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Alfonso Escalante


Cuento corto de un explorador que resume su día explorando mundos creados por su deidad.


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El explorador

Ser el sumo sacerdote de un dios no es fácil. Los días siguen una rutina estricta que uno debe respetar por respeto -y temor- a su creador. No me lo tomen a mal, no hay día que me arrepienta de servir a mi dios: no hay mayor honor que servirle. Aparte, servir a mi dios implicaba una vida llena de aventuras y descubrimientos. Verán, no sólo atendía a los rituales necesarios para mantener contento a mi creador y asegurar que la noche y el día siguieran existiendo. También implicaba el honor de acompañarlo mientras creaba nuevos mundos, y era mi deber sagrado el explorarlos una vez que existieran.

Mis días con el creador empezaban siempre igual: amanecíamos en su santuario en donde lo que solo puedo imaginar eran sus sirvientes celestiales le atendían para prepararle para un día ocupado. Después de bañarse en un océano, comía planetas enteros forjados en fuego celeste; era vestido con sus ropas ceremoniales y abordábamos su carruaje, recorriendo galaxias enteras para llegar al templo de la creación. Durante este tiempo mi creador me hablaba en un lenguaje que, debo aceptar, no comprendía del todo: sabía que su conocimiento era demasiado vasto para mi entender, pero aun así mi dios se dignaba a contarme los planes que tenía para ese día. Si bien no entendía todas sus palabras, el sentimiento en cada una de ellas me llegaba tan claro como el agua: sabía cuando crearíamos algo, y cuando destruiríamos algo.

Al llegar al templo de la creación, mi dios comenzaba su jornada. Durante la primera parte del día recitaba los hechizos sagrados que garantizaban el poder del cosmos, casi como si cantara una canción para mantener el ritmo del universo. Una vez concluidos estos rituales, comenzaba la parte en donde más se implicaban mis responsabilidades: acompañaba a mi dios mientras, por horas, decidía el siguiente paso de su creación. A veces nos encontrábamos en un lugar desértico, desde donde él erigía de la nada castillos y construcciones titánicas. En otras ocasiones, lo veía erigir de un lodo primordial civilizaciones enteras, en donde experimentaba con los secretos de la vida: desde criaturas horríficas con múltiples apéndices hasta lagartijas gigantes con un apetito voraz. En cada ocasión, era mi deber sagrado interactuar con sus nuevos mundos, probando si eran dignos de existir. A veces guerrero, a veces diplomático, cada uno de estos mundos significaba una nueva aventura para mí. Una aventura a la que iba sin temor ni duda, pues sabía que mi dios estaba a mi lado, siempre velando, siempre cuidando a su emisario. No les voy a mentir, en varias ocasiones mi vida estuvo en peligro: mi creador gustaba de mundos indomables en donde solo el mejor sobrevivía. En varias ocasiones perdí batallas y con ellas parte de mi cuerpo, pero siempre al final de la jornada era restaurado por su gracia. En otras, resultaba victorioso y mi señor cantaba mi nombre en jolgorio al regresar a su lado.

En otras ocasiones no era mi deber explorar sus mundos, sino destruirlos. Porque mi dios puede ser creador y dador de vida, pero también puede tomar lo que concedió. Innumerables veces fui testigo de como una simple lágrima de mi creador, expuesta en frustración por alguna civilización, era suficiente para inundar y destruirla. En otras ocasiones, era yo quien actuaba como su martillo, como su espada, aplastando a quien osara desafiar su mandato divino. Si bien nunca podré conocer los secretos de la vida y la muerte que solamente él posee, puedo decir con orgullo que fui testigo de su poderío.

Al terminar la jornada, volvíamos a montar su carruaje y regresábamos a su santuario. Al igual que al amanecer, era recibido con una comida celestial y un baño en océanos. Después, sus sirvientes lo arropaban en cama, y cantaban los últimos rituales del día. Y después mi dios hablaba para dar terminada la jornada. No entiendo el significado de las palabras, pero sabía que cuando mi señor decía “gracias mami, papi, me divertí en el kínder, los quiero” era tiempo de que él descansara, y yo cuidara su sueño. En unas horas, mis deberes volverían a comenzar.

19. Februar 2019 23:40:49 0 Bericht Einbetten 0
Das Ende

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