mazzaro Gabriel Mazzaro

Mi nombre es Isaac Farías, y soy el único discípulo verdadero de Ismael Benítez, el más grande cazador de licántropos que ha existido. Hoy, continuo sus pasos, aunque estos me lleven hasta el fin del mundo...


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Sangre en la nieve

El antes y el después de toda campaña no es más que silencio, un letargo casi infinito entre un capítulo y otro. Podría decirse en mi caso, que mi sangre fluye únicamente entre esas pausas, en el calor de la batalla, el resto del tiempo soy una estatua que juega a estar viva.

Me he preguntado en más de una ocasión cuál es el verdadero motivo para emprender esta existencia, o las demás. Hemos sido desterrados de las sombras para luego de sufrir, volver a ellas. De alguna manera, yo guio nuevamente a estas bestias al eterno mar en calma; quizás algún día me pueda ser devuelto el favor. Mientras tanto, mi voluntad y mis cuchillas serán el Caronte que lleve a estas quimeras de nuevo al olvido. Si se observa mi oficio desde este punto de vista, no soy tan terrible como podría creerse, no traigo muerte, llevo en la cresta de mis armas nada más ni nada menos que un perenne alivio.

Mi nombre es Isaac Farías, y soy el único discípulo verdadero de Ismael Benítez, el más grande cazador de licántropos que ha existido.

Hoy, continuo sus pasos, aunque estos me lleven hasta el fin del mundo. Este caso, el #145 de las incursiones de distancia, es uno de los más extraordinarios que he tenido. No tanto por la cacería en sí misma, sino por la presa a la cual he tenido el orgullo de dar muerte. Es increíble como estas bestias se adaptan a todos los climas de la Tierra.

Se me ha asignado este caso en particular debido a que el mismo había sido detectado por primera vez en mi coto de caza, sin embargo, al emigrar, es mi responsabilidad como cazador en jefe de cerrar el caso. Eso significa que si la monstruosidad logra llegar hasta el Polo Norte -como en esta oportunidad-, entonces hasta el Polo Norte debo ir.

Lamentablemente, por cuestiones jurisdiccionales, ninguno de los Agentes de Soporte podían acompañarme en este caso. De todas formas, dejo registro en mis memorias oficiales para ser almacenadas por el Ministerio de Caza. Actualmente conduzco un Burlak, un todoterreno ruso que me permite desplazarme virtualmente por casi cualquier terreno. Su avance es ruidoso e implacable.

Durante este caso, no me he topado con ningún otro cazador, si ni siquiera un aprendiz, o tal vez solamente mi brújula para incursiones de distancia no funcionó correctamente. De todas maneras, una vez vuelto a Corrientes, todas mis actividades serán registradas en el caso.

Por otro lado, solo había llevado mi hacha de destripe y la correa de ahorque, aunque al llegar encontré en mis aposentos un espectómetro de masa, dispositivo portátil que permite detectar rastros de licántropos de acuerdo a las partículas que liberan mientras se encuentran en etapa de conversión.

A diferencia de mi maestro, que en la actualidad se desconoce su paradero, yo no creo en lo que él pregonaba en sus últimos tiempos de servicio. Eso de que entre las bestias y nosotros hay un lazo, una especie de unión metafísica, me parece una sarta de sinsentidos propios de una mente cansada y culpable. En la gloria se encuentre Isamel Benítez, pero como todo hombre, es voluble y su cuerpo, como el de cualquier cazador con años y años en el oficio, comienza inevitablemente a degradarse y continúa con la mente.

Vengo siguiendo el rastro de una clase particular de licántropo, no es tan grande como un titánide, pero definitivamente es escurridizo. Aún trato de determinar como llegó hasta este lugar. En cuanto a su crimen expuesto, desde el Ministerio de Caza se informa que es un descuartizador. No consume por completo a sus presas, sino que las secciona y huye con lo que consigue. Sin embargo, este tipo de actividad depredatoria hizo que muchas personas que no pudieron superar la hemorragia propia del ataque hayan muerto. Ergo, debe dársele justa muerte. Ismael opinaba que los licántropos debían ser cazados solo por sus crímenes, yo considero que deben ser cazados por el solo hecho de ser licántropos. Están infectados, son peligrosos y no tienen cabida en nuestra sociedad. De lo contrario, al ritmo de apareamiento y asesinatos para alimentarse que mantiene, la humanidad estará diezmada en menos de diez años.

