phtrespalacios Fred Trespalacios

En la iglesia de los Jardines de Antioquía hay un asesino. No parece ser de este mundo. No parece ser de Dios. Lo que ocurriría allí seguiría sorprendiendo a los vecinos luego del testimonio de su único sobreviviente.


Kurzgeschichten Nur für über 21-Jährige (Erwachsene).

#terror-cósmico #semana-santa #laguaridadelwendigo
Kurzgeschichte
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413 ABRUFE
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La voz que cuelga del silencio

Diego Santodomingo sería el único sobreviviente del 21 de enero del 2015. Traería la noticia de los sucesos ocurridos en la iglesia de Santa Margarita de Antioquía y su confesión lo condenaría para siempre en el hospital psiquiátrico penitenciario de Sevilla. El tiempo nunca le daría la razón, y por más fantasioso que pareciera, jamás dejó de brotar un dejo de incertidumbre ante los veinte muertos que encontraron en el moderno y hermético templo parroquial.


Todo comenzó en noviembre.


Los primeros días de ese sinuoso mes, la comunidad conocida como Los Jardines se convertían en testigos de las atípicas procesiones que atestaban las calles. Con ropajes anticuados, canciones de la dictadura y olores apestosos a mirra, los pobladores se encerraban en sus casas para no ofrecerles ningún tipo de recibimiento a los nuevos miembros infantiles. Si bien, porque todo aquel que entraba a la secta no lograba salir, y porque no volvían a verlos por la ancestral enseñanza de que eran impuros. El hecho de que Diego hubiera quedado seleccionado, a pesar de que llevaba el apellido de su madre, fue motivo para pensar que se trataba de alguna clase de milagro. Lo que Diego no se imaginó, fue que su madre pactaría su ingreso con el Papa Olegario a cambio de sus dolencias de celibato. Diego era hijo único. La pena de su madre al ver que el hombre que tanto le había dedicado los años de su vida se había vuelto loco, fue una desdicha inconsolable. Su padre era minero y murió a los quince días de haber nacido. Un derrumbe lo había sepultado luego de una fuga de gas. La idea de que se convirtiera en miembro antioquista al igual que ella, se le metió entre ceja y ceja a doña Gala. Sentía la vana fe de que si buscaba otros métodos devotos podía expurgar sus graves equivocaciones. La tentación le hizo transitar por malas pasadas. Era elegante y hermosísima, talentos muy bien explotados durante su juventud. De no haber sido una mujer abnega al Señor, como decía ella, se hubiera convertido en la mejor prostituta del país.


Las muertes aquí ocurridas sucedieron en un período irregular de semanas. Es decir, no hubo un patrón de asesinatos reconocibles que pudieran dar con el principal responsable. En parte porque la policía nunca halló pistas, y en otra, porque el radio de sospechosos se hizo tan extenso en una iglesia en la que vivían solamente noventa personas. Esa cantidad, tan ínfima a la vez, obstaculizaba por completo todo indicio de motivos a medida que se encontraban los cuerpos. Pues para tratarse de un lugar pequeño, el asesino siempre contó con la buena suerte de no dejar ningún cabo suelto. Desde luego, que si la complicidad hubiera sido un movimiento colectivo, jamás dejó de ser una duda de primera mano, pero cada una de las pesquisas se iban desmoronando luego que quienes aparecían muertos eran los potenciales objetivos policiales.


