza se aproxima a la Santidad.

Se limpió la cara y empezó a quitarse el vestido para extender su ablución, cuando oyó un estrépito terrible. Asustada, dejó caer el lienzo y se giró para mirar la puerta cerrada. Entonces se impulsó a la acción, corrió y la abrió, empujándose al pasillo.

A su alrededor, las otras monjas también llenaban el hall, sus murmullos consternados en aumento. Un fuerte eco resonó en el corredor de la entrada principal de la abadía. Un grito de dolor seguido de un bramido, y el corazón se le congeló.

La madre Irene.

JiSoo y el resto de las hermanas corrieron hacia el ruido, mientras que algunas quedaban rezagadas, otras marcharon decididamente hacia adelante. Cuando llegaron a la capilla, se dominó, paralizada por la visión ante ella.

Los guerreros estaban por todas partes. Había al menos veinte, todos vestidos con indumentaria de batalla, sus caras sucias, el sudor empapando sus cabellos y su ropa. Pero no había sangre. Ellos no venían pidiendo asilo o ayuda. El líder sostenía a la madre Irene por el brazo, e incluso a la distancia, podía ver el rostro de la abadesa desfigurado por el dolor.

—¿Dónde está ella? —preguntó uno de ellos con voz fría.

JiSoo dio un paso atrás. El hombre tenía una mirada fiera. Malvada. Sus ojos irradiaban furia como una serpiente esperando para atacar. Sacudió a la madre Irene cuando esta no respondió, gorjeando entre sus garras como una muñeca de trapo.

JiSoo se persignó y murmuró una rápida oración. Las monjas se reunieron a su alrededor y también ofrecieron sus plegarias.

—Ella no está aquí, —jadeó la superiora—. Le he dicho que la mujer que buscan no está aquí.

—¡Miente! —rugió.

Miró hacia el grupo de monjas, su mirada parpadeaba fríamente sobre ellas.

—Kim JiSoo. Dime dónde está.

JiSoo estaba fría, el miedo creciente bullendo en su estómago. ¿Cómo la habían encontrado? Después de todo este tiempo. Su pesadilla no había terminado. De hecho, apenas acababa de empezar.

Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas en los pliegues de su vestido. El sudor anegaba su frente, y sus entrañas se contraían. Tragó saliva, deseando no enfermarse. Ante la falta de una respuesta, e hombre sonrió, y esto hizo que sintiera un escalofrío a través de su columna. Sin dejar de mirarlas, levantó el brazo de la madre Irene, de modo que estuviera a la vista de todas. De modo insensible, inclinó su dedo índice hasta que se oyó el chasquido del hueso al romperse.

Una de las monjas gritó y corrió hacia adelante sólo para ser abofeteada por uno de los soldados. El resto de ellas se quedó sin aliento ante el ultraje.

—Esta es la casa de Dios, —dijo la madre Irene con voz aguda—. Usted peca enormemente trayendo violencia a un suelo sagrado.

—Cállese anciana, —le espetó el hombre—. Dígame dónde está Kim JiSoo o mataré a cada una de ustedes.

JiSoo contuvo el aliento y apretó sus dedos en puños a sus costados. Le creyó. Había demasiada maldad, demasiada desesperación en sus ojos. Él había sido enviado en un encargo del diablo, y no se le podía mentir. Agarró el dedo medio de la superiora, y JiSoo caminó hacia adelante.

—¡Por caridad, no!, —gritó la madre Irene mirándola.

JiSoo no le hizo caso.

—Soy Kim JiSoo. ¡Ahora déjela ir!

El hombre soltó la mano de la abadesa y luego le dio un empujón a la mujer. Contempló a JiSoo con interés, dejando que su mirada vagara sugestivamente de arriba hacia abajo por su cuerpo. Sus mejillas ardieron ante tan evidente falta de respeto, pero no se intimidó, le devolvió la mirada al hombre con tanto desafío como se atrevió.

Él chasqueó sus dedos, y otros dos hombres avanzaron, agarrándola antes de que se le ocurriera correr. La tuvieron en el suelo en una fracción de segundo, sus manos hurgando en el dobladillo de su vestido.

