andres_dm Andrés Díaz

Luisa, su esposo y su pequeña hija Eli acaban de mudarse a su nueva casa hace poco tiempo. Una noche, después de la cena, la vocecita de la niña desde la planta al le indica a su madre que algo raro ocurre con el espejo... © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS (2019). No se reclama derecho alguno sobre la imagen original de la portada.


Übernatürliches Alles öffentlich.

#terror #miedo #casa #hija #matrimonio #espejo #fantasma #reflejo
Kurzgeschichte
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Casa nueva



Luisa recogía los platos de la mesa después de la cena. Ella y su hija, Eli, de apenas seis años, habían comido un poco de guisado de arroz con vegetales y carne. La había mandado a que se diera una ducha y después se fuera a dormir porque ya era bastante noche y al día siguiente tendría que ir por primera vez a su nueva escuela. El esposo de Luisa no había podido comer con ellas, como de costumbre, porque se había horas extra en la oficina (o al menos eso le decía a su esposa) para pagar las últimas cuentas por los materiales que habían comprado para arreglar en esas fechas la casa a la que acababan de mudarse con la esperanza de librarse de la insegura ciudad que habían dejado atrás en su estado de origen... Para Luisa la ausencia de su marido, no solo en el nuevo domicilio, sino en la crianza de su hija y en su relación, la hacían sentirse sola, abandonada y vulnerable.

Aquella era una casa antigua: sus oscuros y polvorientos cuartos recién habían sido limpiados tras años de espera por la llegada de nuevos inquilinos. La mujer ya casi había terminado de lavar los trastes cuando escuchó la voz de su niña que le llamaba desde el piso de arriba, en el baño de la segunda planta:

—¡Mamá! —gritó su voz infantil, resonando por las paredes de la casa entera hasta llegar a los oídos de Luisa.

—¡¿Qué pasa?! —contestó aquella, sin abandonar la cocina.

—¡Creo que el espejo está roto! —gritó la niña.

Luisa cerró la llave del fregadero y se asomó hasta el marco de la puerta.

—¡¿Se cayó de la pared?! —preguntó, preocupada porque su hija podría cortarse con algún pedazo de vidrio del espejo que estaba en el baño, por encima del lavabo.

—¡No! —contestó la vocecita.

—¡¿No se hizo pedazos?! —preguntó Luisa, pero no hubo respuesta sino hasta después de un breve silencio.

—¡No! ¡No me refiero a eso! ¡Creo que está descompuesto! ¡Ya no sirve! —replicó la niñita.

Luisa no logró entender a lo que se refería su hija.

—¡¿De qué hablas, Eli?! ¡¿Cómo que descompuesto?!

—¡El espejo no sirve! ¡Mi reflejo no se mueve y sólo me está mirando! —dijo la pequeña niña.

Luisa, todavía con el mandil atado sobre su torso, sintió un escalofrío. Había entendido bien las palabras de su hija, pero creyó que estaría diciendo alguna incoherencia: le preocupaba que el cambio de residencia y los constantes malentendidos entre ella y su esposo pudiesen afectarla emocionalmente, causándole alguna especie de desorden o una necesidad de atención, valiéndose de cualquier tipo de cosas para no sentirse sola.

—¡Voy para allá! —gritó, antes de apagar la luz de la cocina.

Salió de ahí y subió por las viejas escaleras para dirigirse al baño, pensando que su hijita le estaría mintiendo y que realmente ella había roto el espejo.

Llegó al segundo piso y entró al baño: no había nadie ahí. No vio a su hija y el espejo tampoco estaba roto. La bañera estaba mojada; había un vaso con agua sobre el lavabo y un cepillo de dientes recién usado. Todo lo demás estaba completamente en su lugar.

—¿Hija? ¿Dónde estás? —preguntó a la nada sin obtener respuesta alguna.

Salió del baño y caminó por el pasillo de la segunda planta para ir a buscar a su hija a su habitación, recién habilitada. Tampoco estaba ahí: solo vio su mochila y un uniforme tendido sobre una silla, listo para el primer día de clases... Volvió a salir al corredor y se quedó mirando extrañada. De pronto sintió un tirón de su blusa por la espalda.

Dio un pequeño grito y se volvió rápidamente. Su hija estaba detrás de ella.

