Un Cuore Malato Follow einer Story

malinascarlett Gabriela Alonso

Ella, con una vida planeada y casi perfecta. Él, con una vida desordenada y acostumbrado a hacer lo que quiere. Ambos huyendo de un pasado tormentoso, luchando contra sus propios demonios. Ambos con una historia en común. Destinados a conocerse. Destinados a amarse... O quizá a algo más grande que ellos mismos...


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#301 #reencarnation #witcraft #258
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Capítulo 1. Encuentro.

– Ya veo... ok no te preocupes, no hay ningún problema... adiós —respondí con mi voz lo más calmada posible al teléfono desde el cuál mi reciente conquista se disculpaba conmigo por no poder asistir al bar donde, desde hacía ya casi una hora, lo esperaba. Lo había conocido en la biblioteca en la cual trabajaba, y si bien no me pareció la octava maravilla del mundo, cuando lo conocí me pareció bastante atractivo e interesante, por eso había aceptado su propuesta de citarnos en ese lugar.


Me di cuenta, en cuanto colgué, de que tendría que enfrentarme a la oscuridad de la noche sola, así que decidí hacer mi situación más llevadera y divertida con un par de cervezas. Eran ya las 10 de la noche y aunque era todavía temprano para mí, me percaté de que el bar empezaba a llenarse de gente y varios hombres, aún acompañados por sus respectivas parejas, se daban el lujo y el atrevimiento de examinar de pies a cabeza a la diosa de ojos azules perfectamente delineados que se hallaba sentada frente a la barra del bar, vestida con una escotada blusa entallada y diminuta falda negra a juego con sus delicadas medias y botas altas, mientras yo, con todo el malsano placer que me daba el saber que mi revelador atuendo no me haría pasar desapercibida para nadie, celebraba interiormente con una sonrisa, sacudiendo un poco mi largo cabello negro azabache.


“Bueno nena, con un poco de suerte podrás encontrar algún prospecto que valga la pena por lo menos esta noche” me dije a mí misma mentalmente mientras apuraba mi segunda cerveza, ahora recargada de espaldas en la barra.


De pronto, mientras recorría el elegante bar con la mirada, me percaté de que entraba un hombre que, muy al contrario de los demás parroquianos que entraban y salían de ahí, despedía en su caminar un aire de seguridad y altivez poco común. Miraba hacia todos lados, buscando evidentemente una mesa donde sentarse, distracción suya que me permitió analizarlo detenidamente. Alto, delgado, tez blanca, facciones delicadas, labios sonrosados y carnosos, grandes ojos verdes y una media melena castaña ligeramente rizada que acentuaba aún más su atractivo. Llevaba un largo abrigo negro que de inmediato se quitó dejando ver su elegante camisa del mismo color. De inmediato se desocupó una mesa cercana a la barra, misma de la que se adueñó con rapidez y al sentarse pude ver que tenía un paquete de cigarrillos que había sacado de su abrigo y encendió uno.


Al ver ese gesto, sentí deseos de fumar y busqué desesperadamente en mi bolso, pero me maldije interiormente al darme cuenta de que no llevaba ninguno, seguramente a causa de las prisas por querer encontrarme con el idiota que al final me dejó plantada ahí. 


Concentrada en mis pensamientos, no advertí que aquel misterioso sujeto se había acercado a la barra a pedir su trago:


– Un whiskey en las rocas, por favor  —dijo mientras tomaba lugar en un banco que se hallaba justamente al lado mío, mientras el bartender se apresuraba a prepararlo. 


Me sorprendió escuchar lo increíblemente profunda que era su voz, en contraste con sus andróginas facciones, y me sorprendió aún más darme cuenta de que era el único hombre que no se dedicó a devorarme con los ojos; simplemente se fue a lo suyo: entrar, encontrar una mesa y pedir su respectiva bebida con un ligero toque de impaciencia en la voz.


Lógicamente lo primero que pensé era que seguramente se había citado con alguien al igual que yo, quizá alguna chica o tal vez algún viejo amigo como suelen hacer los hombres los fines de semana luego de un arduo trabajo. De pronto irrumpieron en el local un par de hombres vestidos de negro, casi tan elegantes como él, que de inmediato lo reconocieron.


