eqsaenz E. Q. Saenz

No le temas al bosque, teme a los que lo habitan. ¿Cuándo la muerte se había vuelto tan atractiva? Para Joshua, cuya vida dependía de la imposible tarea de detener a 'la bestia', un asesino en serie sobrenatural, cada vez se hacía más tentador. El hambre no será su mayor preocupación cuando las raíces lo arrastren hacia lo más profundo de la oscuridad y encuentre la perdición con el brujo del bosque.


Fantasy Nur für über 21-Jährige (Erwachsene). © Safe Creative 1902049853120

#demonios #magia #gore #brujas #lgbt #erotico #vampiros
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El bosque de los susurros

Intentó levantar los brazos sin efecto, no porque tuviera las garras clavadas al respaldo del sillón. Tenía pocas fuerzas, sí, pero era algo más que la gravedad lo que lo retenía. Quería levantar las manos y apartar esa sonrisa petulante ¿Por qué no podía dejar de mirarlo así? Sus sentidos volvían a desbocarse y perdía la noción de la realidad por unos segundos. El olor y sabor a hierbas lo desorientaba. Debía continuar con su huida, aunque no pudiera soltarse de esas cadenas que lo mantenían sentado. La huida, recordó, ¿hace cuánto había sido aquello? ¿Unos minutos, varias horas? ¿Fue al caer la noche o ya de madrugada?


Era de madrugada, estaba casi seguro, cuando Joshua se encontraba corriendo por el bosque, o al menos lo intentaba. Por eso tenía tanta prisa en llegar. Nunca le había gustado el bosque, en especial de noche, los sonidos de animales extraños, las ramas que se le estrellaban en el rostro, el crujido de madera podrida que pisaba, el lodo que embarraba sus zapatos o los olores que impregnaban un olfato sensible como el suyo. Ya había escapado de aquel lugar infernal, ahora huía de ese bosque, no porque temiera a lo que podría ocultarse entre los arbustos, huía porque necesitaba llegar a su refugio antes de que fuera tarde de más.


Con las manos se sostenía el estómago con fuerza; tenía una herida abierta que no dejaba sangrar. Le costaba mucho respirar y perdía el aliento con facilidad debido al dolor. No podía controlar su paso y debía recostarse contra los árboles para no caer.


El crujido de unas ramas lo sobresaltó. Ese no había sido él, podría haber sido un animal pero vaciló ante la idea. Se detuvo en seco para oír mejor, el bosque se había silenciado sin aviso. Tenía una sensación, no, estaba seguro de que no estaba solo. Había alguien ahí y las pisadas se oían cada vez más cerca: lo estaban siguiendo.


Apresuró el paso y se ocultó detrás del primer árbol lo suficientemente grande para cubrirle el cuerpo, aguantó la respiración para no jadear de dolor o hacer cualquier otro ruido. Observó de reojo el camino por el que había venido: Nada. Solo estaban los árboles enmarcados por el frágil resplandor de la luna creciente. Las nubes pronto comenzaron a escurrirse lentamente y bloquearon esa débil luz hasta apagarla. Entonces lo vio. Una sombra, una silueta cubierta de negro que desaparecía detrás de los árboles.


«Maldición», se dijo Joshua. Lo habían encontrado. Reunió todas las fuerzas que le quedaban e intentó volver a correr, pero el cuerpo se le puso en contra y una fuerte punzada se propagó desde el estómago hasta el resto del torso, perdió la fuerza en las piernas y cayó de rodillas. Las náuseas se hicieron lugar hasta la garganta, con las uñas se aferró al suelo y se obligó a tragar todo antes de que fuese a peor.


Tomó aire y empezó a arrastrarse hasta el tronco más cercano y se recostó contra él. Jadeaba sonoramente, ya no podía seguir avanzando. Si ese era su fin, desgarrado y sin fuerzas para levantarse del suelo siquiera, que así fuera. Lo aceptó una vez hace muchos años y, con tanto agotamiento y sufrimiento detrás, podía aceptarlo una vez más. Las pisadas se oían cada vez más cerca, aplastando las hojas secas a su paso. Como Josh ya no podía moverse la sombra parecía acercarse con mayor tranquilidad, lo que le dejaba aún más tenso y desesperado. En su poca lucidez la imaginaba a ella, como el recuerdo de una pesadilla, la mujer que traía la oscuridad del más allá consigo, como una invitación de lo más tentadora y mezquina. Sabía que era hermosa pero no podía verle el rostro siquiera, su voz era muy dulce pero no recordaba las palabras que le había dicho, solo lo que le había obsequiado: Muerte.