Por ejemplo, el primero que murió, el 28 de noviembre a casi medianoche cumplida, fue Gerónimo Vera dentro de la biblioteca. Diego Santodomingo y él fueron amigos desde el confinamiento religioso. Los unió la casualidad de sentarse el uno con el otro y los nervios de no conocer el destino que les deparaba. Era el mayor de siete hermanos y no tuvo más porque su madre falleció al dar al séptimo. La mendicidad hacia Dios resultó de su propia voluntad al ver que su padre no podía con la carga de la viudez y con una fila de niños que a duras penas sabían leer o escribir. Gerónimo los salvaría, y no precisamente con rezos. Cuando se era miembro de los Jardines de Antioquía, por más pequeño que fuera el cargo, el grado de retribución era considerablemente generoso. No por extraño la fiscalía conservaba una centena de denuncias que al final terminaban archivados o solucionados por una confesión comprada o concluidos en un misterioso suceso de sicariato repentino. Pues nunca demostraban de la forma más sensata posible de dónde obtenían tanto dinero. El futuro de los Vera estaba asegurado, y lo estaría muchos años después de la muerte de Geronimo, aunque fuera a base de una fama sangrienta. Diego Santodomingo lo describía como alguien tímido, pero responsable. Era de piernas y brazos largos, y hablaba para lo que en realidad fuera necesario. Una sumisión a la que Diego no solía acostumbrarse ni cuando hacían oraciones nocturnas, ni cuando lo encerraban sin ningún dispositivo electrónico ni cuando debía guardar ayunos prolongados. Eso le causaba grandísima admiración, y con todo el pasado que le conocía, esperaba que su formación ermitaña lo transformara igual que él, a pesar de no tener hermanos. Por eso, cuando se enteró del crimen, se sintió perdido en una brumosa confusión, como un barco que marchaba sin ancla y sin vela.


El 27 en la tarde, luego de concluir los quehaceres de limpieza en el patio, los aspirantes antioquistas habían asistido a las lecciones de latín. Para un grupo que tenía un conocimiento escaso acerca del castellano, no era una sorpresa que fuese una asignatura aterradora. No tanto porque las cosas evidentemente cambiaran, sino porque era el requisito máximo para alcanzar el sacerdocio. A ninguno solía irle tan bien como al mismísimo Gerónimo. En la biblioteca no paraba de adquirir nuevos vocablos y expresiones de las páginas de Agustín de Hipona o de los folios del quinto Papa de la iglesia de Los Jardines. Ese día, la clase del padre Euclides no había dejado sabores distintos. Diego Santodomingo solía esperar a Gerónimo en el comedor. Repasaban los temas dados, hablaban de sus conocimientos externos y terminaban poniéndose al tanto de un historial que ni ellos mismos se acordaban. Sin embargo, Gerónimo había dislocado la costumbre internándose por varias horas en la biblioteca. Diego lo echó de menos sin enterarse de que sería la última vez que se verían. Mientras el egresado juvenil degustaban del vino y del pan, de los frijoles y de las frutas frescas, Gerónimo pasaba horas enteras lacerándose la vista con una media lámpara de sodio. No se percató que era tardísimo cuando se vio envuelto en el silencio sepulcral de la noche. La frialdad en su infinitud, ambientaba la biblioteca con sus asientos de madera vacíos. Ingenuo, porque no tenía idea de que se iba a morir durante los próximos cinco minutos, se quedó a leer un poco más. De haber existido una fuerza sobrehumana que lo obligara a salir de la biblioteca, posiblemente este cuento sería otro. Había abierto los Siete libros de la Sabiduría de Séneca, cuando descubrió una corriente gélida atravesar por su espalda. Se quedó inamovible, y solo observó la silueta de la lámpara arañar los confines de las paredes. Que alguien hubiera ingresado en verdad no podía saberlo. Más allá, Gerónimo solo reconoció un montón de tinieblas.


Al pasar por la página dieciocho, se detuvo en el instante que oyó un resuello detrás de él. Volvió con escrutinio y al no ver nada se levantó de su asiento, inquisidor. Nadie salió a su respuesta, excepto un libro viejo que acababa de caer de su estante. Lo había leído en alguna ocasión, pero le pareció tan inverosímil como el evangelio de María Magdalena. Ese libro, por culpa de ese libro, Gerónimo Vera terminó asesinado. Esperando que alguien se adueñara de El libro de Enoc, se acercó a recogerlo. No tenía miedo, su fe siempre había sido inquebrantable hasta en el último de los momentos. No lo había separado muy bien del suelo cuando sintió la punta de una tijera entrar a su cuello. Gerónimo, por instinto, se alejó de la fuerza que le había atrapado. Le rechazó con un empujón que sin embargo traicionó sus estabilidades. Los estantes y el resto de los lomos se derribaron encima del chico y obstaculizaron cualquier ruta de escape. Trató de cubrirse, pero un segundo ataque estocó su pecho. Si tenía la disposición de gritar, la sangre en la garganta se lo impediría. Solo se revolcó, jadeó y suplicó por su sobrevivecia. No entendía quién era el autor de semejante bestialidad, ni mucho menos porqué lo hacía. Apenas alcanzó a ver la sotana y su capucha y el caminado parsimonioso y calculador. No había sentido cuando las tijeras le perforaron la barriga. Para los quince segundos que le quedaban, su asesino se esmeró por desangrarlo rápidamente, hasta que finalizó, con un certero golpe directo a la yugular acabando con la triste y desesperante agonía que lo embargaba. Gerónimo quedó inerte. Descansó contra unos de los estante y con los ojos sorprendidos. Nadie supo quién lo mató ni tampoco tendrían sospecha alguna. O bueno, tal vez uno.


