rociosch Rocío Schnettler

Segunda parte de Propiedad. William hizo todos los esfuerzos por conciliar al hombre que era con el que debe ser, pero nada fue suficiente cuando se da cuenta que nunca podrá ser el mismo, que todo ha cambiado de forma vertiginosa y colapsa en el baño de su casa. No está seguro de tener una nueva oportunidad, pero sí tiene motivos para querer luchar y salir del hoyo profundo en el que ha caído. Sabe a quién necesita para lograrlo, porque a su lado es cuando el antiguo William y el que logró escapar de la esclavitud son capaces de convivir en paz. ¿Y sus sentimientos? ¿Podrá mantenerlos bajo control?


LGBT+ Nur für über 18-Jährige.
1
104 ABRUFE
Im Fortschritt - Neues Kapitel Every week
Lesezeit
AA Teilen

1. Colapso


15 abril 2016

— ¿Serás un buen chico?


¡Nooo! ¡Nooo!


— Nunca podrás librarte de mí.


— ¡Despierta, Will, despierta, es sólo un sueño!


Trataba de abrir los ojos, pero esa sensación de pesadez comenzaba a ser desesperante y cuando quise frotarlos, para despejar el sopor, mis manos estaban sujetas y un grito escapó de mi garganta.


— ¡Suéltenme! –quería decir, aunque no lograba hilar palabra, sacudiéndome con toda la fuerza que mi cuerpo permitía– ¡Déjenme ir! –esto no era posible, esto ya había sucedido, yo estaba libre y en casa, con Estela, con Joey y era libre– ¡Por favor!


— Will


— Estela –carraspeé, sin poder controlar la desesperación en mi voz, traté de mirarla, pero una nube cubría mis ojos– sácame de aquí, por favor, Estela, haz que me suelten –seguía tirando y tirando, el dolor debilitando mis músculos y sólo comencé a gritar y gritar.


— Te soltaré, pero deja de moverte que me golpeas.


Sentía sus manos en mis brazos, mi vista recuperándose un poco más, pero aún no lograba enfocar, la respiración frenética intentando pasar entre mis dientes apretados.


— ¡Señora! ¡No haga eso! – gritó un hombre y en cuanto sentí la libertad de mis manos, me deslicé fuera de la cama, cayendo de cualquier manera al suelo, porque mis piernas no me sostenían, llegando hasta el primer rincón disponible, tomando algo que parecía un fierro y alzándolo, cualquier cosa, lo que sea con tal de no perder mi libertad otra vez.


— Tienes que calmarte, estas personas quieren ayudarte.


Esas personas habían amarrado mis manos y Estela estaba con ellos. Respiraba ruidosamente y eso hacía doler mi pecho, pero necesitaba controlarme, necesitaba entender qué sucedía.


— Will.


¡Jack!


Era Jack y necesitaba decirle que me ayude, pero de mi garganta solo querían salir gritos desesperados, sollozos llenos de angustia.


— Nadie va a volver a atarte, te lo prometo, yo estaré aquí –y sus dedos se sentían cálidos mientras trataba de soltar los míos del fierro– ¿A quién pensabas golpear con esa silla? –dijo riendo y una parte de mi mente, la que estaba comenzando a tomar consciencia supo que él estaba intentando tranquilizarme– ven aquí –susurró y de alguna manera sus brazos me rodeaban y yo estaba acurrucado en su pecho, las lágrimas rodando por mi piel– estás en un hospital, solo alguien cometió la estupidez de amarrarte a la camilla –y el enojo en su voz me hizo respirar hondo, igual que sus caricias en mi frente– estás sangrando mucho, necesitas estar tranquilo y una enfermera va a curar tus heridas.


Me tensé, de manera irremediable y pestañeé, dando una mirada furtiva alrededor, el rojo manchando la camisa que me cubría, la ropa de Jack y una mujer vestida de blanco me miraba con preocupación.


— Estela – susurré.


— ¿Quieres que la llame? Salió al pasillo, está muy preocupada por ti.


Negué con la cabeza, con una energía que provocó un gran dolor tras mis ojos.


— Se soltaron algunas suturas –dijo la mujer y mis dientes rechinaron con fuerza– voy a ponerle un poco de anestesia local y volveré…


— Estaré contigo siempre –dijo Jack en mi cuello y asentí lentamente.


Olía a limones y mandarinas, como siempre y su aroma era relajante, igual que sus caricias en el pelo de mi nuca y me pregunté si estaba consciente de lo que me provocaba. Mis ojos estaban cerrados, porque no deseaba ver lo que hacía la enfermera, arrodillada a mi lado. Pero estaba comenzando a adormecerme y no existía posibilidad de que eso sucediera otra vez, tenía que decir algo, llenar el silencio y dejé que mi cerebro hablara por mí.


— No traté de quitarme la vida –y todo su torso se puso tenso en un segundo.