Joshua se aferró el abdomen con fuerza y apretó la mandíbula para silenciar un quejido. Levantó la mirada hacia un lado. Nada. Cuando volteó al otro lado se encontró con una alta silueta que vestía una larga túnica negra que le cubría todo el cuerpo. «¿La verdadera muerte en persona?», se preguntó dejando escapar un último suspiro, «No me engañes otra vez», pensó con una leve sonrisa en su mente, no sería la primera vez que aceptara ese destino final.


La figura se puso en cuclillas para quedar a la misma altura que Joshua y se quitó la capucha. Si esa era la muerte, no estaba tan mal, pero no era ella. Era un muchacho de unos veinte años, de cabello castaño y rostro amable, con los ojos sorprendidos, cejas levantadas y labios entreabiertos. Se veía desconcertado de encontrarse a Joshua. En un principio no dijo nada, solo se lo quedó mirando, como si tratara de aclarar una confusión consigo mismo. Luego observó esa zona que Josh no dejaba de presionar. Acercó una mano y tomó la de Joshua para quitarla y ver de qué se trataba.


―No durarás mucho tiempo si no te tratas eso ―Dijo el extraño con facilidad para identificar la gravedad del asunto y una mirada que lo estudiaba como si fuera un médico que ya había visto decenas de heridas como esa.


―Gracias por el consejo, pero estaré bien ―dijo Joshua con autosuficiencia, esforzándose por no retorcerse. Su voz se oía ahogada y el labio inferior le temblaba ligeramente. No necesitaba que un desconocido se inmiscuyera en sus asuntos, solo necesitaba llegar a casa y tirarse a descansar. Solo necesitaba conseguir levantarse y caminar hasta salir de ese maldito bosque.


―Mi cabaña está cerca, déjame ayudarte ―dijo el desconocido sin molestarse en oír sus protestas. Se acercó y le pasó una mano bajo el brazo para ayudarlo a levantarse luego de notar que no podría hacerlo por su cuenta.


Pronto Josh se encontró sosteniéndose del muchacho de mala gana y cojeando en una dirección diferente a donde en verdad quería ir. Se quedó observando un punto lejano en el este mientras caminaba, esperaba regresar antes de que saliera el sol, o tendría aún más problemas.


La cabaña del muchacho parecía muy bien escondida; la rodeaban árboles frondosos y estaba cubierta por plantas enredaderas a excepción de algunas partes de la puerta y las ventanas. La cabaña parecía haberse mantenido en pie por muchas décadas, incluso las bisagras de la entrada se veían oxidadas, pero al abrirse no hubo chirrido; era una puerta antigua y pesada pero bien cuidada que se deslizó con un sutil susurro.


El interior olía a hierbas y velas aromáticas, la chimenea estaba encendida y fue en esa dirección que lo llevó. Lo dejó sobre un sillón en donde no le costó acomodarse al soltar todo su peso. El muchacho se alejó y Joshua se dispuso a estudiar el lugar. Lo primero que le llamó la atención y le dejó fascinado fue el amplio librero que cubría una de las paredes. Aquellos libros lucían antiguos y únicos, incluso las cubiertas parecían hechas a mano hace años. Un viejo instinto lo llamaba a tocarlos, a acariciarlos y abrirlos con el cuidado y aprecio que se merecían, pero al intentar levantarse la punzada de dolor lo obligó a dejarse caer nuevamente. Empezó a contorsionarse en agonía y tuvo que sostenerse con fuerza para no perder el control e intentar desgarrar su propia carne con las uñas. Cada latido y cada respiración parecían empeorarlo, pero sabía que cuanto más pensara en el dolor solo lo empeoraría, así que debía distraerse. Lo segundo que notó le hizo pensar que la cabaña había estado abandonada por muchas décadas antes de que llegara el muchacho. Las enredaderas y raíces no cubrían solo el exterior sino también las paredes y el suelo de dentro, se extendía por los muebles e incluso sobre algunos de los libros. «Quizá nunca haya tocado esos libros en la vida. Qué desperdicio.» Sentía verdadera pena por ellos y disgusto por el muchacho, podría llevárselos con él cuando saliera de ahí y darles un hogar como se merecían.


El muchacho volvió de lo que parecía ser la cocina con una caja metálica en las manos. La dejó sobre una pequeña mesa junto al sillón y sacó un par de cosas. Se puso unos guantes de látex blanco, con los que en verdad empezaba a parecer un enfermero, y con unas tijeras cortó la ropa que aún cubría parte del abdomen y se había pegado a la piel. Con una pinza y gasas empezó a limpiar el exceso de sangre pero ésta no dejaba de salir y, además de que tenía unas peculiares manchas negras, no lograba coagular, así que al empezar a empaparse las manos tuvo que tomar la decisión de ir directo al problema.


