jeon-kimin- Jeon Kimin

Esta historia es una adaptación, por lo tanto, todos los créditos y derechos van dirigidos a la autora original: Alessandra Hazard. ¿Síndrome de Estocolmo o Amor? Cuando deseas a alguien completamente incorrecto... Park Jimin siempre soñó con encontrar al Sr. Perfecto. Irremediablemente romántico en su corazón, sueña con enamorarse de un hombre agradable, casarse y tener un montón de adorables bebitos. El problema es, que Jimin tiene propensión a sentirse atraído por hombres que son todo menos agradables. Jeon Jeongguk, un multimillonario homofóbico y cínico que siente rencor contra el padre de Jimin, ciertamente no es el Sr. Perfecto. Frío, manipulador y cruel, él no es un hombre agradable y no pretende serlo. Jimin está plenamente consciente de que Jeongguk no es adecuado para él. Su atracción por el tipo es sólo una forma del Síndrome de Estocolmo; debe serlo. Si la vida fuera un cuento de hadas, Jeongguk sería el villano, no el héroe. Pero incluso los villanos pueden enamorarse. ¿O no? La historia de un niño que soñaba con el Príncipe Encantador y acaba enamorándose de la Bestia. Veintinueve capítulos (29) + Final.


Fan-Fiction Bücher Nur für über 18-Jährige.

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El traje era conservador, gris y aburrido. Park Jimin miraba su reflejo en el espejo con el gesto fruncido. Se veía... bien, pero el traje no logró el efecto que había deseado: no se veía mayor.


Quizás había sido esperar demasiado.


Suspirando, Jimin se pasó una mano por su suave mandíbula, deseando tener alguna barba varonil para ocultar su cara de bebé. Tenía veintitrés años, por amor de Dios. Era vergonzoso que la mayor parte de la gente no creyera que tuviera edad para beber y tuviera que llevar su documento a todas horas. Jimin culpaba a su ridícula boca: debido a su labio inferior regordete, su rostro parecía portar un puchero perpetuo. Lo hacía parecer muy joven, y mientras que normalmente no era problema, lucir como un niño de dieciséis resultaba un dolor en el culo cuando uno tenía que asistir a una importante reunión de negocios. No es como que asistiera a demasiadas reuniones de negocios importantes.


Jimin le sonrió sombríamente a su reflejo y encuadró los hombros. Bueno, eso estaba a punto de cambiar. Iba a probarle a su padre que él podría ser confiable para cosas importantes.


Seguro, su padre iba a ponerse furioso cuando lo averiguara, pero esta oportunidad era demasiado buena para dejarla escapar de entre los dedos. No conseguiría una oportunidad como esta de nuevo. Normalmente, en Inglaterra, su padre lo mantenía con correa corta, vigilándolo como un halcón. A Jimin le habría gustado pensar que el motivo de ello era la sobreprotección de su padre, pero no era un iluso: Park Sangmin simplemente no confiaba en su hijo. Jimin trató de no tomarlo muy personal -Park Sangmin no confiaba en nadie- pero ya era tiempo de cambiarlo. No se había graduado con honores de Oxford sólo para pasarse la vida siendo una cara bonita en las campañas de marketing de su padre. Jimin siempre lo había odiado, pero estaba francamente enfermo con ello luego de los últimos dos meses pasados en Moscú, asistiendo a eventos sin sentido en lugar de su padre para la sucursal rusa de las Industrias Park.


El mail que había recibido Jimin hace unos días resultó un bienvenido descanso de la abrumadora rutina a la que se había acostumbrado.


Bien, técnicamente, el mensaje no era para él. Si Jimin no hubiera estado en Moscú, los empleados de su padre sólo lo habrían reenviado hacia la oficina principal en Londres, donde estaba actualmente su padre. En sentido estricto, Jimin debería haber hecho lo mismo en vez de leerlo, pero había estado aburrido e inquieto y el mensaje lo había intrigado.