— Está bien, después hablaremos sobre lo que ocurrió, ahora necesitamos que cooperes y te prometo que todo estará bien –respondió y su palma cubrió la parte trasera de mi cabeza.


— Pero te preguntas por qué –mi garganta dolía, de tanto gritar y las lágrimas cayeron sin que las llamara.


— Tranquilo –enjugó la humedad de mi rostro con su pulgar– no necesitas decir nada más.


— Diles que no vuelvan a amarrarme – supliqué.


— No lo harán, te lo prometo –y lo sentí levantar la cabeza, yo sabía que miraba a la enfermera, porque ella se detuvo en su labor– no lo entienden, él fue secuestrado, durante un año, vivió cosas horribles y no pueden amarrarlo sin que pierda el control otra vez.


— Lo hablaremos con su médico.


— Gracias —y sus dedos regresaron a mi nuca.


— ¿Cómo fue tu reunión? –en realidad no sabía qué hora era, pero suponía que había pasado el tiempo suficiente para que tuviese su reunión.


— No hubo reunión –dijo con una risa triste– regresé por ti, no podía dejar todo así y… —suspiró— justo a tiempo para traerte aquí.


— De qué era la reunión –insistí, porque no era capaz de procesar su información y necesitaba dejar de escuchar la aguja entrando en mi piel.


— Trisha es una amiga, de Columbia, ella estaba en medicina y nos conocimos en un taller.


— Creí que habías estudiado en Escocia –por un segundo miré su mandíbula cincelada, el mentón cuadrado y un poco levantado, aún conservaba la barba rojiza de esta mañana, aunque sus labios no tenían rastro de haber sido víctima de los míos, hermosos labios, finos y la nariz, recta y angosta, él era tan guapo y seguro de sí mismo. Tan distinto a mí.


— Estudié arte en Edimburgo –lamió sus labios y creo que no notó cuán fijo lo estaba mirando, porque su atención estaba puesta más allá de la enfermera, seguramente en sus recuerdos– vivía en Rosslyn y eso queda realmente muy cerca, así que aún vivía con mis padres.


— ¿Rosslyn? –susurré, sabiendo que el nombre me parecía conocido.


— ¿Viste el Código Da Vinci? –esta vez su mirada me encontró y sonrió, las comisuras brillando de humedad, pero continuó hablando– la capilla de mi pueblo aparece en esa película, se dice que está involucrada con la masonería y bueno –carraspeó– digamos que mi familia está muy relacionada con eso.


— ¿Eres masón?


— No –alzó levemente sus hombros– Sophie, la protagonista del libro, sería algo así como mi prima, ambos somos Sinclair –rió– pero eso son fantasías, la verdad es que mi papá pretendía darme un espacio en el negocio familiar y mamá comenzó a insistir en presentarme chicas para salir, me arrastraba a Edimburgo y Londres, a sus fiestas, simplemente Columbia fue la mejor manera de escapar.


— He terminado –exclamó la enfermera, dejándome con todas las interrogantes en mi cabeza, mirándola vendar mis brazos suavemente– ya cambiaron las sábanas de la cama y necesito cambiarle su camisa –dijo mirándome a los ojos, mis músculos comenzando a temblar– verdaderamente quisiera encontrar la manera de hacer esto más cómodo para usted, pero no veo una solución.


— Podemos llamar a Estela.


— Sólo sigue hablando –jadeé y cerré los ojos.


— Está bien –estaba nervioso y eso me gustaba– nuestra casa quedaba al otro lado del pueblo, era muy pequeño y sentía una gran fascinación por la capilla de Rosslyn, escapaba de mi au pair y podía estar horas en su interior, tan antigua y tan hermosa –resopló– se demoraron cuarenta años en construirla y la leyenda dice que ni siquiera pudieron terminarla, entonces un día me dije que cuando fuese grande, quería diseñar algo tan formidable como ella.


Mi cuerpo había sido movido, desnudado, sacudido y vuelto a vestir, hasta que una muy satisfecha enfermera me dijo que debía volver a la cama y fui obediente al respecto, porque en realidad el cansancio me estaba matando y apoyar la cabeza en la almohada resultó ser un esperado alivio.


— Jack –dije de pronto, con un leve tinte de terror cuando comprendí que había estado en silencio por demasiado tiempo.


— Aquí estoy –miré hacia mi derecha y creo que perdí un latido al ver su torso desnudo, tan cincelado como su mandíbula, todo en él era perfecto y estaba permitiendo que esa mujer lo mirara mientras le ofrecía una camiseta para eliminar la manchada con mi sangre. Lo vi sonreír, insoportablemente ignorante del efecto que podía causar en una mujer, pero yo no iba a hacerlo consciente de ello.


— No te vayas –susurré y su sonrisa se hizo cálida, rodeando la cama hasta la silla a mi lado izquierdo.