– ¡Hey tú, Lord William! —uno de ellos, quien era alto, fornido y de larga cabellera negra y ojos castaños, saludó a gritos festivamente mientras el tal “Lord William”, ya con su trago en mano, caminaba hacia ellos para abrazarlos con una gran sonrisa en los labios, mientras el otro sujeto, que era casi tan alto como su compañero y era dueño de una larga y bien cuidada cabellera rubia, lo secundaba en tono burlón:


– ¡Bienvenido sea de vuelta a su reino, majestad! —dijo haciendo una graciosa reverencia que provocó las risas de muchos de los presentes, incluida yo mientras trataba de no ser vista por ellos. Por fin, cuando pudo tomar aire para hablar, les dijo con la misma sonrisa estampada en los labios:


– Por fin llegan idiotas, llevo siglos aquí, creí que moriría esperándolos por siempre —los guio hasta su mesa mientras un coro de risotadas por parte de ellos los acompañaba, haciendo más que evidente que no pasarían desapercibidos para nadie.


Hasta ese momento pude percatarme de que al menos dos de ellos no eran nativos siquiera del país, empezando por el tal William, quien poseía un sutil, pero elegante y sensual acento que me hizo intuir que muy probablemente sería inglés, mientras el moreno fornido hablaba con un muy evidente acento español. El rubio era el único que hablaba con la entonación típica de un norteamericano. En definitiva, juntos y por separado, resultaban muy atractivos a su manera.


De pronto, el inesperado estruendo de las bocinas que se hallaban en el escenario del fondo me sacó de mis cavilaciones, mientras los tres galanes volvieron su atención a aquel lugar y automáticamente abandonaron sus respectivos lugares para dirigirse hacia allá. Al parecer no era la única que no cabía de asombro ya que todos los que presenciaron su escandalosa entrada no les quitaban la vista de encima mientras los tres hablaban con los encargados y tomaban sus respectivos instrumentos. El chico rubio fue el primero en tomar lo que al parecer era un violín Stradivarius —¡Dios mío, un Stradivarius! Pensé emocionada— mientras el moreno sostenía una guitarra eléctrica, lo mismo que el sujeto inglés, sólo que al parecer la suya era una acústica. Me pregunté si tocarían juntos o por separado. Mis dudas se esfumaron cuando otros músicos que yo jamás había visto —el baterista, el bajista, el teclista y otro guitarrista— subieron para ocupar sus puestos y el imponente rubio fue el primero en subir, mientras los demás desaparecían tras bambalinas y el dueño del bar —un sujeto con la cabeza rapada y lleno de tatuajes— lo presentaba como David Garrett.


¡¿Qué?! Casi me atraganté con la cuarta cerveza que tenía en mi mano, no podía creerlo. Había escuchado algo de él, ya que por un tiempo muy corto yo misma había tomado clases de violín y aunque nunca fue mi sueño ser músico profesional, en ese tiempo era inevitable no escuchar alguna de sus canciones en el conservatorio donde estudié. Era prácticamente una leyenda ¿Qué diablos hacía allí? La intriga me mataba, pero él mismo se encargó de callar momentáneamente mis pensamientos, los gritos y aplausos de la gente cuando empezó a tocar una bellísima melodía húngara tras lo cual le siguió otra y finalmente dando las gracias se despidió del público animado por su actuación.


Después de él subió el moreno, quien aparentemente decidió abandonar su guitarra y, presentado por el rapado como Leo Jiménez —vaya, no me equivoqué con él, pensé inmediatamente al escuchar su nombre— empezó con unos acordes en el teclado que me parecieron muy familiares, pero sólo hasta que abrió la boca para cantar en español —si, en español—  supe de qué canción se trataba, una que siempre había escuchado desde niña y que él ahora se encargaba de desenterrar de mi memoria inconscientemente la tarareaba como podía y me sorprendía con su soberbio talento como intérprete.


Cuando terminó, yo ya esperaba con algo de impaciencia, la aparición del tipo que había llamado mi atención, cuando el presentador, en un giro totalmente inesperado para mí, nombró solamente a una mujer llamada Natalia Avelon, quien según sus palabras, nos visitaba por única ocasión para cantar dos temas y pidió un fuerte aplauso para ella.