Estoy parando en un viejo poblado en las islas Svalbard, un archipiélago en el océano Glacial Ártico, al norte del continente europeo.

La gente no sale de sus casas desde que el licántropo llegó, de lo cual hace poco más de dos meses. Esta bestia lleva ya quince ataques, ocho que lamentablemente han resultado en muerte. Fallecimientos agónicos donde la sangre se escapa con velocidad del cuerpo y la impresión de la víctima de no poseer más alguno de sus miembros acelera todo de forma caótica: el corazón bombea con mayor poder y velocidad, la sangre se escapa por la herida -sin importar si se le aplicase una cauterización de emergencia- y en poco menos de un par de minutos, se pierde la consciencia y luego la llama de la vida termina apagándose para siempre.

El Polo Norte geográfico (a diferencia del Polo Norte celeste, el Polo Norte de Inaccesibilidad, el Polo Norte Magnético y el Polo Norte geomagnético) está ubicado en el océano Ártico, donde puede encontrarse un mar cubierto por un casquete de hielo. Aquí, en las afueras de las cabañas hay una temperatura de veintisiete grados bajo cero y el sol puede no observarse durante mucho tiempo -prácticamente unos seis meses-.

El alojamiento es acogedor y de una privacidad increíble, cortesía del la seccional local del Ministerio de Caza. Hasta el momento no he visto ningún otro cazador ni mucho menos una oficina del ministerio. Las comunicaciones están limitadas y las que podrían llegar a realizarse son deficiente. De todas maneras, estoy acá para hacer mi trabajo.

Sé que la bestia se esconde en uno de los graneros de una pequeña parroquia al norte. Escucho desde aquí como los caballos lloran por las noches, lo hacen de la misma forma que al ver una serpiente, pero en este caso es prolongado. Por otro lado, el olor de los caballos y de otros animales con los cuales comparten el lugar, tapan su olor. Aunque yo pueda sentirlo desde esta distancia.

Esta noche avanzaré sobre la bestia, los aldeanos ya están informados para que se queden todos en sus casas y no salgan hasta que me vean colocando la cabeza del licrántropo sobre una pica, a un costado de la fuente principal de la ciudad.


Mi trabajo está hecho en este lugar. Ahora narraré el desenlace para su registro sonoro. Por lo pronto, me alistaré y partiré cuanto antes, no pienso despedirme de esta gente, no voy a personificar ni humanizar ninguna clase de acción por parte del Ministerio de Caza. Nuestra laboral, como guerreros a la servidumbre de la sociedad, no debe tener rostro ni nombre.

Llegué al granero por la noche, momento en el cual sabía que el licántropo se aprontaba a comer. El estudio de sus patrones de alimentación me indicaban que esa misma noche debería volver a alimentarse.

La presencia de la muerte comienza como un suspiro, una caricia a lo más profundo de la certidumbre egocéntrica. Considero que no existe entre los hombres algo tan terrible y a la vez pacífico como el último descanso, la brisa filosa que empareja todos y cada uno de los cardos del campo infinito. Cuando era un joven cazador -bajo el cuidado ya de Ismael Benítez-, de aquellos que gustaban de correr a sus presas por toda la ciudad, tuve la increíble suerte de cruzarme con un jagua aturi o “perro enano”. La misma raza que he cazado esta noche. Estas criaturas son increíblemente misteriosas.

Dependiendo la raza, el tamaño y el tiempo de vida y de primera mutación, los animales tienen durante su estadio humano indicadores claramente apreciables acerca de su condición supranatural. Por ello, se ha convenido en llamar primera piel, a la humana, y segunda piel, a la monstruosa. Esta primera piel, si bien humana en apariencia, tenían observables casi imperceptibles que marcaban importantes diferencias de los mortales no transformables. Por ejemplo, no era raro en encontrar pili multigemini en los rostros de los masculinos, o en las piernas (especialmente las pantorrillas) de los femeninos. Difícilmente puede uno apreciar a simple vista el fenómeno de varios cabellos brotados de un mismo folículo capilar, pero es un buen indicador.

No obstante, todas estas no son más que señales, debido a que no existe observable más patognomónico que la transformación misma. Y puesto que dar caza a un ser humano es por criterio moral y legalmente básico el peor de todos los delitos, no es una recomendación adecuada el actuar con premura ni siquiera ante un gran cúmulo de signos elementales.