Sangmin,


Mi secretaria parece estar teniendo problemas para contactarte. Me informó que ha sido incapaz de llegar a ti. Le dije que eras un hombre ocupado. Pero también yo soy un hombre ocupado. Tampoco soy un hombre demasiado paciente. Tenemos asuntos que discutir. San Petersburgo, 21 de febrero, 9 p.m., restaurante "Palkin". Espero que estés allí. No llegues tarde. Sabes cuánto detesto la impuntualidad. Odiaría que nuestra amistad fuera arruinada por algo tan pequeño.


Espero ansioso nuestra reunión,


Jeon Jeongguk.


Jimin había leído el mensaje varias veces. Algo en él estaba mal. La forma amistosa parecía falsa. ¿O sólo lo estaba imaginando? No lo creía así.


Jeon Jeongguk. El nombre le sonaba vagamente familiar, aunque Jimin no podía recordar en donde lo había escuchado. Pero el hombre, fuera quien fuera, debía ser lo suficientemente importante como para ser capaz de asumir semejante tono de superioridad con Park Sangmin. Joder, el tipo prácticamente estaba lanzándole órdenes a su padre. Jimin nunca había conocido a nadie que tuviera suficiente poder -y temple- como para hacer eso.


Todos sabían que Park Sangmin no era alguien con quien jugar. El padre de Jimin era conocido como el multimillonario británico más despiadado, más poderoso... un multimillonario del cual se rumoreaba que hacía tratos con la mafia italiana y rusa. Jimin no era ajeno a los rumores sobre su padre; habían estado por ahí toda su vida, pero nadie nunca pudo probar nada. Ni siquiera él, el único hijo de Sangmin, lo sabía con certeza. El hecho de que el remitente no estuviera para nada preocupado por las repercusiones, pese a la reputación de Sangmin, significaba que, quienquiera que fuera ese hombre, no era alguien a quien tomar a la ligera, tampoco.


Debería haberle reenviado el mensaje a su padre cuando lo había entendido. Pero Jimin siempre fue demasiado curioso para su propio bien. Sólo le tomó unos minutos googleando para encontrar la información que Jimin necesitaba.


Jeon Jeongguk, treinta y dos años, era un magnate petrolero ruso, de ascendencia coreana, y multimillonario. Aparentemente, tenía docenas de compañías alrededor del mundo y se sentaba en la junta de otras docenas. Un multimillonario a los treinta y dos años. Ese tipo de cosas no parecían ser demasiado raras en Rusia. Jimin había notado que muchos magnates rusos eran bastante jóvenes. Pero no fue la edad de Jeon lo que atrajo su atención.


Jimin estaba algo avergonzado de admitirlo, pero no pudo evitar mirar fijamente las fotos del tipo. Jeon Jeongguk era un hombre alto, de cabello oscuro, con amplios hombros y el tipo de definición muscular que la mayoría de los hombres sólo podrían soñar. Parecía más un boxeador profesional que un empresario exitoso.


Era estúpido crearse una opinión de un hombre que nunca había conocido, pero cuanto más miraba Jimin las fotos de Jeon Jeongguk, más desconcertado se sentía. Incluso cuando el tipo sonreía, no parecía alcanzar nunca su mirada. Aquella helada mirada negra dominaba completamente cada foto en que aparecía, llamando su atención cada vez. No había nada atractivo en esos ojos. En todo caso, la crueldad acechando en ellos resultaba francamente fea. El tipo era lo bastante apuesto, supuso Jimin, si te gustaran los hombres fríos y asertivos que parecieran poder romperte el cuello y aburrirse mientras lo hacían. A Jimin ciertamente no lo hacían. Pero, por algún motivo, tenía problemas para apartar la mirada.


Era tonto. Sólo era una fotografía. Una fotografía no debería acobardarlo tanto.