Sacó otra pieza de instrumental que Joshua no logró identificar, le pareció una clase de pinza torcida y no supo para qué era hasta verla en acción. El muchacho la colocó en la entrada de la herida, una ancha línea casi vertical que pasaba por el ombligo y en la cual podría entrar una mano si la intención era hacer daño, y empezó a separar los bordes para abrirla.


Joshua gruñó a lo alto y se retorció, las uñas, convertidas en filosas garras, atravesaron los brazos del sillón.


―¡¿Qué demonios crees que haces?! ―le gritó al muchacho. Pensaba matarlo en ese mismo instante, estaba a punto de desgarrarle la garganta cuando algo le detuvo las extremidades y notó que el muchacho murmuraba palabras extrañas por lo bajo. Intentó forcejear pero se quedó atrapado en su lugar: unas enredaderas de un verde oscuro, casi negras, habían surgido de algún punto del sillón y le apresaban los brazos a los lados y el pecho hacia atrás.


―Si te mueves solo será peor para ti ―Y no era una simple recomendación; en ciertas secciones de la enredadera se encontraban diminutas espinas curvas que provocaban una desagradable sensación cuanto más forcejeaba―, ahora veamos qué tienes aquí ―dijo el castaño sin apartar la vista de la herida intentando comprender qué era lo que estaba viendo.


Joshua resoplaba como un caballo, el pecho se le hinchaba impaciente. Sabía muy bien que aquella no era una herida normal, porque sabía bien quién se la había hecho, y curarla no era fácil, sino imposible. La última vez se estuvo retorciendo en la cama durante días hasta que la agonía se fuera apagando. No tenía mucho entusiasmo para hablar de su problema y era poco probable que pudiera hacer algo al respecto de todos modos, quizás podría darle un calmante y así al menos seguiría su camino. Prefirió morderse el labio cuando lo vio y lo sintió proseguir, apretó lo bastante fuerte como para sentir el roce de la sangre en la boca.


―¿Acaso esto es… ―balbuceó el muchacho, se veía estupefacto, y se hubiera frotado los ojos si no llevara las manos cubiertas de sangre ― …un fuego fatuo? Pero, ¿cómo ha llegado hasta ahí? ―Le costaba creer lo que veía: un pequeño fuego negro ardía en el interior del cuerpo, diminuto como un insecto pero causaba estragos en las bestias más feroces.


―¿Piensas hacer algo o te quedarás mirando? ―gruñó. No reconocía el nombre que le había dado a lo que llevaba en el interior, pero el muchacho pudo reconocer lo que era, o al menos sabía lo suficiente, aunque Josh no podía decirle de dónde procedía, ni mucho menos de quién. Solo lo necesitaba fuera, empezaba a retorcerse aún más con la abertura forzada sobre la herida que dejaba entrar más oxígeno y avivaba la pequeña llama. Los sentidos volvían a jugarle una mala pasada y se perdía a sí mismo del lugar en el que se encontraba.


El muchacho se levantó y dio un par de zancadas hasta alcanzar una de las velas que cuidaban la ventana de la oscuridad. La apagó de un soplido, dejando un delicado hilo de humo, y la acercó hasta el malherido.


Joshua se retorció queriendo alejarse a pesar de que no tuviera oportunidad, estaba a punto de preguntar qué intentaba hacer pero recibió primero la respuesta.


―Tomaré esto como pago por tratarte ―dijo el muchacho con una sonrisa al impregnar la mecha con un poco de sangre y acercarla hasta la herida, la llama se tomó su tiempo hasta contagiar la vela, entonces la alejó y la dejó caer sobre el platillo que tenía las gasas usadas para que no se quedara sin combustible―. No tienes idea de lo que vale esto en el mercado negro. Es poco común hallar un fuego de este tipo lejos de su fuente, así que debes llevar algo especial en tu interior, algo en tu sangre al parecer.


Joshua lo notaba emocionado, pero no compartía su interés. No tenía idea de cuál era su valor y, si era por él, podía quedarse con todo.


―Ahora que acabamos los negocios, ¿puedes apagarlo o no? ―insistió el paciente. No había dejado de tironear las ataduras y se creía, ingenuamente, capaz de soltarse en cualquier momento.