Pateó salvajemente, agitando los brazos, pero no podía competir con su fuerza. ¿La violarían ellos aquí en el suelo de la capilla? Las lágrimas inundaron sus ojos, cuando empujaron su ropa por encima de sus caderas. La giraron hacia la derecha y los dedos tocaron su muslo, justo donde descansaba la marca.

Oh no.

Inclinó la cabeza mientras lágrimas de derrota resbalaban por sus mejillas.

—Es ella —dijo uno de ellos con excitación.

Se hicieron a un lado al instante en que el líder se inclinó para examinar la marca por sí mismo. Él también la tocó, perfilando el emblema real de Suho. Emitió un gruñido de satisfacción, enroscó su mano alrededor de su barbilla y tiró de esta hasta que se enfrentó a él.

Su sonrisa le repugnaba.

—Te hemos estado buscando por mucho tiempo, Kim JiSoo.

—Váyase al infierno, —le espetó ella.

En lugar de golpearla, sonrió con una amplia expresión.

—Tsk-tsk, semejante blasfemia en la casa de Dios.

Se puso de pie rápidamente, y antes de que pudiera parpadear, fue empujada sobre el hombro de un hombre, y los soldados salieron de la abadía al frescor de la noche.

No perdieron tiempo en subirse a sus caballos. JiSoo fue amordazada, luego atada de pies y manos y arrojada sobre la silla en frente de uno de los hombres. Se iban alejando, los truenos de los cascos resonando a través de la noche, aún antes de que tuviera tiempo de reaccionar. Eran tan precisos como despiadados.

La silla se le clavaba en el vientre, y ella rebotaba de arriba hacia abajo, tanto que estuvo segura de que iba a vomitar. Gimió, tenía miedo de ahogarse con la mordaza tan apretada alrededor de su boca.

Cuando finalmente se detuvieron, estaba casi inconsciente. Una mano agarró su nuca, los dedos fácilmente rodearon su delgado cuello. Fue alzada y luego lanzada bruscamente al suelo.

A su alrededor, levantaron el campamento mientras ella yacía temblando por el viento frío. Finalmente oyó decir:

—Cuide mejor a la muchacha, Leo. El laird Lee no estará feliz si muere de exposición.

Un gruñido irritado siguió, pero un minuto más tarde, fue desatada y retirada la mordaza.

Leo, el líder aparente de este secuestro, se inclinó sobre ella, sus ojos brillando a la luz del fuego.

—No hay nadie que escuche sus gritos, y si emite apenas un sonido, voy a asestarle un golpe en la mandíbula.

Asintió con la cabeza y se arrastró hasta ponerse de pie. Él le propinó una patada en el trasero con su bota y se rió entre dientes cuando ella se giró con indignación.

—Hay una manta junto al fuego. Enróllese en ella y duerma un poco. Saldremos al amanecer.

Se acurrucó agradecida por el calor de la manta, insensible a las piedras y palos en el suelo que se clavaban en la piel. El laird Lee. Había oído hablar de él a los soldados que entraban y salían de la abadía.

Decían que era un hombre despiadado. Avaro y con ganas de añadir más a su creciente poder. Se rumoreaba que su ejército era uno de los más grandes de toda Corea y que Donghae, el rey de Corea, le temía.

Minho, el hijo bastardo de Suho —su medio hermano— ya había conducido una rebelión contra Donghae, en un intento por tomar el trono. Si Minho y Lee Felix se aliaban, serían pronto una fuerza imparable.

Ella tragó saliva y cerró los ojos. La posesión de Neamh Álainn haría a Felix invencible.

—Querido Dios, ayúdame, —susurró.

No podía permitir que él tomara el control de Neamh Álainn. Era su legado, lo único que tenía de su padre.

Era imposible dormir, así que se quedó allí acurrucada en la manta, con la mano enroscada alrededor de la cruz de madera, mientras oraba para tener fortaleza y visión. Algunos de los soldados dormían mientras otros vigilaban.

No era tan tonta como para pensar que tendría la oportunidad de escapar. No cuando valía más que su peso en oro.

Pero ellos no la matarían tampoco, y esto le concedía una ventaja. No tenía nada que temer al tratar de escapar y todo para ganar.

