Kurzgeschichte
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I

El polvo se agita levemente cuando el hombre que trabaja arranca un volumen grueso del estante.

- Justo cuando me pongo a trabajar. JUSTO. Justo ahí tienen que joder la paciencia, ¡chuchamadre! -gruñe-. No me dejan trabajar en paz. Todos los putos días es lo mismo. Jode y jode. Siempre metiendo bulla. ¡Siempre metiendo bu-LLA!

Contempla el agujero que queda entre los libros, gira su cabeza hacia la puerta y grita:

- ¡SIEMPRE!

Sus pasos se silencian con la alfombra marrón. La madera todavía cruje bajo sus pies. No lo admite, pero le cuesta trabajo cargar ese ejemplar de pasta gruesa: los años ya no están de su lado. Camina hacia el escritorio mientras rumia palabras, las mastica y se las empuja contra las mejillas. El libro tose los residuos de polvo y el aire hace temblar los pocos papeles apilados en las esquinas del rectángulo cubierto de vidrio. La vibración acaricia la madera: nunca dejaron de ser la misma cosa.

El silencio no se interrumpe, no le responde nada. La habitación se traga sus palabras con la misma paciencia de testigo incólume con la que lo ha hecho durante décadas, desde que el hombre que trabaja se retiró. Todos los días asiste puntual a su retiro. Se lo toma con la misma seriedad con la que se tomaba su trabajo. Se despierta por la mañana, estira el cuello, los brazos, la espalda y las piernas. Tararea ejercicios de intervalos para calentar la voz. Se baña y desayuna. Sale de su casa hacia su pequeña oficina y trabaja en su retiro. Su proyecto es sencillo, le parece, pero tiene el potencial de ser una obra de arte.

Es un tipo supersticioso pero precavido. Guarda sus facturas, recibos, anotaciones y todo tipo de documentos impresos en orden y los desecha cada cinco años. Ha sido auditado, sí, pero detesta darle la razón a la gente que piensa que es distraído, así que procura no distraerse.

Se sienta frente al escritorio y gira trabajosamente el libro.

- No entiendo por qué siempre la bulla, por qué la gente tiene que ser desconsiderada siempre. SIEMPRE. En todos los años que estuve trabajando, igual la gente me jodía. Siempre encuentran razones para joder. SIEM-PRE.

Se coloca los lentes y las pequeñas cadenas de los marcos se agitan durante un momento. La brisa mueve las hojas de las plantas y mantiene las macetas frescas. Los dedos del hombre que trabaja se mueven por los bordes de las páginas: cambian, regresan, señalan, anotan y tachan: la duda es sólo otra oportunidad para asegurarse.

Su escritura se detiene lento, como una cadena de bicicleta en una bajada larga y lisa. Trata de encontrar el delgado hilo de sonido que le quita tranquilidad. Entrecierra sus ojos y agudiza lo más que puede los oídos. Azota el lápiz contra las páginas del libro.

- Mierda.

Sus ojos se inyectan de sangre, sus párpados tiemblan, se arrugan. Aprieta los puños. Sus uñas cortan pequeñas capas de su piel, las blanquean, las enrojecen hasta romperlas y las dejan moradas cuando por fin se despegan de ellas. Siente un extraño calor apretándole el cuello, las venas de sus sienes palpitando e hinchándose; es una sensación familiar. Los instantes se alargan dentro de su propia ira, se desintegran lentamente en su estómago. La efervescencia de su bilis vibra tráquea arriba hasta que un pujido crece, se forma grito y escapa entre sus dientes.

- ¡MIER-DA! ¡¿Qué mierda quieren!? ¿QUÉ?

Los años de trabajo se han llevado su paciencia, su buen humor. Sus habilidades, piensa, no deben ser cuestionadas más que por él mismo. No sólo por su retiro, sino porque siempre ha sido su crítico más feroz. Es diligente, siempre lo ha sido. Conforme el tiempo lo fue encontrando, aprendió que la seriedad es un atributo reservado para quienes están dispuestos a tomar decisiones, a navegar el universo con la voluntad y el convencimiento del martirio o la tiranía. Su trabajo habla por él, siempre lo ha hecho; incluso ahora, en su retiro, es implacable respecto a su disciplina. No conoce otro modo de vida.

Se levanta del asiento y deja el volumen sobre la mesa, con el lápiz entre sus gruesas páginas viejas. Los lentes se aferran a su tabique como un niño al seno de su madre, la gravedad y los murmullos del hombre que trabaja apenas agitan los delgados brazos de alambre que descansan sobre la piel de su cráneo. Las cadenas se dejan mover con una extraña simetría, una incomprensible rigidez.

- Es impresionante. Impresionante. No dejan de joder. Siempre se tiene que enterar uno de las cosas que hacen. Siempre el escándalo, siempre la bulla, las ganas de joder. NO PUEDEN DEJAR DE JODER.

Su cuerpo gira hacia la izquierda y sus piernas se mueven lentamente. Los colores acre de toda la oficina combinan con la luz dorada de esta parte del país. El viento frío de la mañana mece gotas gordas que explotan como perlas de sábila contra el cristal. A medida que se mueve, siente cómo sus tendones y músculos rodean sus huesos rígidos. El esfuerzo soportado durante años ha terminado por moldear su cuerpo a una única condición propia. Tan sólo él siente cada día que ha pasado, aunque no los recuerde todos; tan sólo él habita cada movimiento, aunque cada uno haya sido irrepetible.

Se dirige hacia la gran puerta del despacho. Los títulos acumulados, los premios, las fotografías descoloridas y las plumas caras van quedando detrás mientras el hombre que trabaja se mueve con una parsimonia viscosa. Se deja caer hacia adelante con cada paso, la suela del zapato se despega de la alfombra y se estampa contra el piso de madera. El pliegue de su pantalón desaparece brevemente cuando toca su rodilla, el largo murmullo de sus quejas incrementa hasta que se puede entender:

- Ni cuando empecé a trabajar le faltaban a uno el respeto tantas veces, TANTAS VECES.

Su brazo se levanta y el hierro de la manija se empaña bajo el tacto del hombre que trabaja. Aunque sus dedos no tienen callos, son largos y están manchados por la tinta, los números, las páginas y la vejez. Gira la perilla y recarga su peso contra la puerta. El gozne deja salir el chirrido rugoso y agudo de años acumulados; años de un día a la vez; años de entradas y salidas metódicas, sistemáticas y precisas, que desgastaron pintura y astillas, que aflojaron clavos y tornillos, que lamieron la grasa y los resortes. La vibración vuelve a acariciar la madera: nunca una abandonó a la otra.

La puerta se abre lentamente. El hombre que trabaja persigue el sonido que persiste en sus oídos, sólo él lo escucha. Sin soltar la agarradera, detiene su movimiento por un instante, lo suficiente para gritar:

- ¡DEJEN TRABAJAR, MIERDA! ¡DEJEN TRABAJAR!

Como si todo el proceso formase parte del mismo movimiento, empuja todo su cuerpo de vuelta. La fuerza se acumula y el aire se resiste ante el inminente cierre de la puerta, pero termina cediendo igual. El hombre que trabaja se encierra nuevamente y el eco de su grito se asienta despacio sobre el suelo de madera pulida. La estancia, vacía y silenciosa, mira caer las palabras como si fueran un velo que sofoca un pequeño incendio: su ligereza alcanza para mitigar la soledad.

El hombre que trabaja, por fin, puede continuar.

3. Mai 2021 21:43:36 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

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