— Aquí estoy –tocó mis dedos, adormecidos por la anestesia, pero aún capaces de sentirlo– quieren darte algo para dormir –y yo sé que vio el terror en mis ojos– no te obligarán, Will, yo me haré cargo de que todo se haga como quieres –lamió sus labios y eso logró distraerme– pero creo que debieses aceptarlo.


— No, Jack –rogué, odiando sentirme como un niño asustado.


— Solo serán unas horas –su mano alcanzó mi rostro y descansé en su palma cálida, el pulgar acariciando mis cejas– te prometo que estaré aquí cada segundo, no me moveré de tu lado.


— Tienes que irte, ducharte –miré la pequeña mancha roja en su cuello– no puedo dejar que hagas tantos sacrificios por mí –volví mis ojos a la pared blanca.


— No es por ti –su voz tan baja y yo sabía que estábamos solos, aun así, se sentía tan íntimo escucharlo– necesito hacer esto, Will, no debí dejarte esta mañana, sin importar lo que me dijeras, yo sabía que no estabas bien y dejé que me hirieras, pero no debí sucumbir –besó mis dedos entumecidos– deja que vele tu sueño.


— Está bien –murmuré cerrando los ojos, porque estaba tan cansado y mi cuerpo dolía, necesitaba ese sueño, pero también lo necesitaba a él.


— Bien, le diré a Estela que entre para que te vea antes de que duermas y avisaré a la enfermera que accediste –lo vi ponerse de pie y la ansiedad comenzó a crecer en mi pecho.


— Dijiste que no te irías.


— No lo haré –sus dedos apartaron un mechón de cabello de mi frente– estaré justo acá afuera y volveré en seguida, lo prometo –y me obligué a asentir.


Hubo un momento, cuando recuperé mi libertad, en que parecían todos tan asustados de estar a mi alrededor, que hice lo imposible por parecer bien, tanto física como emocionalmente, hoy, me importaba una mierda, estaba cansado de fingir.


— Lo siento –dije en cuanto sentí el aroma a jazmines.


— ¡Oh, William! –sollozó y tomó mi mejilla con una mano, mientras su rostro se hundía en mi cuello– tuve tanto miedo.


— Lo siento –volví a decir, porque en realidad no encontraba nada mejor– no estaba pensando.


— Estabas tan eufórico esta mañana –sus ojos enrojecidos me decían que llevaba mucho tiempo llorando y parecía tan agotada.


— Vete a casa –murmuré y podía sentir la tensión, la mirada fija en mí– debes descansar, estar con Joey y James, debes pensar en tu familia, no en mí –mordí mis labios– ya no debes pensar en mí.


— Está bien, entiendo que no es momento de hablar –murmuró luego de un minuto de solo mirarme– Joey está con tu mamá y debe estar acabando su paciencia, ella querrá venir también.


— Jack se quedará conmigo.


— Claro –una sonrisa nerviosa se le escapó– le traeré algo de tu ropa, la enfermera le pasó una camiseta de los objetos perdidos, pero aún necesita algo que ponerse.


— Dile a Joey que lo amo –cerré mis ojos y no quise saber si se había marchado.


Mi brazo izquierdo era un desastre, el dolor me decía que habían sido muchas heridas y la mano derecha apenas lograba moverla ¿Qué sería de mí? Jack tendría un límite de tiempo para ofrecer sus cuidados y luego, la incertidumbre se hacía infinitamente terrorífica.


— ¡Estoy aquí!


Y la alegría en su voz provocó una risa nerviosa en mí mismo, no logrando detenerme, incluso cuando se sentó en la silla junto a la cama y sus ojos verdes me observaban con algo parecido al cariño, secando el sudor de mi frente.


— Estás agotado, William –ordenando mi pelo justo cuando la puerta se abrió nuevamente y la enfermera entró con una bolsa de suero y una bandeja metálica– son las cinco de la tarde.


— Dormirá profundo y despertará mejor, perdió mucha sangre, el cuerpo requiere energías para reponerse, le pondremos un suero para hidratar también.


— No me amarrarán –mi voz sonaba tan extraña, desesperada y los temblores regresaron cuando ella tomó mi brazo derecho, comenzando a buscar dónde clavar la vía.


— No me apartaré de ti, es una promesa –volviendo mi cabeza hacia él, obligándome a mirarlo.


— Ha sido una mañana agotadora —murmuró la enfermera, intentando ser amable.


— Jack –susurré, notando el líquido caliente entrar por mis venas, justo antes de que conectara el suero y una neblina comenzó a presionar mis párpados– lo lamento tanto.


Fue extraño abrir los ojos y saber exactamente dónde me encontraba, con una calma en mi cuerpo que ya creía desconocida y al girar mi mirada unos centímetros hacia mi izquierda, Jack, acostado en una especie de sofá, su rostro dormido dirigido hacia mí, igual que su mano, que en algún momento estuvo sosteniendo la mía. Sonreí y mil emociones estallaron en mi pecho, él se había quedado conmigo, todo el tiempo.


