Kurzgeschichte
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Papá Noel ya no tiene quién le escriba.

Nicolás habitaba, junto a sus vecinos, en un valle remoto lejos de la civilización.

La pequeña comunidad subsistía de la pesca, la caza, de lo poco que la tierra les daba en un entorno helado y, sobre todo, de sus renos.

Nicolás tenía una pequeña cabaña un poco alejada del pueblecito.

Vivía solo con la única compañía de su rebaño se renos, pues sus padres ya hacía tiempo que murieron y no tenía hermanos.

El invierno era muy largo y las horas de luz, muy cortas. Para hacer más amenas las inacabables noches, tallaba figuritas de madera junto al fuego del hogar, o fabricaba juguetes rudimentarios que se acumulaban en las estanterías.

La noche antes de Navidad tuvo una idea, reunió en un saco todos sus juguetes y estatuitas, y al amparo de la oscuridad, las dejó, una por cada habitante de cada casa, en el portal de sus vecinos.

A la mañana siguiente, sin apenas haber podido descansar, se levantó temprano y volvió a bajar al pueblo.

Todos estaban muy contentos y se preguntaban quién habría tenido aquel hermoso detalle.

Verlos tan felices le llenó el corazón de satisfacción y regresó a su cabaña sin darse a conocer como el artífice.


Todos siguieron con sus vidas apacibles y Nicolás retomó su rutina, cuidando de sus renos y construyendo nuevos juguetes en su tiempo libre.


Por la tarde, alguien llamó a su puerta. Nicolás no solía recibir apenas visitas y se apresuró a abrir por si se trataba de alguna emergencia.

En el rellano frente a la entrada, se encontraba un hombre con un traje gris y un maletín negro. Saludó a Nicolás después de obsequiarle con una enorme sonrisa de oreja a oreja y le preguntó si podía pasar.

Intrigado, el pastor accedió y enseguida lo invitó a sentarse a su mesa.


Le ofreció queso por si tenía hambre, el hombre rechazó la oferta de forma educada. Tampoco accedió a tomar un tazón de leche, siquiera un poco de agua.

El hombre, sin preámbulos, quiso aclararle a que se debía su visita.

Le contó que había pasado por el pueblo y observado lo contentos que estaban todos por lo que encontraron en sus casas en la mañana, que comentaban quién podía haber sido el desconocido benefactor, y que muchos dedos señalaron a Nicolás, pues, de todos era sabida su afición.

Todo era muy extraño. Nicolás le preguntó al recién llegado de dónde venía, pero el hombre del maletín se desentendió de todas y cada una de las cuestiones que le planteaba el pastor sobre su presencia en el pequeño y apartado pueblo.

Simplemente le sonreía y repetía constantemente que nada de eso tenía la menor importancia, pero sí lo que venía a proponerle.

Le dijo, sin que Nicolás admitiera en ningún momento haber sido el responsable de los regalos, que aquella había sido una excelente idea, que, de tan buena, debería registrarla.

¿Registrarla? Nicolás no entendía ni una palabra de lo que le hablaban. El extraño insistió. "Sí, registrarla para que nadie pueda copiarla."

Lo que debiera de ser una aclaración, sin embargo, lo dejó aún más confuso.

El hombre del traje siguió hablando durante más de una hora, exponiendo unos planes para Nicolás y para el pueblo que al humilde pastor se le escapaban.

Le habló de progreso, de futuro y bien estar, de un proyecto empresarial que los traería de regreso a la civilización.

Cuando la confusión de Nicolás parecía haber alcanzado su cenit, el hombre del traje gris abrió su maletín negro y, acercándole una lujosa pluma, le invitó a firmar varios documentos.

Aunque los papeles estaban redactados en su idioma, el pobre Nicolás no entendía ni una palabra de lo expuesto en ellos.

El extraño lo tranquilizó, aclarando que no debía de preocuparse de nada, que sería él quien lo gestionaría todo, que tan solo se trataba del registro de su idea y de los derechos de explotación de la misma.

Siquiera supo lo que lo motivó a firmar, pero lo hizo.

El extraño guardó los documentos en su maletín, le estrechó la mano y le aseguró que pronto tendría noticias suyas.


Pasaron los meses y todos en el pueblo siguieron con su vida tranquila.

A Nicolás, la visita de aquel tipo tan raro se le hacía lejana, difusa, como si se hubiera tratado de un sueño y acabó casi por olvidarla.


A pocos días de haber comenzado el verano, cuando la luz los acompañaba por más horas y la nieve se apartaba con humildad para dejar crecer el pasto, llegó la noticia a oídos del pastor.