Sacudiendo la cabeza, Jimin comprobó la hora en su teléfono. Si no dejaba pronto el hotel, iba a llegar tarde a su vuelo hacia San Petersburgo.


Jimin miró la puerta que iba a la habitación contigua y suspiró. Taehyung. Probablemente debería decirle a Taehyung que saldría de Moscú. Pero entonces por otra parte, Jimin no estaba seguro de que su amigo notara su ausencia. Taehyung estaba tan deprimido que no parecía preocuparse por nada en estos días.


Jimin hizo una pequeña mueca. Ver a su amigo en ese estado casi lo hacía cuestionar su sueño de encontrar el amor. Considerando que el amor había convertido a Taehyung de un tipo encantador y extrovertido en un deprimido desastre enfermo por amor. El amor jodidamente apestaba.


Las propias experiencias de Jimin también eran bastante decepcionantes: sus cuatro novios habían mutado de "Príncipe Encantador" a Gilipollas Reales. Para ser justos, nunca había sentido nada ni remotamente cercano a cómo era descrito el amor en las novelas románticas baratas de Harlequin (que Jimin no se avergonzaba de leer) por ninguno de sus novios. Nunca había sentido la clase de amor que le causara vértigo y lo dejara sin aliento. Para decepción de Jimin, lo que ocurría en las novelas románticas era todo lo contrario de lo que experimentó en su vida real. Pero de nuevo, tal vez fue sólo que él tenía un talento especial para encamarse con idiotas.


Sonriendo con autoarrepentimiento, Jimin se encaminó hacia la habitación de Taehyung. Media hora después, luego de lograr sacar a Taehyung de la cama y conseguir que prometiera comer mientras no estuviera, finalmente estaba de camino al aeropuerto de Sheremetyevo.


Reposando en el asiento del taxi, Jimin miró por la ventana. Se sentía algo culpable por dejar solo a Taehyung. Sabía que había poco que pudiera hacer para ayudar a su amigo, pero aún no se sentía bien irse mientras que Taehyung claramente no estaba manejando con demasiada entereza la desquiciada ruptura con su folla-amigo/mejor amigo/pseudo-hermano/alma gemela.


Pese a conocer a Taehyung de toda la vida y ser uno de sus amigos más cercanos, Jimin sabía que nunca podría reemplazar a Namjoon: esos dos siempre habían sido co-dependientes como la mierda. Pero Jimin también sabía que era una de las pocas personas en las que Jimin confiaba implícitamente. Siempre se habían cuidado las espaldas mutuamente, habían estado uno para el otro cuando descubrieron que los dos eran gays, e incluso habían compartido el primer beso de ambos. Taehyung fue la única persona a la que le contó con quién iba a reunirse.


Jimin frunció el ceño cuando sus pensamientos regresaron a su futuro encuentro con Jeon Jeongguk. No fue la primera vez, que una sombra de duda se coló en su mente. Estaba volando a ciegas en esto. No tenía idea de lo que el magnate ruso querría de su padre. Los resultados de su investigación sobre el tipo tampoco fueron tranquilizadores. Jeon Jeongguk tenía la reputación de ser un tiburón; se decía que controlaba su imperio comercial con puño de hierro. Jimin había buscado en la base de datos de las Industrias Park, pero no tenía el nivel de autorización suficiente y no pudo encontrar qué conectaba a su padre con ese hombre.


Dios, estaba harto de ser mantenido en las penumbras. Sí, quizás lo que estaba haciendo era imprudente, pero era la única forma en que podría forzar la mano de su padre: si aprendía algo que no debería, su padre prácticamente no tendría más alternativa que confiar en él.


Tal vez no estás listo para que confíe en ti.


El pensamiento hizo que el estómago de Jimin se volteara. Era algo que había estado intentando evitar pensar. ¿Qué haría si los rumores fueran ciertos y su padre estuviera realmente tratando con criminales? ¿Si su padre era un criminal? ¿Querría Jimin que le confiaran ese tipo de información?