Cinco segundos, eso fue lo que demoré en comprender que alguien entrando por la puerta no necesariamente tendría que ser una amenaza. Era un médico, lo adivinaba por su bata blanca y la actitud un tanto arrogante, miró a Jack dormido en el sofá y su mente evaluó la situación antes de dirigirse a mí.


— Buenos días –dijo en voz baja, dándome una pequeña sonrisa– soy el doctor Michaels y vengo por la interconsulta de siquiatría.


— Acabo de despertar –carraspeé– no sabía que ya ha pasado un día.


— Es temprano, quise venir antes de entrar a consulta –volvió a mirar a Jack y yo también lo hice, continuaba completamente dormido– alguien traerá el desayuno muy pronto.


— Gracias.


— ¿Sientes dolor? –se acercó a mi lado derecho e hizo una rápida inspección a mis heridas, las vendas ya no estaban, sólo el millón de terroríficas suturas.


— Nada insoportable –tragué saliva– ya puedo mover mis manos –la palma con que tomé el vidrio tenía varios cortes, pero no tan profundos, era mi otro brazo el más dañado.


— Creo que es pronto para hablar de esto, pero necesitamos saber que podemos enviarte a casa sin riesgo.


— Sé que es difícil de creer, pero no traté de quitarme la vida –volví a mirar a Jack– estaba inquieto y tuve una discusión con Jack –las lágrimas se deslizaron desde las comisuras– provoqué esa discusión –lamí mis labios, estaban tan resecos– yo solo necesitaba quitar la presión –lo miré esta vez– me ardían las manos hasta doler y pensé que si dejaba escapar un poco de sangre me sentiría mejor, luego no pude controlarlo.


— Y tuviste otro episodio cuando despertaste en esta habitación.


— ¡Me habían amarrado! – exclamé, como si él no pudiese ver lo obvio y sentí el movimiento en el sofá, la mano de Jack tomando la mía, calmándome.


— La enfermera Stiang comentó lo de tu secuestro, estuve averiguando sobre el caso –suspiró– el FBI facilitó una terapia a la que no has ido.


— ¿Para qué? –y una parte de mi cerebro me decía que gritar no era la manera– ¿Esas terapias me van a reparar? ¿Borrarán cada golpe, el hambre que me hicieron pasar? ¿Borrarán cada violación? –y Jack soltó mi mano y la angustia de su ausencia fue peor que cualquier cosa.


— No lo harán –declaró el médico– sé que nadie sería capaz de ponerse en tu pellejo, tampoco creo que puedas sanar –y entonces me miró a los ojos– pero la ley dice que mientras yo crea que puedes ser un peligro para la sociedad o para ti mismo, debes permanecer recluido bajo cuidados constantes y la medicación necesaria.


Comencé a temblar y creo que alguien había eliminado todo el aire de la habitación, porque mis pulmones ardían por la falta de aire.


— ¡Will! –escuché a lo lejos y unas manos cálidas tomando mi rostro, los ojos verdes que constantemente se paseaban por mis pensamientos– ¡Will! Respira, por favor, Will –y la desesperación en su voz me hizo tragar el aire que necesitaba, jadeando rápidamente– estoy aquí.


— No dejes que me lleven –susurré y quería tocarlo, abrazarlo– Jack, no dejes que me lleven.


— Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para que así no sea, pero… –y sus ojos me miraban con tanta tristeza– tienes que poner de tu parte, Will, yo te ayudaré, lo prometo, pero tienes que luchar –cerró sus ojos y se alzó hasta besar mi frente y se sentía tan bien– yo también necesito de tu ayuda.


— Yo –el médico carraspeó, recordándonos su presencia– no creo que el encierro sea lo mejor para ti, necesitas encontrar tu lugar en la sociedad y haremos un itinerario de consultas, tendrás que tomar unos medicamentos y para eso necesito tu promesa.


— Lo prometo –gemí, sintiéndome como un niño comprado con un caramelo, pero en realidad no era más que eso para nadie.


— Bien, llenaré el papeleo y tu médico tiene que asignar la salida por tus heridas.


Salió de la habitación y Jack secaba el sudor de mi frente con delicadeza, pero no me atrevía a mirarlo, todo era tan abrumador.


— Lo siento –sollocé– sé que soy una carga para todos y lamento usarte de apoyo, pero no sé por qué –enjugué mis lágrimas con la punta de mis dedos libres– es tan difícil, Jack y lo he intentado tan duro, creo que todos esperan algo de mí y no soy capaz de cumplir con ninguna de sus malditas expectativas.


— Úsame, de todas las maneras que necesites, pero por favor no vuelvas a asustarme así otra vez.