Una carretera se acercaba al pueblecito, una descomunal serpiente de hormigón y asfalto que devoraba bosques y montañas en su avance.


Dos meses más tarde, las obras llegaron al pueblo y el primer vehículo al que recibieron fue un coche negro precediendo a las excavadoras, volquetes y camiones. De él se apeó el hombre del traje gris, siempre aferrado a su maletín negro, acompañado por una cohorte de abogados.

Los vecinos los miraban con extrañeza y recelo, el hombre los ignoró y tomó el sendero que llevaba hasta la cabaña de Nicolás. Los abogados, sin embargo, se repartieron por todo el pueblo.

Todo le fue expuesto como a quien le relatan un bonito cuento de hadas. Construirían una fábrica de juguetes que daría trabajo a todos los habitantes del pueblo, lo que les procuraría estabilidad y comodidades. Nicolás estaría al frente de la flamante factoría.

“¿Y qué sé yo de qué fábricas o de negocios?” Se disculpó el pastor.

El hombre gris lo tranquilizó, asegurándole que no debía de preocuparse de nada, que él sería quien se ocuparía de todo lo complicado y que Nicolás solo se encargaría de recibir unos jugosos dividendos.

El pastor no supo que decir, así que se quedó mudo mientras que el hombre del maletín le estrechaba la mano y le daba unas palmaditas en el hombro.

Antes de salir por la puerta le dejó un teléfono con el que podría ponerse en contacto con él siempre que le asaltara alguna duda.


Pasó un largo tiempo intentando digerir, sin conseguirlo, lo que estaba pasando.

Bajó al pueblo para ver lo que hacían todos aquellos recién llegados. Se encontró a sus vecinos reunidos en la plaza, parecían indignados, pero aún más asustados.

Cuando Nicolás les preguntó lo que sucedía, todos le enseñaron un papel y le preguntaron si a él no le habían dado uno igual.

Leyó uno que le entregaron, pero, nuevamente, no comprendió lo que decía.

Tampoco sus vecinos entendían nada, pero los abogados que llegaron con el hombre gris lo explicaron con muy pocas palabras.

Las tierras de sus ancestros, las que habían habitado durante incontables generaciones, no les pertenecían. De la noche a la mañana las había adquirido un banco y urgían a abandonarlas a todos los que no pudieran acreditar con una escritura que eran dueños del terreno en el que vivían. En cualquier caso, de poseer dichas escrituras, serían expropiados y expulsados igualmente.

Temeroso de que pudieran acusarlo, y con razón, de tener alguna responsabilidad con lo que estaba sucediendo, mintió asegurando que también a él le habían entregado una notificación idéntica.

Corrió a su cabaña para hacer una llamada al hombre gris pidiendo explicaciones.

Como de costumbre, el extraño restó importancia al asunto, asegurando que era un pequeño contratiempo que subsanarían enseguida. Que no echarían a nadie antes de que se construyeran unas viviendas provisionales, con unos precios de alquiler simbólicos, para todos los que accedieran a trabajar en la nueva fábrica. También le aseguró, que más adelante edificarían verdaderas viviendas ofreciendo unas condiciones hipotecarias inmejorables.

En uno o dos años, todos los habitantes del pueblo disfrutarían de un nivel de vida y unas comodidades, que ahora serían incapaces siquiera de imaginar.

Nicolás tragó saliva antes de atreverse a preguntar qué sería de él, de su choza y de su ganado. El hombre del maletín volvió a tranquilizarlo, asegurándole que no tocarían nada de lo suyo.

El pobre pastor se sentía culpable de la desgracia de sus vecinos, los conocía a todos por su nombre, y aunque por vivir apartado no trataba mucho con ellos, los quería.

Intentó apaciguar su conciencia tomando por sinceras las palabras del hombre del maletín.


Las obras de la fábrica avanzaban a un ritmo endemoniado. Las máquinas excavadoras echaron abajo las cabañas de los vecinos antes de comenzar a perforar el terreno. Lo vaciaban de tierra para volver a rellenarlo con hormigón. Una legión de leñadores talaron el bosque alrededor del valle y los peones camineros construyeron más carreteras.

Los mejores arquitectos e ingenieros supervisaban el trabajo a pie de obra, sin embargo, los barracones que construyeron para los desahuciados no eran otra cosa que chabolas de hojalata por las que se colaba el frío como un asesino invisible.


Nicolás se quedó solo rodeado de desconocidos, hasta el último de sus vecinos acabó por marchar, incapaces de soportar la humillación a la que los estaban sometiendo.