Una hora después de la oración de vigilia, una conmoción detrás de ella la hizo sentarse y mirar fijamente en la oscuridad. A su alrededor, los soldados que dormían se levantaron a trompicones, sus manos en sus espadas cuando el llanto de un niño desgarró la noche.

Uno de los hombres lo empujaba a patadas, sacudiendo al chiquillo dentro del círculo alrededor del fuego, luego lo dejó caer en la tierra. El niño se agachó y miró a su alrededor salvajemente, mientras que todos se reían a carcajadas.

—¿Qué es esto? —exigió Leo.

—Lo sorprendimos tratando de robar uno de los caballos, —dijo el captor del muchacho.

La ira sesgó las facciones del hombre de manera perversa, y se hizo más demoníaca por la luz del fuego. El muchacho, que no podía tener más de siete u ocho años, inclinó la barbilla desafiante como retándolo a hacer lo peor.

—¿Por qué pequeño cachorro? —rugió Leo. Levantó la mano y JiSoo voló a través del suelo, lanzándose delante del pequeño mientras el puño giraba y cortaba su mejilla.

Ella se tambaleó, pero se recuperó y rápidamente se echó de nuevo sobre el niño, apretándolo cerca para poder cubrir la mayor parte de él tanto como fuera posible. El chico luchó salvajemente debajo de ella, chillando obscenidades en gaélico. Su cabeza golpeó su mandíbula ya adolorida, haciéndole ver estrellas.

—Cállate ahora, —le dijo en su propia lengua—. Quédate quieto. No dejaré que te hagan daño.

—¡Apártate de él! —bramó Leo.

Se apretó aún más alrededor del niño que finalmente dejó de agitarse y dar patadas. Leo se agachó y enroscó la mano en su pelo, tirando brutalmente hacia arriba, pero ella se negó dejar de lado su carga.

—Tendrá que matarme primero, —dijo fríamente cuando la obligó a mirarlo.

Soltó su pelo con una maldición y luego se echó hacia atrás y le dio patadas en las costillas. Ella se encorvó por el dolor, pero tuvo cuidado de mantener al chiquillo protegido de la bestia maníaca.

—Leo, es suficiente, —gritó un hombre—. El Laird la quiere en una sola pieza.

Murmurando una maldición, se apartó.

—Déjenla cuidar al sucio mendigo. Tendrá que soltarlo muy pronto.

JiSoo giró bruscamente su cuello para mirar hacia los ojos de Leo.

—Usted toca a este muchacho una sola vez y yo cortaré mi garganta.

La risa del hombre quebró la noche.

—Eso es un loco farol, muchacha. Si usted va a tratar de negociar, tiene que aprender a ser creíble.

Lentamente ella se levantó hasta que estuvo a un pie de distancia del hombre mucho más grande. Se le quedó mirando hasta que sus ojos parpadearon y apartó la mirada.

—¿Farol? —dijo en voz baja—. No lo creo. De hecho, si yo fuera usted, estaría escondiendo todos y cada uno de los objetos afilados de mí. ¿Piensa que no sé cuál es mi destino? Acostarme con ese bruto Laird suyo hasta que mi vientre se hinche con un niño y él pueda reclamar Neamh Álainn. Prefiero morir.

Los ojos de Leo se estrecharon.

—¡Está loca!

—Sí, tal vez, y en ese caso siendo usted estaría preocupado por si alguno de esos objetos afilados pudiera encontrar el camino entre sus costillas.

Él hizo un gesto con la mano.

—Quédese con el niño. El Laird se ocupará de él y de usted. Nosotros no vemos con buenos ojos a los ladrones de caballos.

JiSoo no le hizo caso y se volvió hacia el muchacho que estaba encogido

en el suelo, mirándola con una mezcla de temor y adoración.

—Vamos —le dijo suavemente—. Si nos acurrucamos lo suficientemente apretados, alcanzará la manta para los dos.

Se encaminó hacia ella con entusiasmo, metiendo su pequeño cuerpo a la altura del de ella.

—¿Dónde está tu casa? —le preguntó mientras él se recostaba en su contra.