El capellán Alberto fue el que dio el aviso a todos con sus horribles gritos. Despertarse con una mala noticia nunca era de buen augurio, pero los religiosos de Los Jardines de Antioquía no entendían en absoluto de eso. La cúpula eclesial debatió durante el transcurso de esa mañana si informaban o no al comisario Robledo. No porque tuvieran el temor de que profanaran el santo lugar, sino de que el revuelo de efectivos causaran más conmoción de la que ya le guardaba el resto de la comunidad. El viejo comisario, por ese entonces, había sido suplantado por un alma pura e incorruptible que no se dejara seducir por los encantos del poder. Por su parte, habían colocado a un joven graduado y experto en crímenes de toda índole por los dudosos vínculos que se hablaba entre la policía de Sevilla y el supuesto Papa Olegario. Como fuera el caso, el capellán Alberto resolvió el asunto solicitando su presencia. Los interrogatorios habían sido extensos. Al primero que interrogaron, por supuesto, fue a Diego Santodomingo. Citaron al bibliotecario y luego al celador de esa noche, pero como ocurriría siempre, se trataron de datos inútiles. Diego no tenía idea de quién habría querido acabar con la vida de Gerónimo ni tampoco había reconocido que desarrollara una enemistad con algunos de sus compañeros. Pero el hecho de que hubiera un asesino en la iglesia, no lo dejó pensar mucho menos con claridad. Y cuando supo que era el sospechoso número uno del comisario Robledo, su desesperación bordeaba al punto del suicidio. Diego se dedicó a buscar al culpable, y según los indicios posteriores, al parecer lo había encontrado.


Días después de las nueve noches cumplidas, Diego se refugió en la amistad de Elías Cienfuegos. No tenían en absoluto nada en común, pero había congregado a un cúmulo de compañeros que se profesaban cierta complicidad y silencio. Hacían escapadas nocturnas y visitaban aposentos prohibidos por el Papa Olegario. Toda una aventura que Diego no pensaba que existían. Elías representaba todo lo contrario a Gerónimo. Era el hijo único de una familia opulenta, no tenía valores, no tenía razones para entrar a la iglesia, solo el hábito y el atavismo de arrimarse a la gente más importante; era líder de una pandilla de monaguillos, y Gerónimo no lo era. Siempre creyó que solo se podía estar bien con uno mismo cuando las reglas se cumplían. Elías no seguía ni una, y si aceptó la inclusión de Diego fue por su ansiada necesidad de idolatría. Diego no podía negar que volverse su seguidor le sirvió como una excelente terapia para sobrellevar el duelo, pero a los doce días que acababan de enterrar a Gerónimo, ocurrió un evento revelador. Mientras exploraban el tercer piso, al que solo tenían acceso el alto mando clerical, la investigación del asesinato tomó otro rumbo.