Tuvo que transcurrir otro invierno para que todo estuviera a punto.

Con la fábrica y las infraestructuras concluidas, también los operarios se marcharon. Al pastor no le quedó otra compañía que sus renos y no pasaba una noche en la que no llorase desconsolado.


Una mañana lo despertó el ruido lejano de unos vehículos. Bajó de su colina todo lo rápido que pudo para ver de quien se trataba.

De furgonetas y camiones hicieron bajar a una turba de personas, hombres mujeres y niños. Descendían de los vehículos con expresión asustada, tiritando de frío, pues no llevaban ropas adecuadas para el clima de la región.

No los entendía. Diferentes idiomas se mezclaban en una algarabía ininteligible.

Los había de diferentes etnias; negros, asiáticos, latinos, hindúes…

Los capataces los distribuyeron por los barracones según sexo y edad.

Al día siguiente la fábrica comenzó a funcionar.


Pasó otro año y Nicolás, atormentado por la culpa, aún no había visitado nunca la factoría. Vivía en su cabaña junto con sus renos, rodeado de unas pocas hectáreas libres de “progreso”.


Regularmente le llegaban extractos bancarios cargados con tantos ceros, que no era capaz de traducirlos en riqueza. En realidad, se sentía más pobre que nunca y rara vez se acercaba a un valle que ya no reconocía.

Sin nada mejor que hacer, se dio a la comida y a la bebida.

Ganó muchísimo peso y su nariz adquirió el tono rojizo de los beodos.


Hacía un lustro que no había vuelto a ver al tipo del traje gris, tampoco lo llamó más después de aquella primera y única vez, por eso se extrañó mucho cuando volvió a tocar a su puerta.

El extraño miró con preocupación su enorme panza, sus ojeras y su, en general, estado lamentable. Le aconsejó que pasara parte de su tiempo en la fábrica. A fin de cuentas, era el dueño y señor de uno de los lobby más poderosos del mundo, cuyas ramificaciones se extendían por todos los sectores económicos, tanto los productivos como los financieros.

Para variar, el pobre Nicolás no entendió ni una sola palabra de lo que le hablaban, pero accedió a las sugerencias del fulano del maletín. También lo convenció de que se dejase la barba, lo que, al juicio del tipo extraño, disimularía su fisionomía de gordo borracho.


La fábrica era un lugar horrible en el que se hacinaban los trabajadores sin apenas espacio en el que moverse.

Reunidos en torno a las cadenas de montaje, se movían como autómatas al ritmo que les marcaban las máquinas. Turnos de doce horas durante las que había que pedir permiso hasta para ir al baño. Los rostros de aquellas personas no reflejaban la felicidad que pronosticó el tipo del traje gris, muy al contrario, se les veía cansados y apáticos.

Todos los trabajadores parecían llegados de lugares remotos. Hombres y mujeres trabajaban juntos, pero lo que horrorizó a Nicolás, fue ver entre ellos a numerosos niños, algunos de corta edad.

Tremendamente indignado, llamó al del maletín para que le diera explicaciones.

Como de costumbre, el tipo al otro lado del teléfono le quitó importancia a lo expuesto por el pastor, aludiendo que se trataba de aprendices que se estaban labrando un futuro y que su jornada no excedía de las 4 horas.

En sus posteriores visitas, Nicolás pudo comprobar que le habían mentido, que los niños estaban sometidos a las mismas agotadoras jornadas que los adultos.


Habían pasado ya diez años desde la inauguración de la fábrica y esta no había dejado de aumentar de tamaño. Prácticamente ocultaba todo el valle y los barracones de los obreros habían tenido que ser desplazados a una zona agreste a la que rara vez llegaba la luz del sol.

Las excavadoras regresaron para borrar de los mapas las montañas que rodeaban el valle. Después, los rascacielos brotaron del suelo lo mismo que las setas en la podredumbre y comenzaron a llegar un aluvión de hombres grises para poblarlos.

Cuando Nicolás preguntó sobre los recién llegados al hombre del maletín, este le explicó, que el que las grandes empresas hubieran llevado sus sedes sociales al valle, era la muestra tangible de la seguridad jurídica y las ventajas fiscales que el valle les ofrecía y que debía de estar orgulloso de todo lo que había conseguido en tan solo una década, en todo el desarrollo y progreso que había atraído.

Las montañas que sobrevivieron a la debacle se convirtieron en estaciones de esquí y se llenaron de hombres y mujeres que se anudaban los jerseys al cuello y hablaban como si todo oliese a mierda.

Mientras los rascacielos de cristal y las pistas de esquí seguían aumentando, también los barrios de viviendas baratas crecían en el extrarradio, oportunamente alejadas y ocultas.