—No lo sé —dijo con tristeza—. Debe estar lejos de aquí. Por lo menos dos días.

—Shh, —le dijo con dulzura—. ¿Cómo hiciste para llegar hasta aquí?

—Me perdí. Mi papá me dijo que nunca me alejara del torreón sin sus hombres, pero yo estaba cansado de ser tratado como un bebé. Yo no soy un crío, ya sabes.

Ella sonrió.

—Sí, lo sé. ¿Así que dejaste el torreón?

Asintió con la cabeza.

—Tomé un caballo. Yo sólo quería ir al encuentro del tío Taehyung. Él tenía que regresar y pensé esperarlo cerca de la frontera para saludarlo.

—¿Frontera?

—De nuestras tierras.

—¿Y quién es tu papá, pequeño?

—Mi nombre es JungKook, no “pequeño”, —el disgusto en su voz era evidente, y ella volvió a sonreír.

—JungKook es un buen nombre. Ahora continúa con tu historia.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

— JiSoo —le respondió en voz baja.

—Mi papá es el laird Kim Seokjin.

JiSoo lidió por reconocer el nombre, pero había muchos clanes que no conocía. Su casa estaba en las tierras altas, pero no había visto esa tierra de Dios en diez largo años.

—Así que fuiste a encontrarte con tu tío. Entonces ¿qué pasó?

—Me perdí, —dijo tristemente—. Entonces un soldado de los Park me encontró y quiso llevarme ante su Laird para pedir un rescate, pero yo no podía dejar que eso sucediera. Sería deshonrar a mi papá, y él no puede permitirse el lujo de pagar un rescate por mí. Eso arruinaría a nuestro clan.

Ella acarició su pelo mientras su cálido aliento soplaba contra su pecho. Sonaba mucho más viejo que sus tiernos años. Y muy orgulloso.

—Me escapé y me escondí en la carreta de viaje de un comerciante. Tardó un día antes de que me descubriera, —inclinó la cabeza hacia arriba, chocando con su mandíbula dolorida de nuevo—. ¿Dónde estamos, JiSoo? — susurró—. ¿Estamos muy lejos de casa?

—No estoy segura dónde está tu casa, —dijo con tristeza—. Pero estamos en las Lowlands, y apostaría a que estamos por lo menos a dos días de camino de tu fortaleza.

—Las tierras bajas, —espetó—. ¿Eres una lowlander?

Se sonrió ante su vehemencia.

—No, JungKook. Soy una highlander.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? —insistió—. ¿Te secuestraron de tu casa?

Ella suspiró.

—Es una larga historia. Una que comenzó antes de que nacieras.

Cuando él empezó a hacer otra pregunta, lo calló con un suave apretón.

—Vamos a dormir, JungKook. Debemos mantener nuestra fuerza si queremos escapar.

—¿Vamos a escapar? —le susurró.

—Sí, por supuesto. Eso es lo que los presos hacen —dijo en un tono alegre. El miedo en su voz hizo que sufriera por el muchacho. Que aterrador debía ser estar tan lejos del hogar y de los que te aman.

—¿Me llevarás de vuelta a casa con mi papá? Haré que te proteja del laird Felix.

Ella sonrió ante la ferocidad de su voz.

—Por supuesto, me encargaré de que llegues a casa.

—¿Lo prometes?

—Te lo prometo.



—¡Encuentren a mi hijo!

El rugido de Kim Seokjin podía oírse por el patio entero. Todos sus hombres estaban de pie en posición de firmes, sus expresiones solemnes. Algunos con sentimientos de simpatía. Creían que JungKook estaba muerto, aunque nadie se atrevía a pronunciar esa posibilidad al Laird. No era algo que él no hubiera contemplado por sí mismo, pero no descansaría hasta que su hijo fuera encontrado —vivo o muerto.

Seokjin se dirigió a sus hermanos, Taehyung y Yoongi.

—No puedo permitirme enviar a cada hombre en la búsqueda de JungKook, —dijo en voz baja—. Eso nos dejaría vulnerables. Confío en ustedes dos con mi vida, y con la vida de mi hijo. Quiero que cada uno tome un contingente de hombres y monten en diferentes direcciones. Tráiganlo a casa para mí.

