o
osvaldo elorza


Fue en un comienzo el Gran Reino de las estrellas y en cada estrella el reino de un belicoso rey. Una princesa de una estrella sol muy lejana, maldecida por sus pares, es expulsada del Gran Reino. Destruido su refugio, de sus cenizas emerge el olimpo de un nuevo mundo, el reino de Henúa la pertinaz diosa de la tierra, de Tai el voluntarioso rey del mar y Matangi el vehemente dios del trueno y el rayo. De ellos los signos de la tierra y el agua, el aire y el fuego, la argamasa de todas las creaturas. De entre todas, la creación sublime, avecindada en la Isla de los tres volcanes, ombligo del mundo, su simiente, Ivi Mara Ey, cobijada en el Sagrado Lago de las Altas Cumbres Andinas.


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LA LEYENDA DE IVI MARA EI

Fue una vez en el mundo el Gran Reino de todas las estrellas y en cada estrella el reino de un belicoso rey. Todos, unos con otros, cruzaban lanzas en justas para ser el más grande rey. Grande era aquel que en singular combate podía lucir como trofeo la oriflama real ganada a todo otro rey. Las justas eran así: para entrar en lid cada retador debía ataviarse de su collar real y entregarlo en prenda de honor al Gran Jurado Estelar. El emblema real era un hilado de cuentas de dos gemas preciosas. En su color, una gema simbolizaba el alma del reino, la otra la voluntad de poder del rey. Al son de las trompetas los heraldos del Gran Jurado anunciaban los colores en lid y en el centro del campo cada acólito clavaba la oriflama de su señor. Al segundo son de trompetas cada rey, ubicándose en su sitial de honor, bajaba lanza y arremetía justo cuando el Gran Celador Estelar, sosteniendo en alto las banderolas de cada rey las dejaba caer. Vencía el contendor que llegaba en silla al sitial de su retador. Pero si el vencido en su bravura tenía otra oriflama que apostar, apuntando con su espada a su vencedor, podía pedir revancha en singular duelo de espadas a dos. Se declaraba vencedor al que de pie humillaba en tres caídas sucesivas a su retador. De lo que todo rey se cuidaba era de jamás ser derrotado apostando su oriflama real: perder su oriflama real era perder el reino y su honor, y nunca más volver a lidiar.

Había estrellas, pocas, sí, con cohorte de astros y príncipes súbditos. Caballeros de esos reinos podían cruzar lanzas en honor de los colores del rey. Un día se presentó con sus caballeros la princesa de una estrella sol muy lejana. Los colores de la princesa eran el de la sutil transparencia del alba más temprana y el más brillante y lustroso negro carbón. Un gran silencio siguió al son de las trompetas. ‘¡Qué colores son estos!’ vocearon a coro los de la justa. Cuando se hizo el silencio, el Gran Jurado Real exigió razones y la prenda del collar. ´La transparencia’, dijo la princesa,’ es la del color más puro del amanecer de la vida, y el del lustre negro, el de su anochecer´. Y sin más, sus parciales clavaron oriflamas y, desafiantes, alzando espadas, se alinearon en singular parada de honor. Desafiado el honor de todos, el Gran Jurado y su Gran Celador nada pudieron hacer, hablarían las lanzas en buena lid. Y ocurrió lo que jamás: vencieron todos los caballeros de la princesa, ninguna espada de los vencidos fue alzada. Tardó el Gran Celador en alzar su voz. ¡Qué es eso, la vida, que se proclama vencedora! ¡Qué maleficio es este que a todos aniquila! Y apuntando a la princesa, ¡Caiga sobre ti el maleficio! ¡Fuera de estos reinos! Que abrasado por el fuego de tu sol sea yermo tu astro, negro tu cielo, y que sin atardeceres ni amaneceres sean tus días y noches el ¡ya! de una eternidad maldita.

Todo Gran Jurado cobija en su Ángel Caído, el par de todos, el cisne negro, ese hacedor de entuertos conocedor de todas las artes y claves del torcido mandar. Le intrigaba la princesa. ¿Qué tramar para ayudar?... Una noche, venido desde el rincón más lejano del Gran Reino, un astro cruzó el espacio al encuentro del de la princesa: si de roca negra era este, de hielo sería el que se le interpondría a su paso. Fue el choque de los mundos: hendida la roca negra, de sus entrañas manó la lava encendida, y erizada la roca de volcanes, manaron las flatulencias de humos que taparon las estrellas y el mismísimo sol. Y la princesa nunca más pudo contar los ¡ya! de su maldecida eternidad.