— Lo siento mucho –y sus manos estaban en mi rostro otra vez, su mejilla contra la mía y quería tanto que me besara, aunque pareciera la idea más ridícula del mundo, sobre todo después de mi reacción la última vez.


— Ejem.


Escuchamos desde la puerta y Jack se apartó, viendo a una sorprendida Estela con la mano en el pomo, mirándonos de uno a otro. Su aspecto había mejorado desde ayer, el traje color rosa y la blusa blanca le daban un aire inocente y a la vez atractivo.


— Creo que no usan la misma talla –murmuró, aclarándose la garganta– pero traje un pantalón de deporte, camiseta y sudadera, no sé si te sirva a esta altura, quizás prefieras volver a casa –levantó una bolsa que traía en su mano.


— Gracias –Jack se acercó a ella– me quedaré aquí hasta que pueda irse.


— Puedo estar con él unos minutos, si quieres refrescarte y desayunar, pareces agotado.


— Estoy bien –le dije a él, fingiendo una sonrisa y de todos modos pareció dudar, lo que hizo inflarse mi pecho en gratitud– no me hagas sentir más culpable –susurré y entonces sonrió, pasando junto a Estela y cerrando la puerta.


— Jack es un buen amigo –sus manos juntas, de pie al final de mi cama– tienes mucha suerte de haberlo conocido, aunque siempre me he preguntado cómo pudiste confiar en él cuando no lo hacías en nadie más.


No había manera de que contestara eso y ella lo sabía, así que sonrió mientras negaba con la cabeza, tomando asiento en el sofá que le pertenecía a él.


— ¿Cómo está Joey? –murmuré, sin mirarla.


— Le dije que tuviste malestar estomacal y decidieron dejarte en observación, quería venir a verte, pero insistí en que no puede perder clases.


— No quiero que me vea así.


— Lo imaginé –suspiró.


— ¿Y mamá?


— Preocupada –suspiró otra vez– ¿Cuándo te darán el alta? Vi que salió un médico recién.


— Era el siquiatra, tendré que seguir una terapia y tomar medicamentos –sentía ansiedad de solo pensarlo, pero eso no se lo diría a ella.


— Todo este tiempo ha sido muy difícil –murmuró y la miré a los ojos por primera vez– nadie te dice que las cosas serán así, en las películas termina cuando el protagonista es liberado y luego todos felices para siempre, nadie habla de lo que pasa después.


— Supongo que soy el protagonista –y ella lanzó una pequeña risa.


— Quiero que sepas algo –tomó mi mano sana con suavidad– cuando te dije que te amé desde la primera vez que te vi –lágrimas corrían por su rostro– no estaba mintiendo y te sigo amando, pero tienes razón que no es el amor pasional que debe tener una pareja.


— Yo también te amo, Estela, eso nunca va a cambiar, no es un sentimiento que se esfume de un día para otro.


— Lo sé –enjugó sus lágrimas con una mano, mientras la otra se posaba en el bulto bajo su falda– también tienes razón en que debo tener mi propia vida, tengo tantas cosas de las que ocuparme, también está James –su sollozo se escuchó con demasiada fuerza– lo siento tanto, Will, me duele toda esta situación, quise con todo mi corazón que estuvieses mejor, pero ya vemos que no es así y quizás nunca lo estarás, las circunstancias, nos han cambiado y creo que debemos ser honestos el uno con el otro, nos debemos eso.


— Si pudiese cambiar las cosas, si hubiese tomado otro tipo de decisiones.


— No hay remedio en recriminarse, William.


— Lo sé –apoyó sus manos sobre sus rodillas, entonces respiró hondo y me miró seriamente.


— Cuando salgas de aquí no volverás a casa –una última lágrima rodó de su ojo derecho y cayó sobre una de sus manos– me pongo en todos los escenarios y pienso… si Joey hubiese llegado, si fuese él quien te encontrara –restregó sus ojos– fue tan duro para mí y pensar en que él… –tragó mucho aire antes de continuar– James y yo nos vamos a casar y Joey se irá con nosotros, porque soy su madre y es su hogar.


— Lo entiendo –murmuré, mientras una grieta más se abría en mi pecho.


— Esto no es fácil para mí, quizás todo el mundo diga que soy una perra egoísta, pero mi hijo es mi prioridad… lo siento, William… lo siento mucho –sacó un pañuelo del bolsillo y limpió su cara, respirando hondo varias veces– no pretendo quitártelo, pero tampoco puedo confiar en que estés a solas con Joey, ambos sabemos lo errática que es tu mamá, tampoco conozco a Jack lo suficiente como para que haga de intermediario, realmente no sé cómo lo haremos, porque él querrá verte y espero que encontremos una solución, pronto, te prometo que pondré todo de mi parte para que así sea, él te necesita y yo no romperé ese lazo.


— Siquiera ya no soy tu esposo –reí, aunque de una manera bastante tétrica– está la mayor parte del trabajo hecho y con respecto a Joey, tienes razón también, pero no dudes que lucharé por él.