Al parecer fui la única que no aplaudió, pues esperaba con una ilusión hacía tiempo olvidada, la presencia de ese hombre tan atractivo y misterioso para mí. De pronto ella empezó a cantar una canción llamada “Summer Wine” y casi caigo de mi silla cuando escucho, escondida detrás de las cortinas del escenario, la voz que hacía poco había esperado escuchar en el escenario. Los gritos enardecidos casi hasta la locura de la gente no se hicieron esperar, mientras caminaba lenta y seductoramente al centro, como un actor que sabe como interpretar su papel y crear expectación frente a su audiencia, volviéndose junto la chica, el blanco de casi toda la atención, mientras entonaba las partes que le tocaban con una voz que me pareció fuera de este mundo, extraordinariamente poderosa, sensual y aterciopelada a la vez. Cuando me di cuenta, la expresión en mi cara denotaba admiración y embelesamiento por igual, pero no me importó, ya que todos quienes los escuchaban habían caído bajo su hechizo. Al terminar, la chica anunció que, para cerrar con broche de oro, habían preparado otra canción llamada “Just for Tonight” en honor a una vieja amiga que en ese momento estaba ausente. Oírlo cantar junto con ella ese hermoso tema fue como estar en el mismísimo cielo mientras me sumergía en las profundidades de su voz.


Cuando aquella mujer se despidió entre ruidosos aplausos y desapareció del escenario tras bambalinas, me di cuenta de que en ningún momento escuché el nombre del sujeto misterioso, seguramente porque me hallaba sumergida todavía en las mágicas notas que emanaban de su mística voz. Miré de reojo como todos los demás músicos se abrazaban efusivamente y se alejaban; todos menos él, para mi sorpresa. Sonreí para mis adentros mientras me refugiaba en una mesa lo más alejada posible del escenario mientras planeaba cómo cruzarme con él. Tenía que conocerlo a toda costa y hacer que por lo menos me dirigiera la palabra esa noche.


Esperé durante varios minutos hasta que me di cuenta de que, mientras los escasos empleados recogían los destrozos de los clientes, el chico se subió solo al escenario, tomó una guitarra acústica y seguramente creyendo que nadie, salvo los encargados, le prestaría atención, empezó a cantar a capella una canción que jamás había oído y me pareció hermosa en su voz y terminó entonando una bellísima canción que me estremeció hasta la médula mientras sentía como un par de lágrimas insolentes atravesaban lentas por mis mejillas...


“Love’s the funeral of hearts

An and ode for cruelty,

When angels cried blood

A flowers of evil in bloom...


The funeral of hearts

And a plea for mercy,

When love is a gun

Separating me from you...”


Cuando termino de cantar se incorporó para dejar su instrumento sobre la tarima y sin titubear se dirigió a la barra a pedir un trago más al dependiente que nuevamente lo atendió. Pude notar que tenía un semblante triste al tomar su trago. Se dirigió sin titubear a uno de los largos pasillos que daban a las bodegas donde se guardaban todas las mercancías.

En ese momento me levanté limpiándome la cara, sintiendo mis rodillas como si fuesen de gelatina y creía que en cualquier momento el corazón se me saldría del pecho, pero hice mi mayor esfuerzo por parecer normal. Sabía que tenía que entrar en acción, pues en ningún momento lo vi acompañado de ninguna chica, ni siquiera por algún amigo. Caminé con el paso más firme que podía, caminando lentamente hacia donde se encontraba, aprovechando que en la parte final del pasillo había un pequeño balcón y en caso de tropezarme “accidentalmente” con él podía dar como pretexto que quería tomar un poco de aire. Creí que lo encontraría bebiendo en medio del pasillo, pero no fue así y dado mi nivel de embriaguez, no me importó, y olvidé al momento a qué diablos iba a esa parte del bar.


Al acercarme a la puerta del balcón y sentir el viento ligero en mi cara, cerré los ojos por un instante, pero al abrirlos mi ligera borrachera se desvaneció de golpe al hallarme a aquella misteriosa figura que había llamado mi atención desde que entró.


Me di cuenta de que cualquier plan que hubiera trazado para acercármele se había ido al carajo con solo verlo. Podía admirarlo de perfil, fumando, serio, con la mirada fija en el iluminado paisaje nocturno de la ciudad y aunque no me encontraba tan cerca como para que, según yo, no se diera cuenta de mi presencia, pude apreciar, con gran asombro, como una lágrima rodaba por su mejilla izquierda.


En ese momento no lo dudé un instante y quise alejarme lo más sigilosamente posible, pero el intento fue inútil, ya que sin querer pisé una copa caída rompiéndola con el tacón de una de mis botas y cayendo estrepitosamente. Sentí mi cara ardiendo, pero aquello no fue nada comparado con la expresión ahora sorprendida de él mientras preguntaba en medio de la tenue penumbra:


– ¿Quién está ahí? —preguntó.


Ahí estaba él, con su rizada cabellera al viento y aquella pregunta en el aire. No supe que responder.