Taehyung, el segundo de los hermanos, asintió.

—Sabes que no descansaré hasta encontrarlo.

—Sí, ya lo sé —dijo Seokjin.

Observó cómo los dos se alejaban, gritando órdenes a sus hombres. Cerró los ojos y apretó con rabia los puños. ¿Quién se había atrevido a llevarse a su hijo? Durante tres días había esperado una petición de rescate, pero no había recibido ninguna. Durante tres días había recorrido cada centímetro de la tierra Kim y más allá.

¿Era el precedente de un ataque? ¿Estaban sus enemigos conspirando para golpearlo cuando estaba más débil? ¿Cuándo todos los soldados disponibles estarían involucrados en la búsqueda?

Su mandíbula se endureció al mirar alrededor el desmoronamiento de su fortaleza. Durante ocho años había luchado por mantener su clan vivo y fuerte.

El nombre Kim había sido siempre sinónimo de poder y orgullo.

Ocho años atrás habían resistido un ataque paralizante. Traicionados por la mujer que Yoongi amaba. El padre de Seokjin, y su joven esposa habían sido asesinados, su hijo sobrevivió sólo porque fue escondido por uno de los sirvientes.

Casi nada quedaba cuando él y sus hermanos habían vuelto. Sólo una gran y pesada masa de ruinas, su pueblo disperso por los vientos, su ejército casi diezmado.

No había quedado nada para que Seokjin heredara cuando se convirtió en Laird.

Le había tomado todo este tiempo para reconstruir. Sus soldados eran los mejor entrenados en las tierras altas.

Él y sus hermanos trabajaron durante horas inhumanas para asegurarse de que había comida para los ancianos, las mujeres y los niños. Muchas veces los hombres se iban sin nada. Y silenciosamente fueron creciendo, aumentando sus números hasta que, finalmente, Seokjin había comenzado a transformar a su clan luchando por mantenerlo unido.

Pronto, sus pensamientos podrían volver a la venganza. No, eso no era exacto. La venganza había sido lo que lo mantuvo durante estos últimos ocho años. No pasaba un solo día en que no hubiera pensado en ella.

—Laird, traigo noticias de su hijo.

Se giró para ver a uno de sus soldados corriendo hacia él, su túnica polvorienta como si acabara de llegar a caballo.

—Habla, —le ordenó.

—Uno de los Park se encontró con su hijo hace tres días a lo largo de la frontera norte de su tierra. Lo tomó con la intención de entregarlo a su Laird para que pidiera rescate por el muchacho. Sólo que el muchacho escapó. Nadie lo ha visto desde entonces.

Seokjin temblaba de rabia.

—Toma ocho soldados y diríjanse donde Park. Llévenle este mensaje. Que entregue al soldado que se llevó a mi hijo de la entrada del torreón o firmara su propia sentencia de muerte. Si no obedece, iré yo mismo por él. Voy a matarlo. Y no será rápido. No omitas ninguna palabra de mi mensaje.

El soldado hizo una reverencia.

—Sí, Laird.

Dio media vuelta y salió corriendo, dejando a Seokjin con una mezcla de alivio y rabia. JungKook estaba vivo, o al menos lo había estado. Park fue un tonto por incumplir su acuerdo de paz tácita.

Aunque los dos clanes no podían ser considerados aliados, Park no era suficientemente estúpido como para incitar la ira de Seokjin. Su fortaleza podría estar desmoronándose, y su pueblo podría no ser el clan mejor alimentado, pero su potencia había sido doblemente restaurada.

Sus soldados eran una fuerza de combate mortal a tener en cuenta, y aquellos lo suficientemente cercanos a las propiedades de Seokjin lo sabían. Pero él no tenía puesta la mirada en sus vecinos. Ésta apuntaba a Lee Felix.

No sería feliz hasta que toda Corea goteara con la sangre de Felix.

27. September 2019 03:46:50 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Fortsetzung folgt… Neues Kapitel Jeden Mittwoch.

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Aysel Min Aysel Min
Al menos se puede leer por aqui 😗
September 27, 2019, 15:23
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