Kurzgeschichte
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Luz negra

Iban a librarme a mi suerte, lo sabía. Miré fijo a la pantalla del televisor, miré fijo a los objetos sobre el escritorio -la lapicera roja, mi vieja amiga-, miré fijo hacia la ventana que tenía en frente. Una lágrima de frustración se formó en mi ojo izquierdo pero no alcanzó a caer porque la directora irrumpió en ese momento en el cuarto. Contuve la respiración y el llanto.

― Estás como un tomate ― me reprendió poniendo los brazos en jarro ― no se trata de fuerza, Abb.

Dejó caer los hombros en una clara manifestación de derrota. Se sentía una fracasada por culpa mía. Tragué con fuerza y esperé mi veredicto.

― Hoy es la última prueba. Si no la pasas, irás al desierto ―. Pude leer en su semblante que la idea le agradaba mucho menos que a mí. Pero así es la regla de este lugar, simple y concisa: o te ajustas a lo normal, o eres desterrado y esto último implica una muerte segura.

Las miradas hostiles de todos los días estaban iracundas esa mañana en particular. Nunca había hecho amigos, nunca había almorzado con los demás, ni hablar de aprender junto a ellos, no tenía las capacidades necesarias, y por ello era natural que los demás me rechazaran.

Hacía dibujos con lapicera roja porque de esa forma parecía que había dejado mis venas allí y no solo mi tiempo. Lo disfrutaba como si de poesía se tratara, la directora en cambio lo veía con reprobación; los expertos en mis averías decían que no era una buena señal. Había ayudado a crecer a una planta nacida en la grieta de una pared hasta que se transformó en un arbusto generoso que ahora se encontraba en el patio lindante a mi cuarto. Sus ramas irrumpían en el interior, perfumaban el aire con frescura y dulzura. Tecleé mil poemas en la máquina de escribir inspirada en aquella majestuosidad y solo generé más desesperación y negativas en mis exigentes observadores.

Y ese día era la última prueba. Los músculos me dolían de tanta tensión nerviosa y la química de mi cuerpo me rogaba que saliera corriendo. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no huir.

Pusieron el cronómetro, ¡ese maldito cronómetro! Y mientras el tiempo corría, concentré la atención en la pantalla, la miré fijamente un buen rato, pero no logré apagarla habiendo puesto todo mi esfuerzo. Un remolino de abatimiento me inundó.

En cuanto un sonido estridente anunció mi sentencia, dirigí el odio acumulado a ese infernal aparato que estalló en pedazos bajo el peso de mi mirada.

Todo quedó en suspenso durante una fracción de segundos. En verdad había ocurrido... lo había logrado y el cronómetro ya no existía.

Escuché un gemido agudo de alivio, no supe si salía de mí o de la directora. El sentimiento de liberación fue tan grande que me envolvió en una nube de irrealidad. Sentía el cuerpo cálido y liviano, sentía que una puerta se había abierto ante mí para nunca más cerrarse, me sentí poderosa. Fui conducida en ese estado extraño hasta un recinto abarrotado de personas que dispensaron su recibimiento al nuevo miembro de la comunidad. Me felicitaron sin palabras: me abrazaron, me revolvieron el cabello amistosamente, me besaron en ambas mejillas, me dieron la bienvenida con un asentimiento contundente de la cabeza y con los pechos hinchados de orgullo. Por fin pertenecía. ¡Me sentía tan dichosa! Pero por sobre todo, me intrigaba descubrir su mundo, qué había de diferente con mi vida pasada.

El primer día en que me integré, me uní a un taller de dibujo. Me retorcí de entusiasmo contenido, sin embargo, no era nada como lo que había imaginado.

― ¿Con qué dibujaremos? ― pregunté cuando vi que no había sobre la mesa más que un papel en blanco y un frasco pequeño de tinta china. Algunos se volvieron a mí, sonriendo en una aparente complicidad como si yo hubiera hecho un chiste, no comprendieron que la ingenuidad que deambulaba en mi interior era auténtica.

No utilizaban pinceles o algún instrumento que se le pareciera sino que usaban sus mentes. Lo que pensaban, lo proyectaban sobre el papel con tanta facilidad como si de respirar se tratara. Las gotas de tinta se suspendían obedientemente en el aire y se posaban de forma estratégica sobre el papel, delineando figuras perfectas. No entendí dónde estaban el compromiso y la poesía, no los encontré. No había que ensuciarse, no había que comenzar de cero, no había que buscar sombras, luces, profundidades, todo era pulcro e instantáneo.

Las plantas crecían a la fuerza con la voluntad de sus pensamientos, les daban formas extravagantes y poco naturales, casi grotescas. No había mérito de la planta en vencer a la adversidad. Y me imaginé llegando a la vejez así de rápido: mientras alguien me mira fijamente y sonríe y menea la cabeza quitándo en el acto el color a mis cabellos y agregando arrugas allí donde nunca hubo sonrisas, marchitándome a través de una voluntad ajena macabra.

Algo oscuro crecía dentro de mí, algo nuevo y nocivo, un veneno que aniquilaba por completo la belleza del mundo. Me sentía sucia y contaminada. Y ya no puedo lidiar más tiempo con la pesadez que tortura mi alma. Han pasado dos insípidos años sin que salga el sol; cada día trascurrido extrañé mis poemas, mis dedos sucios de tierra o pintura, el sonido de la máquina de escribir, el sonido de una voz.

Camino lentamente sin responder a los saludos, esquivo los atajos y me tomo el tiempo que requiere mi coraje para convertirse en determinación hasta llegar a destino.

Abro la puerta y una ráfaga de aire caliente me impacta el cuerpo. El contacto frío de una mano alrededor de la muñeca hace que me detenga un instante. Miro a la directora a los ojos. Sé que ella me comprende, sabe que no puedo evitar romperle el corazón. De a poco afloja la presión de los dedos hasta soltarme. Una lágrima queda suspendida en su ojo izquierdo, su rostro está muy rojo. Contiene el aliento, contiene el llanto, se guarda la súplica.

― Adiós, mamá ― susurro con la voz quebrada y me interno en las inhospitalarias arenas del desierto sin mirar atrás.

5. September 2019 02:49:29 2 Bericht Einbetten 1
Das Ende

Über den Autor

Helena Kamenov Disfruto escribir. Ojalá les guste lo que tengo para contar. ¡Bienvenidos!

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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Es que leerte es inspirador, un relato que habla de mucho en los justo, ¿Cuántos nos hemos sentido así, extraños, desubicados, ajenos? Precisamente por no encajar, ¡magnífico relato!
September 05, 2019, 03:37

  • Helena Kamenov Helena Kamenov
    Siempre es un placer leer tus interpretaciones. Muchas gracias!! September 05, 2019, 14:28
~