keith-wolf Carlos Manuel Blanco Gutiérrez

Una joven es encontrada malherida de una puñalada en un vagón del metro a muy altas horas de la noche, siendo llevada infructuosamente al hospital al que llega muerta. Víctor Bautista, un pasante de El Clínico, es de los primeros en recibir el cadáver y descubre que la joven no cargaba encima salvo una simple y curiosa pulsera. A partir de este hecho, Víctor Bautista, a la par que la policía, tratará de develar quién era esta muchacha y cómo acabó herida en un lugar como el Metro de Caracas. Lentamente nos vamos abriendo a un laberinto en el que cada camino a tomar lleva a una encrucijada, cada una más enrevesada que la otra.


Thriller Nur für über 18-Jährige.

#378 #crimen #383
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Prólogo

12 de Febrero de 2016. Caracas


Estación Los Símbolos, Parroquia San Pedro. 1:30 A.M




La estación está vacía. El único vigilante se encuentra en la puerta cuidando a ver si entra alguien más, pero ella ya se encontraba dentro. Camina por el lugar, con ambas manos sobre el vientre, ambas están empapadas de sangre, su propia sangre. Cada tanto lanza una mirada aterrada a sus espaldas, como si temiera que alguien la sigue. No hay nadie detrás de ella. Aun así no se siente tranquila, no puede teniendo esa clase de herida en el vientre.

Camina con esfuerzo y pasa por la taquilla, la misma está vacía, la que atiende se encuentra en el baño. La chica pasa por el control, uno de los puntos estaba estropeado y no funcionaba, ella lo empuja y pasa por ahí dejando las marcas de sus manos ensangrentadas. Avanza agónicamente alejándose de la taquilla.

Ella solloza y suelta gemidos ahogados mientras avanza a trompicones hasta la escalera mecánica. Se detiene al inicio, dejando que ésta funcione. Tiene un momento para dejar de caminar, para tratar de pensar, quiere saber qué se supone que debe hacer en este preciso instante mientras permanece apenas de pie, mientras el aparato la hace bajar.

Pero no puede pensar en nada, por más que lo intenta no lo consigue. Tiene frío, mucho frío, debajo de su suéter con capucha no logra encontrar alguna especie de calor. Ya los dedos se le comenzaban a dormir, sabía que estaba sangrando mucho. La vista se le comenzaba a nublar. Iba a morir, sabía que iba a morir al menos que hiciera algo, tenía que pedir ayuda, buscar ayuda cuanto antes. Pero antes que eso tenía que huir, escapar lo más lejos que pudiera, no podía dejar que la encontrase…

La escalera mecánica llega hasta el final, ella casi no se da cuenta y apenas puede dar un paso adelante para que no se la trague. El paso la hace trastabillar, tenerse en pie cada vez le resulta más y más difícil. Tiene que seguir, continúa caminando con las zancadas irregulares del moribundo. El tren llega a la estación, las puertas se abren, con un último esfuerzo ella entra de una zancada.

Intenta sujetarse al guardamano, luego al tubo cromado que se usaba como apoyo. Sus manos frías apenas le responden y está temblando. No puede sostenerse. Se cae. Deja unas marcas en forma de cascada de color oscuro en el soporte metálico. Intenta incorporarse de nuevo, logra sentarse, pero sus piernas ya no se ven capaces de sostenerla. Apenas consigue apoyar la espalda en la pared del fondo. Voy a morir, piensa en ese momento, voy a morir sola al igual que como he vivido.

Ella levanta la vista. La puerta por la que acaba de entrar se cierra. Sus ojos se humedecen en lágrimas mientras apoya la cabeza en la pared. Sus dos manos se sostienen el vientre. Ella tiene miedo, llora porque tiene miedo. Ella lo sabía y le aterraba eso. Ella iba a morir…




El vigilante se estruja los ojos con impaciencia, mientras suelta un gran suspiro. Sabe que había tenido ya dos noches en blanco seguidas y eso lo molesta bastante. Claro que tenía que quedarse y tenía que estar tranquilo hasta que llegara la hora de cierre del metro al público. Eso no era ningún problema, llevaba sus buenos tres años haciendo lo mismo. Pero el hecho de que incluso después de llegar a casa y pasarse toda la santa noche dando vueltas en la cama sin atisbar el sueño era una completa ladilla.

Igualmente ya tiene ganas de terminar su turno temprano, nadie más va a usar el metro a estas horas de la noche, la única había sido una muchacha que había pasado por su lado, con aspecto desaliñado y tembloroso. Apenas le había prestado atención, en ese momento estaba reprimiendo un bostezo y no estaba todo lo atento que se pudo esperar. Aunque al verla sólo pensó que quizás era una indigente, una drogadicta o una loca.

Consulta la hora en su reloj de pulsera. Si, era hora de cerrar la entrada al metro. El vigilante mira a ambos lados de la calle por si viene alguien por ahí. Nadie. Camina unos pasos fuera de la entrada y gira sobre sus talones para extender los brazos sobre su cabeza. Arriba esta la asadera de la puerta de zinc, la cual al bajarla indicaría que el Metro no seguiría operando por hoy. Pero en ese momento las ve en el suelo.

Sangre.

Pequeñas gotas de sangre que avanzan por el corredor, todavía iluminado por las luces blancas de los ¨bombillos ahorradores¨. Él olvida la plancha de zinc y camina hasta el pequeño sendero. Las pequeñas gotas indican un camino y él comienza a seguirlo hasta que este llegó a la taquilla. Hay marcas ensangrentadas y difusas de color oscuro sobre la caja de cromo. En ese momento se convence definitivamente que es sangre.

Pasa por encima de la taquilla y encuentra el rastro. El mismo lo conduce a las escaleras mecánicas, las cuáles por algún motivo siguen encendidas. Él se alarma y baja corriendo las escaleras. Su cabeza comienza a recordar a la chica que había pasado a su lado y a la que no había prestado atención.

Ella no estaba ni loca, ni drogada, ni de mendiga. Estaba herida, y él no se había dado cuenta en el momento.

Se hace consciente del ruido del tren debajo de sus pies que estaba avanzando por la parada, el mismo se está alejando. Apura el paso. No tenía manera de saber qué había sido de la chica, no hasta bajar.

Llega hasta el piso de abajo, reencontrando el sendero de gotitas de sangre en el suelo. Este llega únicamente al lugar donde terminaba el andén. El tren no se ve allí, lo escucha ahora alejándose. Él se acerca corriendo y mira por encima de la línea amarilla. No hay nadie en las vías, tirado encima, descarta una de sus dos opciones. El rastro termina en la parte del andén donde se abren las puertas. Lo primero que se le ocurría era que se pudo caer del andén.

Ella se había esfumado en el metro, no la iba a e encontrar ahí.

29. Januar 2021 23:10:12 1 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Giles Le Coste Giles Le Coste
Interesante historia
March 28, 2021, 10:26
~

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