— Oh, Will –y de pronto me estaba abrazando, llorando amargamente en mi cuello, pero yo no sabía cómo consolarla– cuando estés mejor, volveremos a hablar, necesitas recuperarte, volver a ser el mismo y lo lograrás, sé que lo harás.


Pero eso nunca sucedería.


— Hablé con tu mamá anoche y aceptó que vayas a quedarte en su estudio, te cuidará y podrá mimarte mientras se lo permitas.


Se apartó, sacando su pañuelo otra vez y yo solo miraba el techo, porque no tenía derecho a nada más, yo no era capaz de tomar decisiones, ni siquiera de dónde quería vivir.


— Oh Dios, estoy hecha un desastre y tengo que mostrar una casa.


— Ve a arreglarte, no te preocupes por mí –me miró con cierta desconfianza.


— ¿Puedo dejarte solo?


Necesitaba que me dejara solo, de ninguna manera iba a mostrarme más vulnerable en este momento.


— Puedes hacerlo –sonreí y asintió, retrocediendo hasta la puerta, dejándola entreabierta mientras yo me encogía sobre mí mismo, todo lo que mis heridas me permitían, cerrando los ojos para que mi cerebro dejara de palpitar y entonces lo escuché, era Jack gritando… gritándole a Estela.


— ¡Estás loca!


— No tengo por qué darte explicaciones a ti.


— ¡Will no puede estar solo! ¿Que no lo entiendes? Esto sucedió porque nunca te detuviste a ver más allá de tu nariz ¡Es tu esposo!


— Ya no es mi esposo y no es tu decisión, no sé en qué mundo vives, Jack –y nunca había escuchado ese tono de odio en su dulce voz– es mi hijo de quien debo preocuparme.


— No se lo vas a quitar, es su padre, Estela ¡No puedes hacerle esto!


— Tráeme un certificado médico de que puede estar alrededor de Joey, además –y casi podía sentir cómo sus dientes rechinaban– las cosas se decidieron hace mucho tiempo.


— No puedo creer que digas eso.


— Quisiera que las cosas fuesen distintas, pero es la maldita vida que nos tocó vivir, ya he esperado demasiado y mis hijos necesitan de mí –se mantuvo en silencio casi por un minuto– hice sus maletas, está todo ordenado, puedes verlo cuando esté en casa de su mamá.


— Te arrepentirás de esto, Estela, te juro que lo harás.


No se escuchó su respuesta y estaba haciendo todo el esfuerzo posible por no largarme a llorar otra vez, quería desaparecer, hundirme en este colchón hasta que ya nadie se acuerde de que existo.


— Aunque tenga que dormir a tu lado como un perro no te dejaré solo –gruñó junto a mi rostro.


— No será tan malo –dije en un respiro doloroso– mamá tiene un loft y ocupa la mayor parte en sus obras, hay solo una cama, seguramente dormiré con ella, estaré bien, Jack, no es necesario que continúes preocupándote, te prometo que iré a las terapias y tomaré mis medicamentos.


Y de pronto fui consciente de que con cada palabra me había ido aferrando a su torso, sin importar el dolor, sin importar nada, pero no quería soltarlo, no quería perderlo, ni dejar de verlo y era tan doloroso.


— ¿Dónde vive ella? –murmuró, envolviendo mi espalda con sus brazos, sujetándome.


— En el SoHo –y aunque no se había duchado desde ayer y llevaba mi ropa ahora, seguía oliendo a mandarinas, extrañaría su aroma, sus ojos mirándome, leyéndome, el calor de su piel, pero mamá no lo toleraría y eso dolía aún más.


— Will –suspiró en mi cuello– yo prometí que nunca te obligaría a nada y que siempre tomarías las decisiones de cualquier cosa entre los dos, pero te preguntaré esto y no aceptaré un no por respuesta, estás jodidamente obligado a aceptar –su abrazo se hizo más apretado– ¿Quieres vivir en mi casa? Tendrás tu propio dormitorio y baño y toda la intimidad que necesites, contrataré a alguien que se preocupe de tus curaciones, me haré cargo personalmente de tus medicamentos, que vayas a las terapias y que te alimentes adecuadamente, estaré ahí si necesitas llorar o reír o solo conversar.


— Sí –susurré, porque el alivio de verme en esa situación era tan inmenso.


— Sé que no tienes motivos para confiar en mí, pero realmente me moriría de pensar que no estás recibiendo todo lo que necesitas, por favor, acepta venir a vivir conmigo.


— Jack –lo aparté unos centímetros, aunque fue reacio a hacerlo y lo entendí cuando vi sus ojos enrojecidos– iré a cualquier parte que tú digas que vaya, mientras estés conmigo.


— Gracias –susurró– por darme esta oportunidad –se sentó, pero su mano siguió sujetando la mía, acariciando mi frente, despejándola de mi cabello.


