Mantra Follow einer Story

E
Enrique Zalamea


Una anciana obsesionada con la santería yoruba de Cuba se levanta de su siesta, se acicala un poco y se prepara para morir. En este cuento corto (de 1800 palabras) el lector escudriñará en el pasado que la llevó al que parece ser su último día de vida y descubrirá una posible salvación en un libro de conjuros llamado "Mantra". La ilustración es hecha por el autor y la obra completa pertenece a una selección de cuentos de terror y suspenso que ya están listos para ser publicados.


Horror Alles öffentlich.

#acción #suspenso #terror #horror
Kurzgeschichte
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Mantra

Sonó el reloj que marcaba la llegada de las cinco de la tarde y Sofía, por fin, abrió los ojos de par en par. Aquél era un día muy importante. Observó el techo de la habitación, el tono oscuro de la madera se hizo claro por la luz que irrumpió en la ventana. Se levantó de la cama con la poca agilidad que su cuerpo le permitía y observó su reflejo en el espejo. “Vaya si estoy arrugada” pensó, pero se recriminó inmediatamente: “banalidades”. Se peinó la cabellera que le quedaba, que no era poca, porque aún conservaba ese capricho y porque sabía que era un día muy especial; desde hacía algunos años se preparaba para ello. “Hoy es el día”, susurró, “hoy me voy a morir”.

 

Se preparó una taza de agüepanela con leche, cortó unas tajadas de pan y el queso campesino; su aroma le recordaba cuando era niña y le llevaba el rostro de sus padres a la mente, o por lo menos los que estaban atrapados en las fotografías. Pensó en lo feliz que fue gracias a ellos pero lo mucho que les abandonó. De niña siempre soñó con ser historiadora. Recordó lo orgullosa que se sentía de su procedencia cubana, de las claves, el batá y la percusión; de la ropa vieja con tostones, los moros y cristianos y el fufú de plátano; de sus ancestros yorubas y la tradición santera. Se sentía orgullosa, aunque no recordase nada de ello, porque desde muy niña había migrado a Colombia, más exactamente a Bogotá. Su afinidad con el pasado le llevó a estudiar Historia en la Universidad Nacional, carrera de la cual se graduaría años después. Luego decidió irse a Cuba para continuar con sus estudios y hacer su vida, su instinto la llamaba. Una vez radicada allí, viajó por algunas partes del mundo, pero nunca se desvió de su camino: el sincretismo de la isla, particularmente el de la Habana, donde encontró su mayor obsesión.

Durante más de treinta años estudió, totalmente trastornada, los secretos ocultos en la virgen de Regla y Oxum. Escudriñó la historia y encontró en ella aquello que sería su perdición, el anatema.

 

Escuchó un leve golpe y salió del sopor; se hizo audible el ruido de la calle y el que hace la agüepanela cuando se recuesta dentro de la taza. Tomó despacio la bebida, ingirió el pan y observó a su alrededor.  “¿De qué manera voy a morir?” se preguntó. “El vidrio de las ventanas se puede romper y alguna esquirla puede acabar en mi yugular; o podría resbalar y quebrantarme la cabeza”. Se tomó la molestia de cavilar. “Si no puedo remediarlo”, pensó, “al menos que no duela tanto”. Entrecerró los párpados ajados y visualizó una idea. “¿Y si me adelanto a los otros?” se levantó rápidamente de su silla. “¡Eso es!” corrió hacia el estudio.  “¡Mantra podría romper la maldición!”.