—¡Eli! —dijo, llevándose las manos al pecho y cerrando los ojos por la sorpresa—. ¡Me asustaste! ¡No vuelvas a hacer eso!

—Mamá, el espejo no sirve —le dijo la niña, haciendo caso omiso a lo que su madre le acababa de decir.

—¿Qué? ¿De qué hablas? El espejo no está roto. Creí que te habías cortado.

—El espejo no sirve, mamá —insistió—. Cuando salí de bañarme mi reflejo no se movía y se me quedaba viendo muy raro.

—Es tu imaginación, cariño. Eso que me dices no puede pasar —le dijo.

—¡Pero mamá! ¡Es cierto! —replicó la niña con seriedad. Luisa estaba por decirle algo, pero su hija intervino nuevamente—: Me estaba lavando los dientes y mi reflejo no hacía nada. Sólo se quedaba ahí parado y me miraba —dijo.

—Es que... hija, eso no tiene sentido.

—¡Es en serio! ¡Vamos, para que tú también lo veas! —respondió y le tomó la mano a su madre para llevarla hasta allá.

Entraron las dos al baño. La niña se puso delante del lavabo mientras que Luisa se quedó detrás, cerca del marco de la puerta. El reflejo de ambas aparecía en el espejo y se movían con total normalidad. No sucedió nada raro, nada inusual.

—¿Ves? —le preguntó Luisa a su hija, cruzando los brazos sobre el pecho—. No hay nada malo con el espejo.

—Pero... no lo entiendo... —dijo la niña, completamente confundida—. Hace un momento mi reflejo no se movía, mamá. ¡De verdad!

—Te dije que era sólo tu imaginación —respondió aquella.

—¡Es cierto! —refunfuñó y empezó a mover los brazos y el torso, como intentando provocar a la figura que proyectaba la pantalla de cristal. Su madre se fue a recargar en la pared y su reflejo quedó fuera de la imagen en el espejo.

—Es sólo tu imaginación, Eli —repitió, desesperada porque, veía en su hija nuevamente esa mirada frustrada, como lloriqueaba cuando su padre se iba de casa y volvía hasta muy noche, en la antigua residencia, diciéndole que lo extrañaba, que tenía miedo; y ella, en su rol de madre, entre ingenuos apapachos, solía indicarle que pronto volvería pues tenía varios pendientes en la oficina. Incluso cuando sospechaba que no era así…

—¡No lo es! —le dijo Eli y tomó el cepillo de dientes volteando a ver a su mamá—. Yo me estaba lavando los dientes y mi reflejo no me seguía.

Eli nuevamente comenzó a lavarse los dientes, tomó el vaso de agua y escupió. Miró a su mamá a través del espejo y notó una sonrisa en el rostro de aquella porque aún no le creía.

Luisa vio en el espejo los ojos del reflejo de su hija, mirándola y haciendo lo mismo que ella, haciendo lo que cualquier reflejo normal haría.

—Mamá, ¡te juro que es cierto...! —dijo Eli.

En seguida se dio media vuelta para verla directamente, pero su reflejo no se giró...

Le tomó apenas una breve fracción de segundo a Luisa darse cuenta de lo que pasaba. El corazón le dio un brinco: vio a su hija, a escasos metros frente a ella, y vio también al reflejo de su hija, mirándola desde el espejo, como si fuera otra persona, parada detrás de Eli. Después de eso, el reflejo de la niña dirigió la vista hacia su hija.

—¡Eli, ven acá! —le gritó, aproximándose a ella con nerviosismo, tomándola de un brazo y apartándola del espejo, tirando el vaso de vidrio del lavabo, que se estrelló en el piso y se rompió en varios pedazos, regándose por todo el lugar.

Se colocó de nuevo cerca de la puerta, abrazada de su hija. Volvió a ver el espejo pero el reflejo también había desaparecido.

—¿Qué era eso? —le preguntó a su hija, desconcertada.

—¿Qué cosa, mamá? —respondió la pequeña niña.

—¡Tú reflejo, Eli! ¡Tú reflejo no se movió! —le dijo, impresionada y aterrada por la escena que acaba de ver.

—¡Te dije que era cierto! —contestó Eli, con aires de victoria por saber que tenía la razón.

Luisa se colocó delante de su hija.