Llevaba un buen rato así, cuando llegaron con el desayuno, me sentía tan agotado, que fue un alivio recibir ayuda para incorporarme y comer, con Jack asegurándose de que tomara todo el jugo de naranjas y las tostadas con huevos revueltos, como una gallina con su polluelo.


— ¿Quieres dormir un momento? – murmuró, quitando la bandeja y viéndome languidecer de regreso a las sábanas – la enfermera dijo que tu médico pasará antes de almuerzo e indicará si puedes irte.


— Quiero ir al baño –dije, haciendo una mueca y su sonrisa me dio algo de ánimo.


— Bien, te ayudaré.


Y si tan solo bajar de la cama fue un suplicio, llegar hasta el baño me dejó casi eliminado, de todos modos, le exigí dejarme solo, arreglándomelas como pude para asear mi rostro, enjuagar mi boca y usar el retrete. Esperando recuperar el aliento mientras me observaba en el espejo, necesitaba afeitarme y parecía que había adelgazado, mi pelo había crecido mucho en el último tiempo, formando mechones castaños y ondulados, ahora sucios y despeinados, pero mi mente estaba en sincronía con mi nueva imagen.


— ¿Todo bien ahí? –salté al escuchar su llamado, pero sonreí de inmediato al sentir mi corazón latir, su preocupación era algo que me tranquilizaba.


— Sí, voy saliendo –resoplé y abrí la puerta, aceptando el apoyo de su mano para caminar de regreso a la cama– quién diría que después de todo lo que he dormido estaría tan cansado.


— Es la pérdida de sangre.


Me senté en la orilla, con las piernas colgando y le sonreí, sintiendo su nerviosismo, también me gustaba que no supiese muy bien qué hacer a mi alrededor, yo alteraba su mundo.


— También estás cansado –murmuré, corriendo un dedo por su mejilla, sintiendo el picor de su barba aún incipiente– creo que ambos necesitamos una ducha –y vi cómo sus mejillas se colorearon, bajando el rostro para ocultarlo.


— No sé si podrás ducharte, por las suturas, tendremos que preguntar antes de que te dejen ir.


— ¿Estás emocionado? –lo miré bajo mis pestañas, tratando de que él no notara lo que su respuesta significaba para mí, aunque no era algo romántico, me hacía sentir más tranquilo que hubiese alguien dispuesto a hacer tanto por mi persona.


— Tengo que ser sincero y decir que me encanta la idea de compartir el mismo techo contigo –suspiró– pero yo solo deseo que estés bien, cómodo, atendido y seguro de que podrás pedirme todo lo que desees.


— ¿Lo que sea? –sonreí de lado y mordió sus labios mientras otro rubor comenzaba a aparecer– ¿Puedo pedirte que me abraces? –susurré, manteniendo la mirada baja.


— Siempre –y me rodeó con sus brazos fibrosos, cerrando los ojos al apoyarme en su hombro, sintiendo sus manos acariciar mi espalda en pequeños círculos.


Abrí mis ojos luego de aspirar su aroma y mamá estaba de pie en la puerta abierta, mirándonos ¿Por qué las mujeres de mi vida tenían esta costumbre de interrumpir los buenos momentos?


— Buenos días, mamá –exclamé y Jack se apartó tan rápido que casi me hace caer.


— Mi pequeño William –murmuró ella, levantando la sábana para que entrara a la cama– es difícil preguntar cómo estás.


— No es el mejor día de mi vida –reí– pero estoy bien –era triste comprender que, aunque siempre tuvimos una relación tan fluida, ahora estaba el enorme fantasma entre nosotros, toda una historia demasiado dolorosa para que una madre pueda comprender– te tengo una buena y una mala noticia.


— Hijo, no es momento para bromas –exclamó, palmeando mi mejilla.


Para nadie pasaba desapercibido el que estaba tratando de hacer como si Jack no estuviese con nosotros en la habitación y fui capaz de sentir el momento en que él decidió que sobraba, pero lo retuve tomando su mano firmemente.


— La mala es que no me voy a vivir contigo –y su mirada se amplió– la buena es que viviré en casa de Jack por un tiempo.


De pronto parecía que iba a reventar, su rostro comenzó a ponerse rojo y a inflarse tanto que podía ser peligroso, pero mi sonrisa se mantuvo y Jack eligió ese momento para hablar.


— Ahora lo que importa es Will y su bienestar, creo que puedo darle lo que necesita, además, usted siempre será bienvenida en mi hogar.


— Hijo –sus manos callosas tomaron mis mejillas– siempre fuimos solo los dos, no quisiste escucharme cuando te dije que Estela no era la mujer para ti –le lanzó una mirada despectiva a Jack– tienes que entender que esto no eres tú.