Cuando llevé a la planta baja del granero, y observé a todos los animales muertos, comprendí que el licántropo estaba a punto de cambiar de destino. Debida hacerlo en ese mismo momento.

Pude sentir su olor, y si no hubiese sido porque dejé en mi alcoba el espectómetro de masa, lo hubiese visto también con gran claridad. En un primer momento pensé en utilizar la técnica de agachar la mirada, pero al escuchar su respiración a lo lejos, pude tener una clara idea del tamaño de la bestia, y hasta su edad.

Me acerqué a uno de las paredes del galpón y me realicé un corte profundo en la pantorrilla, allí fue cuando la bestia salió de su escondite y salto directamente desde el primer piso hacia mi, con sus garras largas y finas, desproporcionadas con respecto a su cuerpo. Esos perros enanos, apenas si superaban el metro ochenta; sin embargo, sus uñas contaban con una agente tóxico paralizante.

Esperé el embate y cuando observé que la bestia no podría cambiar su rumbo, simplemente me aparte a toda velocidad, dejando que clavase sus zarpas en la madera de la pared. Al quedar atascado, tomé mi hacha y lo decapité. Así de sencillo había cerrado aquel caso.

No obstante, lo que me resultó más extraordinario, y vale la pena de colocarlo por registro: sus ojos eran dos canicas galácticas. Tenían sus esferas oculares una composición extraordinaria que no me había figurado ni en la más profunda fantasía. Una mezcla de colores que se debatían apasionadamente entre un azul eléctrico y un rojo carmesí, semejante a la sangre más pura; lucha de pigmentos frescos sobre un reducido fondo blanco e impoluto. Y brillaban, cual pequeños soles en miniatura cortados al medio por una pupila filosa y contraída. Estaban hechos, al fin y al cabo, no solo para detectar a sus presas en la noche más profunda, sino para hipnotizar a los amantes de la vida y el movimiento. Eran más que ojos felinos y monstruosos, puertas a otra dimensión, una de la que sólo podía leerse en los anales de la inexacta literatura mítica. Bello fallecimiento para aquellos desdichados que viesen esos ojos como última prueba de que habían respirado.

Fue el primero de aquella exquisita clase de licántropos. La ficha inicial que movió todas las demás piezas del dominó demoníaco que me engulló en un juego de muerte y velocidad. Desde allí en adelante comencé a comprender con mayor claridad lo que Ismael Benítez me repetía durante la formación. Y aunque aún sigo sin compartirlo, hoy lo comprendo.

De todas las bestias pestilentes e indecorosas que había enfrentado, me asombré con profunda decepción al saber que uno de mis más raros adversarios no tenía nada que me hiciese repudiarlo en ese momento. Sus ojos brillantes, tan expresivos como los míos, me eran una suerte de espejos divinos que reflejaban una galaxia entera de sabiduría en su reducido espacio. Sus labios carnosos que albergaban numerosas hileras de puntiagudos dientes alineados cual dagas del infierno, daban una declaración frontal de imposición contra las adversidades. Es cierto, tan distinta, tan colosal su corpulencia animal, que no podía hacer otra cosa que comunicar a quien lo tuviese enfrente la necesidad de declararse inferior en términos biológicos, pero extraordinario; un cuerpo preparado para la contienda, para adaptarse a su entorno a cualquier precio. Era un monstruo que destruía y aplastaba más que la carne y los huesos, era una maquinaria con férrea voluntad de supervivencia. Y desde todo ese esplendor, en medio del calor de la batalla, me pregunté con sinceridad el motivo por el cual debía llamarlo mi enemigo.

Y con la luz de las auroras boreales delatando mi presencia, coloqué con firmeza la cabeza de la bestia en la pica prometida. No sin antes sacarles los ojos. Ese día parecían todo mi cuerpo mucho más pesado que lo normal, puesto que la nieve, usualmente esponjosa al pisarla con las botas adecuadas, trataba de retenerme a cada paso. Haciéndome voltear una y otra vez a ver el rastro de sangre que había dejado sobre su níveo manto tranquilidad.

16. Dezember 2020 20:23:48 4 Bericht Einbetten Follow einer Story
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Das Ende

Über den Autor

Gabriel Mazzaro Alguien más...

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NM Naomi Méndez
Muy buena historia, te envuelve y lleva al lugar descrito <3
January 17, 2021, 17:10

Carlos Hernandez Carlos Hernandez
buena historia, te invitó a leer la mía, se llama Netina.
December 26, 2020, 19:35

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