Pero no: si una piedra cae veloz, no existe humo que no decante en la eternidad. Así, decantando, lo turbio del agua cede el paso a lo cristalino de su fuente, así los humos de las flatulencias cedieron el paso al aire de una atmósfera límpida, y de la inextricable noche, despuntó el alba de un amanecer temprano, el azur de un día primigenio de un reino distinto, no el de la princesa ya extinto sino el de un olimpo de dioses: Henúa, la pertinaz diosa de la tierra, Tai, el voluntarios dios de mar, y de ambos, adobado del ímpetu de la ola por Tai y de la sustancia más sutil del reino de Henúa, el aire de su atmósfera, Matangi, el vehemente viento, dios del fuego sagrado de cielo, señor del rayo y las nubes, custodio de los siete colores del arco iris. De ahí, leyenda de Ivi Mara Ei que ahora se cuenta

La isla de los tres volcanes, ombligo del mundo
Desde el alba de su primer día Matangi esparció la lluvia por los cuatro cardinales. Sus torrentes, bajando desde las cimas fueron bruñendo la roca, los ríos lavaron ese sarro y junto con la argamasa de los valles, acarrearon la enjundia de la tierra hasta la cuenca marina. Tiempo durante, Jamás nunca Tai subió a yacer en el lecho pétreo de Henúa, ni jamás ella bajó a pacer en el lecho abisal de él. Lo asombroso fue que un día Tai no se dejó nunca más. Desde su alta cornisa Heúna oteaba en su búsqueda. Y así también Matangi. Una noche oscureciendo el cielo, Matangi reventó el firmamento con lluvia de relámpagos. Ahí lo divisó Henúa rodeado de una fantasmal cohorte de formas movientes. De horror, porque según la ley de su reino, nada que pese en la tierra puede moverse sin que algo lo mueva. Y si los ríos arrastraban el lamido de su reino era porque esa enjundia, pesando, flotaba en las aguas. Horrorizada, se ocultó en lo inaccesible del olimpo. Tardó Matangi en encontrarla. ‘Tai te llama’, le dijo divisándola. Tras un instante de duda, adentrándose, volvió ataviada con un collar hilado con borlas de diamantes y cuentas relucientes del más puro carbón piedra. Con el choque de los mundos, cayendo el astro del cisne negro en un valle pétreo de negra hulla, la fuerza tectónica del choque cristalizó pedruscos de carbón en gemas preciosas, en translúcidos diamantes. Mostrando el collar, ‘En mi reino’ le dijo, ‘diamantes y carbón, siendo lo mismo, por una gema brillando, mi reino está henchido de estos pedruscos retintos. Así también mi alma, por un destello de reflejos de luz, infinitas sombras. Fue del cuerpo de la roca, que tus ríos acarrearon de mi hasta Tai, pero nada tocaron de mi alma pertinaz. ¡Llévame!, dijo.