El muchacho le volvió a sonreír, casi creyó verlo guiñar un ojo antes de voltearse e irse de nuevo en la dirección de antes. Oyó el choque de objetos metálicos con otros de vidrio, el sonido de líquidos que se vertían y luego lo que probablemente era una cuchara mezclando todo. Regresó con un vaso lleno de líquido verde y espeso, ni siquiera el olor ayudaba a hacerlo más soportable, pero todo fue a peor cuando le dijo que aquello no era para la herida, sino que debía bebérselo todo. El joven intentó explicarle que sería más rápido si lo ingería y era su propio sistema el que lo esparcía, porque aunque intentara colocarlo directo en la herida corría el riesgo de que el fuego pasara a otra sección ensangrentada, pero Joshua no estaba en su mejor estado para escucharle y no era ningún vegano para querer siquiera probarlo.


La nauseas lo invadieron como la desesperación por zafarse, y aquello no era una opción. Sin embargo, el castaño hizo un movimiento peculiar que apaciguó todos los movimientos de Joshua por un instante: se subió encima y se sentó sobre su regazo, con las rodillas a cada lado, el rostro a tan solo unos centímetros de tocar el suyo y aquellos ojos claros que lo habían atrapado por un momento de vacilación ante lo que haría en esa posición. Entonces, con su impertinente sonrisa de vencedor, tomó el mentón de Joshua y le presionó la mandíbula hasta forzarlo a que abriera lo suficiente para verter aquel nauseabundo contenido.


Antes de darse cuenta el espeso y viscoso líquido le caía por la garganta y el sabor era mucho peor de lo que aparentaba; era amargo como hierba vieja, ácido como fruta pasada y un poco salado como agua de mar. Las arcadas intentaron expulsarlo de regreso pero encontró la boca sellada por las manos del muchacho, quien parecía tratar de aparentar una sonrisa apretando los labios. Joshua no comprendía qué podría ser tan divertido de todo eso. Sin poder expulsarlo hacia afuera al final no encontró otro modo para deshacerse de la mezcla que tragándola todo. No podría quitarse ese horrible sabor por semanas.


―No estuvo tan mal, ¿o sí? ―preguntó el muchacho con cierta gracia, luego de haber esperado unos minutos para soltar la boca de Josh y estar seguro de que no quedaba nada para escupir.


―Es lo peor que he probado en mi vida ―respondió Joshua mientras una toz aliviaba su ahogo y volvía a inhalar bocanadas de aire, lo que empeoraba el sabor en las papilas gustativas.


―¿Qué esperabas? ¿Jugo de frutas? ―se burló. Dejó el vaso a un lado y empezó a palpar con suavidad el estómago de Josh― ¿No notas algo diferente?


No fue hasta oír esas palabras que Joshua se percató de que aquellas bocanadas de aire no se presentaban con la fuerte agonía de antes. Se había apagado el fuego. Tenía los órganos destruidos, sí, pero su interior ya no ardía, y aquellas heridas abiertas y corroídas dolían mucho menos que antes y ahora tendrían la oportunidad de sanar. En comparación a su estado anterior, podía respirar con la libertad de un recién nacido.


Las amarras que lo sostenían se deslizaron y se retrajeron de modo que aprovechó para palpar por sí mismo la abertura en el abdomen. Le recorrió un escalofrío y una aguda sensación de los nervios dañados, pero aún así era capaz de sonreír levemente en regocijo. Levantó la mirada y se encontró con aquellos ojos otra vez. Seguía ahí encima, satisfecho, como si esperara algo más.


―Te daría las gracias pero al parecer ya me has cobrado el pago ―dijo Joshua con desdén―. ¿Has terminado?


―Pareces tener prisa. Pero no creo que puedas moverte aún.


―Lo haré si te apartas ―Joshua posó las manos en las caderas del otro para moverlo y trató de encorvarse, demasiado rápido quizás, porque una fuerte punzada lo hizo soltar un pequeño quejido y percatarse de que no estaba tan bien como creía a pesar de la mejora.


―No estás bien, Jack. Debes descansar.


Joshua frunció el ceño al oír ese nombre. No era el suyo, y tampoco conocía nadie que se llamara así.


―Creo que me confundes con alguien más.


―Te recuerdo muy bien ―dijo el desconocido que había mantenido una amplia sonrisa hasta entonces. Se veía de buen humor desde el momento en que se encontró a Joshua en el bosque, pareció haberlo reconocido apenas verlo, pero entonces empezó a apagarse― Pero, tú no me recuerdas, ¿o sí? ¿La fiesta de Halloween?


Joshua se vio confuso; reconoció el evento cuando lo mencionó, pero no registraba el rostro del muchacho. Negó lentamente. Aquello no pareció agradar a su enfermero.