—Quédate aquí, Eli —le dijo, en tono muy serio. La niña se sorprendió por la reacción de su madre. La inseguridad que una sentía se transmitía en el aire tenso. A la niña también le dieron escalofríos: si su madre estaba aterrada, significaba que había un buen motivo para también comenzar a espantarse…

Luisa caminó lentamente hacia el lavabo y vio su reflejo aparecer poco a poco frente a ella, de manera normal. Se colocó delante del espejo, mirando hacia cada punto de la superficie del cristal y sin descuidar el rostro de la imagen delante de sí. Se acercó más, teniendo cuidado de los pedazos de cristal roto en el piso, que movió con un pie y sin despegar la vista del espejo. Se aproximó todavía un poco más. No podía creer lo que acababa de ver.

—¿Mamá...? —le llamó su hija a sus espaldas.

—¡Quédate ahí, Eli! —le ordenó, todavía sin apartar la mirada de su propio reflejo y corroborando que los labios de este también se movieran.

Luisa comenzó a acercar su rostro lentamente al espejo. Levantó la mano derecha y la dirigió hacia la superficie de vidrio. No podía dejar de ver su rostro, el reflejo de su cara; ahora no estaba segura de que esos ojos fueran realmente o no el simple reflejo de los suyos.

En ese momento, una figura comenzó a asomarse detrás de la imagen que se veía en el espejo, una sombra oscura, desde la espalda del reflejo de Luisa, mientras que esta se quedó paralizada por el terror, con la mano a centímetros de la pantalla de cristal. Los ojos de Luisa se ensancharon y su respiración se detuvo.

Un grito cruzó el silencio tenso de la habitación.

—¡Mamá! —chilló Eli desde el otro extremo del baño, en el umbral de la puerta que daba al pasillo.

Luisa volvió rápidamente la cabeza para ver a su hija y observó cómo algo se la llevaba hacia el corredor, y acto seguido, la puerta se azotaba detrás de ella.

—¡Eli! —gritó Luisa, desesperada, y entonces algo le sujeto la mano a ella. Cuando volvió la vista hacia el espejo, su reflejo ya no estaba... y frente a ella tan solo se hallaba la figura oscura de una niña que la retenía con una fuerza impresionante y le hacía sentir que la piel le quemaba. Luisa comenzó a quejarse por el dolor y a gritar por el miedo. No le podía ver el rostro a aquella cosa, pero estaba vestida con una pijama igual que la de su hija.

Luisa escuchó varios gritos viniendo desde afuera de la habitación.

—¡Mamá! ¡Ayúdame! —clamaba su hija desde el otro lado de la puerta, llorando de miedo.

—¡Eli! —gritó, angustiada porque no podía zafarse del agarre de aquella cosa que la sujetaba por la muñeca; ese ente en la pantalla de cristal empezó a gruñir como si fuera un animal, y comenzó a jalar a la aterrada mujer hacia ella, hacia el espejo.

Entonces, las luces se apagaron: en el baño, en el pasillo y en cada una de las habitaciones. Luisa gritó con un terror absoluto y la casa entera se quedó a oscuras, llenándose de alaridos y de llantos desesperados que aparentemente ninguno de los vecinos pudo siquiera alcanzar a escuchar. Después sólo hubo silencio.

Cuando el esposo de Luisa regresó algunas horas más tarde, tras resolver sus… asuntos pendientes, consiguió la casa vacía y no encontró a su esposa ni a su pequeña hija. Solo vio unos trastes a medio lavar en la cocina, el uniforme y la mochila de su hija en su habitación; y un vaso roto en el piso del baño de la segunda planta.

La policía hizo todo lo que pudo para investigar qué había pasado, pero nunca encontraron ningún rastro de ellas.




[Escrita en el verano de 2017. Las últimas modificaciones han sido en el verano del 2019].

19. September 2019 21:29:31 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Andrés Díaz Si buscas historias que te hagan estremecer, llegaste al sitio correcto. Soy psicólogo clínico. Escribo terror y ficción desde los 12 años. Mis mayores referencias literarias son Poe, Lovecraft, King, Verne, Sade, Conan Doyle, Pacheco, Rulfo, entre otros. Cuenta en inglés: andres_dm_eng Wattpad: Andres22DM Sweek: AndresDM Instagram: andresdiaz_escritor

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