- ‘Acudo a tu llamado’, comenzó diciendo. ‘Acepta este collar de pedruscos y gemas. A su lado más refulgirán los diamantes en recuerdo de este momento único’. Y ciñendo el collar al cuello de Tai preguntó: ‘¿Acaso, voluntarioso rey, tú, yo y Matangi no completamos el mundo? ¿Por qué estas formas movientes?’...
- ‘Tu poder es la luz de la gema’, replicó Tai. ‘El mío es que tu arcilla palpite. Acepto tu regalo. Acepta tú mis creaturas’
- Las condenas: en mis dominios, al final del día la arcilla ha de retornar a su fuente…
- ‘Puse ojos y orejas en mis creaturas, pero mis dominios son silentes y umbrosos. Por eso tu comparecencia´… Y pareciendo que nada más podía decirse, cortó el Vehemente. ‘Hagamos en pacto’, dijo. ‘Desdoblándote en macho y hembra, encarnado en ambos, que acoplándose, por el lapso de tu soplo, los genitores tributen con su muerte al breve goce de vida de su progenie en el otro reino. Así, de padres a hijos, yo garante, con el fuego sagrado del cielo les daré el temple de lo que perdura’.
- ‘Mi sello’, dijo Tai, exultante, ‘¡Y el mío!’ replico Henúa. ‘Pero con una condición: en mi reino yo mando. Así, a cada creatura, en soberana yo diré donde la argamasa de mi reino retornará a su fuente´… Y refulgió el rayo: la creatura del mejor pelaje fue a la nieve, la del cuero seco al desierto. Y algunas incluso a los mares pensando la Pertinaz que a su vista cejaría Tai … Pero, no, ‘¡Ahora¡’, dijo, ‘la perfección de mi obra’… Y arrancando el collar de su cuello ordenó a Matangi el bruñido del diamante y el carbón, la argamasa de la tierra para su creación perfecta…
- ¡Jamás!, tronó Henúa. Legas mi alma, creas un vagabundo. Sin los enclaves que sólo yo puedo darle, hoyará el lugar de todas tus creaturas expulsándolas de su sitial en mi reino: de carbón están henchidos mis dominios, esta podrá ir a su antojo por todas partes sin descanso, no podré darle puerto ni cobija segura. Al cabo, insatisfecha en sus ansias, impenitente en su ambición de dominio, expirará en la soledad de un mundo agotado. ¿Eso quieres?...
- No, ¡Mi creatura perfecta la quiero libre de las cadenas que les impusiste a las otras. ¡No para esta! Por eso de tus dos almas su sustancia, de diamante de luz y cadenas de piedra…
- ¡Abras, no cadenas! Creatura insolente, la arrojas en mi reino como un errante maldito sin anclas que lo contengan…
- ¡Amo y señor tuyo!, adobado con el escudo de mi atrevimiento. Y si un día, torciendo por lo oscuro de tu alma, pierde su esencia diamantina, que por sus sueños de bellezas se redima, no por el silencio de tus cementeras
- ¡Vil rey! Tronó Henúa: si para tus otras creaturas fue por el fuego sagrado de Matangi que entraron en mi reino, para proteger a esta en mis dominios, su temple, o es por el fuego de mis entrañas, o jamás entrará en mi reino… ¡Tu palabra, Vehemente!...
- ‘Correosa reina, si por el fuego de tus entrañas el temple, y no por el sagrado del cielo, entonces de mí la templanza para esta creatura única… Y como condición de mi sello en el pacto, ordeno que la hembra sea de una laya, de los signos del aire y del fuego, de dos, el macho, uno del signo de la tierra, del signo del agua el otro: del macho, la imprudencia temeraria contra tu inmanencia de piedra; de la hembra la mesura de la templanza, pero templanza cuando yo a la hembra le encienda el alma con la pulsión del deseo. Ahí que ella decida si de agua o de tierra el signo de su progenie. Y si obligándola va el macho contra su deseo, que maldito sea para siempre: ¡Si así reúsas la marca del cielo, que sea entonces del cisne negro la marca de tu reino!

Vagó Matangi en la búsqueda del magma encendido. Una noche la más lejana isla de los tres volcanes, el ombligo del mundo. En cada cráter un crisol. Y fue la aurora del día siguiente. En el de levante dijo: ‘Te doy por nombre Tagnata Vae Mohona, Hombre de agua azul, volubilidad y movimiento como vuelo de mariposa en germinación floral’… Y en el de occidente, ‘Tagnata Henúa, Hombre de tierra’, dijo, ‘vía atávica, como si tras la forma hubiere una masa enorme y silenciosa que ancla’… Y en el del norte, ‘mujer, dijo, tú eres Tonga, pertenencia y adaptabilidad, como la del lobo a su manada o del líquido a su recipiente’. Edencia fue el nombre que los avecindados de la tierra le dieron a la isla.