Su nombre era Tertuliano Álvarez y lo más irónico de todo es que era tartamudo. Diego nunca supo nada de él, excepto que era muy nervioso y que los chicos le originaban toda clase de apodos. Y lo de nervioso creyó que se trataba de una exageración, solo hasta que lo encontró arrodillado frente a la figura de la Virgen María. Elías había considerado invadir el tercer piso porque suponía que su prohibición era motivo de algún secreto sagrado. La búsqueda de una reliquia con semejante característica, les significó un reto para las horas de esa noche vigilado por celadores y zozobras. En la dispersión del grupúsculo, Diego consideró junto a Elías revisar el despacho del capellán Alberto, porque era lo más evidente para guardar objetos. El plan resultó accidentado cuando un candelabro derribado por el hombro de Diego ocasionó un estropicio ensordecedor. Aunque nunca trazaban rutas de escape, solo una cosa tenían acordado: huir a toda costa. Elías desapareció en el instante en que atravesó una puerta y Diego emprendió su camino por el pasillo contiguo. Fue allí, que recobrando el hálito contra el respaldo de una pared, que oyó el reiterativo lamento de Tertuliano porque había visto al asesino de Gerónimo. Tal revelación derivaron en conjeturas y suposiciones que llegaron al punto de tener que perseguir a Tertuliano para corroborar la sospecha. Porque si hasta ahora no lo había confesado, así habría sido la verdad de la que fue testigo.


Diego lo acosó por los siguientes días esperando el golpe de una rápida repuesta. Tertuliano lo esquivaba, le contestaba evasiones o decía no saber nada. Pensó que fingía su propia tartamudez con tal de prolongar sus discursos y poder ofrecerle otra mejor mentira. Pero Diego no tuvo reparo, tanto que debió pedir la intercesión del capellán por su clarísima falta de convivencia. Incluso, Aníbal Bastidas, un chico con el que no había tenido el mayor de los tratos, le esperó en la salida del baño para amenazarlo con que le dejara la vida en paz. Luego, Diego se terminaría de enterar de que él y Tertuliano habían tenido un tórrido romance. Aunque sucediera esto o aquello otro, el espíritu de Diego no se achicó ante el embalaje. Y por su parte, Tertuliano tampoco. Ni cuando murieron Luis Sanabria y Rodrigo Domínguez, uno en el patio y el otro en la capilla por una lanza, no dio su brazo a torcer. No sabía si acusarlo contra el capellán era una buena idea, dado que todos creían que el asesino era uno de ellos; o si salir a contárselo al comisario Robledo, ya que no tenía cómo comprobar por lo que Tertuliano estaba atemorizado. Fueron días difíciles. Todo el servicio fue reemplazado por los policías, incluso la vigilancia. Las salidas nocturnas se habían acabado y los padres más incautos suspendieron a sus hijos de la iglesia. El mundo de Diego —y el de muchos— parecía quizás acabarse por la culpa de Tertuliano. Elías Cienfuegos, que estaba empezando amar la libertad lejos de sus padres, no estaba dispuesto a que eso sucediera. Ponerlo al tanto no hizo más que ayudar a esclarecer la muerte de Gerónimo. El 25 de diciembre, durante la misa del Papa Olegario, un fuerte grito interrumpió el éxtasis navideño. Solo se oyó al capellán decir: «¡Otro! ¡Otro!», y luego desplomarse brevemente al suelo. Al que habían descubierto se trataba del cadáver de Aníbal Bastidas.


Lo hallaron colgado de un pie desde la torre del campanario. Nadie supo qué hacia tan lejos y por qué estaba fuera de la misa. Por supuesto, nadie a excepción de Tertuliano. Se habían citado previamente cerca a los lindes de la bodega y a la hora de las seis, porque era el momento en que el sitio se encontraba despejado. Tertuliano tenía el desespero de contarle la verdad y por lo que creía que su seguridad peligraba, por lo que Aníbal lo esperó primero, momentos después de haber salido de su clase de catecismo. Pero Tertuliano no logró presentarse a la reunión por la evidente vigilancia de Diego y de Elías. Si bien, de haber sucedido, ambos con el resultado más funesto, estarían igualmente muertos. Aníbal tamboreaba sus dedos, caminaba de un lado a otro y suspiraba con exasperación. Tertuliano nunca llegaba tarde. Centenares de disparates se le colaron por la cabeza y no supo cuánto tiempo había pasado —una hora y media, en realidad—, que pensó que Tertuliano solo le había gastado una estúpida broma. Los sacerdotes no ingresaban a la bodega sino a la medianoche para orquestar la misa matutina. Era un lugar inviolable e insonoro donde nadie podía percatarse que te iban a matar o que dos chicos se escondían para hacer el amor. Por eso, cuando oyó rugir la puerta, el recibimiento fue automático, pero de lo que no se dio cuenta fue que se trataba de su propio verdugo.