–Mi na meste* –espetó el conductor cuando el taxi se detuvo–. S tebya dve tyschi rubley.*


Jimin se estremeció y observó por la ventana. Ni siquiera había notado que ya había llegado al aeropuerto.


–Spasibo* –dijo, agradeciendo al chofer con su ruso limitado y empujando cincuenta dólares en la mano del hombre. Jimin no tenía idea de si era suficiente o no: su ruso no era lo suficientemente bueno como para comprender el acento extraño del conductor.


El conductor le disparó una mirada extrañada y murmuró algo bajo su aliento -claramente algo poco halagador. Bastante acostumbrado a ello, Jimin tomó su maleta y salió del auto, deseando un vuelo sin complicaciones hasta San Petersburgo.


Pero por supuesto, haciendo que un día de por sí estresante empeorara, su vuelo se atrasó por el mal tiempo, y Jimin apenas tuvo tiempo de registrarse en el hotel que había reservado en San Petersburgo, antes de tirarse en otro taxi y darle la dirección del restaurante "Palkin" al chofer. Al menos había tomado la previsión de vestir un traje por lo que no tuvo que perder tiempo cambiándose. Era un pequeño consuelo.


Jimin suspiró agotado mientras salía del taxi enfrente del restaurante. De momento, todo lo que deseaba era una ducha caliente y una cita con la cama suave que lo esperaba al regresar al hotel.


Esperando no lucir tan desgastado como se sentía, Jimin cuadró los hombros y caminó hacia la entrada frontal del restaurante. Esta era una reunión importante. No podía arruinarla.


El restaurante estaba bien decorado y era elegante en una forma anticuada. El preparado personal hablaba un excelente inglés, lo cual era un alivio. Jimin entregó su abrigo y le informó a la amable anfitriona que estaba allí para reunirse con Jeon Jeongguk. La mujer sonrió y lo guió hacia una mesa en una aislada esquina del restaurante.


Jeon Jeongguk ya estaba sentado a la mesa, su lenguaje corporal era relajado, casi aburrido. Las fotografías no le hacen justicia, pensó Jimin. Fracasaron en captar la intensidad de su presencia, y esos ojos eran todavía más inquietantes en persona.


A Jimin le llevó todo su autocontrol no sonrojarse y moverse, mientras que el tipo lo estudiaba con frialdad.


–Buenas noches. A mi padre le resultó imposible asistir y me envió en su representación –dijo Jimin, extendiendo su mano para un apretón–. Park Jimin.


Jeon Jeongguk no se movió ni una pulgada, sus ojos negros aburridamente sobre él.


-¿Esto es una broma? –dijo finalmente, sin nada de acento.


Su bajo tono, culto, era impecable para todos los estándares. Incluso el rematadamente aristocrático padre de Jimin no le encontraría falla.


–En absoluto –dijo Jimin, tomando el asiento opuesto e intentando no demostrar lo nervioso que estaba–. Mi padre está actualmente en Londres. Está en medio de importantes negociaciones. No podría irse con tan poca anticipación, por lo que me envió en su representación.


El hombre permaneció igual de inmóvil y aparentemente relajado como lo había estado antes. Pero Jimin era bastante bueno en leer a la gente. No se perdió el ligero estrechamiento en sus ojos negros.


Jeongguk llevó su bebida a los labios y la bebió lentamente, sus ojos aún evaluando a Jimin.


–No hago negocios con criaturas. No puedes tener más de dieciséis, quizás diecisiete años.


Jimin sintió el rubor en sus mejillas. Sabía que esto sería un problema. En momentos como este, consideraba seriamente la cirugía plástica para arreglar sus ridículos labios.


–Yo no soy una criatura –dijo.