Ivi Mara Ei

En Edencia anidaban los grandes pájaros venidos con sus vuelos migrantes (imposible que creaturas sin alas pudieran acostar la isla); en sus mares abundaba peces y bichos, en sus praderas encontraban suelo fértil las semillas acarreadas por los vientos con su carga de lluvia. Sólo un flojo podía pasar hambre en esos lares. Y como la panacea de los hijos de la tierra y de las aguas era precisamente las ganas, no había afán imposible ni energía que no rindiera si, como es el caso, voluntad y pertinacia estaban al servicio de un espíritu ávido, alerta, activo. No cabía el ocio en esas tierras, salvo el que nace del afán cumplido de una jornada plena. En cada caso, el afán de un día podía ser el surco y el arado, la carnada y el remo. Sin faltar, Tonga hacía gala de sus afanes propios, de un lado los que viene de lo sutil del alma, los que construyen sociedad, los que tejen la trama de las voluntades compartidas, los afanes de los que las hembras tienen el secreto, los que a fuerza de perseverancia construyen intimidades incluso en el corazón más huraño. No que los varones no tuvieran nada secreto o que carecieran de la intimidad de ser algo ellos mismos en sus adentros, que seguro lo tenían, sino que el afán de Tonga era de esos que, construyendo, pueden ser devastadores. El caso es que contrario a ellos, su afán secreto no era el de las tierras o las aguas (ya afincadas las voluntades en esos dominios poco espacio tenía para esos devaneos); su afán secreto era el fuego de las estrellas, no el del mundo llano de la pradera o la playa, el del fuego sagrado que se invoca...

De muchas maneras Edencia era perfecta. Lo insoportable era que esa perfección durara para siempre, que la vida en esas tierras fueran los granos de las semillas, los peces de las aguas, y que todo se resolviera en ritos propiciatorios. De intuición Tonga sabía que, a tres, en Edencia, o algo faltaba, o peor, que, mirando los cuerpos, de toda evidencia, de durar la perfección para siempre algo terminaría por no cuadrar en el mundo…Su afán, entonces, más allá del diario de los granos y los peces, era la cumbre... Pertinaz, metió trancos. Voluntariosa, buscó atajos, se laceró el cuerpo; lo maravilloso era, ir y venir, sin tener que explicar nada a nadie, ni por qué, ni cuándo, ni dónde, ni el cómo de su vagabundeo. Sin la pulsión del deseo, era libre e igual, ni sujeción ni subordinación con nadie. Un día ocurrió lo que ocurre cuando a cuatro patas subiendo por el escarpe de la última roca, de pronto el ancho mundo, el azur infinito, el gran círculo del horizonte, el epicentro de todo, el lugar geométrico de las aguas y las tierras, ella en el eje del mundo escuchando el susurro del viento. Brazos en cruz, cerró los ojos, y todo fue el viento con sus palabras secretas contándole la historia de un mundo ido del que ella era el principal fruto. Fue pájaro, abandono, entrega; la brisa en su cuerpo, la piel erizada de sensaciones desconocidas, el arrebato de un algo suyo que desde la inmanencia parecía aflorar en la apetencia de un elixir que aplacara ese momento insostenible. Así se estuvo hasta el ocaso. Así, también, comenzó su descenso, ahora más que hembra, mujer en ciernes. Volvería una y otra hasta su roca; intuía que la llave del mundo estaba en lo alto; solo faltaba saber qué, cuándo, cómo…

Abrió distinta esa mañana. Lo propio de la aurora de cada amanecer era el rosa pálido de levante, él índigo de la noche en retirada por el otro lado hasta emparejar con las horas matinales el azur perfecto confundido de las aguas y el cielo por todas partes. Distinta, porque en vez del rosa fue el gris de la tormenta que como boca gigante avanzó tragándose el espejo matutino de las aguas, ahora revueltas y espumosas, antes, sosegadas y danzantes. Se cubrió la isla, y por unos instantes, el ojo de la revoltura pareció congelarse encima de la pradera. Fue entonces que Tonga sintió el llamado de los signos de los elementos. Trepó hasta la roca; como nunca antes, el viento pareció cogerla en su torbellino, envolverla en un apretón de ráfagas con manos de urgencia y caricias hasta el frenesí de la piel enhiesta, abierta, oferta, que resiste para mejor entregarse. De todas partes y en círculo, de pronto cesó el viento, Tonga en lo alto de su roca, erguida como el mástil de un velero, y fue entonces la descarga de mil relámpagos, y en el firmamento el cielo de un ocaso furtivo, en paso hacia la plena noche de un cielo repleto de estrellas… Pero en la atmósfera quedaba todavía el estremecimiento de un último relámpago como suspendido en lo alto en la quietud del beso de despedida. No lejos cayó su rayó entre las rocas de una circa con tapiz de hierbas secas...