– Este... yo, bueno... discúlpame... creí que... que no había nadie... —respondí maldiciéndome por dentro por tartamudear, cosa que nunca en mi vida había hecho y menos frente a un hombre.


Dejando drásticamente a un lado su semblante triste, soltó una repentina carcajada que casi me revienta los oídos mirándome divertido “¿qué es tan gracioso, eh idiota?” pensé mientras sentía como poco a poco la sensación de sentirme humillada subí poco a poco por mi venas haciendo que el efecto del alcohol se diluyera al mismo tiempo. 

Creo que lo miré con un enojo más que evidente, ya que mientras me tendía la mano para ayudarme a incorporarme, dijo:


– Discúlpame nena, pero no creas que no me di cuenta de que no dejabas de seguirme con la mirada en toda la noche — sonrió con ese aire de arrogancia que ahora me resultaba molesto— y para que lo sepas, conozco cada lindo rincón de este lugar y me percaté de que dejaste tu lugar en la barra para “ocultarte” en una de las mesas que estaban más alejadas del escenario, aquella que esta detrás de una de las columnas —concluyó señalando con la cabeza el lugar exacto en donde había estado sentada y apoyándose en la pared, sin dejar de mirarme y sonreírme de la misma forma.


Quedé boquiabierta, ¿en serio  pudo registrar todos mis movimientos, todos mis vanos intentos por pasar desapercibida para él? ¿Pero como...?


– Ay por favor linda, no me mires así —dijo con fastidio cruzando los brazos— una chica con esa bonita cara y ese provocador atuendo es imposible de no ver —respondió mi muda pregunta mientras apreciaba de un largo vistazo mi cuerpo con una lentitud ahora exquisita, casi obscena.


En cuanto pude reponerme de mi vergonzosa caída y actitud casi pasiva ante él, mandé al demonio cualquiera de mis propósitos y le respondí:


– Pues mira, yo no sé quien diablos te crees que eres para hablarme y mirarme de ese modo  —dije con toda la irritación de la fui capaz— y francamente no me importa, pero estamos en un país libre y que yo sepa puedo “acosar” con la mirada a quien yo quiera y moverme por donde yo quiera sin que eso sea un delito ¿de acuerdo? —mi molestia iba in crecendo al hablar. No estaba acostumbrada a ser la burla de nadie.


– Por supuesto hermosa, pero por lo menos podrías darme tu nombre y teléfono en agradecimiento por ayudarte a levantarte del suelo ¿no crees? —dijo guiñándome un ojo con la misma sonrisita odiosa. Apenas podía creerme su comportamiento, era la soberbia personificada. 


– ¡Olvídalo imbécil! —contesté tomando mi pequeño bolso con tomo mi aplomo, no sin antes decirle— y para que lo sepas, yo también soy muy observadora y me di cuenta de que estabas llorando quien sabe por qué —para mi gran satisfacción su semblante cambió de burlón y arrogante a serio en milésimas de segundo— pensaba hacer una obra de caridad esta noche, pero con esa actitud tuya es imposible.


Me dirigí al mismo pasillo por donde había salido, mientras por los altavoces resonaba “Lost in Space” de Avantasia, una de mis canciones favoritas. Irónico que estuviese sonando mientras me dirigía a mi apartamento a pasar otra noche sola, como ya era mi rutina desde hacía casi un año. Y me hubiese ido de ahí con la bilis atorada en la garganta de no ser porque el mismo tipo con el que había discutido me siguió. Y antes de voltearme levantando mi mano derecha para darle una buena bofetada, alcanzó a sujetarme del brazo y sin mediar palabra alguna, rápidamente depositó una tarjeta en mi mano mientras se alejaba rápidamente.


Alcancé a leer: “Perdóname por mi estúpida forma de actuar ante una chica tan bella como tú, este es el lugar donde mi banda y yo estaremos ensayando, para que sepas que estoy muy arrepentido, si vas prometo que esta vez yo invitaré la ronda. Adiós”


Firmaba con el nombre de William, indicando también su número de teléfono, el nombre del lugar, el día y la hora en que según él estaría con su banda. “Por dios, ¿este tipo a que demonios juega? ¿Es una cita o sólo quiere verme para disculparse conmigo por su pedantería?” no dejaba de pensar en ello mientras paraba el taxi que me llevaría a casa.


“¿Iré o no iré?” ese era el dilema...

9. Dezember 2018 03:22:20 0 Bericht Einbetten 0
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