―Nosotros… ya sabes ―agregó el muchacho, levantando ambas cejas y asintiendo para tratar de hacer entender un suceso implícito de aquella noche. Pero Joshua no parecía captar el mensaje tan sutil, al menos no al principio, hasta que luego de varias insinuaciones con la entrepierna comprendió. Intentó no reírse, pero le era difícil con el contraste de recuerdos que tenía cada uno.


―Verás, esa fue una noche muy loca y «me encontré» con varias personas. No los recuerdo a todos, no te lo tomes personal ―Joshua se encogió de hombros, tan cínico como solía ser, en especial con un tema tan banal para él.


Sin embargo, aquello no parecía ser algo tan superficial para el otro muchacho, quien se mostró ofendido al ser tratado como uno del montón, y más aún por haber sido olvidado con tanta facilidad luego de un par de semanas.


―¿Me has olvidado por completo? ―preguntó entonces, pero con más suavidad, con un murmullo que solo se oía a esa breve distancia entre dos personas. Una pregunta retórica, pues antes de esperar una respuesta colocó la mano en medio de ambos, mostrando el lado interior del brazo para su paciente.


Joshua lo observó, esperando encontrar algo en aquella extremidad, pero no vio nada en ese lado menos bronceado del brazo, lo único que veía eran las tenues líneas azules. Las venas le parecieron tan delicadas en ese momento y al mismo tiempo palpitaban con la vigorosidad típica de un muchacho joven y saludable. Se sintió tentado ante esa imagen, la debilidad de su cuerpo esfumaba la poca cordura y calma que le quedaba, el sonido del palpitar lo llamaba.


Oyó un «Te ayudaré a recuperarte», pero sonó demasiado lejano, fuera de esa habitación, como el susurro en un sueño. No veía a nadie más, solo estaba él, somnoliento e hipnotizado, con la cabeza inclinada y las manos aferradas a aquel brazo como una reliquia de extrema delicadeza. Se relamió tan lento como para sentir lo seco que tenía los labios, y al acercarlos pudo deleitarse con la suavidad y calidez de la piel del muchacho. Sus labios se abrieron y un jadeo escapó antes de aferrarse con los dientes y profanar la carne con los colmillos. El líquido se filtró y empezó a llenarle la boca, no se dio tiempo a degustar antes del primer trago, pero luego la peculiaridad de ese sabor no se dejó ignorar; era refrescante, era dulce y sobrecogedora, le transmitía una fuerza suficiente para despertarlo. Era un sabor único, en algún lugar de su interior podía reconocerlo, lo había probado antes. Cuanto más bebía más ráfagas de sensaciones venían a él, atisbos de recuerdos de aquella intimidad, los gemidos, ese aroma, esos ojos, esa boca, esos dedos acariciándole la cabellera azabache y enredándose entre los mechones para jalarlo hacia atrás con fuerza. Cuando se desprendió de ese sabor aquello dejó de ser la simple sensación de un recuerdo.


―¿Olvidaste esa parte también? ―murmuró el muchacho acariciando lentamente los labios de Joshua con el pulgar para limpiar la sangre y meterlo dentro de esa boca jadeante y excitada que no vaciló en succionarlo como el joven hambriento que era―. Creo que con eso bastará ―Se veía más satisfecho que Joshua―. Si logras recordarme quizás pueda darte más ―agregó, le soltó la cabellera y se levantó del regazo de Joshua. Se volteó para recoger las cosas de la caja y empezó a envolverse el brazo con una venda; notaba el ansia en esa mordida ya que, además de los dos orificios, le había dejado una fuerte marca del resto de la dentadura.


Joshua no le dio mucho tiempo y le aferró la muñeca para que no se alejara, lo detuvo con aquella intensa mirada de ojos dilatados en un negro eufórico y el rollo de vendas cayó al suelo dejando solo la tira colgada del brazo. Al principio no dijo nada, solo se lo quedó observando en silencio, y aquello casi desilusiona al muchacho.


―Eras el que iba de espantapájaros ―dijo Joshua sin vacilar, lo que confirmó ante el gesto animado del muchacho. No era demasiado pero parecía ser suficiente de momento.


―Uriel ―se presentó, otra vez.

16. April 2020 01:22:38 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Nicolás Alejandro Nicolás Alejandro
Me encanta lo profesional que eres al presentarnos una historia y diálogos coherentes.. interesante por sobre todo. Te seguiré para estar atento a todo lo que vayas publicando. Podrías seguirme de vuelta y darle un vistazo a mi historia ? quiero ir mejorando y creo que me ayudaría la opinión de una escritora como tu , saludos :)
April 19, 2020, 22:57
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