Desde su roca Tonga divisó unos como brazos rojos azulados, la luminosidad de luna pálida al comienzo, rojo encendido luego proyectándose sobre las rocas de la circa como manos danzantes con gestos de llamada. Curiosa, se fue acercando hasta las extrañas luces; retrocedió cubriéndose el rostro con las manos. Cuando ya casi no quedaba hierba en el ojo de la circa, osada, tomó de los últimos tizones y poniéndolos en la oquedad de una piedra inicio el retorno cuidando de alimentar la creatura del cielo con las hierbas que encontraba. De qué lado ir ¡la playa o la pradera!... Sin mucho saber por qué su decisión fue la playa. Encontró a Tagnata Vae Mohana ahuecando un inmenso tronco que la marea había traído desde no se sabía dónde. Intrigado quiso este tocar los destellos rojos. Tonga le apartó la mano, la retuvo en la suya. Sorprendido con el gesto Tagnata Vae Mohana respondió reteniendo la de ella. ‘Dónde’, pregunto. Fue con un ademán que Tonga señaló la cresta del mundo. Sin desenlazarse, cada tanto segaban briznas; con las flores que fueron apareciendo Tonga entretejió un ramillete que le prendió en la cabellera; lo propio hizo él cuando encontrando la más hermosa la enlazó junto a la oreja de ella. ‘¡Ahí!’, dijo, Tonga, tendiéndose sobre el lecho aún tibio de cenizas…

Fue bajando que sintió la mordedura de la duda: el sentido de su estancia en la isla, el porqué de su búsqueda del fuego del cielo. Asustada, imposible que aceptara la voluptuosidad de otro contacto. De manera incierta, acuciante según en la pradera maduraban las semillas, fue entreviendo la gran trama del viento: nunca más las miradas hacia ella fueron las de antes; nunca más fue como antes desapercibido su vagabundeo. Si ella creía entrever el significado de su vientre grávido, todo el resto era recelo y suspicacia. Una noche subió hasta la circa de las grandes piedras, y en la soledad del mundo, cuando antes todo le era propicio, ahora todo parecía darle las espaldas. Parió su cría, una hembra como ella. Tardo en regresar. ‘Es tuya’, dijo, ‘dale nombre’. Ivi Mara Ei, respondió Tagnata Vae Mohana. La mirada del otro vino como desde un pozo hondo…Esa noche se despertó empapada en el sudor de su peor pesadilla, con la intuición de un horror en ciernes. Subir hasta su roca fue su huida, no para escuchar el viento sino para interrogarlo. Con espanto vio que su intuición se cumplía: el viento no era lo que antes, era solo viento gélido. Corrió ladera abajo. En la pradera los hombres luchaban…

El sagrado Titicaca
Sentada entre las piernas de Tagnata Vae Mohana, Ivi Mara Ei le pedía que le contara la historia tantas veces escuchada de esa isla perdida en los mares de más allá del sol del ocaso, de la que una noche vidriosa tuvieron que huir. Ella era pequeñita y su papá le contaba de la isla, de su mamá, de los delfines que la amamantaron, de la zozobra e ilusión del abra que soñaban en ese viaje interminable hacia levante. Incansable, quería que le contara de esa mañana que, oteando en el horizonte, divisaron una playa. Ya más cerca, la playa se separó en dos, una extensa y otra pequeñita, la segunda en una ensenada ente dos lenguas rocosas con la perfecta forma de una herradura. En esa su padre construyó el refugio y ella fue creciendo en la visión de verlo a la hora media de cada tarde, los ojos cerrados, sentado en la arena, cruzadas las piernas, los brazos en cruz entonar sin variaciones una letanía larga en dirección de la puesta del sol. Ella comprendía la íntima necesidad de comunión de su padre con esa mamá de la que tantas veces le contara de su rostro, y que bien le decía, nunca conocería pero que cada tarde al sol del ocaso ella la miraba desde lejos. Y que era para que su mamá la mirara que entonaba su canción. Así, en su canto, ella cuidaba de nunca interrumpirlo contentándose con mirarlo de espaldas frente a las olas hasta ese instante en que la llamaría para entre los dos mirar la puesta de sol. Nunca se lo dijo, pero le habría gustado que su papa le enseñara la canción para sumarse y cantarle a su mamá para contarle todo lo que la quería.