Corrió por pasillos que nunca había pisado y se guareció en escondites que no sabía cómo lo delataban. Su asesino poseía una prodigiosa habilidad para oler a sus presas y llegar a donde una inteligencia ordinaria no alcanzaba ni por costumbre. De que se trataba de un hombre que no era de este mundo, no solamente era un eufemismo. Aníbal terminó refugiándose en el campanario luego de que lo descubriera escondido en unos de los armarios del depósito. No tuvo consenso en determinar si el palpitar de su corazón llegó a traicionarlo o si podía ver incluso detrás de las paredes. El cuchillazo no le asestó del todo, pero los añicos le arañaron y le golpearon su pálida piel tensa. De hecho, cuando apareció en el lugar que sería su tumba, pensó que su sangre era producto de una herida mortal. Los campanazos debían de alertarlos en el caso de que Aníbal alcanzara la cuerda; lo salvarían de una pronta agonía y traería con ello la resolución de la identidad de tan enigmático depredador. Solo que, en el instante que intentó hacerlo, un sablazo limpio entró por sus costillas. Eso fue contundente para comprobar que a Aníbal nadie lo iba a rescatar. Subió por las escaleras, tropezando, después que le propinara otro corte en la barriga que le hiciera embarrar el suelo de una roja estela. Subió, con un último suplicio de que todos se enteraran de su posición. Cuando gritó el aire le salió demasiado delgado y quejumbroso. Sería el hálito previo en el momento de su muerte. Fue así como recibió la estocada final en el cuello. Por alguna extraña razón, Aníbal se aferraba a luchar por su vida. Medida que a su asesino lo obligó a atarlo al tobillo y arrojarlo en el claro de las escaleras de caracol. Pasarían unos veinte minutos para que un centinela policial se diera cuenta del crimen que había ocurrido en frente de sus narices.


La noticia devastó tanto a Tertuliano que había olvidado los protocolos para mantener el idilio en secreto. Es que para Diego era evidente que ni la muerte de Gerónimo le causó semejante trauma de pérdida. Solo esa clase de disuasión había logrado que él y Elías lograran extraerle la apreciada información. Aún así, sospecharon siempre que Tertuliano estaba mintiéndoles. Y tenían razón para creerlo.


—E-era alto como un ro-roble, caminaba con p-aasos lentos y todos e-e-ellos con exactitud; sabiendo dónde s-se esconden sus víctimas y los ma-mata sin mu-mucha prisa, ya que el tiempo es su mejor a-amigo. A donde quiera que va deja u-u-una estela pes-pes-tilente vinagre, mostrando que tiene un alma a-agria. Lleva sotana y-y lleva capucha, pero no es ninguno de-de nosotros. No se tiene la certeza de que-que sea realmente hu-hu-humano. No se sabe quién es, ni cómo se-se llama, solo que aparece cada do-do-doce años.


Luego de escuchar tan estresante confesión, Diego y Elías corcordaban en una sola directriz: los nervios le habían desbaratado la lucidez al muchacho. Es que no tenían otro argumento para comprobar si Tertuliano estaba diciendo la verdad, o si en parte, era otra de sus evasivas. Los dos monaguillos sin embargo, se propusieron a buscar, si es que no era otro disparate, a chicos que sobrepasaran la media de estatura. Para ese entonces pasaron varios días y el comisario Robledo estaba cansado de interrogar a toda la comunidad de Los Jardines. Ocurrieron otras muertes. Damián Lineros y Enrique Obando, los dos después de año nuevo. La Comunidad de Vecinos ordenó cerrar el templo cuanto antes, porque era inadmisible tener la presencia de una secta donde se estaban lucubrando crímenes escabrosos contra niños. Damián apareció muerto en la habitación del padre Euclides, y Enrique sin vísceras en el baño de varones. La solución no se hizo esperar. Hasta el 30 de enero los padres tenían la fecha para retirar a sus hijos, fecha de la que Diego y Elías se les volvió apremiante. Doña Gala estaba temblorosa para encontrar una forma para sacar a Diego y lo acordó directamente con el comisario Robledo usando sus antiguos atributos. En cambio los padres de Elías esperaban por cambiarlo de iglesia o dedicarlo a la tradición mundana de su abuelo: medicina. Ninguno estaba conforme en no resolver un problema que ni los adultos querían esclarecer, no sabiendo que tal decisión iba a condenarlos.