 

Echó un vistazo a las pilas amontonadas de libros que tenía por doquier, pero no fue necesario buscar nada, pues encontró lo que quería justo en medio de la habitación. “¡Ven aquí!” dijo mientras tomaba en sus manos, con gran dificultad, un libro muy grande de tapa negra y dura. Observó que la portada (en letra pequeña) decía Mantra.  Se quedó observándolo y recordó que él llegó a su poder en un bazar marroquí, en el 2008, justo el mismo año en que recibió la fatídica noticia de la muerte de sus padres. Recordó, con remordimiento, que siempre estuvo muy lejos de ambos. “En cualquier momento pude haber dado media vuelta”, susurró. “Pero no lo hice”, dijo, y entonces dieron las seis de la tarde; lo supo porque el sol se había ocultado y porque el reloj de cuco había comenzado a cantar nuevamente: Cucú-cucú. “Ahora debo sobrevivir… ni siquiera por mí, sino por ellos; por su memoria”, dijo en voz alta, mientras buscaba la página que necesitaba. “Aquí estás”.

 

Caminó apresurada hasta un armario, rebuscó entre los cajones, y encontró un trozo de tiza vieja.  Movió unos libros del suelo con los pies y pensó en dibujar allí mismo, pero se retractó porque sobre la moqueta era imposible que funcionara. Escuchó cómo de algún lugar deshacían golpes sordos que retumbaban en toda la casa. Supo que ya estaban allí. “Debo apresurarme”, balbució. Tomó como pudo el cuchillo, el pesado libro y la tiza, y caminó con prisa hacia el baño de la sala. 

 

Una vez dentro, cerró con seguro y comenzó a dibujar  sobre el suelo el sigilo que había encontrado previamente, al mismo tiempo que recitaba la frase “ohun ti o wa lati oorun”. Agarró el cuchillo, lo miró con cierto desapego y vio su agitado reflejo en él. ¿Cómo había llegado hasta ese punto?  Recordó las noches oscuras que pasó en Pinar del Río, las últimas en la isla, de hecho. Noches tormentosas en la comunidad de Aguaclara, donde fue maldecida por encontrar y llevarse el Iruke de Babalú Ayé, el orisha de la muerte y la decadencia. Aquella tarde estaba finalizando una excursión a una de las cuevas de Valle de Viñales cuando vio el Iruke entre las rocas; sus hilos eran de caballo, no había duda alguna, pero no eran normales, parecían de oro. Lo tomó y lo guardó para examinarlo. Con los días comenzó a sentirse mal, sus piernas temblaban, su cabeza dolía y su cuerpo ardía en fiebre.

 

Adela, la matrona de la comunidad, la cuidó y la curó por semanas, pero Sofía no mejoró hasta que le contó de su hallazgo. Adela, aterrada, le explicó que en la región había objetos malditos pertenecientes a Babalú Ayé, quien hacía enfermar hasta morir a todo aquél que los tocara, o en el peor de los casos, les condenaba con las almas del purgatorio. Tuvo que enterrar el objeto en camposanto, porque no pudo convertirlo en cenizas cuando intentó quemarlo en la gran hoguera, ni pudo quebrantarlo con el machete más afilado, ni logró hundirlo en el mar. Recordó que su salud mejoró considerablemente, pero no era aquello lo verdaderamente importante: ya había sido tocada por Babalú y había sido maldecida. Comenzó a experimentar sueños extraños que no provenían de este universo, terrores nocturnos que daban cuenta del terrible futuro que se avecinaba; pudo ver, a través de ellos, la fecha exacta en que moriría, pero no descifró cómo lo haría, solo sabía que las ánimas acudirían por su alma en aquél día.

 

No podía volver al pasado, así que se obligó a continuar.  Dejó de mirar su reflejo y se hirió la palma de la mano. La sangre que de allí comenzó a brotar cayó sobre los signos dibujados con tiza. “Oxum, ohun ti o wa lati oorun”, repetía, incansable. Gritos desgarradores se colaban por la cerradura de la puerta, sonaron golpes. “Oxum, por favor, responde mis plegarias, acude a mi llamado” susurró, cerrando los ojos con fuerza y deseando (como nunca antes deseó algo) que funcionara.