Los obreros debían ahora recorrer largas distancias para llegar a la fábrica y sus condiciones laborales empeoraban al mismo ritmo que crecían las fortunas de los habitantes del valle.

Era inevitable, y después de quince años de miseria, llegó la huelga.

La Navidad estaba muy cerca y los pedidos se retrasaban. Nicolás intentó interceder por los obreros, al fin y al cabo, él era el dueño de todo.

El consejo ejecutivo, la junta de accionistas y algunos más de los que tampoco había oído hablar hasta ese momento, le rebatieron sus proposiciones de mejora con argumentos que, como siempre, no entendió.

Que si el momento no era el adecuado para subir sueldos, que si tendría un efecto negativo en la inflación, que si los haría menos competitivos y atractivos para los inversores… y que, en definitiva, acceder a las demandas de los trabajadores sería nefasto para la empresa, y, por lo tanto, también para ellos.

Tres días más tarde aparecieron más camiones cargados con personas. Estos parecían aún más pobres que aquellos otros que, 15 años atrás, llegaron en las primeras remesas. En la estación de tren, la policía llegada de la capital, invitaba a porrazo limpio a los huelguistas a subir a los vagones de regreso a quien sabe dónde.

Ese año, como cada año desde hacía tres lustros, las grandes superficies comerciales volvieron a celebrar su Navidad por todo lo alto.

Nicolás no volvió a aparecer por la fábrica nunca más desde aquel suceso. Posiblemente era el hombre más rico del mundo, pero vivía recluido en su pequeña cabaña.


Habían pasado 30 años y Nicolás se había convertido en un anciano mórbido que ocultaba la cara y su enorme barriga bajo una barba poblada de canas.

El hombre del traje gris llamó a su puerta, lo acompañaba otro de aspecto siniestro.

Traían una propuesta de marketing que lo haría aún más rico. El pastor, embrutecido por el alcohol y totalmente desencantado con el mundo, no prestó atención a lo que le decían. Total, no entendería nada como siempre. Así que cuando le ofrecieron la pluma se limitó a estirar el brazo y a firmar.

En aquel nuevo contrato lo obligaban a vestir un traje ridículo con los colores de una multinacional de los refrescos, incluso la ropa de dormir debía de tener la misma pigmentación.

Las siguientes Navidades empezaron a llegar volquetes llenos de cartas que arrojaban dentro de una enorme trituradora. También comenzó a recibir infinidad de visitas no deseadas. Familias que se hacían fotos junto a él y sus renos y que no lo dejaban en paz a ninguna hora. Fuese de día o de noche, su contrato le obligaba a recibirlos.

Los pocos instantes que le quedaban para sí mismo los empleaba en beber y en compadecerse. Lo habían convertido en un mono de feria.


Por curiosear, se acercó un día al vertedero en el que se acumulaban aquellas extrañas cartas y comenzó a leer algunas.

Ahora empezaba a comprender.

Lo que él hizo tres décadas atrás de forma desinteresada y altruista, lo habían corrompido y convertido en una imposición.

Los que no comulgaban con la nueva “tradición” eran tachados de avaros e insensibles. Aquellos otros que no se lo podían permitir, se sentían miserables, amargados y fracasados.

Un nada sutil chantaje emocional. “El tamaño de tu amor es proporcional al precio de tu regalo.”

Nicolás quiso reponer todo el daño causado donando su fortuna a diferentes O.N.GS, pues él era incapaz de gestionar nada por su cuenta.

Resultó ser el dueño también de todas ellas y supo que las empleaban para eludir pagar impuestos.


Solo le quedaba una cosa por hacer.


Agarró una de las cuerdas con las que amarraba a los renos y la lanzó pasándola por un travesaño del techo.


El hombre gris se lo encontró colgando del extremo de la soga y no fue capaz de reprimir la risa, que fue en aumento hasta transformarse en carcajadas.

Nicolás, como siempre en todo lo referente al hombre del traje gris, estaba perplejo y no entendía a qué se debían sus risas, salvo que le pareciera gracioso que siguiera vivo. ¿Seguir vivo?

¿Por qué seguía vivo? Llevaba colgando por el cuello horas. Quizás no había hecho bien el nudo.

“Mi pobre amigo.” Comenzó a decir el hombre del maletín. “¿Aún no entiendes que nos perteneces? Eres una marca registrada y no prescindiremos de ti hasta el momento en que dejes de ser rentable.”

“Es el mercado, amigo. No me culpes.”




FIN.

12. März 2023 16:31 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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