El 21 de enero, poco después de que los niños recibieran la noticia de que se marcharían a los dos días, Francisco Figueroa, uno de los seguidores de Elías, nunca se le volvió a ver en los interiores de la iglesia. Aquello no fue sino una provocación a los planes de Elías y un golpe tan bajo para hacerlo desistir. Diego estaba aterrado y había considerado la derrota como una solución salomónica. Tertuliano por su parte le apoyaba, siempre y cuando no le ocasionara un enfrentamiento directo. Pero Elías ya había tomado sus cartas. La noche del 21, los tres emprendieron un viaje de no retorno. Salieron a rescatar a Francisco, aún sin saber si la desgracia lo mantenía con vida.


Habían burlado la seguridad y emprendieron camino al último sitio donde dejó rastro: la capilla. No eran tontos. Una persona no desaparecía de la noche a la mañana sin ninguna explicación, y el rosario de Francisco tenía la indicación de que todavía estaba por allí cerca. Diego, Elías y Tertuliano examinaron el área en búsqueda de no sabían qué cosa, y movieron sillas y cortinas, y muebles y mesas, pero con la exactitud de no encontrar absolutamente nada. Sumado, a que estaban sumergidos en tinieblas, el trabajo se les reducía a cero. Entonces, sucedió que Elías revisó la enorme figura de yeso de Santa Margarita de Antioquía y sintió una corriente de aire desvelarse por sus cabello. Entre los tres trataron de desenmarcarla de la pared, y a su vez hallaron un conducto con escalones de cemento que se perdía entre la oscuridad. Luego de sortear quiénes entrarían primero, los niños bajaron a la espera de una amenaza anticipada. Todavía no sucedería, y siguieron un vago destello carmesí mientras una voz cada vez más grave se incrementaba.


Era un extraño canto que venía de todas direcciones. Las escaleras terminaron en un espacio rectangular cubierto por farolas y figuras negras. Realmente lo interesante no era sino lo que estaba yaciendo en la mitad del suelo. Diego contuvo las ganas de moverse cuando reconoció que era el cuerpo de Francisco. Aunque para ese momento se encontraba aún con vida, tampoco se salvaría al final de este cuento. Un hombre con túnica carmelita avanzó hasta el niño atado de pies y manos. Luego de que el canto hubiera parado, las figuras negras, que no eran más que el Papa Olegario, el capellán Alberto y todo el sacerdocio, se inclinaron ante la presencia de alguien cuya sombra no aparecía. A los tres niños les costaba creer lo que estaba sucediendo. Un hombre encapuchado surgió de la nada y caminó lentamente hacia el pequeño Francisco. El hedor a vinagre y su inconfundible estatura hizo que a Tertuliano le ocasionara por poco un desmayo. Estaban frente al asesino de Gerónimo y al dueño de todas las muertes producidas. La escena que continuaría a posterior, terminaría siendo sensible para algunos. El hombre tomó a Francisco del cuello y lo elevó brevemente. Procedió a introducirse en el pecho y produjo una sacudidas de piernas en el muchacho. Los niños, al acercarse un poco más, vieron un pedazo de carne caer al suelo. Las salpicaduras sanguinolentas que le subsiguieron les recordó lo pequeño y vulnerables que eran. Una sensación compartida por una burbuja de hielo que le inflamaba el estómago. Juntos intentaron regresar, alguien debía ser partícipe de lo que estaba ocurriendo, sin embargo, el grito de Francisco los paralizó en seco. Hasta ahora no había emitido ningún sonido con respecto a su realidad, y la razón los horrorizó arrepentidos. Miraron todos sollozos cómo el chorro de sangre bajaba por la ropa del chico. Había superado el cerco de huesos pectorales y halló los primeros cartílagos con facilidad. No pasó mucho tiempo para que le devorara el corazón. Masticó sin mucha prisa a medida que los movimientos de Francisco se aminoraba. El piso dejó de gotear. El hombre separó su rostro del niño que aún temblaba absorto entre sus manos. Una vez muerto, lo depositó en el piso con un golpe suave.