 

El sello se abrió y sus ojos también, ya no había ruido ni hostilidad en el ambiente; ahora reinaba el silencio y, tal parecía, la luz del día volvía a imponerse en el apartamento. Salió del baño con la seguridad que hacía pocos minutos le faltaba, pero su intuición le gritó que algo no estaba bien. El cuco sonó nuevamente y ella hizo lo suyo, dirigir la mirada hacia el reloj, cual marcaba las cinco de la tarde. Inmediatamente miró hacia la habitación y logró verse a sí misma, recostada en la cama, intentando levantarse de ella. “¿Qué?” se le escapó de los labios, estaba paralizada. “Esa soy yo”, dijo mirándose, a continuación, la palma de las manos; notó que la herida que se había infringido seguía abierta. Echó un vistazo a la habitación y vio que ella, la Sofía que apenas estaba despertando, su doble, la de este Universo alternativo, la Sofía del pasado, ya se dirigía para la cocina, así que corrió a esconderse detrás de un mueble.

 

“¿Qué diantres está sucediendo?” susurró, mientras miraba a la Sofía del pasado prepararse la taza de aguepanela, cortar el trozo de pan y el queso campesino. Comprendió que quien estaba allí era ella misma, pero en otra línea de tiempo distinta, en el pasado. “Si he regresado al pasado” dijo, “algo salió mal” se detuvo a pensar un momento. “¡El Sigilo!” exclamó, tapándose la boca de manera inmediata. Sabía que si interrumpía, de cualquier forma, el presente de la Sofía del pasado, podía acabar con sus posibilidades de volver a encaminar el futuro. Debía ser cuidadosa con sus movimientos para que no se diese cuenta. “Si algo salió mal, tuvo que ver con la invocación” dijo en voz baja, “debo recuperar a Mantra y ocultarlo para que la Sofía del pasado no haga ninguna invocación”. De la prisa que llevaba, se golpeó en el pie e hizo sonar la pared. Corrió hasta el estudio y comenzó a buscarlo entre las pilas de libros desordenados. “¿Dónde estás cuando te necesito, maldición?” dijo y, después de remover unos cuantos, lo encontró. Pero no le sirvió de nada, porque escuchó cuán rápido se aproximaba la otra Sofía. Del pánico que le entró, dejó caer el libro al suelo y se escondió en el armario; allí pudo verla tomar el libro e ir a buscar un trozo de tiza y el cuchillo, tal como ella lo había hecho antes: la vio cargar los objetos e irse.

 

Ella salió del armario en cuanto pudo, pero se detuvo rápidamente porque su jersey se había quedado atorado en la puerta; vio por el rabillo del ojo que una sombra se movía fuera de la habitación y salió a perseguirla, pero no vio a nadie.

 

Pensó que para ese momento todavía podía detener a la Sofía del pasado y comenzó a golpear la puerta del baño con frenesí, esperando que ésta saliera y no hiciera el conjuro, pero no funcionaba; tenía que tomar una decisión, y tenía que tomarla pronto; entonces vio que, del otro lado, en la cocina, había una tercera Sofía, una de un futuro más lejano del que ella venía, tal vez.

Y se le ocurrió una idea, quizá llevada por la desesperación: matarla. Supuso que aquello sería lo más asertivo que podía hacer, pensó que de esa forma cerraría el ciclo. Con un cuchillo la apuñaló en reiteradas ocasiones y después sacó su cuerpo a rastras hasta la puerta del apartamento.

 

Como iba de espaldas, no lo supo, pero en cuanto se dio la vuelta, vio la ciudad repleta de cadáveres; cadáveres suyos, de ella misma, muerta, cientos de miles de veces, apilados como sus libros. Corrió dentro de casa, cerró la puerta y negó que aquello fuere cierto. “No puede ser, no”, dijo nerviosa, negando con la cabeza lo que sus ojos habían visto.

Pero ya era tarde. Sus pasos la habían llevado hasta la cocina, nuevamente y por primera vez, y ahora estaba de espaldas a la que sería su versión del pasado, apuñalándola, ignorando que aquello no era su tiquete de salida, sino su condena eterna a la muerte misma, a un bucle tortuoso del que jamás despertaría.

3. Januar 2019 18:24:22 0 Bericht Einbetten 0
Das Ende

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