Antes de que pudiera decir algo para intentar evitar que esta desastrosa reunión se pusiera peor, Jeongguk lo fijó con una mirada que probablemente podría congelar lava. Jimin no podía respirar, atrapado en esa mirada e incapaz de apartar la vista, su cuerpo tensándose.


–Si Park no podía molestarse en venir, lo menos que podría hacer era advertirme para que no malgastara mi tiempo –Jeongguk se levantó–. Vete a casa, malchik.


Y luego se fue, con dos silenciosos guardaespaldas reuniéndose a él en su salida.


De inmediato, otros sonidos se precipitaron -suave música de piano, voces susurradas de otros clientes- como si Jimin hubiera estado en una especie de burbuja antisonido; como si la fuerte personalidad de Jeon Jeongguk hubiera silenciado todo lo demás con su presencia.


Y entonces Jimin entendió lo que Jeongguk lo había llamado con condescendencia: malchik. Un niño.


Miró el asiento vacío, con una nueva descarga de humillación bañándolo. Sintió una fuerte necesidad de levantarse y salir, pero luchó contra ella. No había comido nada desde la mañana. Podría comer algo.


Jimin hizo una seña al camarero más cercano. La comida estaba deliciosa, pero apenas pudo probarla con la decepción y humillación aún revolviendo su estómago. También sentía mucha aprensión. En vez de reenviar el mail a su padre, como probablemente debería haber hecho, había actuado por su cuenta y fracasado. Jeon se había enojado por la ausencia de su padre. Las consecuencias de eso eran... inciertas. Jimin no sabía nada sobre el hombre como para predecir su reacción.


Después de todo, no tenía idea de lo que quería el ruso de su padre. En retrospectiva, quizás no debería haber metido la nariz en donde claramente no correspondía, pero había estado enfermo y cansado de ser mantenido en las sombras y asistir a eventos triviales. Sólo quería saber qué estaba haciendo su padre. Sólo había querido participar. Tal vez había sido estúpido meterse en esto a ciegas, pero siempre había confiado en su capacidad para seguir su propio instinto... hasta que ese magnate ruso con espeluznante mirada lo redujo a un ruborizado, cohibido, niño.


Estaba nevando para cuando terminó de comer y salió del restaurante. Jimin se estremeció un poco y se abrazó a sí mismo, pensando una vez más en lo inadecuado que era su abrigo Burberry para los inviernos rusos. Nunca había tenido tanto frío en su vida.


Mirando alrededor y advirtiendo un taxi estacionado cerca, Jimin sonrió aliviado y encaró hacia él con paso rápido, la nieve crujiendo bajo sus botas. Por primera vez en el día, la suerte parecía estar de su lado.


Entró al coche, le dijo la dirección del hotel al chofer, y cerró los ojos, sus pensamientos volviendo hacia el desastroso encuentro con Jeon Jeongguk. No tenía sentido atormentarse a sí mismo. No era su culpa que el tipo fuera un gilipollas de mente estrecha que consideraba estar por encima de hacer negocios con alguien que, simplemente, parecía muy joven. Era un error de Jeon, no suyo. Jimin no era para nada tan joven e inexperto como parecía.


Sin embargo, la cirugía plástica parecía cada vez más tentadora a cada segundo. Un día iba a heredar el imperio empresarial de su padre, y no podría darse el lujo de no ser tomado seriamente sólo porque lucía como un adolescente enfurruñado. Probablemente tampoco ayudaba que tuviera enrulado cabello rubio oscuro, que sólo podía domarse con un afeitado o aplastándolo hacia atrás con gel. Y dado que su vanidad no le permitía afeitarse su revoltoso cabello, Jimin había recurrido a dejarlo crecer un poco y recogerlo hacia atrás. En las raras ocasiones en que dejó en libertad a sus rizos, sus amigos lo molestaron despiadadamente con que parecía un ángel.