Eso no fue lo único que había pasado. Los jóvenes, e incluso, los doce clérigos que se encontraban en ese aquelarre, padecerían una misma suerte parecida a la del pobre muchacho. Una suerte de la que no podía jactarse Diego Santodomingo ni en la bruma de su locura. Cuando la figura alta giró hacia los presentes, el Papa Olegario levantó su capucha. Dejó entrever su peluca desordenada y se dirigió al asesino con una sumisión que nunca habían visto en ningún otro hombre. Su voz había cambiado abruptamente y ahora era débil y flaca a la par de un estridente silbato.


—Señor, te hemos entregado este sacrificio; te hemos servido tal cual como lo has pedido. Perdona nuestros pecados y liberamos de tu castigo.


El depredador no le había escuchado. Avanzó hasta la posición del Papa con una gran lentitud. Nadie tenía conocimiento de lo segundo que iba a acontecer, pero de lo que sí estaban seguros, es que el tufo a vinagre se había recrudecido. Brevemente la espalda del asesino comenzó a retorcerse por debajo de su túnica. Tomó al Papa por el cuello y los asistentes gritaron de pavor. Diego no quería creerlo, pensó que todo se trataba de un truco de las velas. La túnica se resquebrajó y de sus aberturas salieron un montón de espinas como huesos encorvados, llenos de sangre y de todo líquido desconocido, volviéndose para el ojo más cauto, en una enorme bestia atrapada en un ser humano. El Papa Olegario, lleno de espanto y fascinación, observó cómo el puño había desaparecido y era recubierto por una garra escamosa y brillante. Los niños lucharon por recuperar sus movilidades, pero no lo lograron. Solo que, hasta que el aterrador monstruo en que se había convertido el asesino finalmente, arrancó de una mordida la cabeza del religioso. Diego no supo en que momento terminó de regreso a la superficie. Buscó entre los monjes despavoridos los rostros de Elías o Tertuliano, pero solo vio cómo el capellán Alberto era engullido desde las piernas por las fauces del animal. Era como una langosta con la cabeza de una mantis; un cuerpo largo que desfilaba como un ciempiés, y unas patas que le rebasaban como si fueran las de una araña. Tantos atributos eran la explicación por la que tomaba a sus presas sin tanta dificultad. Uno a uno los atrapaba entre sus miembros filosos. Los devoraba, le abría las vísceras o los arrancaba vivos. Diego, augurando el mortal fin, levantó a Tertuliano del suelo, y sin embargo Elías, en la misma posición, se encontraba pasmado. La muerte del chico de todas formas no había podido evitarse. Diego corrió en un último intento de salvarlo, pero la bestia desconocida le sobrepasaba en velocidad. Le atravesó unas de sus garras y escarbó en el pecho como en búsqueda de algo. Tan rápido como comprobaron la escena, ambos se rehusaron a la resignación. Sobre todo Diego, que exigiéndole a Tertuliano que escapara, se interpuso en el medio para proveerle un poco más de tiempo. Pero ni lo uno ni lo otro. La bestia, considerando la presa que se le había ofrecido, lo levantó con su garra y le examinó. Muchos años después, el mismo Diego se seguiría preguntando qué sucedió realmente esa noche. Un oloroso tentáculo se introdujo por su boca. Todo el vinagre nauseabundo lo atiborró por completo. Por una razón que no le halló significado, ya no tuvo más miedo. Ese descubrimiento alcanzado en la cúspide de su vida, lo embargó de una repentina y entera felicidad. La bestia acercó su hocico. Parecía más bien en la tarea de olfatearlo que saciar su voraz apetito. Diego habría querido morir mil veces en esa escena. Pero no. Despreció al chico y lo arrojó sobre los restos de cadáveres. La muerte de Tertuliano fue igual que la de Elías. Le hirió directamente en el corazón. Diego ya al punto de la locura, no sabía cómo hacerle frente a esta situación, si podía derrotar, después de un segundo intento, a este demonio encarnado. Esperó de todo, un alma que lo socorriera o un arma con que acabarlo. Tal suplicio sucedió en un enorme explosión que desmoronó el techo de la capilla. Una luz clara y añil había bajado desde las nubes. Diego se cubrió, pero la luz no iba dirigido a él. La bestia se retorció y seguidamente comenzó a elevarse por los aires. Esta parte fantástica, que le otorgaría un pase directo al hospital psiquiátrico, fue verdadero. El descomunal insecto empezó a desintegrarse. Cada uno de sus miembros se separaron entre sí, ocasionando un mugido ensordecedor. De repente, y fue lo más increíblede de todo, la luz, que se volvió cegadora, y la bestia, que no dejó de sacudirse, desaparecieron con un haz ascendente.