Una tarde ocurrió lo inesperado. Estando ella mirando a su papá sentado en la arena, de pronto la luz del día pareció ensombrecerse como si la tarde quisiera cerrar antes. Intrigada miró hacia el sol, y atónita, vio que una mancha muy negra parecía devorle parte de la cara. Quiso correr hacia su papá, decirle que mirara, pero se contuvo contentándose con seguir mirando como el día se hacía noche hasta que de pronto todo se envolvió en la completa oscuridad, y en el cielo, en el lugar del sol, todo lo que se veía era como un halo de plata contra un fondo de estrellas. Pero así de rápido como llegaron las sombras, así de rápido un pedacito minúsculo del sol volvió con su luz. Quiso correr, pero se quedó petrificada mirando como contra las sombras aún espesas del día otra sombra a espaldas de su papá se movía mil veces sigilosa; blandía un pesado garrote. Avanzó y se quedó inmóvil justo detrás. Despavorida quiso gritar, pero no hubo sonido que saliera de entre sus labios. La sombra se fue estirando, lento el garrote en lo alto. Se contuvo incierta y cayo fulminante. Atroz el sonido. Por un brece instante algo pareció advertirle a su papá de la inminencia del golpe; quizá si el sonido del garrote cortando el aire, quizá si simplemente el viento en ese instante de horror.

Ya a la luz mediana, Ivi Mara Ei vio al que había blandido el garrote inclinarse sobre su papá y removerlo con el pie para cerciorarse del golpe; y luego, quedarse mirándola. El resto fue como la pesadilla de su peor sueño. El del garrote se acercó a ella a pasos lentos, se paró en frente, la fijó con mirada sin gestos. A pesar de su pavor, en ese rostro Ivi Mara Ei reconoció el otro rostro de su padre, ese que tantas veces tratara él de contarle de cuando esa noche junto con ella en brazos abordaron el tronco ahuecado alejándose de la playa. Y fue de nuevo el garrote iniciando su lento ascenso, el instante incierto…

Con horror vio la diosa de la tierra la escena del ominoso crimen, la vida cegada en venganza de lo que fue; y con la misma onda telúrica que antes moviera continentes, en espasmo de convulsión, ahora elevó al cielo la masa de rocas de los picachos andinos, la barrera que a Ivi Mara Ei la separaría del furor asesino…Y así fue con Tai, que de horror también, hinchó la mayor ola imaginable llevando su masa líquida hasta las alturas de las tierras del Altiplano andino… Pero fue Matangi el más veloz: se hizo pluma, ala, pájaro…Con la velocidad del relámpago, bajando del cielo llegó antes que el garrote. Cogiendo a Ivi Mara Ei entre sus patas la llevo alto por los aires. Cayendo, el garrote hirió el cuello del gran pájaro. De su sangre floreció el más albo penacho de plumas…Voló el gran pájaro hacia el norte siguiendo las altas cumbres. Fue en las aguas del mayor lago, el más grande y elevado del mundo, en el sagrado Titicaca, entre los juncos, que depositó su preciosa carga.

Cuenta la historia de esta leyenda que desde entonces canta el viento dulcemente al paso del cóndor…


El crimen más ominoso fue cegar la vida del padre;
Cegar la de la hija, más que crimen, habría sido lo imposible absolutamente:
por don de su padre Ivi Mara Ei era la portadora del signo del agua…
Cegarlo habría sido el completo derrumbe de la creatura diamantina,
anclar a tierra el destino de una creatura nacida, entre todas, para ser libre en su propio mérito
(de Tai la palabra, de Matangi la osadía en los dominios de Henúa, la gran diosa de la tierra)


Rocas de Santo Domingo


Marzo 10, 2021

16. März 2021 00:55:47 0 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

osvaldo elorza Ingeniero civil, U de Chile. Trabajos profesionales diversas empresas. Consultor. Profesor universitario por tiempo durante más de 40 años interrumpidos. Becario gobierno francés, 3 veces. Antropología, filosofía. Pedagógico U. de Chile Diversos oficios, apicultor, orfebre y otros. Casado, una hija, 3 nietos Publicado 2 libros, uno técnico, Un ensayo

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