Jimin hizo una mueca al pensarlo. Cuando era más joven, esperaba que su aspecto madurara y ganara severidad con los años, pero a estas alturas prácticamente había abandonado esa esperanza: todavía su piel no había perdido la suavidad de bebé, ni las delicadas curvas al estilo querubín de sus mejillas, y su altura se mantenía decepcionantemente promedio. En conjunto con sus hoyuelos y labios regordetes, no era de extrañar que tuviera problemas para ser tomado en serio por los colegas de su padre.


No, Jimin no tenía baja autoestima. Sabía que se veía bien. No tenía problemas para atraer tipos cuando quería un revolcón. Pero también era un imán andante para todo tipo de cretinos pervertidos. Verse de dieciséis cuando uno tiene veintitrés simplemente atrae problemas. Ya ni siquiera se sorprendía cuando los tipos pedían ver su documento antes de tener sexo con él. De hecho era una buena señal si lo hacían.


Jimin fue sacado de sus sombríos pensamientos cuando el coche empezó a acelerar.


Abrió los ojos.


–¡Eh! Cree que esto es seguro... –Sus palabras se apagaron cuando miró por la ventana. Dondequiera que estuvieran, no estaban en el centro de la ciudad. ¿Cuánto tiempo había estado soñando despierto?–. Amigo, estoy bastante seguro de que el hotel no está en esta parte de la ciudad.


No hubo reacción del conductor. ¿Quizás no hablaba inglés?


–Eto nepravilnaya doroga* –Jimin dijo lentamente en ruso, deseando que su pronunciación estuviera bien.


El hombre no dijo nada. El coche siguió acelerando. Ya ni siquiera parecía que estuvieran en la ciudad.


Con el corazón acelerado, Jimin se mordió el labio. Seguro no era lo que parecía, pero era mejor estar seguro que lamentarse, ¿verdad? Lentamente, deslizó la mano al bolsillo derecho de su abrigo, donde guardaba el teléfono. Un sudor frío apareció en su frente cuando su mano no encontró nada. Su respiración se aceleró mientras rebuscaba en sus otros bolsillos. Nada.


Mierda. Joder, jodida mierda.


Jimin se obligó a dejar el pánico y pensar. Se encontró con los ojos del chofer en el espejo.


–Mira, no quieres hacer esto –dijo, tratando de mantener su voz tranquila y con autoridad–. Mi padre no es alguien a quien quieras enojar.


–Zatknis* –murmuró el conductor.


Hubo también el inconfundible ruido del seguro de una pistola siendo quitado. Jimin respiró hondo. No tenía sentido entrar en pánico. El pánico era inútil y estúpido.


Piensa, Jimin.


Miró hacia atrás. Fuera estaba oscuro, pero podía ver a dos SUV* negras siguiéndolos. Así que el chofer no trabajaba solo. No era un robo ordinario. Sabían quién era.


Jimin deseó estar más sorprendido, pero no lo estaba. Era hijo de un multimillonario. Su padre tenía muchos enemigos.


–Lo que sea que te estén pagando, te pagaré cinco veces más –dijo. El chofer se echó a reír.


–Los muertos no necesitan dinero, anglichanin* –dijo en inglés con un fuerte acento.


Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Jimin ante las implicaciones de las palabras del tipo. Su estómago se apretó. El chofer estaba demasiado asustado de quien lo contrató como para traicionarlo, sin importar qué le ofreciera Jimin. El miedo era una motivación poderosa.


Lo que básicamente significaba que Jimin estaba jodido.


Ahora sólo podía esperar que, quienquiera que estuviera tras esto, solamente quisiera un rescate. Y nada más. Nada peor.


____________________

*Mi na meste: Llegamos a destino.


*S tebya dve tyschi rubley: Son dos mil rublos.


*Spasibo: Gracias.


*Eto nepravilnaya doroga: Es el camino equivocado.


*Zatknis: Cierra la boca.


*SUV: Vehículo utilitario deportivo.


*Anglichanin: Inglés.

5. März 2022 10:05 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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