La resolución de esta historia todavía se encuentra al criterio de cualquier lector. Como ya habrán conocido antes, Diego terminó recluido en una institución mental. Su versión de los hechos fue suficiente para excluirlo de un juicio penal, aunque las dudas de que realmente fuera su culpa siempre revolotearon. Desde un pacto satánico, una sobredosis de metanfetaminas y toda clase de teorías conspirativas. El comisario Robledo, a los meses de este acontecimiento, fue despedido del servicio policial. Hoy es profesor de educación física en una escuela pública. Doña Gala, que ya no tenía el peso de la reivindicación, se dedicó a trabajos caritativos hasta el día de su muerte. Los padres de Tertuliano tuvieron que mudarse por las incontables habladurías en torno a la sexualidad de su hijo. Hoy viven en Valencia y no conceden ninguna entrevista. Los padres de Elías, quienes de divorciaron a los cinco meses, se encargaron de socavar la iglesia y casi todos sus miembros. La iglesia de los Jardines de Antioquía fue cerrada y posteriomente demolida. Algunos de los que trabajan allí, y que no se encontraban en esa noche, fueron encarcelados por complicidad. A otros no se les pudo comprobar y fueron eximidos de toda culpa. Muchos aún continúan compartiendo la palabra, aunque no con el mismo público.


Para entrevistar a Diego Santodomingo, el director del hospital psiquiátrico penitenciario debe aprobarlo, y no es que se consiga de buenas a primera. Hasta ahora solo tres periodistas han alcanzado tal proeza y a los tres les ha dicho exactamente lo mismo:


—Él volverá dentro de doce años...

11. April 2021 18:32:07 8 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Fred Trespalacios Escritor, estudiante de publicidad y amante de la nueva literatura https://www.instagram.com/phtrespalacios/

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Leónidas G. Leónidas G.
¡Confío en un continuación! (?) Excelente relato, mi estimado, una narración estupenda, cada escena como detalle descrito.
May 13, 2021, 13:43

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    Muchisimas gracias 😭😭 se te aprecia que me hayas que me leído 🙌🙌🙌 May 25, 2021, 06:54
Diego Franco Diego Franco
Increíble. La narrativa, la historia, el final, todo me dejó picado y su conclusión fue realmente satisfactoria.
April 21, 2021, 05:36

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    Muchísimas gracias!!! Y encantando de que haya gustado de principio a fin 😊😊😊 un gran saludo 🙌 April 21, 2021, 23:46
Jancev Jancev
¡Ya veo el Fredverso! Te ha quedado estupenda esta historia, la narración y el desenlace son impecables, me he quedado con ganas de saber qué o quién es el ente macabro, ¡pero esperaré una tercera entrega de Antoquía! Felicidades
April 12, 2021, 18:21

N.V. Scuderi N.V. Scuderi
¡Me encantó, Fred! Los jardines de Antioquía siguen sorprendiendo con esta historia con buenos detalles y que va yendo por un camino cada vez más oscuro 😱 ¡El FredVerse es real! 🤭😂
April 12, 2021, 15:16

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    😂😂😂 pronto lanzaré mi Fredo-cut 😂😂😂 gracias Nat!!! April 15, 2021, 15:05
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