— Mamá, necesito volver a encontrarme –suspiré– quizás nunca vuelva a ser el mismo, pero si es necesario reinventarme para poder sobrevivir, lo haré.


— Sólo quiero que seas feliz.


— Deja que lo intente, mamá, aunque no lo creas, necesito que estés tranquila con mis decisiones.


— ¿Realmente es tu decisión? –y miré a Jack, su expresión severa, dispuesto a saltar sobre ella y despacharla si es que era necesario.


— Completamente, mamá, esto es lo que quiero en este momento.


— Lo acepto –resopló– creo que puedo ser de utilidad, la bruja de Estela tiene todas tus cosas empacadas, ayer estaba como una loca.


— No te pido que la ayudes, mamá, pero necesito que trates de entenderla, todo lo que ha pasado ha sido demasiado –cerré los ojos ante la presión en el centro de mi pecho– tendrás que ser mi nexo, visitarla y visitarme, es la única manera de saber qué pasa con Joey.


— ¡¿No te dejará verlo?!


La miré fijamente y fui testigo de cómo sus comisuras se aguaban a cada segundo, ella lo entendía, que yo debía alejarme, que era lo más sano para Joey.


— Traeré tus cosas –carraspeó, besando mis mejillas– hay momentos en la vida en que una madre debe saber respetar las decisiones de los hijos, solo espero que esto realmente sea lo que te haga feliz.


— No he tomado ninguna decisión, mamá, solo me quedaré en casa de Jack hasta estar mejor –presioné la palma de él antes de que alejara su mano– pero me alegra que te sientas dispuesta a aceptarlo.


— ¡Y tú! –apuntó a Jack con uno de sus largos y delgados dedos– más vale que trates a mi bebé como un rey o te mataré con mis propias manos.


— Yo mismo me entregaré a su merced si fuese necesario.


— No trates de venderme tu aspecto de niño bueno, sé que hay mucho detrás de ello –y comenzó a salir de la habitación, pero se volvió a mirarme– busca alguien que corte tu cabello, no tienes por qué perder la decencia justo ahora –y cerró la puerta tras de sí.


— Vaya sí que tu madre sabe tomar sus armas.


Me acurruqué, con mi cabeza en la almohada, intentando no cerrar los ojos, porque aún se sentía una alucinación estar con él de esta manera, nuestras manos tomadas, sin un significado oculto tras ello, más que el de recibir su apoyo y su sonrisa plácida, a pesar del cansancio reflejado en las bolsas bajo sus ojos.


— Voy a dormir un poco –susurré y lo vi asentir– puedes hacerlo también –mis ojos comenzaban a cerrarse.


— En cuanto tú lo hagas.


Suspiré, porque a pesar de todo lo malo que ha pasado, en este momento solo pensaba en sonreír y eso resultaba tan gratificante, aunque la realidad siguiese allá afuera, esperándome, tener la seguridad de que Jack se pondría de pie frente a mí y me defendería de todo lo malo, hacía más fácil respirar.


Estaba sentado en una silla en medio de un bosque, árboles por todas partes, el follaje verde protegiéndome del sol y la lluvia, se sentía bien estar aquí, mirando todo a mi alrededor, sonriendo al pensar que no deseaba ir a ninguna parte, solo disfrutar de la pacífica tranquilidad que me daba la naturaleza. Cerré los ojos, aspirando el aroma a musgo y madera. Sorprendiéndome al escuchar una risa tras los árboles, venía de una parte y luego de otra, haciéndome girar la cabeza para saber de dónde, pero nunca teniendo la intención de ponerme de pie. De pronto lo vi, la enorme y hermosa sonrisa de Joey, mi pequeño niño al que tanto amo y mis ojos se llenaban de lágrimas de felicidad. Quise tocarlo, pero ya no podía ponerme de pie y la tranquilidad del lugar comenzaba a ser angustiante. Entonces lo vi caminar hacia mí, con las manos tras su espalda, tan tranquilo y feliz, que todos mis temores desaparecieron. Se detuvo justo antes de tocar mis rodillas y me mostró sus palmas, descansando en medio una pequeña paloma de color blanco, puse mis manos bajo las suyas, recibiendo el regalo, era frágil y hermosa, con sus suaves plumas albas, tan pequeña e indefensa. Y sin dejar su sonrisa, Joey besó mis mejillas y comenzó a alejarse, dando saltos de alegría.

24. Mai 2021 05:28:50 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
2
Fortsetzung folgt… Neues Kapitel Every week.

Über den Autor

Rocío Schnettler La literatura ha formado parte esencial de mi vida desde que tengo uso de razón. Compartir con ustedes cada personaje que vive en mi mente es mi manera de dar al mundo lo mejor de mí. Espero disfruten de leer tal como yo lo hago de escribir. Abrazos y mucho amor!!

Kommentiere etwas

Post!
Bisher keine Kommentare. Sei der Erste, der etwas sagt!
~